Archivo de la categoría: CONCEPTOS

CRUZ (σταυρός)

A. La cruz y la crucifixión en el mundo del NT.

I. Significado de la palabra.

1. σταυρός es una «estaca» erguida, como las que se usan para cercas o empalizadas.

2. El σταυρός es un instrumento de suplicio para delitos graves. Puede ser una estaca vertical puntiaguda, o un palo vertical con un travesaño encima, o un poste con una viga de igual longitud que se interseca.

II. El castigo de la crucifixión.

1. Esta forma de ejecución parece haber sido inventada por los persas. La usan Alejandro Magno y sus sucesores, y luego los romanos, aunque no oficialmente para los ciudadanos. Josefo menciona crucifixiones masivas de insurrectos en Judea.

2. El condenado transporta el travesaño hasta el sitio de ejecución, es asegurado a él con sogas o con clavos, y luego es izado en la estaca, que ya está erguida en su sitio. Hacia la mitad del poste hay una pieza de madera que sostiene el cuerpo suspendido. La altura de la cruz varía. Una tableta colgada alrededor de la víctima enuncia la causa de la ejecución, y luego esta tableta se fija a la cruz. A menudo, antes de la ejecución se azota a la víctima y se la expone a burlas. La crucifixión se efectúa públicamente, y el cuerpo se puede dejar a que se pudra en la cruz. La muerte es extremadamente lenta y penosa. Constantino suprime esta forma de castigo.

3. El derecho judío no impone la crucifixión. Las personas que son lapidadas son luego colgadas de un árbol para mostrar que han muerto malditas por Dios. El judaísmo aplica este principio a los que mueren crucificados.

B. σταυρός en el NT.

I. La cruz de Jesús. Los autores de los Sinópticos y Juan cuentan el relato de la crucifixión en narraciones que tienen una calidad kerigmática y cultual. En el trasfondo está la idea de que Jesús muere como el cordero sacrificial de la nueva alianza. Los acontecimientos van siguiendo las costumbres de la época. Algunos toques judíos son la bebida estupefaciente de Marcos 15:23 y el descendimiento del cuerpo de Jesús en la víspera del sábado (Jn. 19:31). La cruz es un poste con travesaño, y Jesús es clavado a ella. Juan atribuye significación teológica al levantamiento de Jesús en la cruz (3:14; 8:28).

II. La teología de la cruz.

1. Pablo muestra la significación salvífica de la cruz. En ella, como la etapa más baja de la humillación, Jesús completa su obediencia y así realiza la obra de redención (Fil. 2:8). La sabiduría humana, que no logra captar esto, despoja a la cruz de su contenido esencial (1 Co. 1:17). La palabra de la cruz es tontería para los que van a la perdición, pero es poder de Dios para los creyentes. Como revelación de la sabiduría de Dios, ella es verdadera sabiduría para los perfectos (2:6–7). Aquellos cristianos que por su manera de vivir desprecian la cruz, son enemigos de ella (Fil. 3:18). Los judaizantes están tratando de esquivar la persecución a causa de la cruz, al abogar por la circuncisión (Gá. 6:12). Los propios sufrimientos de Pablo se relacionan con su predicación de la cruz, ya que la circuncisión obligatoria y la cruz se excluyen mutuamente. La cruz es decisiva en la historia de la salvación. Al suprimir toda glorificación de uno mismo, ella es la propia gloria de Pablo (Gá. 6:14).

2. La cruz es el medio de expiación en Colocenses 1:20 y Efesios 2:16. Es el fundamento de la reconciliación cósmica (Col. 1:20). La sangre de Jesús tiene un poder expiatorio que todo lo abarca. Como signo de su gracia de indulto, Dios ha fijado a la cruz el recibo de acusación (Col. 2:14). Por la cruz Dios ha reunido a judíos y gentiles en una nueva humanidad, y los ha reconciliado con Dios mismo (Ef. 2:16).

3. Hebreos usa σταυρός sólo en 12:2, que dice que Jesús eligió la cruz ya sea «en lugar de» la felicidad celestial o «a causa de» ella. Lo primero tal vez sea el sentido más natural; Jesús renunció al gozo que se le presentaba, con el fin de recorrer el camino de la obediencia y del sufrimiento.

