DIA DE LA EXPIACIÓN (PASO A PASO)

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TEXTOS: Lev. 16; 23:27–32; Núm. 29:7–11; Exo. 30:10.

OFRENDAS: Holocausto diario; novillo como ofrenda por el pecado y carnero como holocausto por el sacerdote; 2 machos cabríos como ofrenda por el pecado y 1 carnero como holocausto por el pueblo; y para el día, 1 novillo, 1 carnero, 7 corderos para holocausto, y 1 cabrito como ofrenda por el pecado.

Procedimiento

1. El sumo sacerdote se baña y se pone vestiduras blancas, después de oficiar en el servicio regular matutino con sus vestiduras pontificias.

2. Presenta el novillo delante del Señor; coloca sus manos sobre la cabeza del animal.

3. Presenta machos cabríos; echa suertes para determinar cuál será para Jehová y cuál para Azazel.

4. Mata el novillo y conserva su sangre.

5. Lleva el incensario e incienso hasta el lugar santísimo y acomoda el incienso sobre brasas.

6. Vuelve al atrio para buscar la sangre del novillo, que lleva hasta el lugar santísimo y la rocía sobre el propiciatorio y delante del propiciatorio siete veces.

7. Vuelve al atrio, mata el macho cabrío de Jehová, y entra en el lugar santísimo con la sangre, rociándola como hizo con la sangre del novillo.

8. Vuelve al lugar santo, y hace expiación por las cosas santas.

9. Vuelve al atrio, y hace expiación por el altar, rociándolo con la sangre del novillo y del macho cabrío siete veces, colocando la sangre sobre los cuernos del altar.

10. Confiesa los pecados de Israel sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y lo envía al desierto, conducido por un hombre destinado para eso.

11. Se viste sus vestiduras pontificias, y ofrece sebo de las ofrendas por el pecado, los holocaustos por sí mismo y el pueblo, los holocaustos para el día, y el cabrito de la ofrenda por el pecado para el día.

 

FUENTE:

Francis D. Nichol and Humberto M. Rasi, eds., Génesis a Deuteronomio, trans. Victor E. Ampuero Matta and Nancy W. de Vyhmeister, vol. 1, Comentario Biblico Adventista Del Séptimo Día (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1992), 718–719.

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CEREMONIA ANUAL EN EL SANTUARIO TERRENAL

El Día de la Expiación

Una vez al año, en el gran Día de la Expiación, el sacerdote entraba en el Lugar Santísimo para limpiar el Santuario. La obra allí desarrollada completaba el ciclo anual de ceremonias.

En el Día de la Expiación se llevaban dos machos cabríos a la puerta del tabernáculo y se echaba suerte sobre ellos, “una suerte por Jehová, y otra suerte por Azazel” [Lev. 16:8]. El macho cabrío sobre el cual caía la primera suerte debía matarse como ofrenda por el pecado del pueblo. Y el sacerdote debía llevar la sangre dentro del velo y rociarla sobre el propiciatorio. “Así purificará el santuario, a causa de las impurezas de los hijos de Israel, de sus rebeliones y de todos sus pecados; de la misma manera hará también al tabernáculo de reunión, el cual reside entre ellos en medio de sus impurezas” [vers. 16].

“Y pondrá Aarón sus dos manos sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y confesará sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío, y lo enviará al desierto por mano de un hombre destinado para esto. Y aquel macho cabrío llevará sobre sí todas las iniquidades de ellos a tierra inhabitada; y dejará ir el macho cabrío por el desierto” [vers. 21, 22]. Sólo después de haberse alejado al macho cabrío de esta manera, se consideraba el pueblo libre de la carga de sus pecados. Todo hombre debía contristar su alma mientras se verificaba la obra de expiación. Todos los negocios se suspendían, y toda la congregación de Israel pasaba el día en solemne humillación delante de Dios, en oración, ayuno y profundo análisis del corazón.

Mediante este servicio anual se le enseñaba al pueblo importantes verdades acerca de la expiación. En la ofrenda por el pecado que se ofrecía durante el año se aceptaba un sustituto en lugar del pecador; pero la sangre de la víctima no hacía completa expiación por el pecado. Sólo proveía un medio en virtud del cual el pecado se transfería al Santuario. Al ofrecerse la sangre, el pecador reconocía la autoridad de la ley, confesaba la culpa de su transgresión y expresaba su fe en Aquel que habría de quitar los pecados del mundo; pero no quedaba completamente exonerado de la condenación de la ley. En el Día de la Expiación, el sumo sacerdote, llevando una ofrenda por la congregación, entraba en el Lugar Santísimo con la sangre y la rociaba sobre el propiciatorio, encima de las tablas de la ley. En esa forma los requerimientos de la ley, que exigían la vida del pecador, quedaban satisfechos. Entonces, en su carácter de mediador, el sacerdote tomaba los pecados sobre sí mismo y, saliendo del Santuario, llevaba sobre sí la carga de la culpa de Israel. A la puerta del tabernáculo ponía sus manos sobre la cabeza del macho cabrío [símbolo de Azazel] y confesaba “sobre él todas las iniquidades de los hijos de Israel, todas sus rebeliones y todos sus pecados, poniéndolos así sobre la cabeza del macho cabrío”. Y cuando el macho cabrío que llevaba estos pecados era conducido al desierto, se consideraba que con él se alejaban para siempre del pueblo. Tal era el servicio verificado como “figura y sombra de las cosas celestiales” (Heb. 8:5).

Una figura de las cosas celestiales

Como se ha dicho, el Santuario terrenal fue construido por Moisés conforme al modelo que se le mostró en el monte. “Era símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios”. Los dos lugares santos eran “figuras de las cosas celestiales”. Cristo, nuestro gran Sumo Sacerdote, es el “ministro del santuario, y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre” (Heb. 9:9, 23; 8:2). Cuando en visión se le mostró al apóstol Juan el templo de Dios que está en el cielo, vio que allí “ardían siete lámparas de fuego”. Vio también a un ángel que tenía “un incensario de oro; y se le dio mucho incienso para añadirlo a las oraciones de todos los santos, sobre el altar de oro que estaba delante del trono” (Apoc. 4:5; 8:3). Se le permitió al profeta contemplar el Lugar Santo del Santuario celestial; y vio que allí “ardían siete lámparas de fuego” y “el altar de oro”, representados por el candelero de oro y el altar del incienso o perfume en el Santuario terrenal. Nuevamente “el templo de Dios fue abierto en el cielo”, y vio el Lugar Santísimo detrás del velo interior. Allí contempló “el arca de su pacto” (Apoc. 11:19), representada por el arca sagrada construida por Moisés para contener la ley de Dios.Image result for DIA EXPIACION

Moisés hizo el Santuario terrenal “conforme al modelo que había visto”. Pablo declara que “el tabernáculo y todos los vasos del ministerio”, después de haber sido hechos, eran símbolos de “las cosas celestiales” (Hech. 7:44; Heb. 9:21, 23). Y Juan dice que vio el Santuario celestial. Ese Santuario, en el cual Jesús oficia en favor de nosotros, es el gran original, del cual el Santuario construido por Moisés era una copia.

Ningún edificio terrenal podría representar la grandeza y la gloria del Templo celestial, la morada del Rey de reyes, donde “millares de millares” le sirven y “millones de millones” están delante de él (Dan. 7:10), de ese templo henchido de la gloria del trono eterno, donde los serafines, sus guardianes resplandecientes, se cubren el rostro en adoración. Sin embargo, las verdades importantes acerca del Santuario celestial y de la gran obra que allí se efectúa en favor de la redención del hombre debían enseñarse mediante el Santuario terrenal y sus servicios.

Después de su ascensión, nuestro Salvador iba a principiar su obra como nuestro Sumo Sacerdote. El apóstol Pablo dice: “No entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el mismo cielo para presentarse ahora por nosotros ante Dios” (Heb. 9:24). Como el ministerio de Cristo iba a consistir en dos grandes divisiones, ocupando cada una un período de tiempo y teniendo un sitio distinto en el Santuario celestial, asimismo la ministración típica consistía en el servicio diario y el anual, y a cada uno de ellos se dedicaba una sección del tabernáculo.

Como Cristo, después de su ascensión, compareció ante la presencia de Dios para ofrecer su sangre en beneficio de los creyentes arrepentidos, así, en el servicio diario, el sacerdote rociaba la sangre del sacrificio en el Lugar Santo en favor de los pecadores.

Aunque la sangre de Cristo habría de librar al pecador arrepentido de la condenación de la ley, no anularía el pecado; éste quedaría registrado en el Santuario hasta la expiación final; así en el tipo, la sangre de la víctima quitaba el pecado del arrepentido, pero quedaba en el Santuario hasta el Día de la Expiación.

Se limpia el registro de los pecados

En el gran día del juicio final los muertos han de ser juzgados “por las cosas que” están “escritas en los libros, según sus obras” (Apoc. 20:12). Entonces, en virtud de la sangre expiatoria de Cristo, los pecados de todos los que se hayan arrepentido sinceramente serán borrados de los libros celestiales. En esta forma el Santuario será liberado, o limpiado, de los registros del pecado. En el tipo, esta gran obra de expiación, o el acto de borrar los pecados, estaba representada por los servicios del Día de la Expiación; o sea, la purificación del Santuario terrenal por medio de la eliminación de los pecados que lo habían manchado, en virtud de la sangre de la víctima.

Así como en la expiación final los pecados de los arrepentidos han de borrarse de los registros celestiales, para no ser ya recordados, en el tipo terrenal eran enviados al desierto y separados para siempre de la congregación.

Puesto que Satanás es el originador del pecado, el instigador directo de todos los pecados que causaron la muerte del Hijo de Dios, la justicia exige que Satanás sufra el castigo final. La obra de Cristo en favor de la redención del hombre y la purificación del pecado del universo se concluirá quitando el pecado del Santuario celestial y colocándolo sobre Satanás, quien sufrirá el castigo final. Así en el servicio típico, el ciclo anual del ministerio se completaba con la purificación del Santuario y la confesión de los pecados sobre la cabeza del macho cabrío [símbolo de Azazel].

De este modo, en el servicio del tabernáculo, y en el del templo que posteriormente ocupó su lugar, se enseñaba diariamente al pueblo las grandes verdades relativas a la muerte y al ministerio de Cristo, y una vez al año sus pensamientos eran llevados hacia los acontecimientos finales de la gran controversia entre Cristo y Satanás, la purificación final del universo del pecado y los pecadores (Patriarcas y profetas, págs. 356–372).

 

FUENTE:

Elena G. de White, Cristo En Su Santuario, ed. Aldo D. Orrego, Segunda edición. (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2009), 41–45.

BASES PROFÉTICAS

Las siete copas postreras relacionadas con los últimos días

En la categoría de las últimas cosas.—Tertuliano y Victorino (siglo III) colocaron las copas en los “últimos tiempos”. El comentario ilustrado de Beato (siglo VIII) y el comentario sobre el Apocalipsis, de Bamberg (c. 1000), describían a los ángeles que derramaban las copas de las siete últimas plagas. El Venerable Beda de Gran Bretaña (c. 716) las trató superficialmente.

