Archivos Mensuales: enero 2012

¿SERÁN SALVOS TODOS LOS NIÑOS?

“Muchas son las dudas que afloran a la mente de los miembros de iglesia y padres en relación a la salvación de los niños. Con esto, estamos levantando este estudio basado en la Biblia y en el Espíritu de Profecía, procurando encontrar las respuestas posibles, que vengan a traer luz y esperanza a todos los indagadores. Algunas de las indagaciones que queremos analizar son las siguientes:

• ¿Son los niños pecadores?

• ¿Necesitan ellas de un Salvador?

• ¿Cómo un niño de tierna edad, podrá llegar a la comprensión de esta verdad y aceptarla?

• ¿Cuándo el niño tendrá condiciones de ser responsable por sí mismo delante de Dios?

• ¿Serán salvos todos los niños?

• ¿Los niños pequeñitos serán salvos solamente en el caso que se salven sus padres?

• ¿Y si uno de sus padres no se salva?

• ¿Qué sucederá con los niños rebeldes, irreverentes, sublevados, pero que son hijos de padres creyentes?

• ¿Cuándo los padres no son creyentes, pero tienen hijos bondadosos, bien educados y disciplinados, hay esperanza de salvación para esos niños?

Lógicamente que esto no agota el asunto, pero contribuye para resolver muchas dudas; al mismo tiempo, abre espacio para que otros investiguen y puedan encontrar más luz sobre el mismo tema. Espero que tanto miembros, como pastores, encuentren en este trabajo una fuente útil de aclaración con respecto a la salvación de los pequeños.

La realidad del pecado y los niños.-

Hay quien enseñe que el pecado es accidental; sin embargo, conforme a las declaraciones del Libro Sagrado, el pe-cado resultó de un acto de desobediencia por parte de Adán. Ya en la epístola a los Romanos, tenemos la confirmación de Pablo que dice: “Así como por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, así también la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron”. Rom. 5:12.

Hay algunos que afirman que el pecado es apenas una especie de debilidad o flaqueza, por lo cual somos muy infelices, pero que no somos de ningún modo culpables o condenables. Pero esa opinión, tal como la anterior, es contraria a la verdad revelada en las Escrituras. El mismo texto de Pablo, si se analiza con atención, muestra al hombre como el autor de la desobediencia, y por lo tanto el culpado, estando ahora sujeto a las consecuencias del pecado (la muerte), trayendo esta condenación a toda la raza humana.

A través del Espíritu de Profecía, recebemos más luz sobre este asunto, pues Ellen White dice que: “Adán fue transportado a través de sucesivas generaciones y vio el incremento del crimen, de la culpa y degradación, porque el hombre, se rendiría a sus fuertes inclinaciones naturales para transgredir la santa ley de Dios. Le fue mostrada la maldición de Dios, cayendo cada vez más pesadamente sobre la raza humana, sobre los animales y sobre la tierra, por causa de la continua transgresión del hombre” (Historia de la Redención: 49).

Sin sombra de dudas, podemos percibir y sentir la realidad del pecado. Él es un acto de desobediencia del hombre, siendo por esto culpado y responsable, teniendo que sufrir las consecuencias de su acto, “porque todo lo que el hombre siembre, eso también cosechará” Gal. 6:7.

El pecado es tan real y condenable, que la pluma inspirada, continuando la descripción de este asunto menciona que: “Adán fue llevado a comprender que el pecado es transgresión de la ley. Le fue mostrado que la degenración moral, mental y física sería para la raza el resultado de la transgresión, hasta que el mundo se llenaría con la miseria de toda especie” (Historia de la Redención: 49).

Para quien tiene ojos para ver, el pecado se manifiesta por todas partes. Realmente debe estar ciego quien no ve las operaciones arruinantes, maléficas, brutalizantes y bestiales del pecado, en el mundo de la vida humana. Un único ejemplar de algún diario, una única visita a las instituciones públicas de una ciudad grande, un simple paseo a pie por sus populosas avenidas, es suficiente para revelar las formas hediondas que el pecado asume y convence cualquier persona de su realidad.