III. Uso figurado.

1. Jesús exige que sus discípulos tomen la cruz y lo sigan. El dicho figura cinco veces en diferentes contextos (Mr. 8:34 [par. Mt. 16:24; Lc. 9:23]; Mt. 10:38; Lc. 14:27).

2. Entre los rabinos no existe paralelo para este dicho. Puede haber sido una expresión popular surgida entre los zelotes. O tal vez Jesús ve en su muerte un modelo para sus seguidores, los cuales deben estar dispuestos a sufrir e incluso a morir por causa suya. El dicho acerca del yugo en Mateo 11:29 posiblemente esté conectado con el dicho acerca de la cruz. El cargar la cruz hasta el sitio de ejecución sugiere un proceso continuo. La señal de la cruz sirve como confesión de Jesús y como sello de pertenencia a él. En todo caso, la relación con la negación de sí muestra que la referencia es a una vida de compromiso que podría implicar el sufrimiento, y en última instancia la entrega de la vida misma.

IV. Uso posterior.

1. En Ignacio, la cruz eleva a los creyentes como piedras vivas en la construcción del templo de Dios (Efesios 9.1). Es un tronco que, con una fuerza vital, produce ramas (Tralianos 11.2). Los cristianos están clavados a ella (Esmirniotas 1.1). Bernabé demuestra que la crucifixión es necesaria, a partir de Génesis 14:14; Números 19:6; Salmo 1:3 (cf. 8:1; 9:8; 11:1). En A Policarpo, la cruz da testimonio de la verdadera corporeidad de Cristo (7.1). En las especulaciones gnósticas acerca de la cruz se da una cruz doble: la cruz del Gólgota, y una cruz de luz.

2. En los papiros encontramos pocos usos que sean distintivamente cristianos. En un caso σταυρός significa «penuria». En tiempos bizantinos, la cruz es común en las cartas. Tres cruces sirven de marca para los analfabetos. La cruz figura también como señal de oración.

 

Fuente: Gerhard Kittel, Gerhard Friedrich, and Geoffrey W. Bromiley, Compendio Del Diccionario Teológico Del Nuevo Testamento (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 2002), 1050–1051.

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EL PECADO, en la teología de Pablo

El NT da por sentada la condición de pecador del hombre. En Romanos 3:23, Pablo presenta la universalidad del pecado cuando dice “…porque todos pecaron” para indicar la gravedad del pecado y las consecuencias del mismo.

Al tener una comprensión del concepto del hombre en el pensamiento teológico de Pablo como un ser, así relaciona el problema del pecado en el mismo. El hombre es pecador y no se ha dado cuenta del alcance y peligro que tiene el pecado en su vida. Pablo nos exhorta a mirar la gama que tiene el pecado en la que con mucha facilidad el hombre se enreda. Pablo usa cerca de una docena de palabras para hacer referencia al pecado, mostrándonos así una riqueza en las expresiones y el alcance de ellas. En las traducciones de las palabras a veces se menciona la palabra pecado, pero no se da la característica y gravedad de la palabra.

pecadosLas palabras con las cuales Pablo define al pecado se destacan por la riqueza en su significado, con lo cual podemos tener una dimensión de la gravedad del pecado en la vida del ser humano. A continuación se detallan algunas de ellas.

1. Injusticia (adikia)

Esta palabra también se traduce como el mal obrar, maldad o incorrección. Descubre al hombre que no tiene ley que lo gobierne; es una palabra muy utilizada en su tiempo para hablar de pasar por sobre la ley y cometer toda clase de fechorías o delitos (Rom. 1:29; 2:8, Col. 3:25). En Romanos 1:18 Pablo describe la ley y la justicia que van contra la perversidad de los hombres que produce una enemistad contra la verdad. Cuando este desconoce a Dios en los primeros cuatro mandamientos, está demostrando que en su corazón lo único que alberga es impiedad. La injusticia, como la segunda parte del texto, hace referencia a los otros seis mandamientos que son violados como consecuencia de desconocer los primeros cuatro. Quien atropella a la gente no tiene ley que rija su forma de actuar.