Aplicación profética. Joaquín de Fiore (o Floris, siglo XII) consideraba que las copas abarcaban la era cristiana, paralelamente con los sellos y las trompetas. Creía que la quinta plaga se derramaría sobre los falsos clérigos y frailes, a medida que la sede y el reino de Dios se convertían en la sede y el reino del anticristo. Hacía caer la sexta plaga sobre el Estado romano, o imperio, o la nueva Babilonia, y creía que la séptima plaga limpiaría la iglesia espiritual. Asimismo Olivi colocaba la sexta copa con el sexto sello y la sexta trompeta. En el período anterior a la Reforma, John Purvey interpretó que los ángeles eran los predicadores contra el anticristo y que las copas contenían la condenación de los seguidores del anticristo. En el prefacio de Lutero al Apocalipsis, él aplica las siete copas al tiempo de la Reforma. Muchos otros de los siglos XVII y XVIII también definieron las siete copas como castigos que ya estaban cayendo sobre el papado o Iglesia Católica, concentrándose su caída durante la Reforma, pero culminando con el Armagedón de los últimos tiempos. Entre éstos estaban Thomas Brightman, David Pareus, Joseph Mede (para quien el secamiento de la corriente del Eufrates era el debilitamiento venidero del imperio turco), William Sherwin y Robert Fleming, h.

Puntos de vista dispares entre los exégetas norteamericanos.—En los albores de la era colonial norteamericana, muchos creían que en sus días ya se estaban cumpliendo las plagas, y que la quinta y la sexta estaban cayendo sobre la Roma papal; entre ellos, John Cotton, Samuel Sewall (1697), Samuel Hopkins (1793), teólogo congregacionalista, Joshua Spalding (1796) y Joseph Lathrop. La mayoría sostenía que la quinta plaga se había derramado durante la Reforma y que entonces estaban bajo la sexta o la séptima. Pero Timothy Dwight, rector de Yale, enseñaba que la quinta correspondió a la Revolución Francesa y que estaba a punto de llegar la sexta. Había una considerable variedad de opiniones en cuanto a si la sexta se refería al papado o a los turcos. Pero Elhanan Winchester, escribiendo en 1794, afirmó que las siete eran todavía futuras.

Las últimas copas consideradas todavía futuras.—Johann Bengel (1740) creía que el derramamiento de las copas era todavía futuro. Así también pensaba el erudito bautista John Gill (m. 1771). Esa era entonces una tendencia que se veía en varios comentarios, como los de Matthew Henry y Thomas Newton, también en la Biblia con notas de D’Oyly y Mant y la Self-Interpreting Bible de Brown.

Se creía que ya caían las plagas.—En el despertar adventista de comienzos del siglo XIX, entre 1800 y 1840, una cantidad de escritores se ocuparon de las plagas y pensaron que caían en su tiempo. Muchos, como Faber, Cuninghame, Gauntlett y Frere, suponían que las copas habían comenzado a derramarse durante la Revolución Francesa. Para la mayoría, los turcos estaban implicados en la sexta plaga. Algunos sostenían que ya se efectuaba la quinta; otros, la sexta.

Entre los intérpretes proféticos norteamericanos de 1798 a 1844, no mileritas, muchos sostenían que las plagas ya estaban cayendo. Algunos las hacían comenzar con la Reforma; otros, con la Revolución Francesa, o durante ella. Se entendía, como en Inglaterra, que la quinta plaga involucraba al papado, y la sexta con suma frecuencia se aplicaba a los turcos.

Los mileritas sostienen la opinión prevaleciente.—En el movimiento milerita no había ningún énfasis particular o general acerca de las siete plagas. Miller creía que habían comenzado a derramarse en los días de la Reforma; que la sexta era el inminente secamiento de los turcos, y la séptima, el fin. Henry Dana Ward, clérigo episcopal de la ciudad de Nueva York, entendía que la última plaga se relacionaría con la séptima trompeta y con el segundo advenimiento. Philemon R. Russell sostenía que la última copa se derramaría sobre la bestia papal, y la sexta sobre el Eufrates turco. Una de las láminas de los primeros mileritas también las hacía comenzar con la Reforma; mostraba que la quinta había caído sobre el trono de la bestia durante la Revolución Francesa, la sexta sobre los turcos, y la séptima sobre el mundo.

Entre los adventistas sabatistas —que concretaron sus doctrinas entre 1847 y 1855— se sostenía la creencia de que las siete últimas plagas eran todas futuras, y que comenzarían con la terminación del tiempo de gracia; la quinta caería sobre el papado; en la sexta se veía a las naciones unidas para el Armagedón; la séptima implicaba los acontecimientos finales de la historia de la tierra.

La “Babilonia” de Apocalipsis 17 aplicada uniformemente a Roma

Roma: pagana y papal.—Los diversos símbolos de Apoc. 17, en donde se representa a Babilonia bajo la caracterización de una mujer muy adornada que cabalga sobre la bestia de siete cabezas y diez cuernos, o sentada sobre las siete colinas, fueron explicados en la iglesia primitiva. Ireneo de las Galias (m. c. 202) hacía equivaler esta bestia con la bestia de Apoc. 13, y consideraba que los cuernos eran los mismos de la cuarta bestia de Daniel; es decir, las diez divisiones que habían sido predichas en cuanto a Roma. Tertuliano, Victorino y otros expresaban el concepto general que Babilonia significaba la Roma pagana.

En contraste con Agustín, el donatista Ticonio aplicaba “Babilonia” a la Iglesia Romana secularizada y a sus obispos mundanos. El griego Andreas, arzobispo de Cesarea en el siglo VII, entendía que Roma cabalgaba sobre el anticristo como la bestia. El Venerable Beda escribió en el siglo VIII, que la ramera —la multitud de los perdidos— sentada sobre la bestia cuyas cabezas son los reyes del mundo y cuya octava cabeza es el anticristo, reinará al fin de los siglos. Berengaud (quizá en la parte final del siglo IX) identificaba a la ramera con todos los perversos, pero especialmente con la Roma pagana; hacía del anticristo la séptima cabeza de la bestia.

Joaquín de Fiore identificaba a “Babilonia” con Roma; es decir, con todos los réprobos del imperio cristiano. Declaraba que las siete cabezas de la bestia bermeja eran reinos perseguidores sucesivos, desde los perseguidores judíos hasta los sarracenos. Advertía que la condenación de la cristiandad romana recaería sobre los hijos de “Babilonia” dentro de la iglesia romana y el Imperio Romano. Pierre Jean d’Olivi sufrió la censura oficial por declarar que la Babilonia presentada en el libro de Apocalipsis representaba a la iglesia carnal y corrupta de Roma.

Aplicación medieval al papado.—Los albigenses y los valdenses señalaron a la iglesia romana como la ramera del Apocalipsis.

Durante el Renacimiento, varios católicos aplicaron Apoc. 17 a la iglesia romana. En su Divina comedia Dante (m. 1321) presentó a la iglesia romana corrupta como a la mujer impúdica; así también lo hizo Miguel de Cesena, general de los frailes grises, y Johannes de Rupescissa, fraile franciscano de los días de Clemente VI, en tanto que Francisco Petrarca, el famoso poeta (Roma, 1341), identificaba a la ramera con el papado de Avignon.

Los líderes anteriores a la Reforma, tales como Walter Brute y John Purvey, eruditos lolardos, reafirmaron la posición de que la “Babilonia” que está sobre las aguas era contemporánea con la mujer en el desierto. Y Savonarola, quemado posteriormente en la hoguera por su fe en las profecías, denunció la infidelidad espiritual de la iglesia romana, llamándola la gran ramera del Apocalipsis.

Nota dominante de la exposición de la Reforma.—Martín Lutero y una cantidad de sus seguidores, en los días de la Reforma, en 1520, identificaron al papado o iglesia romana con la ramera: Babilonia. Los artistas de esa época repetidas veces la describen llevando sobre la cabeza la triple corona que la identifica. Los escritores que interpretaron que la “Babilonia” femenina era la iglesia romana, incluyeron a Matthias Flacius y Heinrich Bullinger (1557), también a los expositores británicos William Tyndale, Nicholas Ridley, Thomas Cranmer, John Bale (1545), John Jewel (m. 1571) y John Napier. Bale y Napier creían que el papa era la séptima cabeza o forma del gobierno romano sobre la bestia.

Los contrarreformadores restringen la aplicación a la Roma pagana.—La Contrarreforma católica condenó este testimonio universal. Fue negado por Luis de Alcázar, quien insistía que Babilonia se limita a la Roma pagana del pasado, y por Francisco Ribera, quien la consideraba como ambas: la Roma pagana y la Roma cristiana del tiempo del anticristo futuro, después de que hubiera apostatado abandonando a los papas. Viegas y Lapide convenían con Ribera.

Uniformemente sostenida en los días posteriores a la Reforma.—Numerosos intérpretes protestantes bien conocidos mantuvieron después de la Reforma la posición histórica protestante acerca de Apoc. 17; entre ellos, Gerhard, Cramer, Spener y Bengel en Alemania; Pacard, Jurieu y Philipot en Francia; el rey Jacobo I, Mede, Sherwin, Cressener, Isaac Newton, Whiston, Thomas Newton, Wesley y otros en Gran Bretaña.

Hay intérpretes de la Norteamérica colonial y de los comienzos de su vida independiente que esencialmente sustentan la misma posición, desde John Cotton y Roger Williams hasta Timothy Dwight, rector de Yale.

Uniformidad en el siglo XIX.—Es igualmente notable la uniformidad de opinión acerca de la “Babilonia” papal entre los intérpretes del despertar adventista de comienzos del siglo XIX en el Viejo Mundo. Con mucha frecuencia aplicaban al papa el símbolo de la séptima cabeza de la bestia. Aun el jesuita Lacunza insistió en que la ramera apocalíptica era la Roma papal, y no como la interpretaban generalmente los comentadores católicos: es decir, la Roma antigua, o del futuro.

En Norteamérica entre los intérpretes no mileritas y los mileritas se continuó manteniendo (entre 1798 y 1844) la posición protestante tradicional; sin embargo, comenzó a descollar un nuevo concepto: que “Babilonia” también incluía la apostasía de las “hijas” protestantes. Los adventistas sabatistas generalmente estuvieron de acuerdo con los mileritas, aunque, por regla general, sostuvieron que la octava cabeza de la bestia era la Roma papal. Pero estos “nuevos” conceptos ya habían sido presentados por escritores previos. Impresiona la armonía a pesar de los siglos transcurridos.

Los protestantes retienen el espíritu de Babilonia.—Fue necesario llegar a los tiempos posteriores a la Reforma para que los intérpretes comenzaran a sugerir que la “Babilonia” papal —la “madre”— tenía hijas que llevaban el mismo nombre de familia; y de vez en cuando aludían a ellas con los términos de anticristo o Babilonia, expresando así la creencia de que ciertos organismos protestantes, o iglesias unidas en general con el Estado, habían retenido algunas de las características y errores del papado. Entre ellos hubo disidentes destacados como Robert Browne, Henry Barrowe, John Milton, y en la Norteamérica colonial, el defensor de la libertad, Roger Williams, y el historiador bautista Isaac Backus.

El teólogo congregacionalista Samuel Hopkins declaró que pocas iglesias o pocos individuos protestantes habían salido enteramente de Roma, “la madre de todas las falsas doctrinas, superstición, incredulidad y prácticas abominables en el mundo protestante”.

