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NATURALEZA DEL ESPÍRITU SANTO (parte 2)

Su carácter:

La comprensión de los apóstoles. Entre la realidad del Espíritu Santo como experiencia vivida por la comunidad de fe y los autores del Nuevo Testamento, que describen esa experiencia, se interpone una serie de símbolos o si se quiere, una serie de modos de expresar esa experiencia. Es decir que en el Nuevo Testamento, más que una constatación directa del Espíritu, lo que encontramos es qué significó el Espíritu para la comunidad de fe de los primeros cristianos. Los apóstoles nos dicen, con los símbolos y expresiones que usaron, qué significó para ellos el Espíritu. De allí que la riqueza de los símbolos y expresiones se deba a la riqueza del don del Espíritu y a la riqueza de la experiencia suscitada por el don de ese Espíritu.

Según Gálatas 3:1–5, el Espíritu Santo fue experimentado por la comunidad de fe de una manera radical y palmaria. Él fue experimentado como una persona real y auténtica por la comunidad de fe. Los primeros cristianos no abrigaron dudas en cuanto a la realidad de la experiencia del Espíritu y su impacto poderoso en sus vidas. Los creyentes sintieron también la presencia del Espíritu en sus vivencias colectivas. No obstante, no parecen haber tenido muy claro cuándo fue que el Espíritu Santo comenzó a operar en los creyentes. Según el apóstol Juan, esta experiencia de la persona y del carácter del Espíritu ocurrió a partir del día mismo de la Pascua de resurrección (Jn. 20:19–23). En cambio, Lucas interpone entre la Pascua y Pentecostés un espacio temporal de cuarenta días y ubica la irrupción del Espíritu sobre la comunidad de creyentes en el día de Pentecostés (Hechos 2). Los primeros creyentes compartían la realidad de la vivencia del Espíritu como algo que comenzó a ocurrir con posterioridad a la resurrección del Señor, pero no coincidían en el momento de su derramamiento. Aunque parezca duro admitirlo, esta discrepancia nos muestra que los primeros cristianos no sabían exactamente cuándo fue dado el Espíritu. No hay dudas en cuanto a la certidumbre de aquellos cristianos de que el Espíritu Santo estaba en medio de ellos y en ellos, y que esa experiencia era el resultado de la muerte y resurrección del Señor. Pero no tenían muy claro cuándo exactamente el Espíritu descendió sobre los fieles.

Charles K. Barrett: “La existencia de tradiciones diferentes sobre el Don Básico del Espíritu no debe llamar la atención. Es probable que para los primeros cristianos la resurrección de Jesús, sus apariciones a esos mismos discípulos, su exaltación—de cualquier modo que se la entienda—y el Don del Espíritu Santo, aparecerían como una única experiencia que solamente en un segundo momento pudo ser descrita en sus elementos e incidentes, vistos como separados.”399

Sea como fuere, a través de la riqueza de su lenguaje simbólico y las imágenes o expresiones antropomórficas que a veces utiliza, el Nuevo Testamento nos muestra al Espíritu Santo como una persona con una personalidad definida.

Nuestra comprensión hoy. No debemos quedarnos solamente preguntándonos qué significó el Espíritu Santo para los apóstoles y los primeros cristianos, sino que debemos procurar entender qué significa el Espíritu Santo en su carácter para nosotros hoy. Para ello, la comprensión que tengamos de los símbolos y expresiones utilizados en el Nuevo Testamento para referirse al Espíritu nos puede ser de gran ayuda.

La primera pregunta, pues, en el proceso de esta comprensión debe ser ¿cómo vieron los primeros testigos el don del Espíritu? Pero ésta no debe ser la última pregunta, porque no podemos quedarnos con ella como si esto fuese todo. Los primeros cristianos trataron de expresar sus experiencias del Espíritu a partir de su cosmovisión y mentalidad. Ellos elaboraron sus símbolos y expresiones a partir del mundo en el que vivían. Ahora, la visión del mundo que ellos tenían ya no es nuestra visión del mundo. Las personas en el siglo primero de nuestra era, incluidos los cristianos, tenían una visión mítica de la realidad, por lo menos en sus manifestaciones más conspicuas. Fue a partir de esta comprensión mítica que elaboraron los símbolos y el lenguaje para expresar la realidad de su experiencia del Espíritu. De allí que se nos hace necesario hacer una reelaboración simbólica en cuanto al Espíritu Santo, para poder expresar nuestra experiencia hoy de su persona y obra.