2. Pecado (amartia)

Es la palabra más usada en el NT para dar la idea de pecado en todo el sentido de la palabra. Su significado es transgredir, obrar mal, pecar, y contrariar. La palabra da la idea de una condición responsable por parte del hombre con la característica que implica culpabilidad en sus actos. El alcance de amartia 266 lleva al hombre a mostrarle que tiene un amo que lo gobierna en la forma que desea y le sirve sin mirar que la paga será la muerte, tanto espiritual como física (Rom. 5:12)

3. Ilegalidad (anomia)

La palabra da la idea de desafiar a la ley y quebrantarla siendo consciente de ello. Por ejemplo, si se pasa de un país a otro sin llenar los requisitos de ley de ese país, esto es ilegal, pues se han violado principios y leyes. Luego, al ser requerido por la justicia de ese país, no se puede alegar ignorancia, sino que se debe aceptar que se infringió la ley, en cuyo caso se merece el castigo que estipula la ley de ese país. De igual forma Pablo quiere que entendamos que el pecado nos coloca como ilegales ante Dios y no podemos alegar ignorancia de parte nuestra, sino que cuando se nos llame a juicio él castigará nuestra ilegalidad.

4. Infidelidad (apistia)

Esta palabra tiene que ver con la resistencia a creer. En Romanos 3:3, Pablo, por medio de preguntas tales como: “¿Qué, pues, si algunos de ellos han sido infieles? ¿Acaso podrá la infidelidad de ellos invalidar la fidelidad de Dios? nos invita a reflexionar en la infidelidad como aquella que lleva a que se traicione la confianza. La única manera de poder entender a Dios y su plan de salvación radica en el sentido de cómo captemos la fe; según lo dice el autor a los Hebreos “sin fe es imposible agradar a Dios” (Heb. 11:6).

5. Impiedad (asebeia)

Esta es otra palabra usada por Pablo para hablar del pecado. Su alcance lleva a comprender la falta de reverencia. A Timoteo le anima a que “…evita las profanas y vanas palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad” (2 Tim. 2:16). Se puede ser irreverente y caer en actos que invitan a proferir o hacer mal a otros o contra nosotros mismos, igual que a Dios mismo cuando deseamos que responda a todo lo que pedimos sin pensar siquiera en él.

6. Sensualidad (aselgeia)

Esta palabra lleva la idea de licencia, relajamiento sensual, libertinaje en el vocabulario de Pablo. Cuando él hace una lista de pecados tanto en Romanos 1:18–32, como en las obras de la carne de Gálatas 5:20–22 describe la idea de una relajación sensual y un libertinaje por parte del hombre que lo hace ver como un pecador sin escrúpulos. El término describe una entrega sin restricciones al mal como producto del pecado en su vida.

7. Deseo (epizumia)

Esta palabra envuelve el carácter moral de la persona donde ella juzga lo que es malo o es bueno. El pecado se presenta como la base en el desear porque lleva a la persona a caer en la tentación. Pablo, al usar la palabra epizumia 1939, muestra cómo el pecado comienza en la mente del hombre, generándose allí un impulso que lo lleva a quebrantar la ley. El hecho de no hacer “provisión para satisfacer los malos deseos de la carne” (Rom. 13:14), para Pablo, es todo aquello que rodea al hombre en lo externo generando en la parte interna las pasiones y concupiscencia que lo llevan a caer en el pecado.

8. Hostilidad (eczra)

Esta es una palabra en el vocabulario de Pablo que nos lleva a ver cómo el pecado llega a los sentimientos, produciendo acciones hostiles contra el prójimo. La mejor traducción para esta palabra es enemistad. En Romanos 8:7 el Apóstol expresa que “la intención de la carne es enemistad contra Dios”. Esta referencia la hace aludiendo a la condición del hombre como pecador, el cual establece con su desobediencia la enemistad, porque Dios, aunque ama al pecador, aborrece el pecado en el cual vive la humanidad. De la misma manera, haciendo una antítesis, Pablo muestra a Cristo como “nuestra paz, que de ambos nos hizo uno… reconciliando con Dios a ambos en un solo cuerpo” (Ef. 2:14–16), atribuyendo, de esta manera, a la obra de Cristo la destrucción de la hostilidad o enemistad entre dos pueblos (judíos y gentiles), para llevarnos a ser uno a través del perdón ofrecido por su sacrificio en la cruz.