Testigos del siglo XIX.—Varios líderes anglicanos y disidentes comentaban en el siglo XIX que la “madre” católica tenía “hijas” protestantes que compartían algunas de las características maternas. Hugh M’Neile afirmaba que Babilonia abarcaba “el total de los sistemas anticristianos del imperio occidental”. El anglicano David Simpson sostenía que las iglesias protestantes de “cualquier denominación” que participaran del mismo espíritu de Roma o que hubieran “instituido doctrinas y ceremonias hostiles al puro y genuino Evangelio de Cristo”, debían compartir la suerte de Babilonia. Expresaba el temor de que la Iglesia Anglicana pudiera ser considerada como la “hija mayor”. En Norteamérica muchos escribieron vigorosamente en los comienzos del siglo XIX acerca de las “hijas” protestantes; entre ellos, Elías Smith de la Christian Connection (grupo derivado en 1793 de los metodistas), Lorenzo Dow de los metodistas, John Thomas de los cristadelfos, Samuel M. McCorkle de los discípulos e Isaac T. Hinton de los bautistas.

Los mileritas hacen resonar la invitación “Salid”.—A medida que los mileritas encontraban una creciente oposición eclesiástica a su doctrina del segundo advenimiento, muchos, tanto clérigos como laicos, fueron expulsados de sus iglesias. A mediados de 1843 Fitch comenzó a hacer resonar la invitación “Salid de Babilonia”. Miller se resistía a esta invitación; pero en septiembre de 1844 Joshua 5. Himes, muy allegado a Miller, pregonó el llamado a separarse. Los mileritas sintieron más y más que debían “salir” de las iglesias protestantes, hijas de Babilonia, que estaban saturadas con las doctrinas corruptas de Babilonia y que definitivamente estaban rechazando el gran mensaje de la hora del juicio de Dios que los mileritas creían que estaban proclamando.

Este fue el antecedente para la creencia —sostenida por aquellos mileritas que se convirtieron en los primeros adventistas del séptimo día— de que el movimiento milerita había hecho resonar el mensaje del segundo ángel de Apoc. 14.

El segundo advenimiento, el milenio y la condición eterna

Premilenarismo de la iglesia primitiva.—Los primeros escritores antenicenos que explicaron los 1.000 años de Apoc. 20 eran premilenaristas; es decir, sostenían que la segunda venida de Cristo sería acompañada por la resurrección de los justos y seguida por el milenio, y que al fin de éste vendría la segunda resurrección, o general. Los primeros quiliastas (del Gr. jílioi, mil), como fueron llamados, creían que los justos resucitados reinarían con Cristo sobre esta tierra durante el milenio, y que la transformación final de todos los justos al estado “angelical” o eterno tendría lugar después de terminar el milenio. Algunos afirmaban (Justino Mártir, Ireneo) que el reino terrenal tendría su capital en la Jerusalén reedificada, o en una santa ciudad edificada divinamente, y que la nueva Jerusalén descendería al terminar el milenio; sin embargo, Tertuliano enseñaba que la nueva Jerusalén “descendería del cielo” durante el milenio y que la eternidad celestial vendría después de la conflagración de la tierra.

Los quiliastas aplicaban literalmente al milenio las profecías del reino del Antiguo Testamento. Anticipaban fertilidad y abundancia increíbles, la victoria y el dominio sobre las naciones y prosperidad. Pero no eran como los “literalistas” modernos de la escuela de interpretación futurista. Los primeros premilenaristas sostenían que los santos perseguidos por el anticristo antes del segundo advenimiento y los santos que habían de reinar en el reino milenario después del advenimiento, no eran los judíos literales sino los cristianos: la iglesia, el verdadero Israel, los herederos de las promesas del reino. Tampoco eran lo que hoy llamamos futuristas, pues veían el cumplimiento de la profecía en la historia, y los sucesos futuros —como el anticristo—, como si ya acontecieran en el tiempo de ellos y que continuarían hasta el fin.

El agustinianismo suplanta el premilenarismo.—Pero la sencilla creencia de que el milenio seguiría al segundo advenimiento, ampliamente sostenida en la iglesia primitiva, llegó a desvirtuarse más y más por los conceptos paganos y judaicos que se le añadieron, conceptos fantásticos y materialistas. Esto produjo finalmente el descrédito del milenarismo por la creciente tendencia de recurrir a alegorías debido a la influencia de Orígenes, Dionisio de Alejandría, etc., y a la popularización, enriquecimiento y ensalzamiento de la iglesia por la influencia de Constantino. El postulado premilenarista —la intervención divina y el catastrófico fin del mundo— fue puesto a un lado a medida que la expansión de la Iglesia Católica vino a ser considerada como el reino profetizado de Dios: la nueva Jerusalén.

Agustín (siglo V) marcó la pauta durante más de mil años para la interpretación de que el milenio había comenzado con el primer advenimiento, con la primera resurrección espiritual (nuevo nacimiento), con Satanás ya atado y, el reino de los santos formando el cuerpo de la iglesia, expandiéndose por toda la tierra. Esta fue la comprensión medieval e indudablemente la base para el concepto del dominio político-religioso del papado.

Joaquín de Fiore (siglo XII), que había destacado la interpretación histórica del Apocalipsis, no negó el milenio agustiniano; pero anticipó el punto de vista de que el atamiento de Satanás era, en el sentido completo del término, aún futuro, para los comienzos de la esperada “Era del Espíritu”. Este fue el comienzo de un creciente desacuerdo.

Los primeros reformadores se aferran al milenio agustiniano.—Lutero se opuso a la pretensión de Roma de ser la nueva Jerusalén, y declaró que era Babilonia; sin embargo, la mayoría de los primeros reformadores, en todos los países, todavía sostenían una forma modificada del concepto agustiniano de los mil años. Unos pocos escritores, como François Lambert, Miguel Servet y Sebastián Castellion, de Basilea, colocaron los mil años en el futuro; pero no había aún una tendencia general hacia ese concepto.

Mede, restaurador del premilenarismo.—El restablecimiento del premilenarismo entre los protestantes se llevó a cabo y popularizó mayormente debido a Joseph Mede, de Cambridge, quien sostenía que el segundo advenimiento destruiría al anticristo e inauguraría el milenio, el cual tendría lugar entre las dos resurrecciones. Mede hablaba de la nueva Jerusalén como si estuviera sobre la tierra durante el milenio; pero creía que los santos estarían en el cielo al terminar ese período. Los que hablaban de “la quinta monarquía” generalmente pensaban en un futuro milenio sobre la tierra, aunque algunos de ellos, en sus esfuerzos por entender la inauguración de ese reino, tendieron a un postmilenarismo más bien que a un premilenarismo.

Otros escritores, como Thomas Goodwin, William Sherwin, Thomas Burnet, Johann Piscator y Robert Fleming, h., defendieron el concepto premilenarista.

Surge un punto de vista revolucionario postmilenarista.—Daniel Whitby, párroco anglicano de Salisbury, Inglaterra, introdujo en 1703 la tesis revolucionaria del postmilenarismo, según la cual la restauración de los judíos como nación, la caída del papado y de los turcos, la conversión del mundo (que él denominaba la “primera resurrección”), darían comienzo a un reinado universal de la justicia, la paz y la victoria durante mil años, antes del segundo advenimiento.

Whitby fue seguido en esta teoría por el profesor holandés Campegius Vitringa y otros, aunque se opusieron categóricamente el obispo Thomas Newton, John Gill, Georg Hermann Giblehr, Joseph Galloway y muchos otros del siglo XVIII. Sin embargo, el postmilenarismo inundó al protestantismo, particularmente al creciente sector racionalista, y apareció en los comentarios más divulgados como el de Matthew Henry, Thomas Scott y Adam Clarke.

La Norteamérica colonial fue predominantemente premilenarista.—En la Norteamérica colonial por lo menos un escritor, Thomas Parker, se aferró a una forma modificada de la teoría agustiniana del milenio; pero fuera de esto, el concepto premilenarista revivido, con su resurrección literal y advenimiento, fue la norma. Jonathan Edwards aceptó en 1774 el postulado postmilenarista de Whitby, y fue seguido por Joseph Bellamy (1758) y Samuel Hopkins (1793). El postmilenarismo predominaba en las iglesias en los comienzos del siglo XIX, cuando se produjo la creciente protesta de un premilenarismo redivivo y militante.

El premilenarismo de comienzos del siglo XIX.—Al comenzar el siglo XIX muchos intérpretes europeos comenzaron a reexaminar la doctrina del segundo advenimiento anterior al milenio. Entre los primeros estuvieron dos católicos: el sacerdote Bernard Lambert, de Francia, y el jesuita chileno Manuel de Lacunza, expulsado de España e Italia. Estos dos escritores, aunque retuvieron su futurismo católico, abandonaron el milenio agustiniano, pues sostuvieron que el reino del milenario sería el reinado personal de Cristo en la tierra, reino que no vendría sino hasta el segundo advenimiento de Cristo y la destrucción del anticristo eclesiástico, que uno interpretó como si fueran los papas de los últimos días, y el otro, como el espíritu de apostasía en la iglesia.

La amplia circulación de la obra de Lacunza, traducida al inglés por Irving, influyó poderosamente sobre algunos escritores británicos del despertar adventista. Varios individuos, sociedades, conferencias y periódicos de ese movimiento, se unieron en aceptar que el advenimiento personal de Cristo daría comienzo al milenio, contrariando la utópica expectativa de los postmilenaristas. La mayoría de los premilenaristas eran “historicistas”, y sostenían el concepto común entre los protestantes en cuanto al anticristo papal; sin embargo, variaba la interpretación acerca de las fechas proféticas y los acontecimientos que llevarían al fin. Muchos consideraban que el fin de los 2.300 días sería en 1843, 1844 ó 1847; entonces comenzaría el milenio. Muchos esperaban que el milenio comenzaría alrededor de 1866. Había discrepancia en cuanto a si la tierra sería renovada con el comienzo del milenio o al fin de él; si la Jerusalén celestial descendería como la capital del milenio o si solamente lo sería en el reino eterno; si los santos reinarían en la tierra o en el cielo, con un reino terrenal paralelo. La mayoría creía que los judíos se convertirían y serían restaurados a su tierra ya fuera antes o durante el milenio.

En su ataque contra el “espiritualizante” postmilenarismo, pusieron mucho énfasis en el “literalismo”, y en la década de 1830 un número creciente comenzó a sostener puntos de vista futuristas, lo cual principió en las conferencias de Albury (1826–1830), en las cuales se prestó atención al futurismo de Lacunza y de Maitland (el intérprete cuyos conceptos de un anticristo futuro fueron bien aprovechados por Newman en el movimiento de Oxford). Esto se desarrolló aún más en las revelaciones de los seguidores de Irving, y en las enseñanzas de Darby en las conferencias de Powerscourt desde 1830 en adelante, aunque al principio fue aceptado por unos pocos. Este nuevo futurismo fue un retorno al quiliasmo de la iglesia primitiva, que estuvo impregnado de ideas judías y paganas en cuanto a un reino terrenal y literal; sin embargo, llegó a ser un nuevo punto de vista en el cual el celo en pro del literalismo llevó al futurismo a un extremo y en una dirección que no correspondía con la de la iglesia primitiva. Pero no fue sino hasta unas décadas más tarde cuando el premilenarismo interdenominacional llegó a identificarse mucho con un complicado sistema de futurismo a imitación de Darby, el cual divide el segundo advenimiento en dos: el rapto y la venida en gloria; separa de su contexto la septuagésima semana y otras profecías, interponiendo el lapso de toda la era cristiana; separa a los creyentes judíos de la iglesia y a la iglesia del pacto, las promesas y las profecías; pone a la ley en desacuerdo con la gracia, y aleja de la iglesia grandes porciones del Nuevo Testamento.

