Archivos Mensuales: febrero 2017

GRACIA ¿qué es?

En el AT hay varias palabras que tocan uno o más de los aspectos de la doctrina de la gracia. Las dos que en una forma más completa expresan la palabra charis del NT son ḥēn y ḥeseḏ. La primera tiene el sentido predominante de favor, con el sentido de que el favor no se basa en méritos. Así, Moisés dice a Jehová: «Si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos» (Ex. 33:13).

graciaLa palabra ḥeseḏ que más frecuentemente se traduce «misericordia», tiene también, aunque no invariablemente, la asociación del pacto que Dios hace con su pueblo: «Jehová se me manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo: ‘Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia’» (Jer. 31:3); «Jehová tu Dios guardará contigo el pacto y la misericordia que juró a tus padres» (Dt. 7:12). (Para las demás palabras que forman el nexo del concepto de gracia en el AT, véase C. Ryder Smith, The Bible Doctrine of Grace, Epworth Press, Londres, 1956, cap. 2).

La palabra más común es charis. Su significación básica se encuentra en la alegría, sea con respecto a la apreciación de las cosas o del pueblo. Pero, según su uso en el NT, combina los usos de ḥēn y ḥeseḏ: p. ej., para el primero: «Pero si es por gracia, ya no es por obras; de otro modo la gracia ya no es gracia» (Ro. 11:6), o: «las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros» (Ef. 2:7); para la segunda: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Ro. 5:20).

La esencia de la doctrina de la gracia es que Dios es por nosotros. Más aun, él está por nosotros aun cuando nosotros mismos estamos en su contra. Además, él no está por nosotros solamente en actitud general, sino que ha actuado efectivamente hacia nosotros. La gracia está toda comprendida en Cristo Jesús.

Es completamente claro que el NT en forma abrumadora asocia la palabra gracia con Cristo, ya sea directamente («la gracia de nuestro Señor Jesucristo»), o también por implicación como el ejecutor de la gracia de Dios. No hace esto en ningún espíritu de cristomonismo, sino porque es en su Hijo encarnado que Dios hace efectivo su estar por nosotros, nos muestra que él está por nosotros y nos reconcilia consigo mismo, llevándonos a su lado para estar por él. Puesto que todo esto ocurre solamente por la actividad de Cristo encarnado, podemos decir que la gracia es Jesucristo y que Jesucristo es la gracia. Él es la gracia de Dios para con nosotros.

Jesucristo es Dios por nosotros. Podríamos considerar esto en función del Pacto (ḥeseḏ). En su Hijo, Dios se une libremente a nosotros para ser nuestro Dios, y nos une a nosotros con él para ser suyos. Haciéndose nuestro Dios, llega a ser para nosotros lo que él es en sí mismo amante, santo, misericordioso y paciente, en una palabra, el Dios de gracia. Como Dios es en sí mismo, así será para nosotros Dios, para nuestro beneficio. Él asumirá la responsabilidad por nuestro pasado, presente y futuro. Él ya no es un enemigo; está con nosotros contra nuestros verdaderos enemigos, y eso en forma efectiva: «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Ro. 8:31).

gracia-2

Pero todo esto es así porque Cristo ha venido, muerto y resucitado: «la gracia … vino por Jesucristo» (Jn. 1:17). La encarnación del Hijo de Dios, sus sufrimientos obedientes, su muerte en sacrificio y su resurrección triunfante no solamente nos muestran que Dios es misericordioso, sino que es en sí mismo un acto de la gracia de Dios, en el cual se vuelve a nosotros y efectúa esta relación. En lo que Cristo hace y sufre, la gracia de Dios vence el pecado y la enemistad y establece la comunidad del pacto. Sin embargo, no debemos suponer que Dios sólo comenzó a ser misericordioso para con nosotros cuando ya se hubo tratado con el pecado, y que previamente había estado en contra de nosotros. Dios muestra su gracia para con nosotros porque en primer lugar él es Dios de gracia. De lo profundo de su gracia nos muestra su gracia en su Hijo.

Además, es de la esencia de la gracia el hecho de que es libre. Si la gracia fuera una obligación de parte de Dios, ya no sería gracia. Pero es en su divina libertad que Dios nos muestra su gracia. No está obligado a mostrar su gracia; lo hace libremente. Nosotros los pecadores merecemos solamente que Dios esté en contra de nosotros. La animosidad de Dios contra el pecado se revela en la cruz claramente. Pero nosotros somos pecadores, irrevocable e inexcusablemente. Por lo tanto, Dios debiera estar contra nosotros. Sin embargo, ¡maravilla de maravillas! Él no envía un destructor, ni un juez, sino él mismo viene a salvar y permite él mismo ser destruido y juzgado. No podría haber una declaración más clara de que Dios está por nosotros, esto es, una declaración de la gracia de Dios. Al mismo tiempo, el camino de sufrimiento y muerte que Cristo siguió nos impide que consideremos la gracia solamente como divina indulgencia. La gracia no quiere decir un débil y descuidado perdón de los pecados, porque el perdón fue efectuado solamente por el juicio y condenación del inocente y su sacrificio voluntario. La gracia significa que Dios se vuelve al hombre para tomar la responsabilidad de éste por la enemistad en contra de él mismo. La gracia habría sido una imposibilidad si Cristo no hubiese satisfecho la santidad de Dios en su obediente ofrecimiento de sí mismo.