Concluimos, por lo tanto, que toda la raza humana está envuelta con el pecado y sus consecuencias. En este momento surge la indagación: ¿Pero ni siquera los niños están libres del pecado y de sus consecuencias? ¡Claro que no! Lógicamente, ninguna persona, ya sea adulta, joven o niño, está libre de este drama, pues todos pecaron, según declara Pablo en Rom. 3:23. David, a su vez, refiriéndose a su concepción y nacimiento declaró: “He aquí que en iniquidad fui formado, y en pecado me concibió mi madre” Salmo 51:5.

Todo pecador necesita de un Salvador para resolver su problema, relacionado con el pecado. Necesita tomar decisiones que lo aproximen de Dios y lo liberen del pecado. ¿Y los niños de tierna edad? ¿Cómo podrán comprender esto? Eso es lo que veremos a continuación.

La necesidad de un Salvador y los Niños.-

Como vimos anteriormente, todo ser humano, inclusive los niños, son pecadores o “nacieron en pecado”. Con eso percibimos que hay necesidad de un Salvador. La pluma inspirada dice que “nos es imposible por nosotros mismos escapar al abismo del pecado en que estamos sumergidos. Nuestro corazón es impío y no lo podemos transformar … Es necesario un poder que opere interiormente … ese poder es Cristo. Su gracia solamente, es la única que puede avivar las amortiguadas facultades del alma y atraerlas a Dios, a la santidad” CC: 18.

Por otro lado, en la Biblia Sagrada, tenemos la propia declaración de Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre, sino por Mí” Juan 14:6.

Está bien claro, evidentemente, que aún los niños necesitan de Jesús, para transformar sus vidas y asegurarse la vida eterna. Para que esto suceda es necesario que el pecador (o en este caso, los niños) pueda tomar algunas decisiones o pasos que lo lleven a aceptar a Jesús.

1.- El Arrepentimiento.- El arrepentimiento puede ser definido como un cambio de pensamiento en relación con el pecado y en relación con la voluntad de Dios, lo cual conduce a una transformación de sentimientos y de propósitos a su respecto. La señora White dice que “el arrepentimiento comprende tristeza por el pecado y alejamiento del mismo” CC: 19. Juan Bautista en sus predicaciones decía: “Arrepentíos porque está cerca el reino de los cielos” Mat. 3:1-2. Jesús “de ahí en adelante pasó a predicar y a decir: arrepentíos, porque está próximo el reino de los cielos” Mat. 4:17. En Lucas 13:5 se nos dice que: “Si, sin embargo, no os arrepenteis, todos igualmente pereceréis”. La importancia del arrepentimiento se verifica a través del lugar que ocupa y por el énfasis qu le es dado, en la revelación divina, aún cuando no hayamos mencionado todos los textos. Viene entonces la pregunta: ¿Está un niño de meses, o de dos o tres años, en condiciones de entender el plano de la salvación y ser llevada al arrepentimiento? Esto lo veremos más adelante.

2.- La Fe.- La fe es el aspecto positivo de la verdadera conversión, el lado humano de la regeneración. A través del arrepentimiento, el pecador abandona el pecado; por la fe, él se vuelve para Cristo. “De hecho, sin fe es imposible agradar a Dios, por lo tanto es necesario que aquel que se aproxima de Dios, crea que Él existe y se vuelve galardonador de los que lo buscan” Heb. 11:6. “De suerte que la fe es a través del oir, y del oir de la Palabra de Dios” Rom. 10:17. Un niño, en sus primeros años de vida, ¿está en condiciones de ejercer fe y de entender las cosas referentes a la salvación? Podrá por acaso, aceptar a Jesús y ser justificado? En la gran comisión de Jesús a los discípulos, lo vemos ordenando a los mismos, que le enseñasen a los nuevos convertidos a guardar todas sus enseñanzas (Mat. 28:20). Para que un individuo pueda guardar, obedecer, necesita creer, tener fe en estas verdades. ¿Puede un niño pequeño, tener fe, creer y obedecer?

3.- El Bautismo.- Después que el pecador ha demostrado arrepentimiento de sus pecados, fe en Salvador y en sus palabras, necesita demostrar esto públicamente. Esa demostración se hace a través del santo bautismo.

