Archivos Mensuales: enero 2017

NATURALEZA DEL ESPÍRITU SANTO (parte 2)

Su carácter:

La comprensión de los apóstoles. Entre la realidad del Espíritu Santo como experiencia vivida por la comunidad de fe y los autores del Nuevo Testamento, que describen esa experiencia, se interpone una serie de símbolos o si se quiere, una serie de modos de expresar esa experiencia. Es decir que en el Nuevo Testamento, más que una constatación directa del Espíritu, lo que encontramos es qué significó el Espíritu para la comunidad de fe de los primeros cristianos. Los apóstoles nos dicen, con los símbolos y expresiones que usaron, qué significó para ellos el Espíritu. De allí que la riqueza de los símbolos y expresiones se deba a la riqueza del don del Espíritu y a la riqueza de la experiencia suscitada por el don de ese Espíritu.

Según Gálatas 3:1–5, el Espíritu Santo fue experimentado por la comunidad de fe de una manera radical y palmaria. Él fue experimentado como una persona real y auténtica por la comunidad de fe. Los primeros cristianos no abrigaron dudas en cuanto a la realidad de la experiencia del Espíritu y su impacto poderoso en sus vidas. Los creyentes sintieron también la presencia del Espíritu en sus vivencias colectivas. No obstante, no parecen haber tenido muy claro cuándo fue que el Espíritu Santo comenzó a operar en los creyentes. Según el apóstol Juan, esta experiencia de la persona y del carácter del Espíritu ocurrió a partir del día mismo de la Pascua de resurrección (Jn. 20:19–23). En cambio, Lucas interpone entre la Pascua y Pentecostés un espacio temporal de cuarenta días y ubica la irrupción del Espíritu sobre la comunidad de creyentes en el día de Pentecostés (Hechos 2). Los primeros creyentes compartían la realidad de la vivencia del Espíritu como algo que comenzó a ocurrir con posterioridad a la resurrección del Señor, pero no coincidían en el momento de su derramamiento. Aunque parezca duro admitirlo, esta discrepancia nos muestra que los primeros cristianos no sabían exactamente cuándo fue dado el Espíritu. No hay dudas en cuanto a la certidumbre de aquellos cristianos de que el Espíritu Santo estaba en medio de ellos y en ellos, y que esa experiencia era el resultado de la muerte y resurrección del Señor. Pero no tenían muy claro cuándo exactamente el Espíritu descendió sobre los fieles.

Charles K. Barrett: “La existencia de tradiciones diferentes sobre el Don Básico del Espíritu no debe llamar la atención. Es probable que para los primeros cristianos la resurrección de Jesús, sus apariciones a esos mismos discípulos, su exaltación—de cualquier modo que se la entienda—y el Don del Espíritu Santo, aparecerían como una única experiencia que solamente en un segundo momento pudo ser descrita en sus elementos e incidentes, vistos como separados.”399

Sea como fuere, a través de la riqueza de su lenguaje simbólico y las imágenes o expresiones antropomórficas que a veces utiliza, el Nuevo Testamento nos muestra al Espíritu Santo como una persona con una personalidad definida.

Nuestra comprensión hoy. No debemos quedarnos solamente preguntándonos qué significó el Espíritu Santo para los apóstoles y los primeros cristianos, sino que debemos procurar entender qué significa el Espíritu Santo en su carácter para nosotros hoy. Para ello, la comprensión que tengamos de los símbolos y expresiones utilizados en el Nuevo Testamento para referirse al Espíritu nos puede ser de gran ayuda.

La primera pregunta, pues, en el proceso de esta comprensión debe ser ¿cómo vieron los primeros testigos el don del Espíritu? Pero ésta no debe ser la última pregunta, porque no podemos quedarnos con ella como si esto fuese todo. Los primeros cristianos trataron de expresar sus experiencias del Espíritu a partir de su cosmovisión y mentalidad. Ellos elaboraron sus símbolos y expresiones a partir del mundo en el que vivían. Ahora, la visión del mundo que ellos tenían ya no es nuestra visión del mundo. Las personas en el siglo primero de nuestra era, incluidos los cristianos, tenían una visión mítica de la realidad, por lo menos en sus manifestaciones más conspicuas. Fue a partir de esta comprensión mítica que elaboraron los símbolos y el lenguaje para expresar la realidad de su experiencia del Espíritu. De allí que se nos hace necesario hacer una reelaboración simbólica en cuanto al Espíritu Santo, para poder expresar nuestra experiencia hoy de su persona y obra.