9. Maldad (kakia)

Este es uno de los términos más fuertes en el NT y se usa para indicar la perversidad o depravación como algo opuesto a la bondad y el bien. Esta perversidad hace que una persona descargue toda su furia sobre otra, no importando quien sea esta. El consejo de Pablo a los cristianos siempre es: “Quítense de vosotros toda… maldad” (Ef. 4:31) en vista de que ella conduce a hacer daño al prójimo. Se daña con palabras y con acciones sin importar las consecuencias que puedan acarrear tanto para la víctima como para quien las ejecuta.

10. Transgresión (parabasis)

Esta palabra es usada sólo unas 8 veces en el NT, y lleva la implicación de pasarse de los límites, o violar una ley. Hay en la palabra un fuerte énfasis sobre la violación de la ley en forma voluntaria, siendo muy consciente de lo que se ha hecho. En Romanos 5:14 leemos “No obstante, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, aun sobre los que no pecaron con una ofensa semejante a la de Adán…”, esto nos hace conscientes de que aunque no exista una ley, Pablo nos recuerda que aún la ley de la conciencia puede ser traspasada con actos contrarios a lo que ella nos dicta (Rom. 4:15). La trasgresión no exime de culpa al hombre, porque ha violado una ley a consciencia y se hace culpable de la infracción por la falta cometida.

11. Perversidad (poneria)

Esta palabra se traduce también como bajeza y aun malicia. Esta palabra es sinónimo de maldad (kakia 2549). Los dos términos aparecen juntos para enfatizar el alcance que hace el pecado en la vida de una persona; así lo indica Pablo escribiendo a la iglesia de Corinto, al hacer la siguiente recomendación “…que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad” (1 Cor. 5:8).

Pablo recurre al pensamiento del AT para exponer una teología con referencia al pecado con más claridad. El hombre es presentado en Génesis 3 no sólo como capaz de pecar, sino que lo comete. Al descubrirse a sí mismo como la imagen de Dios, el hombre quiso ser dios. Esto produjo su autoexclusión del compañerismo con Dios, un compañerismo de amor y confianza, pero él elige apartarse de Dios y este acto de desobediencia lleva a pensar en el viejo refrán popular de “que fue por lana y salió trasquilado”, queriendo hacer mucho termina en nada, perdiendo así los privilegios de vivir en el denominado huerto del Edén.

El pecado no es sólo asunto de la mente, tiene su correspondencia en la actitud del hombre. Este no afecta un órgano en particular, sino la totalidad del hombre, y eso tiene que ver con lo que le rodea, ya sea familia, sociedad y el mundo en general.

 

Fuente:

Juan Carlos Cevallos, Comentario Bíblico Mundo Hispano Tomo 19: Romanos. (El Paso, TX: Editorial Mundo Hispano, 2006), 18–21.

EL FRUTO DEL ESPÍRITU SANTO

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INTRODUCCIÓN

En Gálatas 5:22, 23, el apóstol Pablo se refiere al fruto del Espíritu Santo, en estos términos: “El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas.” La expresión “fruto del Espíritu” aparece sólo en Gálatas 5:22. En Efesios 5:9 los mejores manuscritos dicen “fruto de la luz” (BJ; BA; VP). El vocablo “fruto” (del griego karpós, καρπος), en esta frase y en su contexto, connota la idea de que este fruto es algo que debe ser esperado y recibido, como un don que viene de parte del Espíritu Santo. El término proviene de la esfera vital del desarrollo natural, y significa lo que crece de un modo natural por estar unido a un árbol o a un suelo que le comunica su fuerza vital.