¿Pero con qué edad un niño estaría en condiciones de tomar sus propias decisiones relacionadas con la salvación y el bautismo? La respuesta viene de la pluma inspirada: “Los niños de ocho, diez o doce años, ya tienen edad suficiente para ser dirigidas al tema de la religión individual. No enseñéis a vuestros hijos en relación a un tiempo en el futuro, en que ellos tendrán suficiente edad como para arrepentirse y creer en la verdad. Si son correctamente instruidos, los niños bien tiernos pueden tener ideas correctas en relación a su estado de pecadores y al camino de la salvación por medio de Cristo” (Orientación del Niño: 490-491 y 1JT: 150-151). Si a partir de los ocho años un niño ya tiene condiciones de tomar decisiones en la vida espiritual, ¿en qué pie quedan los niños de menor edad? ¿irán para el cielo solamente si los padres también van? ¿Y si mueren cuando aún están muy pequeñitos? ¿y los niños de padres no creyentes? Analizaremos estas preguntas más adelante.

El cielo y los niños.-

Dios es justicia, amor y misericordia. Él extiende también su amor a los niños desde antes de su nacimiento hasta el periodo en que dejen de serlo. Tenemos registradas en la Biblia las palabras de Jesús: “Dejad a los niños, y no los estorbéis de venir a Mí; pues de los tales es el reino de los cielos” Mat. 19:14.

Con esto vemos que Jesús tiene un lugar en el Cielo para los niños. ¿Pero será que todos los niños irán al Cielo? Antes de responder a esta pregunta, tenemos la confirmación del Espíritu de Profecía sobre la presencia de niños en el reino de Dios.

“Hemos de ver nuevamente nuestros hijos. Hemos de encontrarnos con ellos y reconocerlos en las cortes celestia-les“. 2MS:259. Hablando sobre la resurrección de los justos, Ellen White dice que “niños son llevados por los santos ángeles a los brazos de sus madres … y con cantos de alegría ascienden juntamente para la ciudad de Dios” CS:650.

Por ocasión de su primera visión ella vio la ciudad y la Tierra hecha de nuevo y contempló en ella muchos niños. “Y vi los niños subir, o si prefieren, hacer uso de sus pequeñas alas y volar a la cima de las montañas y tomar flores que nunca se marchitarán” PE:19.

Está bien claro, por lo tanto, que en el Cielo habrán también niños de diferentes edades. Con esto surgen varias indagaciones: ¿Cómo estarán allí niños que por ser demasiados pequeños, no tuvieron ninguna prueba de carácter, no entendieron el plano de la salvación y nunca comprendieron lo que es pecado y arrepentimiento? La respuesta viene de la pluma inspirada: “¿Cómo pueden los niños pequeños tener este test y prueba? Respondo que la fe de los padres creyentes protege a los hijos, como sucedió cuando Dios envió Sus juicios sobre los primogénitos de los egipcios … y la fe de los padres los protegía a ellos mismos y a sus hijos” 3MS:314.

Con esto comprendemos que los niños pequeños, que no tienen aún la capacidad de entender los asuntos relaciona-dos con la salvación, serán salvos porque están protegidos por la fe de sus padres que son cristianos fieles. Pero los niños, como lo vimos en el capítulo anterior, que tienen ocho, diez o doce años, ya tienen condición de tomar decisiones y ser responsables delante de Dios por sus actitudes.

Otra cuestión que causa preocupación se refiere al caso de aquellos que recibieron de sus padres una educación ideal, pero que más tarde abandonaron la fe y no estarán en el Cielo. En este caso, ¿estarán estos niños en el Cielo o no? La inspiración responde: “Muchos niños pequeños, sin embargo, no tendrán mamá allí … los ángeles acogerán a estos pequeños sin madre y los conducirán hacia el árbol de la vida” 2MS:260.