Lo menos adecuado que podemos hacer es seguir utilizando los símbolos que elaboraron los primeros cristianos, sin traducirlos a nuestra cosmovisión presente e ignorando su más profundo significado según la mentalidad del primer siglo. El peligro con esto es que el Espíritu Santo no llegue a significar nada para nosotros hoy. Otra posibilidad, que parece más adecuada, es procurar traducir los símbolos y expresiones del siglo primero según nuestra mentalidad de cristianos del siglo veintiuno. En otras palabras, los símbolos a través de los cuales se nos ha revelado el Espíritu Santo son símbolos de un mundo mítico y es nuestra tarea tratar de traducir las expresiones acerca del Espíritu Santo para hacerlas accesibles a la comprensión de las personas en el mundo de hoy, aun sabiendo que con ello corremos el riesgo de hacerles perder su riqueza.

Por encima de los símbolos, o mejor dicho, dentro de los símbolos hay en la comunidad primitiva sobre todo una experiencia auténtica y rica del Espíritu. El Espíritu Santo es una experiencia humana que literalmente se expresa como fuego o como voz interior o como agua viva que brota o como obstáculos que nos orientan. El Espíritu Santo no aparece tanto como quien viene de afuera hacia adentro, sino como alguien que, estando adentro, es expresado por el mundo de afuera.

Este conjunto de experiencias puede ser sintetizado, de la siguiente manera, tomando en cuenta la riqueza que nace precisamente del conjunto de las mismas:

1. La experiencia que la comunidad comparte de saberse redimida.
2. La experiencia de que a partir de Cristo la salvación se ofrece por igual a todas las personas sin distinción alguna, especialmente las de tipo racial y étnico, es decir, ya no hay una raza o etnia elegida.
3. La convicción de que estamos liberados de la ley y del pecado como signos del fracaso del ser humano.
4. La experiencia de que comenzamos formas de relaciones nuevas con Dios, ya que Dios es desde ahora el Padre de todos aquellos que son movidos por el Espíritu.
5. La experiencia de que la historia de la salvación llegó a su madurez y, en consecuencia, el mundo definitivo (el reino de Dios) ya ha comenzado con Cristo.
6. La experiencia de que cuando Jesús se entrega por los demás él hace plenos a todos, ya que su soplo de vida se halla en todos aquellos que creen en el Hijo de Dios.
7. La experiencia de que Dios actúa por medio de los signos de los tiempos y de que por medio de la fe hay que discernir esa presencia de Dios en el mundo, este mundo que por su ambigüedad religioso-pagana oculta y revela a Dios al mismo tiempo.
8. La convicción de que la comunidad de fe puede ser testigo de Cristo por medio de su amor y de su vida comunitaria.
9. La experiencia de la embriaguez del Espíritu es la experiencia que indica que Dios toma posesión del ser humano no cosificándolo, sino llevándolo a interpretar el mundo y la historia de una manera nueva. En otras palabras, no es Dios quien enajena al ser humano, sino quien le permite ver la realidad de todos los días con ojos más profundos.
10. La experiencia del cristiano que sabe que vive en la madurez de la historia de la salvación, y que por ello no le está permitido ningún tipo de infantilismo o irresponsabilidad.
11. La experiencia de quien sabe que está en el tiempo, pero siente que lo futuro está ya presente en el tiempo y comprende que el Espíritu Santo es la garantía (arras) de ese mundo eterno que está en medio del mundo caduco, no para destruirlo sino para darle un nuevo sentido.
12. La experiencia de la fecundidad de Dios en la historia del ser humano y en la historia del mundo.

Pablo A. Deiros, El Espíritu Santo hoy, 1a ed., Formación Ministerial (Buenos Aires: Publicaciones Proforme, 2010), 323–325.