La manifestación de este fruto no depende de la voluntad humana de producirlo, sino de la iniciativa divina, que lo da en el momento oportuno, según la simiente que se ha sembrado. Es así, que lo que el Espíritu Santo produce en la vida del creyente es un fruto cuya naturaleza y calidad no es el resultado de la índole carnal del creyente, sino del carácter y poder del Espíritu. Las buenas obras que constituyen ese fruto realizado por el Espíritu Santo son diferentes de los propios esfuerzos humanos para alcanzar la salvación (Col. 1:10).

Con esta expresión, Pablo quiere indicar que aquel que es guiado por el Espíritu (Gál. 5:18), y que vive y anda por el Espíritu (Gál. 5:25), se encuentra en una relación vital con Cristo, de tal manera que en él opera el Espíritu de Cristo y participa de los dones que lleva consigo esta comunión vital. Estos dones (amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza) brotan espontáneamente en la vida del creyente como “fruto del Espíritu,” y no como producto del cultivo personal. De este modo, la expresión designa, en un sentido amplio, el efecto de la fe en la vida del creyente individual y en la comunidad de fe.

El fruto del Espíritu es uno, pero múltiple. Cabe destacar el carácter singular de este fruto, en vista del frecuente error de referirse a él en plural como “los frutos del Espíritu.” La segunda expresión no aparece en el Nuevo Testamento. No obstante ser uno, el fruto del Espíritu es múltiple, es decir, consiste al menos de nueve componentes. Nótese que por tratarse de un solo resultado de la operación del Espíritu, los varios elementos mencionados no son separables ni excluyentes. De allí que no es posible tener amor sin tener bondad, o experimentar la paz sin expresar benignidad. Cada virtud no sólo es complementaria, sino que demanda el ejercicio de las mismas.

De igual modo, como partes integrantes del fruto del Espíritu, estas manifestaciones no se dan por etapas o en cuotas. Ellas brotan por igual y al mismo tiempo como resultado de la fertilidad del Espíritu en la vida del creyente.

En el presente estudio vamos a hacer dos cosas. Por un lado, vamos a considerar la naturaleza del fruto del Espíritu, a fin de entender cabalmente su carácter. Por otro lado, vamos a hacer una consideración de cada uno de los nueve componentes del fruto del Espíritu, con el fin de comprender adecuadamente qué es lo que Dios espera que seamos, antes de saber qué es lo que él espera que hagamos con cada uno de los dones espirituales que nos ha otorgado.

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LA NATURALEZA DEL FRUTO DEL ESPÍRITU

El método comparativo es un buen recurso para alcanzar una adecuada comprensión sobre cualquier elemento de la realidad que deseamos conocer. En el caso del fruto del Espíritu nos puede resultar de gran ayuda compararlo con las obras de la carne, por un lado, y con los dones del Espíritu, por el otro.

Las obras de la carne y el fruto del Espíritu

Veamos, en primer lugar, las obras de la carne. Las obras de la carne son las manifestaciones o actos del ser humano sin Cristo. Es el hacer natural de un ser caído que no puede producir otra cosa que las diecisiete manifestaciones de Gálatas 5:19–21. Como consecuencia, los tales no heredarán el reino de Dios.

Veamos, en segundo lugar, el fruto del Espíritu. Contrariamente, el fruto del Espíritu enfatiza que el ser humano no es la fuente de este estilo de vida. Es el Espíritu Santo quien, al habitar en el creyente, produce como consecuencia este estilo de vida (Gál. 5:22, 23).

Diferencia entre los dones y el fruto del Espíritu

Los dones son capacidades o el poder dado por Dios a sus hijos. Dios, a través del Espíritu Santo, da a sus hijos estas capacidades para la edificación personal, la edificación de su iglesia, y para servir mejor en la obra de Dios. Los dones espirituales tienen que ver con lo que hacemos. El fruto del Espíritu tiene que ver con el ser de Dios, con las virtudes y el carácter de Jesús. El fruto del Espíritu es algo interior, que revela lo que Dios es. El fruto del Espíritu tiene que ver con lo interior, con lo que somos.