No obstante, la mayoría de los premilenaristas de la década de 1840 eran historicistas, y el aspecto “judaizante” de los quiliastas literalistas no impidió que los mileritas norteamericanos consideraran a los literalistas como aliados en su lucha contra el postmilenarismo. Sin embargo, la diferencia básica entre los “mileritas” (incluso algunos que se unieron con ellos aunque no estaban de acuerdo con Miller en cuanto a la fecha esperada del segundo advenimiento) y los literalistas, es evidente en dos de los principales postulados mileritas: (1) la negación del literalismo que imponía que el reino milenario cumpliera todas las profecías del Antiguo Testamento para los judíos, sosteniendo que judíos y gentiles sin distinción son los herederos de las profecías solamente por ser cristianos; (2) la negación de la naturaleza “temporal” del reino del milenio; es decir, creían que el segundo advenimiento traería la renovación de la tierra por medio del fuego y la transformación de los santos en seres inmortales, de modo que el único reinado del milenio sería el de los santos —la primera etapa del estado eterno—, que se interrumpiría sólo después de mil años por la resurrección de los impíos, que recibirían su retribución final. Este era en general el concepto sostenido por los diversos organismos adventistas que resultaron del movimiento milenta de 1844.

Los pioneros adventistas del séptimo día retuvieron mucho del concepto milenta; pero ubicaban la renovación de la tierra al fin del milenio y colocaban a los santos en el cielo durante ese período —participando de la obra del juicio—, después de lo cual la santa ciudad descendería a la tierra para permanecer en ella por la eternidad.

Este es el registro del milenarismo y su herencia a través de los siglos, y tal es la herencia que legó el despertar adventista mundial de comienzos del siglo XIX.

 

Fuente: Francis D. Nichol and Tulio N. Peverini, eds., Filipenses a Apocalipsis, trans. Nancy W. de Vyhmeister and Victor E. Ampuero Matta, vol. 7, Comentario Biblico Adventista Del Séptimo Día (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1996), 128–135.

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CRUZ (σταυρός)

A. La cruz y la crucifixión en el mundo del NT.

I. Significado de la palabra.

1. σταυρός es una «estaca» erguida, como las que se usan para cercas o empalizadas.

2. El σταυρός es un instrumento de suplicio para delitos graves. Puede ser una estaca vertical puntiaguda, o un palo vertical con un travesaño encima, o un poste con una viga de igual longitud que se interseca.

II. El castigo de la crucifixión.

1. Esta forma de ejecución parece haber sido inventada por los persas. La usan Alejandro Magno y sus sucesores, y luego los romanos, aunque no oficialmente para los ciudadanos. Josefo menciona crucifixiones masivas de insurrectos en Judea.

2. El condenado transporta el travesaño hasta el sitio de ejecución, es asegurado a él con sogas o con clavos, y luego es izado en la estaca, que ya está erguida en su sitio. Hacia la mitad del poste hay una pieza de madera que sostiene el cuerpo suspendido. La altura de la cruz varía. Una tableta colgada alrededor de la víctima enuncia la causa de la ejecución, y luego esta tableta se fija a la cruz. A menudo, antes de la ejecución se azota a la víctima y se la expone a burlas. La crucifixión se efectúa públicamente, y el cuerpo se puede dejar a que se pudra en la cruz. La muerte es extremadamente lenta y penosa. Constantino suprime esta forma de castigo.

3. El derecho judío no impone la crucifixión. Las personas que son lapidadas son luego colgadas de un árbol para mostrar que han muerto malditas por Dios. El judaísmo aplica este principio a los que mueren crucificados.

B. σταυρός en el NT.

I. La cruz de Jesús. Los autores de los Sinópticos y Juan cuentan el relato de la crucifixión en narraciones que tienen una calidad kerigmática y cultual. En el trasfondo está la idea de que Jesús muere como el cordero sacrificial de la nueva alianza. Los acontecimientos van siguiendo las costumbres de la época. Algunos toques judíos son la bebida estupefaciente de Marcos 15:23 y el descendimiento del cuerpo de Jesús en la víspera del sábado (Jn. 19:31). La cruz es un poste con travesaño, y Jesús es clavado a ella. Juan atribuye significación teológica al levantamiento de Jesús en la cruz (3:14; 8:28).

II. La teología de la cruz.

1. Pablo muestra la significación salvífica de la cruz. En ella, como la etapa más baja de la humillación, Jesús completa su obediencia y así realiza la obra de redención (Fil. 2:8). La sabiduría humana, que no logra captar esto, despoja a la cruz de su contenido esencial (1 Co. 1:17). La palabra de la cruz es tontería para los que van a la perdición, pero es poder de Dios para los creyentes. Como revelación de la sabiduría de Dios, ella es verdadera sabiduría para los perfectos (2:6–7). Aquellos cristianos que por su manera de vivir desprecian la cruz, son enemigos de ella (Fil. 3:18). Los judaizantes están tratando de esquivar la persecución a causa de la cruz, al abogar por la circuncisión (Gá. 6:12). Los propios sufrimientos de Pablo se relacionan con su predicación de la cruz, ya que la circuncisión obligatoria y la cruz se excluyen mutuamente. La cruz es decisiva en la historia de la salvación. Al suprimir toda glorificación de uno mismo, ella es la propia gloria de Pablo (Gá. 6:14).

2. La cruz es el medio de expiación en Colocenses 1:20 y Efesios 2:16. Es el fundamento de la reconciliación cósmica (Col. 1:20). La sangre de Jesús tiene un poder expiatorio que todo lo abarca. Como signo de su gracia de indulto, Dios ha fijado a la cruz el recibo de acusación (Col. 2:14). Por la cruz Dios ha reunido a judíos y gentiles en una nueva humanidad, y los ha reconciliado con Dios mismo (Ef. 2:16).

3. Hebreos usa σταυρός sólo en 12:2, que dice que Jesús eligió la cruz ya sea «en lugar de» la felicidad celestial o «a causa de» ella. Lo primero tal vez sea el sentido más natural; Jesús renunció al gozo que se le presentaba, con el fin de recorrer el camino de la obediencia y del sufrimiento.

III. Uso figurado.

1. Jesús exige que sus discípulos tomen la cruz y lo sigan. El dicho figura cinco veces en diferentes contextos (Mr. 8:34 [par. Mt. 16:24; Lc. 9:23]; Mt. 10:38; Lc. 14:27).

2. Entre los rabinos no existe paralelo para este dicho. Puede haber sido una expresión popular surgida entre los zelotes. O tal vez Jesús ve en su muerte un modelo para sus seguidores, los cuales deben estar dispuestos a sufrir e incluso a morir por causa suya. El dicho acerca del yugo en Mateo 11:29 posiblemente esté conectado con el dicho acerca de la cruz. El cargar la cruz hasta el sitio de ejecución sugiere un proceso continuo. La señal de la cruz sirve como confesión de Jesús y como sello de pertenencia a él. En todo caso, la relación con la negación de sí muestra que la referencia es a una vida de compromiso que podría implicar el sufrimiento, y en última instancia la entrega de la vida misma.

IV. Uso posterior.

1. En Ignacio, la cruz eleva a los creyentes como piedras vivas en la construcción del templo de Dios (Efesios 9.1). Es un tronco que, con una fuerza vital, produce ramas (Tralianos 11.2). Los cristianos están clavados a ella (Esmirniotas 1.1). Bernabé demuestra que la crucifixión es necesaria, a partir de Génesis 14:14; Números 19:6; Salmo 1:3 (cf. 8:1; 9:8; 11:1). En A Policarpo, la cruz da testimonio de la verdadera corporeidad de Cristo (7.1). En las especulaciones gnósticas acerca de la cruz se da una cruz doble: la cruz del Gólgota, y una cruz de luz.

2. En los papiros encontramos pocos usos que sean distintivamente cristianos. En un caso σταυρός significa «penuria». En tiempos bizantinos, la cruz es común en las cartas. Tres cruces sirven de marca para los analfabetos. La cruz figura también como señal de oración.

 

Fuente: Gerhard Kittel, Gerhard Friedrich, and Geoffrey W. Bromiley, Compendio Del Diccionario Teológico Del Nuevo Testamento (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 2002), 1050–1051.

LA HISTORIA DE SAN VALENTÍN: fiestas paganas y ejecuciones

La fecha, hoy conocida por la veneración al amor y las parejas, tuvo su origen en una fiesta pagana de la Antigua Roma. Además, el santo al que le debe el nombre, encontró un funesto final

San Valentín

Oficialmente, el primer día de San Valentín se celebró el 14 de febrero de 496, cuando el papa Gelasio I incluyó la festividad en el calendario litúrgico católico. Sin embargo, los orígenes del que hoy conocemos como el día de los enamorados se remontan a la Antigua Roma.

Lupercalia, la festividad pagana de la fertilidad que celebraban los romanos el 13, 14 y 15 de febrero y con el que daban la bienvenida a la primavera, marca la base de esta festividad.

Según narra el profesor de la Universidad de Colorado Boulder, Noel Lenski, a National Geographic, “hombres jóvenes se desnudaban y usaban látigos hechos con piel de cabra o de perro para azotar las espaldas de mujeres, en busca de mejorar su fertilidad”.

Años después, la festividad se relacionaría con la Iglesia Católica. Según la página especializada “Catholic Encyclopedia”, durante la segunda mitad del siglo III existieron al menos tres santos con el nombre de Valentín: un sacerdote romano, un obispo de Terni (ciudad italiana ubicada en la región de Umbría que por esa época era conocida como Interamna) y del tercero se sabe apenas que murió en África “tras sufrir junto a sus compañeros”.

Según la tradición católica, los tres santos fueron ejecutados un 14 de febrero.

Sin embargo, el romántico significado de la fecha está vinculado al primero de ellos, el médico romano que se convirtió en sacerdote y que en el año 270 d.C. se opuso al emperador Claudio II “El Gótico” cuando este prohibió el matrimonio entre jóvenes. La razón para que el gobernante tomara esa decisión era que los jóvenes solteros eran mejores soldados porque nada los ataba.

El sacerdote Valentín siguió casando a los jóvenes en secreto hasta que fue descubierto por los soldados romanos. En este punto la historia sobre San Valentín se divide en al menos cuatro versiones.

Una indica que fue decapitado por orden de Claudio en el año 270, otra apunta a que San Valentín se enamoró de la hija de su carcelario y poco antes de que lo ejecuten le envió una carta que terminó con la frase “de tu Valentín”, una tercera narra que en lugar de enamorarse de la hija del carcelero lo que hizo fue curarla de la ceguera con la que había nacido y la última señala que en realidad el sacerdote se rehusó a renunciar a su religión.

Lo que es certero es que durante cinco siglos la festividad se siguió celebrando en la comunidad católica. En ese periodo, el día de San Valentín caló en la tradición popular, principalmente en Francia e Inglaterra.

Según The Telegraph, el 14 de febrero de 1400 en París se abrió la Alta Corte del Amor, que trataba matrimonios, divorcios, infidelidades y denuncias de abusos maritales. En ese siglo, también, el Duque Carlos de Orleans escribió la primera carta de San Valentín de la que se tiene registro, estaba dirigida a su amada y fue redactada durante su encarcelamiento en la Torre de Londres, donde permanecía cautivo desde que fue capturado tras la Batalla de Agincourt en 1415.

El diario británico también recuerda que a mediados del siglo XVIII se popularizó en Inglaterra el intercambio de cartas de San Valentín. Algo que para el siglo XIX, junto a la revolución industrial y ya en Estados Unidos, se masificó gracias a la aparición de fábricas dedicadas a producir tarjetas y postales de amor.