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NATURALEZA DEL ESPÍRITU SANTO (Parte 1)

La pregunta que debemos plantearnos en este apartado es: ¿Qué podemos aprender en la Biblia acerca de la naturaleza del Espíritu Santo? La primera respuesta y la que, de algún modo, sintetiza a todas es: el Espíritu Santo es Dios. Esta es la primera y gran verdad que confesamos en cuanto a él. Sin embargo, sin dejar de ser persona divina, y más aún, porque es persona divina, el Espíritu es sobre todo una profunda experiencia personal y comunitaria. Es la realidad, profundidad y riqueza de esta experiencia humana la que hace tan difícil enfrascar al Espíritu en un tubo de ensayo para definirlo y describirlo. En realidad, si de veras deseamos entender la naturaleza del Espíritu Santo es necesario que comencemos por comprender la naturaleza del ser humano y nuestra experiencia del Espíritu.

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En neumatología ocurre lo mismo que en cristología. Si no valoramos al ser humano, nunca comprenderemos la posibilidad y la riqueza de la encarnación como revelación de Dios en el ser humano Jesús. De igual modo, si no valoramos la riqueza de la experiencia humana como intimidad, nunca comprenderemos la riqueza del Espíritu que se revela en la riqueza de la experiencia humana personal y comunitaria. Si negamos lo humano como persona, negamos la posibilidad de la encarnación como revelación. Si negamos la experiencia íntima como valor humano, nunca llegaremos a comprender la posibilidad de la revelación del Espíritu Santo como persona divina. La historia del testimonio cristiano nos hace ver que sólo las personas sensibles a las riquezas de las experiencias humanas han sentido la presencia del Espíritu en su vida personal y en la vida de la iglesia. Mientras no perdamos el miedo a lo subjetivo, a lo emocional y a las experiencias íntimas; mientras cataloguemos a lo subjetivo, emocional y experiencial como arbitrario y relativo, el Espíritu Santo no va a encontrar posibilidades de revelarse a nosotros como persona divina.

Félix Casá: “¿Qué es entonces el Espíritu en medio de nosotros? El Padre es Dios-persona y está antes de mí—es el Creador—, por encima de mí y al término de todo. El Hijo es Dios-persona junto a mí, el Emmanuel. El Espíritu Santo es Dios-persona dentro de mí, como interioridad, como experiencia personal, como voz que me llama. Y si negamos que Dios esté sobre nosotros, negamos al Padre; si negamos que el otro pueda ser el camino por el que Dios se revele, negamos al Hijo; si negamos la validez de la experiencia humana, negamos la posibilidad de la revelación del Espíritu Santo.”

 1. Su nombre 

Espíritu. Para entender quién es el Espíritu Santo es necesario hacer primero una definición de términos. Básicamente su nombre es Espíritu. El calificativo “santo” se agrega al nombre. La palabra castellana “espíritu” viene del latín spiritus. En el Antiguo Testamento, la palabra hebrea es ruach. Este vocablo originalmente significaba aliento; más tarde viento o aire; y finalmente, espíritu, como ya observamos. La palabra aparece unas 370 veces en el Antiguo Testamento.

En el Nuevo Testamento la palabra griega que se traduce como “espíritu” es pneuma. Su significado es similar al del hebreo. El vocablo aparece unas 385 veces en los escritos del Nuevo Testamento, de las cuales 244 citas se refieren al Espíritu Santo. Más adelante más detalles.

Santo. En cuanto al adjetivo “santo,” los vocablos hebreo y griego que se utilizan respectivamente en el Antiguo y Nuevo Testamento llevan la idea de separación, de apartar o dedicar al servicio de Dios. Originalmente, estos vocablos tenían una connotación moral, ya que incluso se referían a los hombres y mujeres que eran consagrados para los cultos degenerados a las deidades de la fertilidad. Cuando estas palabras comenzaron a usarse con relación al Señor, se les asoció el concepto moral de justicia. No obstante, se conservó la idea básica de separación o dedicación para el Señor. Es interesante notar que mientras en el Antiguo Testamento “santo” se refiere mayormente a cosas, en el Nuevo Testamento se refiere a personas.

