Archivos Mensuales: septiembre 2017

NO HAY CIENTIFICOS ATEOS

Todo científico, incluyendo a los agnósticos y los ateos, creen en Dios. Es necesario para hacer su trabajo. Esta afirmación podría parecer estrafalaria. ¿Cómo podemos decir que los ateos “creen en Dios”? Pero las personas muchas veces muestran en sus acciones creencias que niegan con sus palabras. Por ejemplo, Bakht, un filósofo hindú, dirá que el mundo es una ilusión. Pero él no cruza la calle justo frente a un ómnibus. Susana, una relativista radical, dirá que no hay verdad absoluta. Pero ella viaja tranquilamente a los 30,000 pies de altura en un avión cuyo vuelo seguro depende de las verdades inmutables de la aerodinámica y la mecánica estructural.1

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Pero, ¿qué pasa con los científicos? ¿Ellos tienen que creer en Dios? La cultura popular americana a menudo nos dice lo contrario, es decir que la “ciencia” es opuesta a las creencias Cristianas y bíblicas. A menudo se oye repetir la vieja historia del conflicto con Galileo, y del juicio con Scopes en Estados Unidos sobre la evolución, al punto que estos eventos han adquirido un status casi mítico. Y la pugna entre la ciencia y la religión recibe refuerzos por medio de una promoción vociferante de la evolución materialista.

Los historiadores de la ciencia señalan que la ciencia moderna surgió en el contexto de una cosmovisión Cristiana, y fue nutrida por la misma.2 Pero si esto fue cierto en el pasado, la ciencia del siglo veinte parece poder sostenerse sin la ayuda de ningún fundamento teísta. De hecho, muchos consideran que Dios es el “Dios de los vacíos” (God of the gaps), el Dios a quien invocan sólo cuando no hallan explicaciones científicas. Según esta perspectiva, la ciencia avanza, es capaz de explicar más y más de los vacíos, y la necesidad de Dios disminuye. Lo “natural” llega a poder explicar casi todo, haciendo innecesario lo “sobrenatural”.3

Enfoquemos nuestra mirada en las leyes naturales

Las cosas se miran diferente si nos negamos a confinar a Dios en un cubículo del “Dios de los vacíos”. Según la Biblia, él está involucrado en las áreas más comunes de las ciencias, las áreas de los eventos predecibles, las áreas que involucran experimentos de prueba repetitiva, y aún las descripciones matemáticas exactas. En Génesis 8:22 Dios promete:

Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche (Génesis 8:22).4

Y esta promesa general referente a los tiempos regulares de la tierra es complementada por muchos ejemplos específicos en otros pasajes:

Pones las tinieblas, y es la noche; En ella corretean todas las bestias de la selva. (Salmo 104:20).

Él hace producir el heno para las bestias, Y la hierba para el servicio del hombre, Sacando el pan de la tierra. (Salmo 104:14).

El envía su palabra a la tierra; Velozmente corre su palabra. Da la nieve como lana, Y derrama la escarcha como ceniza. Echa su hielo como pedazos; Ante su frío, ¿quién resistirá? Enviará su palabra, y los derretirá; Soplará su viento, y fluirán las aguas. (Salmo 147:15–18).

Los ciclos regulares que los científicos describen, realmente son los compromisos que Dios mismo ha hecho. En su Palabra a Noé, Dios se compromete con gobernar los tiempos y los sazones. Por su Palabra, gobierna la nieve, el frío, y el granizo. Los científicos sólo describen los ciclos regulares de la Palabra de Dios que gobierna el mundo. Las llamadas “leyes naturales” son realmente la ley de Dios, o la Palabra de Dios, descritas imperfectamente o aproximadamente por los investigadores humanos.

Ahora bien, recordemos que la investigación científica depende de que haya efectos regulares en el mundo. Sin estas regularidades, no habría nada qué estudiar. Los científicos dependen no solamente de que hayan procesos regulares con que están familiarizados, como por ejemplo la conducta regular de su aparato de medir, sino también dependen de la suposición de que hallarán más regularidades en las áreas de investigación. Deben mantener la esperanza de encontrar otras regularidades, porque si no, tendrían que abandonar sus exploraciones.