¿Qué es lo más importante? La vida espiritual de un creyente no se mide por las manifestaciones de los dones espirituales, por más espectaculares que éstos sean. El verdadero valor de la vida espiritual de un creyente se mide por el desarrollo del fruto del Espíritu en su vida.

LAS MANIFESTACIONES DEL FRUTO DEL ESPÍRITU

Amor

La primera es amor (gr. ágape, αγαπη). En el Nuevo Testamento, esta palabra tiene que ver específicamente con el amor de Dios. Se trata de un amor sacrificial. No es interesado, ni condicionado, ni está limitado por ninguna circunstancia. Este amor es la virtud característica de la fe cristiana. No se trata de una mera emoción, sino de un principio inteligente por el cual se vive deliberadamente. Este amor tiene que ver con la mente y la voluntad. Es la facultad de amar incluso a los enemigos. En este sentido, es una benevolencia insuperable y una bondad invencible, que siempre procura lo mejor para los demás, aun cuando ellos le deseen lo peor. Este amor es lo que Dios pide por sobre todas las cosas a sus hijos. La descripción de este tipo de amor la encontramos en 1 Corintios 13.

Gozo o alegría

La segunda manifestación es gozo o alegría (gr. cara, χαρα). No es la felicidad que se manifiesta como producto de los propios logros, ni es placer ya que éste es momentáneo. El gozo no depende de los sentimientos o emociones. La alegría que produce el Espíritu en el creyente es profunda y permanece a pesar de las diferentes pruebas y dificultades de la vida (Fil. 4:6, 7).

El gozo es la alegría de la fe (Fil. 1:25; Ro. 15:13). Como tal, está más allá de la alegría que uno tiene, experimenta o puede mostrar. No depende de uno, sino del Señor, ya que se funda en la esperanza y confianza de la fe, aun en medio de las luchas y angustias de la vida (2 Co. 7:4, 5). Se trata, pues, de un carisma, de una alegría dada por el Espíritu Santo (Ro. 14:17; 1 Ts. 1:6).

Paz

La tercera manifestación es paz (gr. eirene, ειρηνη). La paz con Dios es la base de todas las otras. Si estamos en paz con Dios vamos a estar en paz con nuestros hermanos. Esta paz sobrepasa todo entendimiento (Fil. 4:6, 7). El vocablo paz viene del hebreo shalom. No significa el mero alivio de problemas, sino todo aquello que resulta en el bien supremo del ser humano. Es esa tranquila serenidad del corazón, que es producto de la convicción de que Dios es soberano por sobre todas las cosas que él ha creado. De allí que esta paz resulta en una experiencia de armonía con él, con su creación, con los demás seres humanos y con uno mismo.

Paciencia

La cuarta manifestación es paciencia (gr. makrothumia, μακροθυμια). El vocablo significa mantener siempre el ánimo. Tiene que ver con la inmutabilidad de una persona ante la provocación o el soportar sin enojos o alteraciones un mal trato. La paciencia no es resignación. El vocablo es típicamente bíblico y cristiano, y se refiere a dos cosas. Describe esa actitud de persistencia, que soporta la espera y sobrelleva el sufrimiento sin ceder, confiando en que ocurrirá lo mejor. El vocablo se refiere también a la actitud que se debe tener para con el prójimo. Es la actitud de aquel que pudiendo vengarse si quisiera, no lo hace.

Amabilidad

La quinta manifestación es amabilidad (gr. crestotes, χρηστοτης). Puede traducirse también como benignidad, dulzura, suavidad en la manera de dirigirse a los demás. El vocablo está relacionado con el buen trato. Conlleva a veces la idea de gentileza o dulzura. Referido a la conducta humana, el vocablo destaca la bondad y mansedumbre del que así se relaciona con los demás. Se trata de la bondad que es amable y afable.

Bondad

La sexta manifestación es bondad (gr. agathosune, αγαθωσυνη). Es la cualidad de una persona regida por lo que es bueno, cuya meta en la vida es el bien. Es la acción diaria y constante de devolver bien por bien y bien por mal. Tiene una connotación de carácter ético-religioso, ya que designa lo que es moralmente bueno. Es un vocablo típicamente bíblico, ya que no aparece en el griego secular. El término señala a la excelencia o bondad de la conducta respecto del prójimo, cualquiera que sea. Esta virtud es de por sí una cualidad que el nuevo ser humano en Cristo tiene. Es su conducta buena e intachable en el sentido más amplio.