Importancia de estos nombres. ¿Cuál es la importancia de estos términos en relación con el Espíritu Santo? El lenguaje es algo vivo, ya que se desarrolla como resultado del esfuerzo humano por expresar las realidades de la vida según se las experimenta y entiende. En el desarrollo de estos términos para referirse al Espíritu de Dios ocurrió esto mismo. Alguien se dio cuenta de que el aliento está asociado con la vida, ya que si una persona respiraba eso era indicación de que vivía, mientras que si dejaba de hacerlo esto era evidencia de que estaba muerta. Así, pues, el aliento se relacionó con la fuerza invisible de la vida. Además, el aliento expresa el elemento intangible de la naturaleza humana, la fuerza que la mueve, su espíritu.

Por otro lado, el ser humano sabe lo que es el viento. Por experiencia, todo ser humano puede percibir al viento como una brisa suave o como un huracán que lo destruye todo. Toda persona reconoce que el viento es una fuerza básica e invisible de la naturaleza. En este sentido, representa poder, un poder que puede ser para bendición o destrucción, según la manera en que uno lo experimente.

Dios se revela al ser humano conforme a la capacidad del mismo de entenderlo. Así, pues, como poder y presencia invisible, él se reveló como ruach o pneuma. Dios es espíritu (en griego, pneuma ho theós, Jn. 4:24). Como “aliento”, él es la fuente de la vida total del ser humano. Él es la fuerza conductora que opera tanto dentro como a través del ser humano. El Espíritu de Dios mora en el espíritu del ser humano, de manera tal que éste en su naturaleza básica se muestra como un ser creado a la imagen de Dios. Es a través del Espíritu de Dios que el ser humano caído puede, por medio de Cristo, llegar a ser un hijo de Dios.

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Como “viento,” Dios es el poder divino invisible que obra en el universo. La relación del ser humano con el Espíritu determina si su poder resultará para bien o para mal. Jesús apeló a esta naturaleza dual del pneuma para ilustrar de qué manera esta presencia de Dios—invisible, pero poderosa—opera para el bien del ser humano. Según él lo enseñó: “El viento sopla por donde quiere, y lo oyes silbar, aunque ignoras de dónde viene y a dónde va”, y agregó: “Lo mismo pasa con todo el que nace del Espíritu” (Jn. 3:8). No podemos ver al pneuma de Dios, sea el viento de la naturaleza o la persona del Espíritu Santo. Pero sí podemos ver y experimentar los resultados de la manifestación de ambos.

En razón de que el Espíritu es el Espíritu de Dios, él es santo, así como Dios es santo. De allí su nombre: Espíritu Santo.

 2.  Su carácter (EN LA PARTE 2)

 Pablo A. Deiros, El Espíritu Santo hoy, 1a ed., Formación Ministerial (Buenos Aires: Publicaciones Proforme, 2010), 321–323.

 

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LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO (Según 1 Tesalonicenses)

venida-3Aunque muy a menudo la división en capítulos y versículos carece de lógica, no ocurre así con esta epístola en la que cada capítulo finaliza con la venida de Cristo, luego de exponer distintos argumentos para nuestra consideración.

1. Confianza (1:10)

Los tesalonicenses habían oído el testimonio de Pablo, Silvano y Timoteo y habían creído al evangelio. En los versículos 5 al 9 del primer capítulo se nos relata cómo tales hechos se habían concretado y cómo al fin esperaban el día de la venida del Señor.
El evangelio había llegado con poder (comp. Hechos 17:1–4) del Espíritu Santo (comp. Hechos 4:25–31; Romanos 14:17) produciendo confianza (o “plena certidumbre”) en los predicadores, en su entendimiento y en su experiencia, habiendo Cristo penetrado en sus corazones (Colosenses 2:2; Hechos 6:11), ahora se les proponía una experiencia completa en El (comp. Romanos 4:21; 2 Timoteo 4:5, 17) y as ílo esperaban, porque serían guardados de la ira que vendría.

2. Compensación (2:20)

La esperanza en la venida del Señor no solamente produce confianza, sino también, explica algo de la recompensa. Los apóstoles habían trabajado ardorosamente en Tesalónica (Hechos 17:1–3), así como también en Filipo y otros lugares. Dios que puede observar y modelar el hombre interior (Romanos 6:17–18; Colosenses 3:15; 1 Juan 3:20) conocía ese trabajo de amor (ver 3:5). Sabía también de las estratagemas del diablo para que no volvieran (1 Tesalonicenses 2:18) y de las muchas tristezas surgidas en el camino, las cuales agigantaban la esperanza que movilizaba toda la experiencia en el evangelio (Filipenses 2:16; 2 Tesalonicenses 2:16).