La fe en las leyes científicas

¿Qué son estas regularidades? Les han puesto varios nombres: “ley natural”, “la ley científica”, “teoría”. Algunas regularidades pueden ser descritas con exactitud cuantitativa para cada caso (dentro de límites estrechos de error), mientras otras regularidades sólo se ven después de comparar un número grande de casos. Todos los científicos creen en la existencia de tales regularidades. Y en todos los casos, no importa su religión profesada, los científicos en la práctica saben que las regularidades están “ahí”. En última instancia, los científicos son “realistas” con respecto a las leyes científicas. Los científicos las descubren, no las inventan. Si no fuera así, ¿para qué todo el trabajo tedioso y frustrante de los experimentos? Sería, ¡adivine, invente, y sea famoso!

Estas regularidades son, pues, ¡regulares! Y para que algo sea regular, debe ser regulado. Se necesita una regula, una regla. El Diccionario Webster señala este concepto al definir “regular” como “formado, edificado, arreglado u ordenado de acuerdo a una regla establecida, una ley, un principio o un tipo”.5 La idea de una ley o una regla es parte integral del concepto de “regular”. Los eventos ocurren en el tiempo y el espacio. Cuando los eventos evidencian una regularidad, es porque están formados u ordenados de acuerdo a una regla o una ley. Es por esto que el término “ley” es un término natural para definir las teorías y principios científicos que son bien establecidos. Hablamos de “las leyes de Newton”, “la ley de Boyle”, “la ley de Dalton”, “las leyes de Mendel”, “las leyes de Kirchhoff”. Todos los científicos aceptan y dependen de la existencia de las leyes científicas.

 

Vern Sheridan Poythress, No Hay Científicos Ateos: Los Atributos Divinos de Las Leyes Naturales, trans. Guillermo Green, 1a ed., ¿Dónde Está El Sabio? (Guadalupe, Costa Rica: CLIR, 2012), 7–13.

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1 La obra sobre la auto-decepción de Gregory L. Bahnsen (“A Conditional Resolution of the Apparent Paradox of Self-Deception, Una resolución condicional para la aparente paradoja de la auto-decepción), tesis para el Ph.D., Universidad de Carolina del Sur, 1979) ha ayudado a mostrar cómo la gente maneja tales estados paradójicos. Creen en una cierta proposición y también creen (como un credo de segundo orden) que no lo creen. Han ocultado de su consciente lo que sus acciones continuamente muestran a los demás. En sus acciones tácitamente confían en verdades acerca del mundo, mientras que verbal y conscientemente no creen hacerlo. Este modelo es útil. Pero la incredulidad y la rebelión, como manifestaciones del pecado, producen profundos efectos en la naturaleza humana, incluyendo asuntos intelectuales y prácticos. Por tanto, cualquier explicación humana sobre la evasión de la verdad permanece parcial.

2 Reijer Hooykaas, Religion and the Rise of Modern Science (La religión y el surgimiento de la ciencia moderna) (Grand Rapids: Eerdmans, 1972); Stanley L. Jaki, The Road of Science and the Ways of God (El camino de la ciencia y los caminos de Dios) (South bend, IN: Regnery-Gateway, 1979); Nancy R. Pearcey y Charles B. Thaxton, The Soul of Science: Christian Faith and Natural Philosophy (El alma de la ciencia: la fe cristiana y la filosofía natural) (Wheaton, IL: Crossway, 1994); Charles E. Hummel, The Galileo Connection: Resolving Conflicts between Science and the Bible (La relación con Galileo: Resolviendo conflictos entre la ciencia y la Biblia) (Downers Grove, IL: InterVarsity, 1986).