Esta cita, fuera de responder la indagación , nos presenta otro hecho interesante, que es la posibilidad de que un niño esté en el Cielo, sin la presencia de uno de sus padres. Esto queda claro cuando ella menciona la ausencia de la madre y no del padre. Esto no quiere decir, que todos los niños de padres creyentes estarán en el Cielo. La mensajera de Dios dice que: “Algunos padres permiten que Satanás les dirija sus hijos, y sus hijos no son reprimidos, sino que se les permite que tengan un mal temperamento y sean irascibles, egoistas y desobedientes. Si ellos mueren, esos hijos no serán llevados al Cielo. El procedimiento de los padres está determinando el bien estar futuro de sus hijos … y esos niños que nunca fueron educados para la obediencia, y para bellos trazos de carácter, no serán llevados para el Cielo, pues el mismo temperamento y disposición sería revelado en ellos” 3MS:315.

Siendo así, tenemos este grupo de niños que no irán al Cielo. ¿Ellos serán resucitados al final del milenio o Dios los dejará como si hubiesen existido? Este es un asunto sobre el cual no tenemos luz suficiente y Dios ciertamente hará justicia.

No queremos encerrar este trabajo sin analizar la cuestión de los niños, hijos de padres no creyentes. Muchos miembros de iglesia se preguntan si estos niños estarán en el Cielo o no. Y esta misma pregunta le fue hecha a Ellen White. He aquí su respuesta: “Debemos considerar esto como una de las cuestiones sobre las cuales no estamos en libertad de expresar una posición u opinión, por la simple razón de que Dios no nos habló definidamente sobre este asunto en Su Palabra” 3MS:313.

Más tarde, volviendo al mismo asunto, ella da a entender de que algunos hijos de padres no creyentes estarán en el Cielo. He aquí sus palabras: “No podemos decir si todos los hijos de padres no creyentes serán salvos …” 3MS:315. (La palabra “todos” fue destacada por el autor). Aquí da a entender que algunos podrán estar y entonces presenta razones para esto: “Muchos padres no creyentes dirigen sus hijos con mayor sabiduría que muchos que pretenden ser hijos de Dios. Ellos hacen un gran esfuerzo por sus hijos para que sean bondadosos, corteses, altruistas y para enseñarlos a obedecer, y en este sentido, los no creyentes manifiestan mayor sabiduría que los padres que poseen la gran luz de la verdad, pero cuyas obras, no corresponden absolutamente con la fe” 3MS:315.

Concluyendo, damos gracias a Dios por la luz que podemos tener por la Biblia y por el Espíritu de Profecía, sobre este asunto tan delicado que es la salvación de los niños. Aún cuando no todo esté absolutamente claro en nuestro entendimiento, podemos aún así, tener una visión general y hasta podemos vislumbrar algunos detalles, que nos dan tranquilidad y certeza de poder estar con nuestros hijos en el reino eterno.

Conclusión.-

Después de buscar y estudiar en la Biblia y en el Espíritu de Profecía, a respecto de la salvación de los niños de corta edad, esto es, de niñitos de algunos días, meses o pocos años de vida, que aún no tienen las condiciones de entender el plan de la salvación, la conclusión a que llegué es de que aún estos niños son pecadores y necesitan de un Salvador.

También pude concluir que el niño de ocho a doce años ya tiene capacidad de entender las cosas espirituales y ser responsable delante de Dios; lo que no sucede con los niños de menos edad, pues dependen de la fe de sus padres para obtener la salvación.

Sin embargo, esto no significa que todos los niños serán salvos, pues aún los niños de padres creyentes, podrán per-der la salvación, una vez que sus padres permitieron que se desarrollasen en ellos malos trazos de carácter, volviéndose desobedientes, irascibles y controladas por Satanás. Por otro lado, veremos en el Cielo a niños de padres no creyentes que estarán allá debido a su buena educación, recibida de sus padres, aún cuando no tuviesen el conocimiento de la verdad.

Con este estudio, espero contribuir con todos aquellos que desean una aclaración sobre este asunto. Entiendo que es un asunto profundo y delicado y que podrán surgir nuevas interrogaciones; que no todo lo que explicado responde de una manera concisa. Pero, para mí es suficiente como para tener una visión sobre el asunto y sentir esperanza y alegría en poder un día, volver a ver nuestros pequeñitos en el reino celestial.

Autor:   Érico Tadeu Xavier (IAE Sao Paulo, SP, Brasil)

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CRISTO Y SU JUSTICIA – ¿Es Cristo Dios?