3. Consolidación (3:13)

Desde el versículo 11 comenzó una invocación que continuó hasta ver a los cristianos consolidados en Cristo. Pensó en la actividad de Dios mismo para que (5:23; 2 Tesalonicenses 2:16–17) enderece y dirija “nuestro camino” a vosotros (Romanos 1:10; 15:32).
La disputa sobre la deidad de Cristo quedó totalmente aclarada porque no había dudas en Pablo. Anhelaba además que la venida del Señor les sorprendiera firmes, sólidos y abundando en el amor fraternal (Juan 13:14; 2 Corintios 4:15; Filipenses 4:17–18) y para con todos (ver Gálatas 6:10; 1 Tesalonicenses 5:15; 2 Pedro 1:7). Creía que la motivación debía ser productiva en el fortalecimiento de la esperanza (2:12; 3:2; Hechos 12:22–23) con vistas a la venida del Señor (2 Corintios 5:10).

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4. Consolación (4:18)

En la primera porción del capítulo, el tema dominante es la santidad, especialmente en las relaciones entre varones y mujeres.
Posteriormente hacia los que perdieron seres queridos, lo cual culminó con la hermosa descripción del arrebatamiento de los santos.
El modo convincente cómo Pablo describió la revelación, lejos de tener por objeto las disputas que posteriormente aparecieron, sirvió para animar a los desconsolados. Confirmaba con la palabra del Señor (comp. Gálatas 1:12; Efesios 3:3) la perplejidad que había surgido en Tesalónica y les mostraba que aunque no conocía exactamente el momento de su venida (comp. Deuteronomio 29:29; Mateo 24:36; Hechos 1:7) sabía muy bien cómo se produciría porque el Señor mismo se lo había declarado (comp. 1 Corintios 15:51–52; 2 Corintios 5:1–10; Filipenses 3:20–21; 2 Timoteo 2:11–13).
En verdad, a los tesalonicenses les mostró detalles muy singulares, especialmente en lo referente con el rigor, la velocidad y esplendor involucrados (Juan 14:3; Colosenses 3:4). Es imposible contar la profundidad del consuelo producido en los tesalonicenses, sobre todo al disipar la sombra de aquellos que habían muerto (comp. 2:11; 3:2; 5:11; 2 Tesalonicenses 2:17).

5. Conformidad (5:23)

Para poder conocer la maravilla que significa lo que los cristianos deben experimentar, se necesita unir dos ingredientes: La expectativa con la santidad.
Ahora también, el mundo gime en tinieblas pero el cristiano está en la aurora de la vida. El “sueño” que menciona el texto de 1 Tesalonicenses 5:4–7, implica en este caso que la insensibilidad espiritual de nuestra parte es capaz de desembocar en equivocaciones tales como descuido, falta de visión, etcétera, llevándonos a caer en lazos del diablo.
La sobriedad encamina a la preparación (5:8–10) y todo a la santidad.
Nosotros nos abstenemos (v. 22) y el Señor nos santifica (3:13; 4:3) en todo nuestro ser, tanto en el “interior” (Romanos 7:22) es decir, espíritu y alma, como en el “exterior”, nuestro cuerpo (Filipenses 3:20–21); debemos sentir profundamente la actividad de Dios.
La constante santificación implica la preservación, tanto de contaminación espiritual (Romanos 8:13; 2 Corintios 7:1), de pensamientos (Efesios 2:3; Tito 1:15) como de nuestro cuerpo con sus inclinaciones carnales dirigidas por el viejo hombre (1 Corintios 6:12–20); comp. Romanos 6:19; 2 Corintios 4:10). Solamente Dios puede formar este hermoso equilibrio, consumado con la venida de Cristo (Juan 1:16) y prepararnos en armonía para cuando otra vez venga para llevarnos con El (Juan 14:2–3).