3 Edward J. Larson y Larry Witham recientemente condujeron una encuesta sobre las creencias de los científicos y compararon los resultados con encuestas similares de 1914 y 1933 hechas por James H. Leuba. Encontraron poco cambio, contrario a la impresión de la ciencia es una fuerza secularizada. 40 por ciento creían en Dios tanto en las encuestas de Leuba como en las recientes. Pero también encontraron que la “élite” de científicos estadounidenses, representada por la Academia Nacional de la Ciencia (National Academy of Science), contenía un mayor porcentaje de incredulidad, más del 90 por ciento de los que tomaron la encuesta. (Edward J. Larson y Larry Witham, “Scientists and Religion in America” (Los científicos y la religión en Estados Unidos), Scientific American 281/3 [Set.,1999] 88–93.)

4 Las citas bíblicas aquí y en el resto del documento vienen de la English Standard Version (ESV).

5 Webster’s Ninth New Collegiate Dictionary (Noveno nuevo diccionario colegiado de Webster) (Springfield, MA: Merriam-Webster, 1987).

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FIGURAS LITERARIAS EN LA BIBLIA (parte 1)

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El símil

El símil es la figura literaria que describe algún objeto, acción o relación como semejante a otra cosa no similar. El símil usa las palabras como, así, semejante, etc., declarando expresamente la semejanza entre las dos cosas. Esta figura es la más sencilla de todas y la más fácil de identificar.

Veamos, por ejemplo, la semejanza expresamente declarada en este texto: “Como no conviene la nieve en el verano, ni la lluvia en la siega, así no conviene al necio la honra” (Pr. 26:1).

El estudiante puede examinar los símiles en los siguientes textos: Génesis 13:10, 16; 15:5; Jueces 7:12; Proverbios 26:18, 19; Isaías 1:8.

Hay casos cuando el símil existe sólo implícitamente. Es decir, la semejanza entre las dos cosas diferentes, solamente se da a entender. En Proverbios 26:3 leemos: “El látigo para el caballo, el cabestro para el asno, y la vara para la espalda del necio.” El escritor dio a entender que las tres cosas son igualmente propias.

En Proverbios 25:4, 5 encontramos otro símil implícito: “Quita las escorias de la plata, y saldrá alhaja al fundidor. Aparta al impío de la presencia del rey, y su trono se afirmará en justicia.”

Que busque el estudiante el símil implícito en Juan 12:24, 25.

A veces el símil es prolongado, para incluir varios aspectos de la semejanza. En el Cantar de los Cantares 2:3–5 encontramos este símil prolongado: “Como el manzano entre los árboles silvestres, así es mi amado entre los jóvenes; bajo la sombra del deseado me senté, y su fruto fue dulce a mi paladar … Sustentadme con pasas, confortadme con manzanas.”

El símil prolongado también se puede considerar una parábola o una alegoría. Estas se estudiarán en los capítulos 16 y 17.

La metáfora

Esta figura indica la semejanza entre las dos cosas muy diferentes, declarando que una de ellas es la otra. Encontramos esta figura en las palabras de Jesús: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt. 5:14). La expresión quiere decir: “Vosotros sois como una luz para el mundo”, quizá la luz del sol.

Esta figura existe también cuando se sugiere la semejanza entre dos cosas muy diferentes, usando palabras que son propias solamente para una de ellas. En Isaías 3:15 leemos: “¿Qué pensáis vosotros que majáis mi pueblo, y moléis las caras de los pobres?” Aquí el Señor reprocha a los gobernantes de su pueblo por su opresión. Pero esta expresión es representada como el acto de majar y moler al pueblo. Claro es que los gobernantes no majaban ni molían al pueblo literalmente. Isaías usa estas palabras metafóricamente; y la figura es una metáfora.

Existe también la metáfora prolongada. En Isaías 40:7 dice el profeta, según la Versión Antigua: “Ciertamente hierba es el pueblo.” (La Versión Revisada mete la palabra como, cambiando la figura en un símil.) Pero observemos cómo se prolonga la figura en el v. 8: “Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre.”