Sin embargo, en 1969, durante el pontificado de Pablo IV y tras el Concilio Vaticano II, la festividad fue eliminada del calendario litúrgico. La razón principal fueron las diferentes versiones sobre su origen.

De esta forma, el día de San Valentín dejó de ser una festividad pero mantuvo al santo. Aunque ya era demasiado tarde, la cultura popular había adoptado la fecha como una veneración al amor.

Fuente: https://elcomercio.pe/mundo/actualidad/origen-san-valentin-fiestas-paganas-ejecuciones-matrimonios-prohibidos-noticia-496980

 

 

MIENTRAS ESPERAMOS A CRISTO, ¿QUÉ VEREMOS?

 

Podemos esperar aflicción y maldad

Se puede decir que la mayoría de las señales que dio Jesús indican que hemos de esperar aflicción y maldad. Podemos esperar calamidades en la naturaleza, como terremotos. Podemos esperar problemas sociales como guerras y revoluciones. Podemos esperar dificultades en la iglesia, entre ellas falsos maestros y persecución. No debemos estar sorprendidos cuando todas esas cosas ocurran.

En relación con el comportamiento humano, Jesús dice: “y por haberse multiplicado la maldad, el amor de muchos se enfriará” (Mateo 24:12). Aunque el comportamiento humano ha sido corrupto siempre desde la caída en pecado en el jardín de Edén, Jesús dice que la maldad realmente se va a incrementar en los últimos días. Escuche lo que dice el apóstol Pablo: “También debes saber que en los últimos días vendrán tiempos peligrosos. Habrá hombres amadores de sí mismos, avaros, vanidosos, soberbios, blasfemos, desobedientes a los padres, ingratos, impíos, sin afecto natural, implacables, calumniadores, sin templanza, crueles, enemigos de lo bueno, traidores, impetuosos, engreídos, amadores de los deleites más que de Dios, que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella” (2 Timoteo 3:1–5). En pocas palabras, Pablo dijo: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos” (Efesios 5:15, 16).

La tierra en estos últimos días ha sido comparada con un cuerpo humano que se está desgastando y deteriorando antes de morir. De la manera en que la enfermedad, la debilidad, y el deterioro, indican que la muerte se está aproximando, también las convulsiones y las tragedias de este mundo indican que su final se está aproximando. Martín Lutero (1483–1546) dijo: “El cielo y la tierra van a crujir como una casa antigua que ha llegado al borde de derrumbarse y colapsar ruidosamente”.27

Pero, ¿por qué debe haber tanta maldad y tanta tribulación? La respuesta obvia es porque el mundo es pecador y el diablo está trabajando. Pero detrás de todo eso, reconocemos que Dios, en su sabiduría, ha dispuesto no separar el bien del mal, durante el curso de esta era sobre la tierra. Él va a separar el bien del mal en el último día. Recuerde la parábola del trigo y la cizaña:

El reino de los cielos es semejante a un hombre que sembró buena semilla en su campo; pero mientras dormían los hombres, vino su enemigo y sembró cizaña entre el trigo, y se fue. Cuando brotó la hierba y dio fruto, entonces apareció también la cizaña. Fueron entonces los siervos del padre de familia y le dijeron: “Señor, ¿no sembraste buena semilla en tu campo? ¿Cómo, pues, tiene cizaña?”. Él les dijo: “Un enemigo ha hecho esto”. Y los siervos le dijeron: “¿Quieres, pues, que vayamos y la arranquemos?”. Él les dijo: “No, no sea que al arrancar la cizaña arranquéis también con ella el trigo. Dejad crecer juntamente lo uno y lo otro hasta la siega, y al tiempo de la siega yo diré a los segadores: ‘Recoged primero la cizaña y atadla en manojos para quemarla; pero recoged el trigo en mi granero’ ” (Mateo 13:24–30).

Hace unos años, mi familia y yo estuvimos sembrando nueva grama en el patio de la iglesia. Muy poco después de que la grama germinó, nos dimos cuenta de que también estaban germinando malas hierbas. Nos preguntamos si debíamos comenzar a arrancar esas malezas, pero nos aconsejaron que esperáramos, porque al arrancar las malas hierbas también le podríamos hacer daño a la grama nueva. Sólo después de que la grama y la maleza se desarrollaron por completo pudimos ir a arrancar las malas hierbas. Así también Dios, en su sabiduría, ha decidido no quitar el mal de este mundo hasta el día del juicio. De alguna manera, lo hace para el beneficio de su iglesia. No lo podemos explicar. Puede ser que Dios esté pensando en convertir a algunos de los descendientes de los malvados pobladores del mundo. Por lo tanto, tiene que conservar a las personas malvadas sobre la tierra para el beneficio de su iglesia y para la salvación de almas. En cualquier caso, podemos esperar que haya aflicción y maldad mientras esperamos la segunda venida de Cristo.

Vemos que esas cosas están pasando

Desde luego, solo tenemos que mirar los noticieros de la noche o leer el periódico del día, para darnos cuenta de que las predicciones de aflicción y maldad, se están cumpliendo en todas partes, como se han estado cumpliendo a través de toda la era del Nuevo Testamento. Se podría escribir un libro separado únicamente sobre este tema. He aquí unos pocos ejemplos:

• Se calcula que murieron 40 millones de personas en Europa durante la peste negra.

• Con equipos mejorados, los científicos detectaron alrededor de 20,000 terremotos por año.

• El Almanaque Mundial indica que desde el año 526 AC, ha habido 78 tormentas, inundaciones, olas gigantes, terremotos, y erupciones volcánicas que han matado por lo menos diez mil personas.28

• Se calcula que más de mil millones de personas no tienen alimento suficiente y más de seis millones de niños menores de cinco años mueren cada año de hambre y de causas relacionadas.29

• Se calcula que puede haber más de mil millones de abortos en el mundo, desde el comienzo del siglo 20.

¡Todo esto es muy alarmante! Recuerde que este es el mundo que Dios creó originalmente como “muy bueno” en todo aspecto. El mundo que hizo Dios era perfecto, sin ningún problema, ni pesar, ni mal. Lo que vemos es un asombroso testimonio del hecho de que este mundo ha sido arruinado por el pecado. Este mundo presente no es lo que originalmente Dios quiso que fuera. Por causa del pecado, “toda la creación gime a una, y a una está con dolores de parto hasta ahora” (Romanos 8:22).

Guerra

El tema de la guerra merece que le dediquemos especial atención. Jesús dice claramente: “Oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca, pero aún no es el fin. Se levantará nación contra nación y reino contra reino; y habrá pestes, hambres y terremotos en diferentes lugares” (Mateo 24:6, 7). Podemos esperar que las guerras continúen hasta que Jesús regrese.

Desde luego, eso es exactamente lo que vemos. Algunos han dicho que la historia humana es en gran parte una historia de guerras. La guerra es una constante; sólo ha cambiado la tecnología. En todo caso, la guerra se ha vuelto sencillamente más aterradora con el poder cada vez más letal de las armas modernas. Un experto en estadística ha estimado que “se han peleado unas catorce mil guerras a lo largo de los siglos”.30 Para que no pensemos que los seres humanos han estado progresando en este aspecto a medida que pasan los siglos, podemos anotar que entre 35 y 40 millones de soldados murieron en centenares de guerras durante el siglo 20.31 Eso, sin contar los millones de civiles que también murieron. Piense en la indecible desdicha humana ¡y en el dolor que produce la guerra humana! Todo el tema es repulsivo, ya que muestra de la manera más cruda el estado lamentable de la vida humana bajo el dominio del pecado.

Hay muchos que piensan que el hombre depende de sus propios actos para librar al mundo de la guerra, quizás mediante la acción política o mediante la conversión al pensamiento de la “nueva era”. Tristemente, sabemos que eso es imposible. La gente anunció que la primera guerra mundial era la “guerra para terminar con todas las guerras”, pero fue seguida por una guerra aún peor, sólo una generación más tarde. Después de luchar contra el nazismo, hubo una guerra para frenar el comunismo; después de luchar contra el comunismo, hubo una guerra contra la yihad. Siempre hay una nueva razón para la guerra.

Como cristianos, siempre debemos trabajar y orar por la paz. Jesús dice: “Bienaventurados los pacificadores” (Mateo 5:9). Pablo nos exhorta a orar “por los reyes y por todos los que tienen autoridad, para que vivamos quieta y reposadamente en toda piedad y honestidad” (1 Timoteo 2:2). Pero no tenemos sueños optimistas de ver en realidad un mundo amistoso en el que reinen el amor y la armonía entre todas las naciones. El pecado sigue presente en el mundo, y la Biblia ha anunciado que “se levantará nación contra nación”.

Pero, como creyentes en el Señor, no tenemos que alarmarnos por las guerras y los rumores de guerras.; “es necesario que todo esto acontezca” (Mateo 24:6). Dios está llamando a la puerta, nos exhorta para que estemos listos para el regreso de su Hijo. Dios sigue teniendo el control de todas las cosas. Las guerras y los rumores de guerras, nos recuerdan que pronto viene Jesús.

Falsas enseñanzas y apostasía

Quizás el tema de las falsas enseñanzas merezca también atención especial. Así como la historia del mundo es en gran parte una historia de guerras, también la historia de la iglesia es en gran parte una historia de falsas enseñanzas y de la reacción de la iglesia contra ellas.

Las falsas enseñanzas y la apostasía son ampliamente predichas en la Biblia. Jesús dice: “Muchos tropezarán entonces, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se odiarán. Muchos falsos profetas se levantarán y engañarán a muchos” (Mateo 24:10, 11). Pablo escribió: “El Espíritu dice claramente que, en los últimos tiempos, algunos apostatarán de la fe, escuchando a espíritus engañadores y a doctrinas de demonios” (1 Timoteo 4:1).

Más adelante, Pablo añadió “pues vendrá tiempo cuando no soportarán la sana doctrina, sino que, teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias pasiones, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Timoteo 4:3, 4). Judas repitió la predicción de los apóstoles: “ ‘En el último tiempo habrá burladores que andarán según sus malvados deseos.’ ” Estos son los que causan divisiones, viven sensualmente y no tienen al Espíritu” (Judas 18, 19).

Toda época ha tenido sus propios ejemplos. Desde los tiempos del Nuevo Testamento, dos colosales sistemas religiosos se destacan sobre la multitud: el catolicismo romano y el islam. Cada uno de ellos reclama un quinto o más de la población actual del mundo. En el siguiente capítulo, vamos a considerar el surgimiento del papado y las falsas enseñanzas del catolicismo romano; aquí nos limitamos a decir que el islam es un monstruoso cumplimiento de las profecías de la Biblia de la falsa enseñanza como una poderosa arma de Satanás. Las regiones del mundo en las que los musulmanes ejercen el control político tienen generalmente pocos cristianos, y lo más frecuente es que la evangelización cristiana esté prohibida por la ley. En algunas de esas áreas, como el norte de África, hubo en un tiempo prósperas comunidades cristianas. Aquí hay una evidencia de personas que “abandonaron la fe” y siguieron “enseñanzas de demonios”. Esta es una señal de que Jesús viene pronto.

Hoy es particularmente preocupante en la iglesia visible la negación de la autoridad de la Biblia por medio del método de la alta crítica en la interpretación bíblica. Grandes fracciones de la iglesia visible dicen que la Biblia contiene errores; dicen que han perdido la confianza en lo que dice la Biblia y, en consecuencia, pueden cuestionar o negar todas las doctrinas cristianas tradicionales.