A Cristo se le llama Dios en muchos lugares de la Biblia,. El Salmista dice: “El Dios de dioses, el Eterno Jehová, habla, y convoca la tierra desde el nacimiento del sol hasta donde se pone. Desde Sión, dechado de hermosura, resplandece Dios. Vendrá nuestro Dios, y no callará. Fuego consumirá delante de él, y una poderosa tempestad lo rodeará. Convocará a los altos cielos, y la tierra, para juzgar a su pueblo. Juntadme a mis fieles, los que hicieron conmigo pacto con sacrificio. Y los cielos anunciarán su justicia, porque Dios mismo es el juez.” Sal. 50:1-6.

Se puede constatar que este pasaje hace referencia a Cristo: (1) por el hecho ya considerado de que todo el juicio se le encomendó al Hijo; y (2) por el hecho de que es en la segunda venida de Cristo cuando manda a sus ángeles para que recojan a sus escogidos de los cuatro vientos. Mat. 24:31. “Vendrá nuestro Dios y no callará.” No; porque cuando el Señor mismo desciende del cielo, será “con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios.” 1 Tes. 4:16. Esta aclamación será la voz del Hijo de Dios, la cual será oída por todos aquellos que están en el sepulcro, haciéndoles salir de él. Juan 5:28, 29. Juntamente con los justos vivos serán llevados a encontrar al Señor en el aire, para estar siempre con Él; y esto constituirá “nuestra reunión con él.” 2 Tes. 2:1. Comparar con Sal. 50:5; Mat. 24:31 y 1 Tes. 4:16.

“Fuego consumirá delante de él, y una poderosa tempestad lo rodeará;” porque cuando el Señor Jesús se manifieste desde el cielo con sus ángeles poderosos, lo hará “en llama de fuego, para dar la retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo.” 2 Tes. 1:8. Por eso sabemos que el Salmo 50:1-6 es una descripción vívida de la segunda venida de Cristo para la salvación de su pueblo. Cuando Él venga, será como “Dios poderoso.” Comparar con Hab. 3.

“Dios poderoso” es uno de los títulos legítimos de Cristo. Mucho antes del primer advenimiento de Cristo, el profeta Isaías habló estas palabras para reconfortar a Israel: “Porque un Niño nos es nacido, Hijo nos es dado, y el gobierno estará sobre su hombro. Será llamado Maravilloso, Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz.” Isa. 9:6.

Estas no son simplemente las palabras de Isaías; son las palabras del Espíritu de Dios. Dios, en alusión directa al Hijo, lo llama por el mismo título. En el Salmo 45:6 leemos estas palabras: “Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre. Cetro de justicia es el cetro de tu reino.” El lector casual pudiera tomar esto como la simple alabanza del Salmista; pero cuando vamos al Nuevo Testamento, encontramos que es mucho más. Encontramos que es Dios el Padre quien habla, y que se está refiriendo al Hijo. Y lo llama Dios. Ver Heb. 1:1-8.

Este nombre no le fue dado a Cristo como consecuencia de algún gran logro, sino que es suyo por derecho de herencia. Hablando del poder y la grandeza de Cristo, el escritor de Hebreos dice que es hecho tanto mejor que los ángeles, porque “el Nombre que heredó es más sublime que el de ellos.” Heb. 1:4. Un hijo siempre toma legítimamente el nombre del padre; y Cristo, como “el unigénito Hijo de Dios,” tiene, legítimamente, el mismo nombre. Un hijo también es en mayor o menor grado una reproducción del padre; hasta cierto punto tiene los rasgos y características personales de su padre; no perfectamente, porque no hay reproducción perfecta entre los humanos. Pero no hay imperfección en Dios, ni en ninguna de sus obras; de forma que Cristo es la “imagen expresa” de la persona del Padre. Heb. 1:3. Como el Hijo del Dios que tiene existencia propia, tiene por naturaleza todos los atributos de la Deidad.