Raras veces el escritor explica su metáfora. En Isaías 9:14 dice: “Y Jehová cortará de Israel cabeza y cola”, representándolo como una bestia. Y en el v. 15 explica: “El anciano y venerable de rostro es la cabeza; el profeta que enseña mentira, es la cola.”

Para ver otros ejemplos de la metáfora, véase Génesis 15:1; Proverbios 16:22; 25:18; Juan 10:7; 15:1; y Salmo 84:11.

La metonimia

La metonimia es el uso de una palabra en lugar de otra, sugerida por la primera. Cuando el escritor pone el efecto de una acción en lugar de la causa, o usa el símbolo o la seña en lugar de la realidad, usa la metonimia.

En Joel 2:31 el profeta dice: “El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová.” El sol nos hace pensar en luz, y la falta de sol, en las tinieblas. Y la luna también será oscurecida para verse roja como la sangre. Pero en todo esto, Joel habla del juicio de Dios, que es la causa; y el efecto es la oscuridad de la que Joel habla.

En 1 Juan 1:7 dice el Apóstol: “Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros.” La palabra luz es símbolo de entendimiento y rectitud. Al decir luz en lugar de la realidad espiritual, usa una metonimia.

En Génesis 6:12 y 31:42, el estudiante puede ver ejemplos del uso del efecto por la causa.

Para ver ejemplos de la metonimia que emplea palabras sugeridas por otras, véase Proverbios 5:15–18, y 23:23. En el primer caso, el estudiante verá también el uso del eufemismo, examinado más adelante en este mismo capítulo.

La sinécdoque

Ocurre la sinécdoque cuando el escritor apunta una parte por el todo, o el todo por una parte. En el Salmo 16:9 dice David: “Mi carne también reposará confiadamente.” La referencia es a la resurrección de Cristo, según Hch. 2:31. Por supuesto, habla de la resurrección de todo su cuerpo y no solamente de su carne. Porque en sí, la carne no significa los huesos, el cabello ni las uñas. La palabra carne es una sinécdoque por todo el cuerpo; es una parte por el todo.

Hay sinécdoques en 1 Corintios 11:27 y Lucas 2:1. Pero en estos mismos textos hay metonimias también. Estos textos son ejemplos del problema de clasificar las figuras literarias.

En 1 Corintios 11:27 dice Pablo: “Cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa …” La copa llena se usa aquí por la pequeña parte que bebe el comulgante; esta es la sinécdoque. Pero la copa se pone aquí en lugar de su contenido, el vino. Esta es la metonimia.

En Lucas 2:1 dice el evangelista que César promulgó un edicto para que “todo el mundo fuese empadronado”. Pero no todo el mundo estaba dentro del gobierno de Augusto César. De manera que Lucas pone “todo el mundo” en lugar de la parte gobernada por él. Esta es la sinécdoque. Pero al decir “el mundo”, quiere decir los habitantes de él. Esta es la metonimia.

Otros ejemplos de la sinécdoque se pueden encontrar en Exodo 4:12; Isaías 32:12; Miqueas 4:3; y Santiago 1:27.

La ironía

La ironía es la expresión de una idea mediante su sentido contrario, para exponer lo absurdo del caso.

Job habla irónicamente (12:2) cuando dice: “Ciertamente vosotros sois el pueblo, y con vosotros morirá la sabiduría.” Sus amigos estaban tan seguros de tener la razón y de que Job estuviera equivocado, que Job usó esta manera de llamarles la atención a lo absurdo de sus palabras.

El estudiante puede examinar las expresiones irónicas en 2 Corintios 11:5 y 12:11; 1 Reyes 18:27; y Job 38:21.

La hipérbole

En el idioma griego, la palabra hipérbole significa “tirar más allá (del blanco).” Como figura literaria significa la exageración de una idea. No debe ser entendida como mentira, la cual tiene la intención de engañar. La hipérbole exagera de una manera evidente para dar énfasis al pensamiento.

