Archivos Mensuales: mayo 2017

LA EXISTENCIA DE LOS ÁNGELES

Si hay áreas de la teología, a las que se da poca importancia esta probablemente es una de ellas. Uno sólo tiene que examinar la cantidad de espacio que se le dedica a la angelología en las teologías regulares para darse cuenta de esto. Este descuido de la doctrina puede ser simplemente negligencia o puede que manifieste un rechazo tácito hacia esta área de la enseñanza bíblica. Aun Calvino fue cauteloso al discutir este tema (Institución de la religión cristiana I, xiv, 3).

En nuestros tiempos la negación por parte de la neortodoxia de la existencia objetiva de los ángeles ha sido contrarrestada por la extensa publicidad dada a los demonios y a la actividad de éstos. Mientras que las personas pueden negar teológicamente la existencia de un orden de seres llamados ángeles (y demonios), prácticamente su declarada actividad parece hacer imposible que se niegue su existencia. Así que, mientras por un lado el prejuicio del hombre contra cualquier cosa sobrenatural excluye de su mente la existencia de los ángeles; por otro lado la actividad que él no puede explicar racionalmente parece hacer necesaria su existencia.

I. EL CONOCIMIENTO HUMANO

El hombre no tiene el conocimiento requerido para determinar cuál el la composición del universo. El no tiene ninguna manera a priori de saber si esa composición incluye o no un orden de criaturas como los ángeles. Además, no tiene disposición alguna para aceptar que sí incluye a los ángeles, porque su predisposición natural es contraria a lo sobrenatural. Asimismo, su experiencia no lo inclinaría a considerar la posibilidad de la existencia de los ángeles, y su fe en su propio intelecto lo compelería a buscar otras explicaciones para el fenómeno que no puede fácilmente comprender.

Ramm ha señalado acertadamente las limitaciones del conocimiento humano de manera inteligente: “La humanidad no tiene un manual intitulado Una guía a todas las creaciones posibles. No tiene información alguna acerca de la creación, fuera de los datos provistos por esta creación” (Bernard Ramm, “Angels”, Basic Christian Doctrines, Carl F. Henry, ed. [N.Y.: Holt, Rinehart, and Winston, 1962], p. 64). En otras palabras, el conocimiento limitado del hombre no le permite concluir que no hay tales seres como los ángeles.

II. LA REVELACION BIBLICA

Si uno acepta la revelación bíblica, entonces no queda ninguna duda de la existencia de los ángeles. Hay tres características significativas de esa revelación. En primer lugar, es extensiva. El Antiguo Testamento habla de los ángeles algo más de cien veces, mientras que el Nuevo los menciona cerca de 165 veces. Por supuesto, cualquier verdad tiene que declararse solamente una vez en la Biblia para que nosotros la reconozcamos como verdad, pero cuando un tema se menciona tan frecuentemente como el de los ángeles, entonces resulta tanto más difícil negarlo.

En segundo lugar, los ángeles se mencionan por toda la Biblia. La verdad en cuanto a ellos no se limita a un período de la historia, una parte de las Escrituras o unos pocos autores. Ellos no pertenecen a alguna etapa primitiva. Su existencia se menciona en treinta y cuatro libros de la Biblia desde el primero (ya sea Génesis o Job) hasta el último.
En tercer lugar, la enseñanza de nuestro Señor incluye varias referencias a los ángeles como seres reales. Así que, el negar la existencia de ellos es poner en duda la veracidad de Cristo.

Los detalles mismos de la revelación bíblica son, por supuesto, importantes, pero mientras se examinan, es importante tener en mente estas tres características de la naturaleza de esa revelación.
Examinaremos primero la cantidad y la extensión de los datos bíblicos, y después las enseñanzas de Cristo.

A. En el Antiguo Testamento
El Antiguo Testamento siempre presenta a los ángeles como criaturas reales, objetivas y existentes. De ningún modo se consideran como ilusiones o productos de la imaginación. En las treinta y cuatro ocasiones en que ocurre la palabra en los escritos mosaicos, los ángeles siempre aparecen como criaturas reales que hacen cosas específicas compatibles con su servicio como mensajeros (lo cual es, por supuesto, el significado de la palabra tanto en el griego como en hebreo para ángeles). Por ejemplo, Abraham comió y conversó con ángeles (Génesis 18). Muchas de las referencias en el Pentateuco y en Jueces son al Angel de Jehová, que parece ser Deidad. Un ángel ejecutó el juicio sobre Israel después que David impropiamente tomó un censo del pueblo (2 Samuel 24:16 —difícilmente puede considerarse una ilusión). Isaías se refiere a los serafines (6:2), y Ezequiel a los querubines (10:1–3). Daniel menciona a Gabriel (9:20–27) y Miguel (10:13; 12:1). Zacarías frecuentemente menciona a los ángeles como agentes de Dios (capítulo 1) e intérpretes de visiones (capítulos 1–6). En los salmos los ángeles son descritos como los siervos de Dios, que le adoran y rescatan a Su pueblo del mal (34:7; 91:11; 103:20).