Es cierto que hay muchos hijos de Dios; pero Cristo es el “Unigénito Hijo de Dios,” y por lo tanto, el Hijo de Dios en un sentido en el que ningún otro ser lo ha sido, ni lo pudiera ser nunca. Los ángeles son hijos de Dios, como lo fue Adán (Job 38:7; Lucas 3:38), por creación; los cristianos son hijos de Dios por adopción (Rom. 8:14,15); pero Cristo es el Hijo de Dios por nacimiento. El escritor de la epístola a los Hebreos muestra además que la posición del Hijo de Dios no es una a la que Cristo ha sido elevado, sino que la posee por derecho. Dice que Moisés fue fiel en toda la casa de Dios, como un sirviente, “Y Cristo, como hijo, es fiel sobre la casa de Dios.” Heb. 3:6. Y también afirma que Cristo es el Constructor de la casa. Versículo 3. Es Él quien construye el templo del Señor, y lleva la gloria. Zac. 6:12,13.

Cristo mismo enseñó de la manera más enfática que Él es Dios. Cuando el joven rico le preguntó, “Maestro Bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?” Jesús, antes de contestar a la pregunta, le dijo: “¿Por qué me llamas bueno? No hay sino Uno solo bueno, esto es, Dios.” Mar. 10:17,18. ¿Qué quiso decir Jesús con estas palabras? ¿Quiso desmentir el epíteto que el joven rico le aplicó? ¿Pretendió insinuar que Él no era realmente bueno? ¿Fue un mero despliegue de modestia? De ninguna manera, porque Cristo era absolutamente bueno. A los Judíos, quienes constantemente lo observaban para descubrir algún fallo con qué acusarlo, les dijo audazmente, “¿Quién de vosotros me halla culpable de pecado?” Juan 8:46. En toda la nación Judía no se encontraba un solo hombre que lo hubiera visto hacer algo o pronunciar una palabra que tuviera siquiera la apariencia de maldad; y aquellos que estaban determinados a condenarlo, solo pudieron hacerlo empleando testigos falsos contra Él. Pedro dice que “no cometió pecado, ni fue hallado engaño en su boca.” 1 Ped. 2:22. Pablo dice que “no conoció pecado.” 2 Cor. 5:21. El Salmista dice, “Él es mi roca, y en él no hay injusticia.” Sal. 92:15. Y Juan dice, “Pero vosotros sabéis que Cristo apareció para quitar nuestros pecados. Y en él no hay pecado.” 1 Juan 3:5.

Cristo no puede negarse a sí mismo, por lo tanto no pudo decir que no era bueno. Es y era absolutamente bueno: la perfección de la bondad. Y siendo que no hay ninguno bueno sino Dios, dado que Cristo es bueno, se deduce que Cristo es Dios, y eso es precisamente lo que se propuso mostrar al joven rico.

Eso fue también lo que enseñó a sus discípulos. Cuando Felipe le dijo a Jesús, “Muéstranos el Padre y nos basta,” Jesús le dijo: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices muéstranos al Padre?” Juan 14:8,9. Esto tiene la misma contundencia que la declaración: “Yo y el Padre somos uno.” Juan 10:30. Tan completamente era Cristo Dios, incluso estando todavía aquí entre los hombres, que cuando le pidieron que mostrara al Padre, le bastó con decir, ‘miradme a mí’. Y eso trae a la mente aquella frase en la que el Padre introduce al Unigénito: “Adórenle todos los ángeles de Dios.” Heb. 1:6. No fue solamente cuando Cristo estaba compartiendo la gloria con el Padre antes que el mundo fuera, que era digno de homenaje, sino que cuando se hizo un bebé en Belén, aun entonces se ordenó a todos los ángeles de Dios que lo adoraran.

Los Judíos no malinterpretaron la enseñanza de Cristo acerca de sí mismo. Cuando afirmó que era uno con el Padre, los Judíos tomaron piedras par apedrearle; y cuando les preguntó que por cuál de sus buenas obras lo buscaban para apedrearlo, contestaron: “No queremos apedrearte por buena obra, sino por la blasfemia; porque tú siendo hombre, te haces Dios.” Juan 10:33. Si Él hubiera sido lo que ellos consideraban, un simple hombre, sus palabras hubieran sido en verdad blasfemia. Pero era Dios.