En Deuteronomio 1:28 Moisés recuerda las palabras de los espías que fueron enviados para investigar la tierra. Decían que las ciudades eran “grandes y amuralladas hasta el cielo”. Así dieron a entender que sería imposible vencerlas. Nadie entendió estas palabras literalmente, y Moisés tampoco tenía la intención de tomarlas literalmente. La misma figura se encuentra en Números 13:32, 33.

El estudiante puede examinar Génesis 15:5 y preguntarse si su lenguaje es hiperbólico. En Mateo 5:29, 30 ¿existe una hipérbole? Véase también las que se encuentran en Proverbios 6:30, 31; 23:1, 2; y Hechos 27:34.

 

Tomás de la Fuente, Claves de Interpretación Biblica – Edición Actualizada (El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones, 1985), 83–88.

EL FRUTO DEL ESPÍRITU SANTO

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INTRODUCCIÓN

En Gálatas 5:22, 23, el apóstol Pablo se refiere al fruto del Espíritu Santo, en estos términos: “El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas.” La expresión “fruto del Espíritu” aparece sólo en Gálatas 5:22. En Efesios 5:9 los mejores manuscritos dicen “fruto de la luz” (BJ; BA; VP). El vocablo “fruto” (del griego karpós, καρπος), en esta frase y en su contexto, connota la idea de que este fruto es algo que debe ser esperado y recibido, como un don que viene de parte del Espíritu Santo. El término proviene de la esfera vital del desarrollo natural, y significa lo que crece de un modo natural por estar unido a un árbol o a un suelo que le comunica su fuerza vital.

La manifestación de este fruto no depende de la voluntad humana de producirlo, sino de la iniciativa divina, que lo da en el momento oportuno, según la simiente que se ha sembrado. Es así, que lo que el Espíritu Santo produce en la vida del creyente es un fruto cuya naturaleza y calidad no es el resultado de la índole carnal del creyente, sino del carácter y poder del Espíritu. Las buenas obras que constituyen ese fruto realizado por el Espíritu Santo son diferentes de los propios esfuerzos humanos para alcanzar la salvación (Col. 1:10).

Con esta expresión, Pablo quiere indicar que aquel que es guiado por el Espíritu (Gál. 5:18), y que vive y anda por el Espíritu (Gál. 5:25), se encuentra en una relación vital con Cristo, de tal manera que en él opera el Espíritu de Cristo y participa de los dones que lleva consigo esta comunión vital. Estos dones (amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza) brotan espontáneamente en la vida del creyente como “fruto del Espíritu,” y no como producto del cultivo personal. De este modo, la expresión designa, en un sentido amplio, el efecto de la fe en la vida del creyente individual y en la comunidad de fe.

El fruto del Espíritu es uno, pero múltiple. Cabe destacar el carácter singular de este fruto, en vista del frecuente error de referirse a él en plural como “los frutos del Espíritu.” La segunda expresión no aparece en el Nuevo Testamento. No obstante ser uno, el fruto del Espíritu es múltiple, es decir, consiste al menos de nueve componentes. Nótese que por tratarse de un solo resultado de la operación del Espíritu, los varios elementos mencionados no son separables ni excluyentes. De allí que no es posible tener amor sin tener bondad, o experimentar la paz sin expresar benignidad. Cada virtud no sólo es complementaria, sino que demanda el ejercicio de las mismas.

De igual modo, como partes integrantes del fruto del Espíritu, estas manifestaciones no se dan por etapas o en cuotas. Ellas brotan por igual y al mismo tiempo como resultado de la fertilidad del Espíritu en la vida del creyente.

En el presente estudio vamos a hacer dos cosas. Por un lado, vamos a considerar la naturaleza del fruto del Espíritu, a fin de entender cabalmente su carácter. Por otro lado, vamos a hacer una consideración de cada uno de los nueve componentes del fruto del Espíritu, con el fin de comprender adecuadamente qué es lo que Dios espera que seamos, antes de saber qué es lo que él espera que hagamos con cada uno de los dones espirituales que nos ha otorgado.