Puesto que la gracia es una decisión libre de Dios en cuanto a nosotros en Cristo, que surge de su carácter misericordioso, se desprende que no tenemos la capacidad de ganar su gracia o favor. Por esto es que la gracia se opone a las obras de la ley tácitamente a través de todo el NT y expresamente en pasajes tales como Ro. 3:19ss.; Jn. 1:17; Gá. 2:11–21; Ef. 2:8–9. Por el contrario, la gracia debe ser reconocida por lo que es con humilde y gozosa gratitud. Esta decisión humana, que involucra reconocimiento y aceptación, es la fe que corresponde a la gracia de Dios. «Por gracia sois salvos por medio de la fe» (Ef. 2:8).

T.H.L Parker, «GRACIA», ed. Everett F. Harrison, Geoffrey W. Bromiley, y Carl F. H. Henry, Diccionario de Teología (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 2006), 282–284.

Anuncios

REFLEXIONES SOBRE LA MUERTE

muerteBajo condiciones normales, la muerte es un evento universalmente lamentado en la experiencia humana. Éste es un fenómeno que no puede mirarse como totalmente natural, sino como un misterio que necesita explicación. Si el hombre es verdaderamente la corona de la obra divina, ¿por qué debe tener una existencia más corta que la que tienen algunas formas de plantas o animales? Uno puede ir más adelante y preguntar por qué, si el hombre está hecho a la imagen del Dios eterno, debe perecer de todas maneras. La respuesta que la Escritura provee es que la participación del hombre en la transgresión de la voluntad de Dios y su ley ha traído como penalidad la muerte (Gn. 2:17). Esto no quiere decir que la muerte, tanto en su medida como en su modo, esté directamente relacionada en cada caso a algún pecado personal (Lc. 13:14). Significa que, en razón de la universalidad del pecado, la muerte está presente como una consecuencia necesaria (Ro. 5:12–14).

En el AT se habla de la muerte en varias maneras. Algunas veces se describía como el reunirse con los padres (2 R. 22:20). Más a menudo se declaraba que era el bajar al Seol, un lugar donde no podía continuarse la obra y donde no era posible la comunión (Ec. 9:10; Sal. 6:5) Pero expresiones brillantes aparecen aquí y allí alentado una expectación de una continua comunión con Dios (Sal. 73:24) Una influencia en esta dirección puede haber tenido la desigualdad en la existencia terrena: el sufrimiento del justo y la prosperidad del maligno. La justicia se alcanzaría en la vida después de la muerte.

Debido a la conexión entre el pecado y la muerte, la misión redentiva de Cristo conlleva su propia muerte (1 Co. 15:3; Ro. 4:25; 1 P. 3:18). Al someterse a la muerte, él triunfó sobre ella, aboliéndola «sacando a la luz la vida y la inmortalidad» (2 Ti 1:10) El creyente en Cristo, a pesar de que le es dado la vida espiritual, está sujeto a la muerte física, porque ésta es el último enemigo que debe ser derrotado (1 Co. 15:26). Ella será desterrada en el retorno de Cristo, cuando los cristianos muertos sean levantados incorruptibles (1 Co. 15:52; Fil. 3:20, 21). En vista de la resurrección futura del cuerpo de los santos, la muerte puede describirse como un sueño (1 Ts. 4:15). La animación del cuerpo en su estado perfeccionado, siguiendo a su condición inanimada en la muerte, encuentra su analogía en la actividad que ocurre después de una noche de descanso. El temor a la muerte ha dejado de ser una realidad para el cristiano porque él ya no tiene que luchar con el pecado cuando va a la presencia de Dios; pecado que es el aguijón de la muerte (1 Co. 15:56). Cristo ha removido el aguijón por su muerte expiatoria. Dejar esta vida es una ganancia positiva (Fil. 1:21). Trae un mejoramiento en la condición del creyente, incluso el compartir de la presencia gloriosa del Hijo de Dios (Fil. 1:23; 2 Co. 5:8). La muerte no tiene el poder para separarnos de Cristo (Ro. 8:38).

muerte

En la enseñanza de Pablo, tan íntima y efectiva es la unión entre Cristo y los suyos, que el creyente ha muerto al pecado junto con Cristo. Por esta razón, él no está en la obligación de servir más al pecado (Ro. 6:1–4; Col. 3:1–3). La muerte puede también demostrar la incapacidad moral de la naturaleza humana (Ro. 7:24).

El incrédulo está muerto a causa de sus pecados, por no responder a las demandas de Dios (Ef. 2:1; Col. 2:13). Este tipo de enseñanza se encuentra también en Juan (5:24). Judas describe a los apóstatas como muertos dos veces (Jud. 12). La falta de vida de su estado natural se une a la esterilidad de su profesada experiencia cristiana. Cuando los malignos sean castigados finalmente, su estado de separación de Dios es llamado la muerte segunda (Ap. 21:8).

Everett F. Harrison, «MUERTE», ed. Everett F. Harrison, Geoffrey W. Bromiley, y Carl F. H. Henry, Diccionario de Teología (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 2006), 409–410.