EL CANON (parte 3)

III. EL CANON DEL NUEVO TESTAMENTO

A. Las pruebas de la canonicidad

1. La prueba de la autoridad. Con relación a los libros del Antiguo Testamento, esto significaba que tuvieran el respaldo de la autoridad de un legislador, un profeta o un líder de Israel. En cuanto a los libros del Nuevo Testamento, esto significaba que la autoridad de un apóstol respaldara los libros que fueron aceptados en el canon. Esto significaba que el libro tenía que ser escrito o respaldado por un apóstol para que de alguna manera contara con la autoridad apostólica. Por ejemplo se consideró a Pedro como el apóstol que respaldó los escritos de Marcos, y a Pablo como el que respaldó los de Lucas.

2. La prueba de la singularidad. Para ser incluido en el canon un libro tenía que mostrar evidencia de su singularidad como prueba de su inspiración.

3. La prueba de su aceptación por las iglesias. A medida que los libros circulaban tenían que ser aceptados por las iglesias. En realidad, ningún libro que fue cuestionado por un gran número de iglesias llegó finalmente a ser admitido en el canon.

B. El proceso de reconocimiento del canon del Nuevo Testamento

Recuerde que los libros fueron inspirados cuando fueron escritos, y por lo tanto canónicos. La iglesia solamente prestó testimonio a lo que ya era inherentemente genuino.

1. El testimonio del período apostólico. Los escritores reconocieron que sus propios escritos eran la Palabra de Dios (Colosenses 4:16; 1 Tesalonicenses 4:15). Ellos también reconocieron que los escritos de otros libros del Nuevo Testamento eran Escritura. Ahora bien, “Escritura” era una designación en el judaísmo para los libros canónicos, así que cuando se le aplicaba en el Nuevo Testamento a otros escritos del Nuevo Testamento, se les designaba como canónicos. Y así ocurre en dos lugares significativos.

Uno es 1 Timoteo 5:18, donde la cita de Deuteronomio 25:4 se asocia con la de Lucas 10:7, y a ambas se les llama Escritura. Por cierto, el sentido de Lucas 10:7 se encuentra en el Antiguo Testamento, pero la forma de la cita se halla solamente en los Evangelios. El otro es 2 Pedro 3:16, donde Pedro se refiere a los escritos de Pablo como Escritura. Esta es una atestiguación significativa a causa del lapso relativamente corto que transcurrió entre el tiempo en que Pablo escribió algunas de sus cartas y la fecha en que Pedro las reconoció como Escritura.

2. El testimonio del período desde 70–170 A.D. Durante este período todos los libros del Nuevo Testamento fueron citados en otros escritos de la época, y los padres de la iglesia reconocieron como canónicos los veintisiete libros. Por supuesto, cada uno de ellos no citó los veintisiete. Adicionalmente, Marcio, un hereje (140), incluyó en su canon solamente a Lucas y diez de las epístolas de Pablo; lo cual demuestra, a lo menos, que a esta fecha tan temprana, ya se estaban coleccionando los escritos de Pablo.

3. El testimonio del período 170–350 A.D. Tres evidencias importantes surgen de este período. Primero, el canon Muratorio (170) omitió a Hebreos, Santiago, y 1 y 2 Pedro. Pero hay una ruptura en el manuscrito y, por lo tanto, no podemos estar seguros de que estos libros no fueran incluidos. Este canon también rechaza algunos libros como el Pastor de Hermas, que no llegó a ser parte del canon.

En segundo lugar, a la versión antigua siriaca (a finales del segundo siglo) le faltaban 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas, y Apocalipsis. Pero ningún libro adicional se agregó para traer el total a veintisiete.

En tercer lugar, a la versión antigua latina (200) te faltaban 2 Pedro, Santiago, y Hebreos, pero no agregó libros adicionales. Así que los libros candidatos que no eran aptos para ser incluidos en el canon, fueron rechazados durante este período; la mayoría de los libros del Nuevo Testamento estaban recibidos; y solamente pocos eran debatidos.

4. El Concilio de Cartago (397). Generalmente, se acepta que este concilio de la iglesia fijó los límites de canon del Nuevo Testamento con los veintisiete libros como los tenemos hoy.

5. Una nota sobre la opinión de Lutero acerca del libro de Santiago. Algunas veces se alega que Martin Lutero rechazó el libro de Santiago por no considerarlo canónico. Esto no es cierto. Cito aquí lo que el escribió en su prefacio al Nuevo Testamento, en el cual él le atribuye a varios libros del Nuevo Testamento diferentes grados de valor doctrinal: “El Evangelio de San Juan y su primera Epístola, las epístolas de San Pablo, especialmente Romanos, Gálatas, Efesios, y la Epístola de San Pedro —estos son los libros que le enseñan a usted de Cristo, y enseñan todo lo que es necesario y bendito que usted sepa, aun si usted nunca viera u oyera ningún otro libro de doctrina. Por lo tanto, la epístola de Santiago es una perfecta epístola de paja comparada con ellas, porque no tiene en sí nada de sustancia evangélica”. Así que Lutero estaba comparando (en su opinión) el valor doctrinal, no la validez canónica.

 

Fuente:
Charles Caldwell Ryrie, Teologı́a básica (Miami: Editorial Unilit, 2003), 121–124.

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Publicado el 3 mayo, 2017 en LA BIBLIA. Añade a favoritos el enlace permanente. Deja un comentario.

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