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LA NATURALEZA DEL FRUTO DEL ESPÍRITU

El método comparativo es un buen recurso para alcanzar una adecuada comprensión sobre cualquier elemento de la realidad que deseamos conocer. En el caso del fruto del Espíritu nos puede resultar de gran ayuda compararlo con las obras de la carne, por un lado, y con los dones del Espíritu, por el otro.

Las obras de la carne y el fruto del Espíritu

Veamos, en primer lugar, las obras de la carne. Las obras de la carne son las manifestaciones o actos del ser humano sin Cristo. Es el hacer natural de un ser caído que no puede producir otra cosa que las diecisiete manifestaciones de Gálatas 5:19–21. Como consecuencia, los tales no heredarán el reino de Dios.

Veamos, en segundo lugar, el fruto del Espíritu. Contrariamente, el fruto del Espíritu enfatiza que el ser humano no es la fuente de este estilo de vida. Es el Espíritu Santo quien, al habitar en el creyente, produce como consecuencia este estilo de vida (Gál. 5:22, 23).

Diferencia entre los dones y el fruto del Espíritu

Los dones son capacidades o el poder dado por Dios a sus hijos. Dios, a través del Espíritu Santo, da a sus hijos estas capacidades para la edificación personal, la edificación de su iglesia, y para servir mejor en la obra de Dios. Los dones espirituales tienen que ver con lo que hacemos. El fruto del Espíritu tiene que ver con el ser de Dios, con las virtudes y el carácter de Jesús. El fruto del Espíritu es algo interior, que revela lo que Dios es. El fruto del Espíritu tiene que ver con lo interior, con lo que somos.

¿Qué es lo más importante? La vida espiritual de un creyente no se mide por las manifestaciones de los dones espirituales, por más espectaculares que éstos sean. El verdadero valor de la vida espiritual de un creyente se mide por el desarrollo del fruto del Espíritu en su vida.

LAS MANIFESTACIONES DEL FRUTO DEL ESPÍRITU

Amor

La primera es amor (gr. ágape, αγαπη). En el Nuevo Testamento, esta palabra tiene que ver específicamente con el amor de Dios. Se trata de un amor sacrificial. No es interesado, ni condicionado, ni está limitado por ninguna circunstancia. Este amor es la virtud característica de la fe cristiana. No se trata de una mera emoción, sino de un principio inteligente por el cual se vive deliberadamente. Este amor tiene que ver con la mente y la voluntad. Es la facultad de amar incluso a los enemigos. En este sentido, es una benevolencia insuperable y una bondad invencible, que siempre procura lo mejor para los demás, aun cuando ellos le deseen lo peor. Este amor es lo que Dios pide por sobre todas las cosas a sus hijos. La descripción de este tipo de amor la encontramos en 1 Corintios 13.

Gozo o alegría

La segunda manifestación es gozo o alegría (gr. cara, χαρα). No es la felicidad que se manifiesta como producto de los propios logros, ni es placer ya que éste es momentáneo. El gozo no depende de los sentimientos o emociones. La alegría que produce el Espíritu en el creyente es profunda y permanece a pesar de las diferentes pruebas y dificultades de la vida (Fil. 4:6, 7).

El gozo es la alegría de la fe (Fil. 1:25; Ro. 15:13). Como tal, está más allá de la alegría que uno tiene, experimenta o puede mostrar. No depende de uno, sino del Señor, ya que se funda en la esperanza y confianza de la fe, aun en medio de las luchas y angustias de la vida (2 Co. 7:4, 5). Se trata, pues, de un carisma, de una alegría dada por el Espíritu Santo (Ro. 14:17; 1 Ts. 1:6).