Cuando se organizó el concilio mundial de iglesias en 1948, los participantes no se pudieron poner de acuerdo ni siquiera en la doctrina de la Trinidad.32 Hoy en día, grandes segmentos de la iglesia visible niegan que Jesús pagó los pecados de todo el mundo (la expiación vicaria), que es el corazón y núcleo de la enseñanza bíblica.

Sin duda, en estos últimos días, todos tenemos que estar en alerta respecto de los falsos cristos y de los falsos profetas. Jesús nos advierte: “Mirad que no seáis engañados, porque vendrán muchos en mi nombre diciendo: “Yo soy el Cristo” y: “El tiempo está cerca”. Pero no vayáis en pos de ellos” (Lucas 21:8). Es necesario hacer como se nos exhorta: “probad los espíritus si son de Dios, porque muchos falsos profetas han salido por el mundo.” (1 Juan 4:1).

Persecución a los cristianos

Finalmente, es necesario pensar de una manera especial en la persecución a los cristianos. Jesús da profecías inequívocas de que la persecución va a venir; él dice: “Entonces os entregarán a tribulación, os matarán y seréis odiados por todos por causa de mi nombre” (Mateo 24:9). Y dice a continuación: “Seréis entregados aun por vuestros padres, hermanos, parientes y amigos; y matarán a algunos de vosotros. Seréis odiados por todos por causa de mi nombre” (Lucas 21:16, 17).

El libro de los Hechos da amplio testimonio del cumplimiento de estas profecías en la iglesia primitiva. Los apóstoles fueron encarcelados y azotados (Hechos 5:18, 40); Esteban fue apedreado hasta que murió (Hechos 7:58); Saulo iba de casa en casa, llevando a prisión a los hombres y las mujeres creyentes (Hechos 8:3).

El rey Herodes “Mató a espada a Jacobo, hermano de Juan” (Hechos 12:2). El misionero Pablo fue apedreado y dado por muerto en Listra (Hechos 14:19); fue desnudado y severamente flagelado en Filipos (Hechos 16:22, 23). Más adelante, Pablo dijo: “De los judíos cinco veces he recibido cuarenta azotes menos uno. Tres veces he sido azotado con varas; una vez apedreado;” (2 Corintios 11:24, 25).

Pero la persecución no se limitó al primer siglo; también en nuestra así llamada era ilustrada, los cristianos son constantemente perseguidos por su fe. Muchas veces se ha dicho que en el siglo 20 fueron llevados a muerte por su fe más cristianos que en todos los siglos anteriores. Algunos han calculado que fueron más de cien millones los mártires en el siglo pasado.33 Lo cierto es que las estadísticas sobre un asunto como este son casi imposibles de recopilar. Pero, sean cuales sean las estadísticas, el hecho es que la persecución a los cristianos está desbocada en nuestro mundo.

No nos debería sorprender que la persecución venga a nosotros y a otros creyentes. En la actualidad, muchos de nosotros vivimos en partes del mundo en las que la vida no está amenazada por causa de Cristo. Le damos gracias a Dios por este don de sociedades pacíficas en las que los cristianos lo pueden adorar con libertad. Pero, tenemos que estar siempre preparados para dar la vida por Cristo, si eso fuere necesario en el futuro. Incluso ahora puede haber ridiculización y otras formas de odio, que debamos soportar con paciencia por causa de la fe. Y ciertamente nuestro corazón está con todos los creyentes, que están perdiendo su vida o la vida de sus seres amados, por causa del evangelio. Si podemos hacer algo para ayudarles, lo debemos hacer. Y si nada podemos hacer, encomendamos en oración ante nuestro misericordioso Señor a los que están siendo perseguidos.

La batalla final

Y como si todo esto no fuera suficientemente malo, la Biblia también predice que va a haber una batalla final, un asalto total a la iglesia cuando venga el fin del mundo. Los enemigos de Dios se reunirán para dar la batalla final, intensificando la promoción de las falsas enseñanzas, la maldad y la persecución. Las cosas van a estar en su peor condición en el momento en que Jesús regrese para aparecer como el victorioso vencedor sobre todas las cosas. Va a ser “el momento más oscuro, que viene antes del amanecer”.

El profeta Joel predijo esta gran batalla final con el siguiente mensaje que vino del Señor:

¡Proclamad esto entre las naciones,
proclamad guerra, despertad a los valientes!
¡Acérquense, vengan todos los hombres de guerra!
Forjad espadas de vuestros azadones,
lanzas de vuestras hoces y diga el débil: “¡Fuerte soy!”
Juntaos y venid,
naciones todas de alrededor, y congregaos.
¡Haz venir allí, Jehová, a tus fuertes!
Despiértense las naciones y suban al valle de Josafat,
porque allí me sentaré
para juzgar a todas las naciones de alrededor”.
(Joel 3:9–12)
En el Antiguo Testamento se encuentran pasajes similares en Ezequiel 38–39 y Zacarías 14:2–15.

 

Bueno: la siembra y la cosecha

Con todo este pesimismo, uno se puede preguntar: ¿Hay algo bueno con lo que se pueda contar mientras esperamos a Jesús? La respuesta es sí, porque Dios nos ha dado unas promesas muy buenas.

En primer lugar, Dios ha prometido que va a seguir sosteniendo el ritmo normal de los días y de las estaciones todo el tiempo que dure la tierra. Dios nunca va a acabar con la producción agrícola, ni va a enviar otra destrucción mundial como el diluvio de la época de Noé. Después del diluvio, Dios dijo en su corazón: “No volveré a maldecir la tierra por causa del hombre, porque el corazón del hombre se inclina al mal desde su juventud; ni volveré a destruir todo ser viviente, como he hecho. Mientras la tierra permanezca no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, el día y la noche” (Génesis 8:21, 22).

Los profetas del fin del mundo han predicho que la tierra se puede convertir en un verano eterno o en un invierno eterno, pero nosotros sabemos que, por la gracia de Dios, eso no va a ocurrir. En la actualidad, el calentamiento global es una gran preocupación para muchos. ¿Qué se puede decir al respecto? Naturalmente, si estamos haciendo cosas que van en detrimento del mundo que Dios nos dio, los cristianos deberíamos estar preocupados; nosotros queremos ser buenos mayordomos del mundo que nos ha sido confiado. Pero todos sabemos, porque Dios así lo prometió, que siempre va a haber “el frío y el calor, el verano y el invierno”.

Bueno: la predicación del evangelio

También, Dios ha prometido que el evangelio se va a extender por toda la tierra. Eso estaba en primer lugar en la mente de Jesús en las últimas palabras que les dijo a sus discípulos. En su gran discurso escatológico, Jesús dijo: “Y será predicado este evangelio del Reino en todo el mundo, para testimonio a todas las naciones, y entonces vendrá el fin” (Mateo 24:14). Jesús se refiere a la era del Nuevo Testamento como “los tiempos de los gentiles”, dando a entender que grandes cantidades de gentiles van a ser convertidos y salvados (Lucas 21:24). En la noche de la Pascua, dijo: “Así está escrito: y así fue necesario que el Cristo padeciera y resucitara de los muertos al tercer día; y que se predicara en su nombre el arrepentimiento y el perdón de pecados en todas las naciones, comenzando desde Jerusalén” (Lucas 24:46, 47). En el monte de Galilea, Jesús dijo: “id y haced discípulos a todas las naciones” (Mateo 28:19). En la ascensión, Jesús dijo: “recibiréis poder cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8).

No hay que perder de vista lo asombrosa que es esta profecía. Cuando Jesús dijo originalmente estas palabras, se las dijo a un pequeño número de hombres comunes y corrientes, que eran todos del mismo país. Hubiera parecido muy improbable que su mensaje se pudiera extender por todas partes. En la época del Antiguo Testamento, los medios de gracia y de salvación estaban limitados en gran parte a la nación israelita. El propósito de Dios era que el mensaje de salvación fuera compartido con todas las naciones por medio de Israel (1 Crónicas 16:8, 23–30; 2 Crónicas 6:32, 33). Pero, en realidad, las personas de otras naciones que llegaron a conocer al verdadero Dios, como Rahab, Rut, y Naaman, parece que habían sido pocas y distantes entre sí. Fue algo completamente nuevo cuando las compuertas del reino de Dios les fueron abiertas por completo a las gentes de todas las naciones en la época del Nuevo Testamento.

Eso nos ayuda a entender el derramamiento del Espíritu Santo el día de Pentecostés. El profeta Joel predijo que en los últimos días el Señor iba a derramar su Espíritu sobre todo ser humano (Joel 2:28, 29). Eso se cumplió el día de Pentecostés (Hechos 2:16–18). Pero, ¿en qué sentido fue diferente la actividad del Espíritu Santo después de Pentecostés? En la época del Antiguo Testamento, el Espíritu Santo obró la fe en el corazón de los creyentes (Salmo 51:11) de la misma manera que en la época del Nuevo Testamento (1 Corintios 12:3). En la época del Antiguo Testamento, el Espíritu Santo les dio a los creyentes la capacidad de hacer obras agradables delante de Dios (Éxodo 31:3) de la misma manera que en la época del Nuevo Testamento (Gálatas 5:22). Una diferencia importante se encuentra en el alcance mundial de la obra salvadora del Espíritu. Ahora el Espíritu Santo distribuye generosamente la gracia de Dios por todo el planeta, entre personas de todas las naciones (vea Hechos 10).

Eso explica también la atadura de Satanás en Apocalipsis 20. El Apocalipsis dice: “Vi un ángel que descendía del cielo con la llave del abismo y una gran cadena en la mano. Prendió al dragón, la serpiente antigua, que es el Diablo y Satanás, y lo ató por mil años. Lo arrojó al abismo, lo encerró y puso un sello sobre él, para que no engañara más a las naciones hasta que fueran cumplidos mil años” (Apocalipsis 20:1–3). Cristo “ató” al diablo cuando ganó la victoria sobre él, por su vida, su muerte, y su resurrección (Juan 12:31; Hebreos 2:14; 1 Juan 3:8). Posteriormente en los “mil años” de la era del Nuevo Testamento, el diablo no ha sido capaz de “engañar más a las naciones” como sí lo hizo en la época del Antiguo Testamento. El diablo no ha sido capaz de impedir la difusión del evangelio a todas las personas.

En cierta medida, esta profecía ya se había cumplido en la época de los apóstoles, cuando los apóstoles llegaron hasta los confines de la tierra en su obra misionera. Pero, ¿cuánto más no se ha cumplido en los siglos y las décadas recientes? Como consecuencia de la colonización occidental, el evangelio ha llegado a innumerables lugares nuevos. Desde 2007, la Biblia completa ha sido traducida a 429 idiomas, y el Nuevo Testamento a 1,145 idiomas. En la actualidad, las obras de Lutero están siendo traducidas al chino. Es emocionante pensar que el evangelio ha estado viajando por la radio y la televisión ¡a todos los confines de la tierra! El evangelio ha estado llegando a todas las áreas del mundo. He aquí algo verdaderamente maravilloso mientras esperamos el regreso de Jesús.

Bueno: bendiciones para la iglesia

Finalmente, Dios ha prometido que siempre protegerá y bendecirá a su iglesia, es decir, a todos los creyentes en Jesús, a través de toda la era del Nuevo Testamento. El Nuevo Testamento tiene una inmensa cantidad de esas seguridades. Después de que Pedro confesó que Jesús es el Cristo, Jesús dijo: “sobre esta roca edificaré mi iglesia, y las puertas del Hades no la dominarán” (Mateo 16:18).