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CONCLUSIÓN

Muy conocido es el relato de aquel viajero que visitó Italia:
–Llegué a Villa Areconati, al lago Como, que es una joya de la corona de los Alpes, en Italia. Un jardinero me abrió la pesada puerta y me llevó por el admirable jardín.
–¿Cuánto tiempo hace que está usted aquí?
–Veinticinco años.
–¿Y con cuánta frecuencia ha visitado esto el dueño?
–Cuatro veces.
–¿Cuándo estuvo la última vez?
–Hace doce años.
–¿Le escribe, entonces?
–Nunca.
–¿Con quién se arregla usted?
–Con el encargado de Milán.
–¿Viene éste con frecuencia?
–Nunca.
–¿Y quién viene por aquí entonces?
–Estoy casi siempre solo; muy pocas veces se ve algún forastero.
–Y, sin embargo, usted tiene el jardín hermoso y bien arreglado como si su amo tuviera que venir mañana.
–Hoy, señor, hoy podría venir.
–Fue la respuesta.
“Velad, pues porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor” (Mateo 24:42).

Raúl Caballero Yoccou, Del púlpito al corazón, Primera edición. (Miami, FL: Editorial Unilit, 1994), 263–266.

El santuario celestial y terrenal

Al investigar descubrieron que el Santuario terrenal construido por Moisés por orden de Dios de acuerdo con el modelo que se le mostró en el monte, era “símbolo para el tiempo presente, según el cual se presentan ofrendas y sacrificios”; que sus dos lugares santos eran “figuras de las cosas celestiales”; que Cristo, nuestro gran sumo sacerdote, es “ministro del santuario y de aquel verdadero tabernáculo que levantó el Señor, y no el hombre”; y que “no entró Cristo en el santuario hecho de mano, figura del verdadero, sino en el cielo mismo para presentarse ahora por nosotros ante Dios” (Heb. 9:9, 23; 8:2; 9:24).
El Santuario que está en el cielo, en el cual oficia Jesús en nuestro favor, es el gran original, del cual el Santuario construido por Moisés era una copia. Así como el Santuario terrenal tenía dos compartimentos, el Lugar Santo y el Lugar Santísimo, también hay dos lugares santos en el Santuario celestial. Y el arca que contenía la ley de Dios, el altar del incienso y otros instrumentos de servicio que encontramos en el Santuario terrenal, tenían su contraparte en el Santuario celestial. En santa visión se le permitió al apóstol Juan entrar en los cielos, y allí vio el candelabro y el altar del incienso, “y el templo de Dios fue abierto”, y él vio “el arca de su pacto” (Apoc. 4:5; 8:3; 11:19).

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Los que estaban buscando la verdad encontraron pruebas irrefutables de la existencia de un Santuario en el cielo. Moisés hizo el Santuario terrenal de acuerdo con el modelo que se le mostró. Pablo declaró que ese modelo es el verdadero Santuario que está en el cielo. (Heb. 8:2, 5.) Juan da testimonio de que lo vio en el cielo.
Cuando terminaron los 2.300 días en 1844, por muchos siglos no había habido Santuario en la tierra; por lo tanto, el Santuario de los cielos es el que debe de haber sido mencionado en la declaración: “Hasta 2.300 tardes y mañanas; luego el santuario será purificado”. Pero, ¿cómo podía necesitar purificación el Santuario celestial? Al volver a las Escrituras, los estudiosos de la profecía descubrieron que esa purificación no se refería a impurezas materiales, puesto que se lo debía hacer con sangre, y por consiguiente debía de ser una purificación del pecado. Así dice el apóstol: “Fue, pues, necesario que las figuras de las cosas celestiales fuesen purificadas así [con sangre de animales]; pero las cosas celestiales mismas, con mejores sacrificios que estos [la misma preciosa sangre de Cristo]” (Heb. 9:23).

Para saber más acerca de la purificación señalada por la profecía, era necesario comprender el ministerio que se lleva a cabo en el Santuario celestial. Esto se podía lograr sólo estudiando el ministerio que se realizaba en el Santuario terrenal, pues Pablo declara que los sacerdotes que oficiaban allí servían “a lo que es figura y sombra de las cosas celestiales” (Heb. 8:5).

 
Elena G. de White, La historia de la redención, trans. Gastón Clouzet y Alberto Novell, Primera edición. (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 2009), 394–396.