Paz

La tercera manifestación es paz (gr. eirene, ειρηνη). La paz con Dios es la base de todas las otras. Si estamos en paz con Dios vamos a estar en paz con nuestros hermanos. Esta paz sobrepasa todo entendimiento (Fil. 4:6, 7). El vocablo paz viene del hebreo shalom. No significa el mero alivio de problemas, sino todo aquello que resulta en el bien supremo del ser humano. Es esa tranquila serenidad del corazón, que es producto de la convicción de que Dios es soberano por sobre todas las cosas que él ha creado. De allí que esta paz resulta en una experiencia de armonía con él, con su creación, con los demás seres humanos y con uno mismo.

Paciencia

La cuarta manifestación es paciencia (gr. makrothumia, μακροθυμια). El vocablo significa mantener siempre el ánimo. Tiene que ver con la inmutabilidad de una persona ante la provocación o el soportar sin enojos o alteraciones un mal trato. La paciencia no es resignación. El vocablo es típicamente bíblico y cristiano, y se refiere a dos cosas. Describe esa actitud de persistencia, que soporta la espera y sobrelleva el sufrimiento sin ceder, confiando en que ocurrirá lo mejor. El vocablo se refiere también a la actitud que se debe tener para con el prójimo. Es la actitud de aquel que pudiendo vengarse si quisiera, no lo hace.

Amabilidad

La quinta manifestación es amabilidad (gr. crestotes, χρηστοτης). Puede traducirse también como benignidad, dulzura, suavidad en la manera de dirigirse a los demás. El vocablo está relacionado con el buen trato. Conlleva a veces la idea de gentileza o dulzura. Referido a la conducta humana, el vocablo destaca la bondad y mansedumbre del que así se relaciona con los demás. Se trata de la bondad que es amable y afable.

Bondad

La sexta manifestación es bondad (gr. agathosune, αγαθωσυνη). Es la cualidad de una persona regida por lo que es bueno, cuya meta en la vida es el bien. Es la acción diaria y constante de devolver bien por bien y bien por mal. Tiene una connotación de carácter ético-religioso, ya que designa lo que es moralmente bueno. Es un vocablo típicamente bíblico, ya que no aparece en el griego secular. El término señala a la excelencia o bondad de la conducta respecto del prójimo, cualquiera que sea. Esta virtud es de por sí una cualidad que el nuevo ser humano en Cristo tiene. Es su conducta buena e intachable en el sentido más amplio.

Fe

La séptima manifestación es fidelidad o fe (gr. pistis, πιστις). El sentido de fe aquí es fidelidad. Fidelidad en las promesas, demandas y todo lo que Dios nos ha confiado. Es la fe necesaria para vivir en la vida cristiana (2 Co. 5:7). Fe es la virtud característica del creyente que es confiable. Se refiere a la confiabilidad, integridad y honradez del verdadero hijo de Dios.

Humildad o mansedumbre

La octava manifestación es humildad o mansedumbre (gr. prautes, πραυτης). No se trata de debilidad ni flaqueza. El vocablo es de traducción difícil. Está relacionado con ser dócil, obediente, sujeto, humilde. Humildad o mansedumbre expresan adecuadamente el sentido del griego, que conlleva la idea de ternura y gracia. Es una palabra acariciadora, y encierra el secreto de la ecuanimidad y la compostura. La persona mansa es la que nunca se aira a destiempo, sino que es dócil y humilde porque tiene un control perfecto de sus emociones. No es una docilidad pusilánime, una ternura sentimentaloide, un quietismo pasivo. Es fuerza bajo control.

Dominio propio o templanza

La novena manifestación es dominio propio o templanza (gr. egkrateia, εγκρστεια). Es dominio propio, equilibrio, autocontrol, el dominio de sí mismo. Es el freno divino a todo descontrol de los deseos, sentimientos, apetitos, carácter, etc. Es el espíritu que domina sus deseos y su amor por el placer. La persona capaz de gobernarse a sí misma será capaz de servir a los demás.

 

Pablo A. Deiros, Dones Y Ministerios, Formación Ministerial (Buenos Aires: Publicaciones Proforme, 2008), 251–253.