La muerte y el infierno, no van a destruir la iglesia de Cristo. Siempre podemos contar con la presencia de Dios con nosotros, hasta el día del juicio. Pedro dijo que, por medio de la fe, los creyentes son “guardados por el poder de Dios, mediante la fe, para alcanzar la salvación que está preparada para ser manifestada en el tiempo final” (1 Pedro 1:5). Estamos protegidos por Dios, hasta el final.

Pablo expresó constantemente la confianza que tenía en que Dios siempre lo cuidaba y lo guardaba; y escribió: “Y el Señor me librará de toda obra mala y me preservará para su reino celestial” (2 Timoteo 4:18). Pablo puso toda su confianza en Dios, y estaba seguro de la protección divina; por eso escribió: “Pero no me avergüenzo, porque yo sé a quién he creído y estoy seguro de que es poderoso para guardar mi depósito para aquel día” (2 Timoteo 1:12).

Pablo usó también una imagen interesante, dijo que Dios “nos ha sellado y nos ha dado, como garantía, el Espíritu en nuestros corazones” (2 Corintios 1:22; vea 2 Corintios 5:5). Cuando hacemos un anticipo de dinero, o un depósito, sobre un vehículo, ese pago inicial es la garantía de que va a haber más pagos en el futuro. De la misma manera, cuando Dios nos da su Espíritu Santo en fe, ese Espíritu es una garantía de que habrá más dones de Dios en el futuro. El hecho de que tengamos el Espíritu Santo es una prueba de que Dios está con nosotros y de que él nos va a dar nuestra “herencia” en el cielo, al final (Efesios 1:14).

 

Optimistas realistas

Entonces, ¿cuál debe ser nuestra actitud como cristianos? Se ha dicho que tenemos que ser “optimistas realistas”.41 Somos realistas en cuanto a las luchas y las dificultades de la vida en la tierra. No esperamos que la vida sea fácil. No tenemos grandes esperanzas de que haya un cielo en la tierra. Esperamos que haya dificultades, y sabemos que las cosas pueden llegar a ser peores antes del fin. Pero también somos optimistas, porque sabemos que Jesús ha ganado la victoria final.

El cielo es nuestro. Jesús está siempre con nosotros mientras vivamos sobre la tierra. Y nuestro corazón está lleno de alegría por haber visto y haber sido parte de la predicación del evangelio a todas las naciones.

Tronos y coronas pueden perecer;
De Jesús la iglesia fiel habrá de ser;
Nada en contra suya prevalecerá,
Porque la promesa nunca faltará.
¡Muévete potente, pueblo del Señor!
Y de triunfo en triunfo marcha con valor.
Eres solo un cuerpo, y uno es el Señor,
Una la esperanza y uno nuestro amor.
Texto: Sabine Baring-Gould (1834–1924, sacerdote y escritor Anglicano, traducido por Juan Bautista Cabrera. 1837–1916) (CC 254:3)

 

Fuente:

Thomas P. Nass, Tiempos Finales: Jesús Viene Pronto, ed. Curtis A. Jahn, Enseñanzas de La Biblia Popular (Milwaukee, WI: Editorial Northwestern, 2011), 69–88.

 

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27 What Luther Says: An Anthology, compiled by Ewald M. Plass, Vol. 2 (St. Louis: Concordia Publishing House, 1972), p. 697.

28 World Almanac: (New York: World Almanac Books, 2009), pp. 316–318, 690.

29 http://www.wfp.org/hunger/stats, accessed August 21, 2010.

30 Chandler, Doomsday, p. 119.

31 Thomas Hayden, “The Roots of War,” US News and World Report, April 26, 2004, p. 49.

32 John R. Stephenson, Eschatology (Fort Wayne, IN: Luther Academy, 1993), p. 7.

33 James and Marti Hefley, By Their Blood: Christian Martyrs From the Twentieth Century and Beyond (Grand Rapids, MI: Baker Books, 2004), back cover.

34 Becker, Revelation, pp. 315, 316.

35 John P. Meyer, The Kingdom of Christ, translated by O. Marc Tangner (O Marc Tangner, 2002), p. 76. Originalmente publicado como “Das Königtum Cristoi” in Theologische Quartalschrift, Vol. 32, No. 3 (July 1935), p. 199.

36 Mueller, Revelation, p. 1.

37 What Luther Says, Vol. 2, p. 1040.

38 Teodoro de Beza dijo esto después de la masacre de los hugonotes en Vassy en marzo de 1562. Citado en Henry M. Baird, History of the Rise of the Huguenots, Vol. 2 (London: Hodder and Stoughton, 1880), p. 28.

39 John M. Brenner, “Worldwide Luteroan Membership Figures for 2006,” Wisconsin Lutheran Quarterly, Vol. 104, No. 3 (Summer 2007), p. 218.

40 R. B. Kuiper, citado en Aaron Luther Plueger, Things to Come for Planet Earth (St. Louis: Concordia Publishing House, 1977), p. 94.

41 Eickmann, Hosea, Joel, Amos, p. 160.

CC Culto Cristiano

 

 

¿POR QUÉ NO REGRESAS YA?

¿Por qué la aparente demora?

Sin embargo, todo lo anterior puede hacer surgir un dilema en la mente. Si la Biblia dice que la segunda venida de Cristo está cerca, ¿por qué han transcurrido dos mil años? ¿Por qué ha habido tanta demora? ¿Por qué continúa la vida y sigue adelante sin interrupción? El apóstol Pedro se anticipó a esta pregunta, en su segunda epístola, en la que escribió: “Sabed sobre todo que en los últimos días vendrán burladores, andando según sus propias pasiones y diciendo:, ‘«¿Dónde está la promesa de su advenimiento? Porque desde el día en que los padres durmieron, todas las cosas permanecen así como desde el principio de la creación»’ ” (3:3, 4).

El Espíritu Santo inspiró a Pedro para que escribiera dos cosas para ayudarnos a comprender la aparente demora. Lo primero y más importante que debemos recordar es que el tiempo de Dios no es nuestro tiempo; Pedro escribió: “Pero, amados, no ignoréis que, para el Señor, un día es como mil años y mil años como un día” (2 Pedro 3:8, aludiendo al Salmo 90:4). Para Dios, los dos mil años que han pasado no han sido un tiempo largo; han sido sólo como un día o dos. La perspectiva que tiene Dios del tiempo es diferente de la nuestra; es como un billonario a quien se le cobran 10,000 dólares por el cambio de un techo. Para él, $10,000 es una gota en el presupuesto, mientras que a muchos otros esa cantidad les puede parecer enorme.

En este sentido, se puede recordar lo que ocurrió en la época del Antiguo Testamento. Dios hizo promesas, pero con frecuencia pasó mucho tiempo, desde nuestro punto de vista, para que se cumplieran. Hacia el 2100 a.C., Dios le prometió a Abraham que sus descendientes iban a poseer la tierra de Palestina (Génesis 12:7); eso no se cumplió hasta casi setecientos años más tarde, cuando Josué condujo a los israelitas a la conquista de la Tierra Prometida. Hacia el año 1400 a.C., el profeta Malaquías predijo que Elías iba a venir para preparar el camino del Salvador (Malaquías 4:5); eso no se cumplió hasta unos cuatrocientos años más tarde, cuando Juan el Bautista entró en la escena (Mateo 11:14). Eso nos puede parecer un tiempo muy largo, pero, desde el punto de vista de Dios, no hubo ninguna demora; para él, mil años son como un día.

En segundo lugar, Pedro dijo que Dios tiene un propósito misericordioso para retardar el día del juicio. Pedro dijo a continuación: “El Señor no retarda su promesa, según algunos la tienen por tardanza, sino que es paciente para con nosotros, no queriendo que ninguno perezca, sino que todos procedan al arrepentimiento” (2 Pedro 3:9). Dios, en su gracia les está dando más tiempo a las personas para que se arrepientan y sean salvas. Apocalipsis 6:11 dice que es necesario que se “complete” el número de los mártires cristianos, antes de que venga el fin. Dios ha elegido a un número total de personas para que gocen del cielo, y no va a traer el día del juicio hasta que todas esas personas hayan sido llevadas a la fe en Cristo. Quizás lo podamos entender de esta manera: Si el día del juicio hubiera venido hace cien años, usted y yo no hubiéramos tenido la oportunidad de ir al cielo. Por eso Dios, en su amor por los pecadores y por el deseo de que sean salvos, está esperando con paciencia.

Pero las promesas de Dios siguen en pie; el día del juicio va a venir pronto, de la manera como la Palabra de Dios lo ha declarado. En la poderosa sección que escribió Pedro con referencia al día del juicio, añadió: “Estos [los burladores] ignoran voluntariamente que en el tiempo antiguo fueron hechos por la palabra de Dios los cielos y también la tierra, que proviene del agua y por el agua subsiste, por lo cual el mundo de entonces pereció anegado en agua. Pero los cielos y la tierra que existen ahora están reservados por la misma palabra, guardados para el fuego en el día del juicio y de la perdición de los hombres impíos.” (2 Pedro 3:5–7). La poderosa Palabra del Señor creó el universo; esa misma Palabra ha decretado el día final de juicio. Como la Palabra de Dios ha hablado, así ocurrirá con seguridad, en el tiempo de Dios.

Y si el día del juicio estaba cerca en la época de los apóstoles, sólo podemos suponer que ahora está aún más cerca. Pablo escribió: “porque ahora está más cerca de nosotros nuestra salvación que cuando creímos” (Romanos 13:11). Cada día que pasa se acerca más el día del juicio. Cuanto más tiempo permanezca el mundo, más cerca estamos de la segunda venida de Cristo.

Indicios en la Biblia de que la venida tarda un tiempo

La verdad es que no toda la evidencia bíblica apunta a una inmediata segunda venida de Cristo. En la Biblia hay algunos indicios de que la venida de Cristo puede tardar un tiempo, mirada desde el punto de vista humano.

Por ejemplo, algunas de las parábolas de Cristo sugieren un tiempo largo antes del día de juicio. En la parábola de las diez vírgenes, “Como el novio tardaba, cabecearon todas y se durmieron” (Mateo 25:5). En la parábola de los talentos, el señor regresó “después de mucho tiempo” (Mateo 25:19). En la parábola de las diez minas, el “Un hombre noble se fue a un país lejano para recibir un reino y volver” (Lucas 19:12). Esta última parábola en realidad fue dicha para corregir a los que pensaban que el reino de Dios se iba a manifestar de inmediato (versículo 11).

En relación con las señales del fin que mencionó, Jesús da a entender que el fin no va a venir de inmediato, cuando se comiencen a ver las señales. Esas señales son “sólo principio de dolores” (Mateo 24:8). Jesús dice que las guerras y las revueltas “es necesario que… acontezcan primero; pero el fin no será inmediatamente” (Lucas 21:9).

En ocasiones, los apóstoles, que decían que el día del juicio estaba cerca, escribieron como si esperaran que su propia muerte ocurriera primero. Pablo le escribió a Timoteo: “El tiempo de mi partida está cercano” (2 Timoteo 4:6). Pablo dijo también que “para mí el vivir es Cristo y el morir, ganancia” (Filipenses 1:21–23). Pedro, hablando de su vida en el cuerpo, dijo: “sabiendo que en breve debo abandonar el cuerpo” (2 Pedro 1:14).