Fe

La séptima manifestación es fidelidad o fe (gr. pistis, πιστις). El sentido de fe aquí es fidelidad. Fidelidad en las promesas, demandas y todo lo que Dios nos ha confiado. Es la fe necesaria para vivir en la vida cristiana (2 Co. 5:7). Fe es la virtud característica del creyente que es confiable. Se refiere a la confiabilidad, integridad y honradez del verdadero hijo de Dios.

Humildad o mansedumbre

La octava manifestación es humildad o mansedumbre (gr. prautes, πραυτης). No se trata de debilidad ni flaqueza. El vocablo es de traducción difícil. Está relacionado con ser dócil, obediente, sujeto, humilde. Humildad o mansedumbre expresan adecuadamente el sentido del griego, que conlleva la idea de ternura y gracia. Es una palabra acariciadora, y encierra el secreto de la ecuanimidad y la compostura. La persona mansa es la que nunca se aira a destiempo, sino que es dócil y humilde porque tiene un control perfecto de sus emociones. No es una docilidad pusilánime, una ternura sentimentaloide, un quietismo pasivo. Es fuerza bajo control.

Dominio propio o templanza

La novena manifestación es dominio propio o templanza (gr. egkrateia, εγκρστεια). Es dominio propio, equilibrio, autocontrol, el dominio de sí mismo. Es el freno divino a todo descontrol de los deseos, sentimientos, apetitos, carácter, etc. Es el espíritu que domina sus deseos y su amor por el placer. La persona capaz de gobernarse a sí misma será capaz de servir a los demás.

 

Pablo A. Deiros, Dones Y Ministerios, Formación Ministerial (Buenos Aires: Publicaciones Proforme, 2008), 251–253.

GRACIA ¿qué es?

En el AT hay varias palabras que tocan uno o más de los aspectos de la doctrina de la gracia. Las dos que en una forma más completa expresan la palabra charis del NT son ḥēn y ḥeseḏ. La primera tiene el sentido predominante de favor, con el sentido de que el favor no se basa en méritos. Así, Moisés dice a Jehová: «Si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos» (Ex. 33:13).

graciaLa palabra ḥeseḏ que más frecuentemente se traduce «misericordia», tiene también, aunque no invariablemente, la asociación del pacto que Dios hace con su pueblo: «Jehová se me manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo: ‘Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia’» (Jer. 31:3); «Jehová tu Dios guardará contigo el pacto y la misericordia que juró a tus padres» (Dt. 7:12). (Para las demás palabras que forman el nexo del concepto de gracia en el AT, véase C. Ryder Smith, The Bible Doctrine of Grace, Epworth Press, Londres, 1956, cap. 2).

La palabra más común es charis. Su significación básica se encuentra en la alegría, sea con respecto a la apreciación de las cosas o del pueblo. Pero, según su uso en el NT, combina los usos de ḥēn y ḥeseḏ: p. ej., para el primero: «Pero si es por gracia, ya no es por obras; de otro modo la gracia ya no es gracia» (Ro. 11:6), o: «las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros» (Ef. 2:7); para la segunda: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Ro. 5:20).

La esencia de la doctrina de la gracia es que Dios es por nosotros. Más aun, él está por nosotros aun cuando nosotros mismos estamos en su contra. Además, él no está por nosotros solamente en actitud general, sino que ha actuado efectivamente hacia nosotros. La gracia está toda comprendida en Cristo Jesús.

Es completamente claro que el NT en forma abrumadora asocia la palabra gracia con Cristo, ya sea directamente («la gracia de nuestro Señor Jesucristo»), o también por implicación como el ejecutor de la gracia de Dios. No hace esto en ningún espíritu de cristomonismo, sino porque es en su Hijo encarnado que Dios hace efectivo su estar por nosotros, nos muestra que él está por nosotros y nos reconcilia consigo mismo, llevándonos a su lado para estar por él. Puesto que todo esto ocurre solamente por la actividad de Cristo encarnado, podemos decir que la gracia es Jesucristo y que Jesucristo es la gracia. Él es la gracia de Dios para con nosotros.