B. En el Nuevo Testamento
Además de lo que nuestro Señor enseñó acerca de los ángeles, los autores del Nuevo Testamento también afirmaron su existencia. Los escritores de los Evangelios relatan su ministerio en el nacimiento, la vida, la resurrección, y la ascensión de Cristo (Mateo 2:19; Marcos 1:13; Lucas 2:13; Juan 20:12; Hechos 1:10–11).

En la narración del libro de los Hechos se ve la participación de los ángeles en ayudar a los siervos de Dios, abrir las puertas de la cárcel a los apóstoles (5:19; 12:5–11), dirigir a Felipe y a Cornelio en el ministerio (8:26; 10:1–7), y animar a Pablo durante la tormenta en su viaje a Roma (27:23–25).

Pablo (Gálatas 3:19; 1 Timoteo 5:21), el autor de Hebreos (1:4), Pedro (1 Pedro 1:12), y Judas (v. 6) todos dan por hecho la existencia de los ángeles en sus escritos. Cerca de sesenta y cinco referencias obvias a los ángeles ocurren en el Apocalipsis, más que en cualquier otro libro de la Biblia. El Nuevo Testamento nos provee evidencia clara, indiscutible, y abundante de la existencia de los ángeles.

C. En las enseñanzas de Cristo
Los ángeles le ministraron a Cristo en el desierto después de ser tentado por Satanás (y por supuesto, ningún reportero estuvo presente en la tentación, así que Su veracidad está detrás del relato) El enseñó que el estado humano en la resurrección sería como el de los ángeles: i.e., no procreativo (Mateo 22:30). Los ángeles separarán a los justos de los injustos al final de la edad (13:39) y acompañarán al Señor en Su segunda venida (25:31). Aun sin agregar las referencias a las actividades de Cristo con relación a los demonios, hay suficiente evidencia de que El creía en la realidad de los ángeles.

Usualmente la última cosa que los críticos de la Biblia quieren abandonar son las palabras de Cristo. ¿Cómo, entonces manejan ellos esta evidencia de que Cristo creyó en la existencia de los ángeles?

Algunos dicen que El estuvo engañado. El creía que existían, pero en realidad no era así. Otros afirman que El acomodó sus enseñanzas a las creencias ignorantes de Su día. En otras palabras, puesto que ellos creían en los ángeles (y demonios), El enseño en ese mismo hilo, aunque El sabía que los ángeles en realidad no existían. Pero algunas de Sus referencias a los ángeles no se pueden explicar de esta manera (véase 18:10 y 26:53). O algunas veces se reclama que los autores de los Evangelios agregaron estas referencias a los ángeles puesto que ellos creían en los mismos. Indudablemente ese tipo de criterio literario nos despojaría de otras (posiblemente todas) enseñanzas de Cristo.

Por supuesto, hay otra opción, y es la más simple y la más obvia. Cristo sabía que los ángeles existen, y reflejó ese conocimiento en Su enseñanza.

Fuente:
Charles Caldwell Ryrie, Teología básica (Miami: Editorial Unilit, 2003), 134–138.

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EL CANON (parte 3)

III. EL CANON DEL NUEVO TESTAMENTO

A. Las pruebas de la canonicidad

1. La prueba de la autoridad. Con relación a los libros del Antiguo Testamento, esto significaba que tuvieran el respaldo de la autoridad de un legislador, un profeta o un líder de Israel. En cuanto a los libros del Nuevo Testamento, esto significaba que la autoridad de un apóstol respaldara los libros que fueron aceptados en el canon. Esto significaba que el libro tenía que ser escrito o respaldado por un apóstol para que de alguna manera contara con la autoridad apostólica. Por ejemplo se consideró a Pedro como el apóstol que respaldó los escritos de Marcos, y a Pablo como el que respaldó los de Lucas.

2. La prueba de la singularidad. Para ser incluido en el canon un libro tenía que mostrar evidencia de su singularidad como prueba de su inspiración.