A los creyentes también se les debe animar a ser “pacientes” en relación con la venida del Señor. Santiago escribió: “Por tanto, hermanos, tened paciencia hasta la venida del Señor. Mirad cómo el labrador espera el precioso fruto de la tierra, aguardando con paciencia hasta que reciba la lluvia temprana y la tardía. Tened también vosotros paciencia y afirmad vuestros corazones, porque la venida del Señor se acerca” (Santiago 5:7, 8). Tenemos que ser pacientes, como granjeros que esperan que la cosecha madure, esperando el regreso de Cristo.

En especial el libro de Apocalipsis indica cierta duración del tiempo antes del día del juicio. Cuando se abre el quinto sello en las visiones del Apocalipsis, el apóstol Juan ve las almas de los mártires en el cielo, que están esperando con impaciencia la venida del día del juicio. Se les dieron vestiduras y se les dijo que descansaran “todavía un poco de tiempo” (Apocalipsis 6:11). Las visiones de los sellos, las trompetas, los testigos, y las bestias, representan todas ellas, los eventos que van a ocurrir durante la era del Nuevo Testamento, que culminarán el día del juicio. Esos eventos llaman a “la perseverancia… de los santos” (Apocalipsis 13:10). Además, Apocalipsis 20 dice que Satanás va a ser atado “por mil años” (versículo 2). Aunque en el Apocalipsis las referencias temporales como “mil años” no tienen la intención de ser literales, sí implican el transcurso de una cierta cantidad de tiempo para que esos eventos tengan lugar. Es interesante notar que los apóstoles no dejaron de hacer planes para el futuro, aunque también insistían mucho en que el fin estaba cerca. Solían hablar como si todavía fueran a estar vivos sobre la tierra después de uno o dos años. Pablo habló de los planes que tenía para “ir a España” (Romanos 15:23–25). Juan escribió sobre sus intenciones de “ir a vosotros y hablar cara a cara” (2 Juan 12). Las epístolas están llenas de planes personales de los autores (1 Corintios 4:19; 2 Corintios 12:14; Filipenses 2:19; 1 Timoteo 3:14; 2 Timoteo 4:11; Filemón 22).

Los apóstoles no se cruzaron de brazos ni se sentaron a esperar; actuaron como si todavía les quedara tiempo.

Nuestra actitud

Entonces, ¿cuál es nuestra actitud? Como los apóstoles, no dejamos de hacer planes para el futuro, no dejamos nuestros trabajos para dedicarnos a mirar al cielo. Sabemos que el mundo se va a seguir tambaleando durante otros diez, cien, o mil años. Y todos podemos seguir anunciando el evangelio para que así el mundo sea un mejor lugar de cierta manera.

Pero también sabemos que el mundo puede llegar a su fin hoy o mañana; por eso no vamos a aplazar lo referente al arrepentimiento y a la fe. No pensamos que las viviendas que tenemos en esta tierra sean nuestro verdadero hogar. Mientras va transcurriendo nuestro día, pensamos en la posibilidad de que Cristo pueda aparecer en cualquier momento. Sobre todas las cosas, queremos estar siempre cerca de Jesús en la fe, usamos su Palabra y los sacramentos, para que su gracia esté con nosotros. Y también podemos usar las señales del fin como advertencias y recordatorios. Cuando nos llegan noticias de un terremoto, siempre pensamos “Jesús va a venir pronto”. Cuando tenemos noticias de una guerra, siempre pensamos “Jesús va a venir pronto”. Cuando escuchamos sobre falsos maestros, pensamos “Jesús va a venir pronto”.

Alguien dijo una vez que las señales del fin son como si Dios estuviera llamando a la puerta del mundo. Él quiere atraer nuestra atención, y por eso permite que haya hambre y enfermedades; permite que el mal gane fuerza. De esa manera está llamando a la puerta, indicando así que este mundo está llegando a su fin. Es Dios que está llamando a la puerta, diciéndonos que va a venir pronto.

Jesús dice que las señales del fin son como los dolores que anuncian el parto de una mujer que está embarazada. “Se levantará nación contra nación y reino contra reino; y habrá pestes, hambres y terremotos en diferentes lugares. Pero todo esto es solo principio de dolores” (Mateo 24:7, 8). ¿Ha estado usted alguna vez en una sala de partos? Una vez que comienzan los dolores de parto, hay algo que es seguro: pronto va a haber un nacimiento. Una enfermera nos dijo una vez a mi esposa y a mí, en esa situación: “Nunca hemos dejado un niño adentro”. Y eso es lo que ocurre ahora cuando las señales del fin son evidentes. El nacimiento de la eternidad viene pronto. Es inevitable.

Un autor Cristiano lo dice de esta manera: “Los religiosos de todas las épocas han tenido la esperanza de ver el cumplimiento de la esperanza escatológica durante el tiempo de su vida.… En todas las épocas, ha estado siempre presente la dinámica del fin de los tiempos.… miramos a nuestra propia época, y decimos: ‘Con seguridad, estos son los últimos de los últimos días’. Como les ocurrió a nuestros ilustres predecesores, podemos estar equivocados; pero lo que es cierto es que un día, una generación tendrá la razón. Por lo tanto, todas las generaciones deben estar preparadas”.26

“¡Despertad! A todos llama
Del guarda fiel la gran proclama;
¡Despierta, pueblo de David!
Ya la media noche suena,
Venid a la celeste cena;
Prudentes vírgenes, salid.
Al regio esposo ved,
La lámpara encended.
¡Aleluya! Presto acudid al adalid;
Con júbilo a sus bodas id”
Texto: Philipp Nicolai (1556–1608, pastor luterano alemán, traducido por Federico Fliedner, 1845–1901)

 

Fuente:

Thomas P. Nass, Tiempos Finales: Jesús Viene Pronto, ed. Curtis A. Jahn, Enseñanzas de La Biblia Popular (Milwaukee, WI: Editorial Northwestern, 2011), 62–67.

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(CC 4:1)

26 Frederic W. Baue, “What Comes After Postmodernism?” Logia, Vol. 8, No. 1 (Epiphany 2004), p. 8.

CC Culto Cristiano

 

EL VICARIO DE CRISTO

Christian dove

https://poder1844.wordpress.com/2018/01/18/el-vicario-de-cristo/

 

MAYORDOMO

(heb. śar, bên mesheq, ’hâ-îsh ’asher ‛al; gr. epítropos, oikonómos [del verbo oikonoméō]). Hombre empleado para administrar una propiedad o negocios de otra persona, y responsable por ellos. José fue mayordomo sobre la casa de Potifar (Gn. 43:19; 44:4). Sebna era mayordomo durante el reinado de Ezequías (Is. 22:15; cf 2 R. 18:37; 19:2). Varios hombres eran “mayordomos en la casa de Jehová” (2 Cr. 34:10–13). En el NT desempeñan una parte importante en las parábolas de Jesús (Mt. 20:8; Lc. 12:42; 16:1–9), y a la mayordomía se le da una aplicación espiritual. El ministro cristiano actúa como mayordomo (administrador) de Dios (Tit. 1:7), y es un “administrador” de los “misterios de Dios” (1 Co. 4:1, 2) y de la “multiforme gracia de Cristo” (1 P. 4:10). Es responsable ante él por la forma en que trata a quienes están en oscuridad.

Fuente: Siegfried H. Horn, ed. Aldo D. Orrego, trans. Rolando A. Itin and Gaston Clouzet, Diccionario Bíblico Adventista (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1995), 762–763.

cambiar el mundo perfecto

(En hebreo, generalmente es sar, «aquel que está a la cabeza»; griego: oikonomos y epitropos: «mayordomo», «dispensador» o «administrador»). Superintendente, administrador de los bienes de la casa de otro. Eliezer era el mayordomo de Abraham (Gn. 15:2; 24:2); José tenía uno (Gn. 43:19; 44:1, 4), al igual que David y Salomón (1 Cr. 27:31; 1 R. 4:7), Nabucodonosor (Dn. 1:11, 16), Herodes (Lc. 8:3), el señor de la parábola del mayordomo infiel (Mt. 20:8). El mayordomo era también el que dirigía al personal y llevaba las cuentas de la casa; el dispensador que distribuía los artículos y alimentos a los componentes de la casa, tanto para su alimentación como para llevar a cabo sus trabajos (Lc. 12:42; 16:1).

Según el Nuevo Testamento, los servidores de Dios son los mayordomos o dispensadores que Él ha puesto en su Iglesia (Tit. 1:7; 1 Co. 4:1–2; 1 P. 1:12); con ello, todos los creyentes son dispensadores de las gracias y de los dones que Dios les ha confiado (4:10). Lo que se demanda de cada uno es que sea fiel, porque llegará el día en que deberá rendir cuentas de su administración. Tendrá que restituir todos los bienes que haya recibido a su cuidado, y es entonces sólo que recibirá «lo que es suyo», esto es, su herencia eterna (Lc. 16:2, 9–12).

Fuente: Samuel Vila Ventura, Nuevo Diccionario Biblico Ilustrado (TERRASSA (Barcelona): Editorial CLIE, 1985), 741.

MAYORDOMÍA

En el griego, la palabra mayordomía (oikonomia) es una palabra compuesta que significa «administración de una casa». El que administra la casa es llamado mayordomo (oikonomos «ley de la casa») o bien superintendente (epitropos). La idea tiene sus raíces en el establecimiento de la esclavitud. El amo nombraba a un esclavo para que administrara su casa, lo que podía incluir la enseñanza y disciplina de los miembros de la casa, en especial de otros esclavos y los niños. Un ejemplo clásico sería José en la casa de Potifar (Gn. 39:4–6). La idea ordinaria de la mayordomía se encuentra en varios pasajes del NT; notable es la historia del mayordomo injusto (Lc. 16:1–8; cf. Mt. 20:8; Lc. 12:42). El guardián de un menor también puede ser llamado un mayordomo (oikonomos, Gá. 4:3). Este es uno de los usos comunes en los papiros (MM). Un oficial público podría ser llamado un mayordomo (oikonomos, Ro. 16:23) o supervisor (epitropos Lc. 8:3).

La idea de que el hombre es mayordomo de Dios en su relación con el mundo y su propia 870593_58527003vida es algo inherente al relato de la creación (Gn. 1–3), en el cual se le nombra señor de todo, menos de sí mismo. En el NT, cuando la palabra no se usa en su sentido ordinario, se refiere a la administración de los dones de Dios, especialmente la predicación del evangelio. Por metonimia, la mayordomía puede referirse a la provisión que Dios hace para la era cristiana (Ef. 1:10; 3:9), implicándose en el contexto que este plan incluye el confiar a los hombres el mensaje del evangelio. La idea es explícita en 1 Co. 9:17; Ef. 3:2; Col. 1:25; 1 Co. 4:1–2; Tit. 1:7. La mayordomía se amplía de tal forma que incluye a todos los cristianos y todos los dones de Dios en 1 P. 4:10. Un uso poco común se encuentra en 1 Ti. 1:4, donde parece referirse a la disciplina y el adiestramiento del cristiano en el área de la fe. Se requiere que los mayordomos de Dios y de los hombres sean fieles; esto es, que administren según las direcciones que recibieron (1 Co. 4:2).

El énfasis moderno en la mayordomía de las posesiones, aunque es cierta, puede tender a oscurecer el hecho de que la mayordomía principal del cristiano es la del evangelio, incluyendo toda la vida, al igual que su dinero.

 

Fuente:

Fred L. Fisher, “MAYORDOMÍA,” ed. Everett F. Harrison, Geoffrey W. Bromiley, and Carl F. H. Henry, Diccionario de Teología (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 2006), 383–384.