Jesucristo es Dios por nosotros. Podríamos considerar esto en función del Pacto (ḥeseḏ). En su Hijo, Dios se une libremente a nosotros para ser nuestro Dios, y nos une a nosotros con él para ser suyos. Haciéndose nuestro Dios, llega a ser para nosotros lo que él es en sí mismo amante, santo, misericordioso y paciente, en una palabra, el Dios de gracia. Como Dios es en sí mismo, así será para nosotros Dios, para nuestro beneficio. Él asumirá la responsabilidad por nuestro pasado, presente y futuro. Él ya no es un enemigo; está con nosotros contra nuestros verdaderos enemigos, y eso en forma efectiva: «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Ro. 8:31).

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Pero todo esto es así porque Cristo ha venido, muerto y resucitado: «la gracia … vino por Jesucristo» (Jn. 1:17). La encarnación del Hijo de Dios, sus sufrimientos obedientes, su muerte en sacrificio y su resurrección triunfante no solamente nos muestran que Dios es misericordioso, sino que es en sí mismo un acto de la gracia de Dios, en el cual se vuelve a nosotros y efectúa esta relación. En lo que Cristo hace y sufre, la gracia de Dios vence el pecado y la enemistad y establece la comunidad del pacto. Sin embargo, no debemos suponer que Dios sólo comenzó a ser misericordioso para con nosotros cuando ya se hubo tratado con el pecado, y que previamente había estado en contra de nosotros. Dios muestra su gracia para con nosotros porque en primer lugar él es Dios de gracia. De lo profundo de su gracia nos muestra su gracia en su Hijo.

Además, es de la esencia de la gracia el hecho de que es libre. Si la gracia fuera una obligación de parte de Dios, ya no sería gracia. Pero es en su divina libertad que Dios nos muestra su gracia. No está obligado a mostrar su gracia; lo hace libremente. Nosotros los pecadores merecemos solamente que Dios esté en contra de nosotros. La animosidad de Dios contra el pecado se revela en la cruz claramente. Pero nosotros somos pecadores, irrevocable e inexcusablemente. Por lo tanto, Dios debiera estar contra nosotros. Sin embargo, ¡maravilla de maravillas! Él no envía un destructor, ni un juez, sino él mismo viene a salvar y permite él mismo ser destruido y juzgado. No podría haber una declaración más clara de que Dios está por nosotros, esto es, una declaración de la gracia de Dios. Al mismo tiempo, el camino de sufrimiento y muerte que Cristo siguió nos impide que consideremos la gracia solamente como divina indulgencia. La gracia no quiere decir un débil y descuidado perdón de los pecados, porque el perdón fue efectuado solamente por el juicio y condenación del inocente y su sacrificio voluntario. La gracia significa que Dios se vuelve al hombre para tomar la responsabilidad de éste por la enemistad en contra de él mismo. La gracia habría sido una imposibilidad si Cristo no hubiese satisfecho la santidad de Dios en su obediente ofrecimiento de sí mismo.

Puesto que la gracia es una decisión libre de Dios en cuanto a nosotros en Cristo, que surge de su carácter misericordioso, se desprende que no tenemos la capacidad de ganar su gracia o favor. Por esto es que la gracia se opone a las obras de la ley tácitamente a través de todo el NT y expresamente en pasajes tales como Ro. 3:19ss.; Jn. 1:17; Gá. 2:11–21; Ef. 2:8–9. Por el contrario, la gracia debe ser reconocida por lo que es con humilde y gozosa gratitud. Esta decisión humana, que involucra reconocimiento y aceptación, es la fe que corresponde a la gracia de Dios. «Por gracia sois salvos por medio de la fe» (Ef. 2:8).

T.H.L Parker, «GRACIA», ed. Everett F. Harrison, Geoffrey W. Bromiley, y Carl F. H. Henry, Diccionario de Teología (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 2006), 282–284.