Lo menos adecuado que podemos hacer es seguir utilizando los símbolos que elaboraron los primeros cristianos, sin traducirlos a nuestra cosmovisión presente e ignorando su más profundo significado según la mentalidad del primer siglo. El peligro con esto es que el Espíritu Santo no llegue a significar nada para nosotros hoy. Otra posibilidad, que parece más adecuada, es procurar traducir los símbolos y expresiones del siglo primero según nuestra mentalidad de cristianos del siglo veintiuno. En otras palabras, los símbolos a través de los cuales se nos ha revelado el Espíritu Santo son símbolos de un mundo mítico y es nuestra tarea tratar de traducir las expresiones acerca del Espíritu Santo para hacerlas accesibles a la comprensión de las personas en el mundo de hoy, aun sabiendo que con ello corremos el riesgo de hacerles perder su riqueza.

Por encima de los símbolos, o mejor dicho, dentro de los símbolos hay en la comunidad primitiva sobre todo una experiencia auténtica y rica del Espíritu. El Espíritu Santo es una experiencia humana que literalmente se expresa como fuego o como voz interior o como agua viva que brota o como obstáculos que nos orientan. El Espíritu Santo no aparece tanto como quien viene de afuera hacia adentro, sino como alguien que, estando adentro, es expresado por el mundo de afuera.

Este conjunto de experiencias puede ser sintetizado, de la siguiente manera, tomando en cuenta la riqueza que nace precisamente del conjunto de las mismas:

1. La experiencia que la comunidad comparte de saberse redimida.
2. La experiencia de que a partir de Cristo la salvación se ofrece por igual a todas las personas sin distinción alguna, especialmente las de tipo racial y étnico, es decir, ya no hay una raza o etnia elegida.
3. La convicción de que estamos liberados de la ley y del pecado como signos del fracaso del ser humano.
4. La experiencia de que comenzamos formas de relaciones nuevas con Dios, ya que Dios es desde ahora el Padre de todos aquellos que son movidos por el Espíritu.
5. La experiencia de que la historia de la salvación llegó a su madurez y, en consecuencia, el mundo definitivo (el reino de Dios) ya ha comenzado con Cristo.
6. La experiencia de que cuando Jesús se entrega por los demás él hace plenos a todos, ya que su soplo de vida se halla en todos aquellos que creen en el Hijo de Dios.
7. La experiencia de que Dios actúa por medio de los signos de los tiempos y de que por medio de la fe hay que discernir esa presencia de Dios en el mundo, este mundo que por su ambigüedad religioso-pagana oculta y revela a Dios al mismo tiempo.
8. La convicción de que la comunidad de fe puede ser testigo de Cristo por medio de su amor y de su vida comunitaria.
9. La experiencia de la embriaguez del Espíritu es la experiencia que indica que Dios toma posesión del ser humano no cosificándolo, sino llevándolo a interpretar el mundo y la historia de una manera nueva. En otras palabras, no es Dios quien enajena al ser humano, sino quien le permite ver la realidad de todos los días con ojos más profundos.
10. La experiencia del cristiano que sabe que vive en la madurez de la historia de la salvación, y que por ello no le está permitido ningún tipo de infantilismo o irresponsabilidad.
11. La experiencia de quien sabe que está en el tiempo, pero siente que lo futuro está ya presente en el tiempo y comprende que el Espíritu Santo es la garantía (arras) de ese mundo eterno que está en medio del mundo caduco, no para destruirlo sino para darle un nuevo sentido.
12. La experiencia de la fecundidad de Dios en la historia del ser humano y en la historia del mundo.

Pablo A. Deiros, El Espíritu Santo hoy, 1a ed., Formación Ministerial (Buenos Aires: Publicaciones Proforme, 2010), 323–325.

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NATURALEZA DEL ESPÍRITU SANTO (Parte 1)

La pregunta que debemos plantearnos en este apartado es: ¿Qué podemos aprender en la Biblia acerca de la naturaleza del Espíritu Santo? La primera respuesta y la que, de algún modo, sintetiza a todas es: el Espíritu Santo es Dios. Esta es la primera y gran verdad que confesamos en cuanto a él. Sin embargo, sin dejar de ser persona divina, y más aún, porque es persona divina, el Espíritu es sobre todo una profunda experiencia personal y comunitaria. Es la realidad, profundidad y riqueza de esta experiencia humana la que hace tan difícil enfrascar al Espíritu en un tubo de ensayo para definirlo y describirlo. En realidad, si de veras deseamos entender la naturaleza del Espíritu Santo es necesario que comencemos por comprender la naturaleza del ser humano y nuestra experiencia del Espíritu.