El objetivo de Cristo al venir a la tierra fue el de revelar a Dios a los hombres, para que pudiesen venir a Él. Por esto el apóstol Pablo dice que “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Cor. 5:19); y en Juan leemos que el Verbo, que era Dios, se “hizo carne.” Juan 1:1,14. En el mismo contexto, se especifica, “A Dios nadie lo vio jamás. El Hijo único, que es Dios, que está en el seno del Padre, él lo dio a conocer.” Juan 1:18.

Observemos la expresión, “El Hijo único, que está en el seno del Padre.” Tiene allí su morada, y está allí como parte de la Divinidad, tan ciertamente cuando estaba en la tierra como estando en el cielo. El uso del tiempo presente implica existencia continua. Presenta la misma idea que encierra la declaración de Jesús a los Judíos (Juan 8:58), “Antes que Abraham existiera, yo soy.” Y esto demuestra una vez más su identidad con Aquel que se le apareció a Moisés en la zarza ardiendo, quien declaró su nombre en estos términos: “YO SOY EL QUE SOY.”

Finalmente, tenemos las palabras inspiradas del apóstol Pablo concernientes a Jesucristo: “Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud.” Col. 1:19. En el siguiente capítulo se nos dice en qué consiste esa plenitud que habita en Él: “en Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad.” Col. 2:9. Este es el testimonio más absoluto e inequívoco del hecho de que Cristo posee por naturaleza todos los atributos de la Divinidad. La divinidad de Cristo vendrá a ser un hecho prominente a medida que procedamos a considerar a Cristo como Creador.

E. J. Waggoner

CRISTO Y SU JUSTICIA – ¿Cómo consideraremos a Cristo?

¿Cómo debiéramos considerar a Cristo? Tal y como Él se ha revelado a sí mismo al mundo; de acuerdo al testimonio que Él dio concerniente a sí mismo. En ese maravilloso discurso registrado en el quinto capítulo de Juan, Jesús dijo: “Porque como el Padre resucita a los muertos, y les da vida; así también el Hijo da vida a los que quiere. Además, el Padre a nadie juzga, sino que confió todo el juicio al Hijo; para que todos honren al Hijo como honran al Padre. El que no honra al Hijo, no honra al Padre que lo envió.” Versículos 21-23.

A Cristo se le encomienda la más alta prerrogativa, la de juzgar. Ha de recibir el mismo honor que se le debe a Dios, y por la razón de que es Dios. El discípulo amado da este testimonio: “En el principio ya existía el Verbo, y el Verbo estaba con Dios, y el Verbo era Dios.” Juan 1:1. Que este Divino Verbo no es ningún otro que Jesucristo, queda claro en el versículo 14: “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros, (y vimos su gloria, gloria que, como Hijo único, recibió del Padre), lleno de gracia y de verdad.”

El Verbo existía “en el principio.” La mente del hombre no puede abarcar las edades que están comprendidas en esta frase. No le es dado al ser humano el saber cuándo o cómo fue engendrado el Hijo; pero sabemos que fue el Verbo divino, no únicamente antes de que viniera a este mundo a morir, sino incluso antes de que el mundo fuera creado. Momentos antes a su crucifixión, oró: “Ahora Padre, glorifícame a tu lado con la gloria que tuve junto a ti antes que el mundo fuera creado.” Juan 17:5. Y más de setecientos años antes de su primer advenimiento, su venida fue predicha por la palabra inspirada: “Pero tú Belén Efrata, pequeña entre los millares de Judá, de ti saldrá el que será Señor en Israel. Sus orígenes son desde el principio, desde los días de la eternidad.” Miqueas 5:2. Sabemos que Cristo “de Dios ha salido, y ha venido” (Juan 8:42), pero fue tan atrás en las edades de la eternidad como para estar más allá del alcance de la mente del hombre.

E. J. Waggoner

CRISTO Y SU JUSTICIA – Introducción

En el primer versículo del tercer capítulo de Hebreos leemos una exhortación que comprende toda orden dada al cristiano. Es ésta: “Por lo tanto, hermanos santos, participantes del llamado celestial, considerad al Apóstol y Sumo Sacerdote de la fe que profesamos, a Jesús.” Hacer esto como la Biblia lo indica, considerar a Cristo continua e inteligentemente, tal como Él es, lo transformará a uno en un Cristiano perfecto, puesto que “contemplando somos transformados.”