3. La prueba de su aceptación por las iglesias. A medida que los libros circulaban tenían que ser aceptados por las iglesias. En realidad, ningún libro que fue cuestionado por un gran número de iglesias llegó finalmente a ser admitido en el canon.

B. El proceso de reconocimiento del canon del Nuevo Testamento

Recuerde que los libros fueron inspirados cuando fueron escritos, y por lo tanto canónicos. La iglesia solamente prestó testimonio a lo que ya era inherentemente genuino.

1. El testimonio del período apostólico. Los escritores reconocieron que sus propios escritos eran la Palabra de Dios (Colosenses 4:16; 1 Tesalonicenses 4:15). Ellos también reconocieron que los escritos de otros libros del Nuevo Testamento eran Escritura. Ahora bien, “Escritura” era una designación en el judaísmo para los libros canónicos, así que cuando se le aplicaba en el Nuevo Testamento a otros escritos del Nuevo Testamento, se les designaba como canónicos. Y así ocurre en dos lugares significativos.

Uno es 1 Timoteo 5:18, donde la cita de Deuteronomio 25:4 se asocia con la de Lucas 10:7, y a ambas se les llama Escritura. Por cierto, el sentido de Lucas 10:7 se encuentra en el Antiguo Testamento, pero la forma de la cita se halla solamente en los Evangelios. El otro es 2 Pedro 3:16, donde Pedro se refiere a los escritos de Pablo como Escritura. Esta es una atestiguación significativa a causa del lapso relativamente corto que transcurrió entre el tiempo en que Pablo escribió algunas de sus cartas y la fecha en que Pedro las reconoció como Escritura.

2. El testimonio del período desde 70–170 A.D. Durante este período todos los libros del Nuevo Testamento fueron citados en otros escritos de la época, y los padres de la iglesia reconocieron como canónicos los veintisiete libros. Por supuesto, cada uno de ellos no citó los veintisiete. Adicionalmente, Marcio, un hereje (140), incluyó en su canon solamente a Lucas y diez de las epístolas de Pablo; lo cual demuestra, a lo menos, que a esta fecha tan temprana, ya se estaban coleccionando los escritos de Pablo.

3. El testimonio del período 170–350 A.D. Tres evidencias importantes surgen de este período. Primero, el canon Muratorio (170) omitió a Hebreos, Santiago, y 1 y 2 Pedro. Pero hay una ruptura en el manuscrito y, por lo tanto, no podemos estar seguros de que estos libros no fueran incluidos. Este canon también rechaza algunos libros como el Pastor de Hermas, que no llegó a ser parte del canon.

En segundo lugar, a la versión antigua siriaca (a finales del segundo siglo) le faltaban 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas, y Apocalipsis. Pero ningún libro adicional se agregó para traer el total a veintisiete.

En tercer lugar, a la versión antigua latina (200) te faltaban 2 Pedro, Santiago, y Hebreos, pero no agregó libros adicionales. Así que los libros candidatos que no eran aptos para ser incluidos en el canon, fueron rechazados durante este período; la mayoría de los libros del Nuevo Testamento estaban recibidos; y solamente pocos eran debatidos.

4. El Concilio de Cartago (397). Generalmente, se acepta que este concilio de la iglesia fijó los límites de canon del Nuevo Testamento con los veintisiete libros como los tenemos hoy.

5. Una nota sobre la opinión de Lutero acerca del libro de Santiago. Algunas veces se alega que Martin Lutero rechazó el libro de Santiago por no considerarlo canónico. Esto no es cierto. Cito aquí lo que el escribió en su prefacio al Nuevo Testamento, en el cual él le atribuye a varios libros del Nuevo Testamento diferentes grados de valor doctrinal: “El Evangelio de San Juan y su primera Epístola, las epístolas de San Pablo, especialmente Romanos, Gálatas, Efesios, y la Epístola de San Pedro —estos son los libros que le enseñan a usted de Cristo, y enseñan todo lo que es necesario y bendito que usted sepa, aun si usted nunca viera u oyera ningún otro libro de doctrina. Por lo tanto, la epístola de Santiago es una perfecta epístola de paja comparada con ellas, porque no tiene en sí nada de sustancia evangélica”. Así que Lutero estaba comparando (en su opinión) el valor doctrinal, no la validez canónica.

 

Fuente:
Charles Caldwell Ryrie, Teologı́a básica (Miami: Editorial Unilit, 2003), 121–124.