Los ministros del Evangelio tienen una autorización inspirada para mantener el tema: –Cristo–, continuamente ante la gente y dirigir su atención a Él solamente. Pablo dijo a los Corintios, “Porque me propuse no saber nada entre vosotros, sino a Jesucristo, y a éste crucificado.” (1 Cor. 2:2); y no hay razón para suponer que esta predicación a los corintios fuese en algún respecto diferente de su predicación a otros. En efecto, afirma que cuando Dios reveló a su Hijo en él, fue para que lo predicara entre los gentiles (Gál. 1:15,16); y su gozo consistió en que se le confiriese la gracia de “anunciar entre los gentiles la insondable riqueza de Cristo.” Efe. 3:8.

Pero el hecho de que los apóstoles hicieran de Cristo el centro de toda su predicación no es nuestra única razón para magnificarlo. Su Nombre es el único nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos. Hechos 4:12. Cristo mismo declaró que ningún hombre puede venir al Padre sino por Él. Juan 14:6. Dijo a Nicodemo: “Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así es necesario que el Hijo del Hombre sea levantado, para que todo el que crea en Él, tenga vida eterna.” Juan 3:14,15. Este “levantar” a Jesús, si bien hace referencia primariamente a su crucifixión, abarca más que el mero hecho histórico; significa que Cristo debe ser “levantado” por todos los que crean en Él como el Redentor crucificado, cuya gracia y gloria son capaces de suplir la toda necesidad humana; significa que debe ser “levantado” en toda su inmensa hermosura y poder como “Dios con nosotros,” para que su atractivo divino pueda entonces llevarnos a Él. Ver Juan 12:32.

La exhortación a considerar a Jesús, y también la razón para ello, se nos dan en Hebreos 12:1-3: “Por tanto, nosotros también, teniendo en derredor nuestro tan grande nube de testigos, dejemos todo lo que estorba, y el pecado que tan fácilmente nos enreda, y corramos con perseverancia la carrera que nos es propuesta, fijos los ojos en Jesús, autor y consumador de la fe, quien en vista del gozo que le esperaba, sufrió la cruz, menospreció la vergüenza, y se sentó a la diestra del trono de Dios. Considerad, pues a aquel que sufrió tal hostilidad de los pecadores contra sí mismo, para que no os fatiguéis en vuestro ánimo hasta desmayar.” Es solamente contemplando a Jesús constantemente y en oración tal como lo revela la Biblia que no nos fatigaremos de hacer el bien y no desmayaremos en el camino.

Debiéramos considerar a Jesús, porque en Él “están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y del conocimiento.” Col. 2:3. A quien le falte la sabiduría, se le invita a pedirla de Dios, quien la da a todos los hombres generosamente y sin escatimar, y la promesa es que se le dará; pero sólo en Cristo es posible obtener la deseada sabiduría. La sabiduría que no procede de Cristo y que por consecuencia no lleva a Él, no es más que necedad; porque Dios, como la Fuente de todas las cosas, es el Autor de la sabiduría; la ignorancia sobre Dios es la peor clase de necedad (ver Rom. 1:21,22); y todos los tesoros de la sabiduría y el conocimiento están escondidos en Cristo; así que el que tiene solamente la sabiduría de este mundo, en realidad no sabe nada. Y puesto que todo el poder en el cielo y en la tierra es dado a Cristo, el apóstol Pablo declara de Cristo que es “el poder de Dios, y la sabiduría de Dios.” 1 Cor. 1:24.

Hay un texto, sin embargo, que resume brevemente todo lo que Cristo es para el hombre, y provee la razón más abarcante para considerarlo. Es este: “De él viene que vosotros estéis en Cristo Jesús, quien nos fue hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y redención.” 1 Cor. 1:30. Nosotros somos ignorantes, malos y estamos perdidos; Cristo es para nosotros sabiduría, justificación y redención. ¡Qué cambio! De la ignorancia y el pecado a la justificación y la redención. La aspiración o necesidad más elevada del hombre no pueden abarcar más de lo que Cristo es para nosotros, y de lo que únicamente Él es para nosotros. Razón suficiente ésta, por la que los ojos de todos debieran estar fijos en Él.

E. J. Waggoner