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En neumatología ocurre lo mismo que en cristología. Si no valoramos al ser humano, nunca comprenderemos la posibilidad y la riqueza de la encarnación como revelación de Dios en el ser humano Jesús. De igual modo, si no valoramos la riqueza de la experiencia humana como intimidad, nunca comprenderemos la riqueza del Espíritu que se revela en la riqueza de la experiencia humana personal y comunitaria. Si negamos lo humano como persona, negamos la posibilidad de la encarnación como revelación. Si negamos la experiencia íntima como valor humano, nunca llegaremos a comprender la posibilidad de la revelación del Espíritu Santo como persona divina. La historia del testimonio cristiano nos hace ver que sólo las personas sensibles a las riquezas de las experiencias humanas han sentido la presencia del Espíritu en su vida personal y en la vida de la iglesia. Mientras no perdamos el miedo a lo subjetivo, a lo emocional y a las experiencias íntimas; mientras cataloguemos a lo subjetivo, emocional y experiencial como arbitrario y relativo, el Espíritu Santo no va a encontrar posibilidades de revelarse a nosotros como persona divina.

Félix Casá: “¿Qué es entonces el Espíritu en medio de nosotros? El Padre es Dios-persona y está antes de mí—es el Creador—, por encima de mí y al término de todo. El Hijo es Dios-persona junto a mí, el Emmanuel. El Espíritu Santo es Dios-persona dentro de mí, como interioridad, como experiencia personal, como voz que me llama. Y si negamos que Dios esté sobre nosotros, negamos al Padre; si negamos que el otro pueda ser el camino por el que Dios se revele, negamos al Hijo; si negamos la validez de la experiencia humana, negamos la posibilidad de la revelación del Espíritu Santo.”

 1. Su nombre 

Espíritu. Para entender quién es el Espíritu Santo es necesario hacer primero una definición de términos. Básicamente su nombre es Espíritu. El calificativo “santo” se agrega al nombre. La palabra castellana “espíritu” viene del latín spiritus. En el Antiguo Testamento, la palabra hebrea es ruach. Este vocablo originalmente significaba aliento; más tarde viento o aire; y finalmente, espíritu, como ya observamos. La palabra aparece unas 370 veces en el Antiguo Testamento.

En el Nuevo Testamento la palabra griega que se traduce como “espíritu” es pneuma. Su significado es similar al del hebreo. El vocablo aparece unas 385 veces en los escritos del Nuevo Testamento, de las cuales 244 citas se refieren al Espíritu Santo. Más adelante más detalles.

Santo. En cuanto al adjetivo “santo,” los vocablos hebreo y griego que se utilizan respectivamente en el Antiguo y Nuevo Testamento llevan la idea de separación, de apartar o dedicar al servicio de Dios. Originalmente, estos vocablos tenían una connotación moral, ya que incluso se referían a los hombres y mujeres que eran consagrados para los cultos degenerados a las deidades de la fertilidad. Cuando estas palabras comenzaron a usarse con relación al Señor, se les asoció el concepto moral de justicia. No obstante, se conservó la idea básica de separación o dedicación para el Señor. Es interesante notar que mientras en el Antiguo Testamento “santo” se refiere mayormente a cosas, en el Nuevo Testamento se refiere a personas.

Importancia de estos nombres. ¿Cuál es la importancia de estos términos en relación con el Espíritu Santo? El lenguaje es algo vivo, ya que se desarrolla como resultado del esfuerzo humano por expresar las realidades de la vida según se las experimenta y entiende. En el desarrollo de estos términos para referirse al Espíritu de Dios ocurrió esto mismo. Alguien se dio cuenta de que el aliento está asociado con la vida, ya que si una persona respiraba eso era indicación de que vivía, mientras que si dejaba de hacerlo esto era evidencia de que estaba muerta. Así, pues, el aliento se relacionó con la fuerza invisible de la vida. Además, el aliento expresa el elemento intangible de la naturaleza humana, la fuerza que la mueve, su espíritu.

Por otro lado, el ser humano sabe lo que es el viento. Por experiencia, todo ser humano puede percibir al viento como una brisa suave o como un huracán que lo destruye todo. Toda persona reconoce que el viento es una fuerza básica e invisible de la naturaleza. En este sentido, representa poder, un poder que puede ser para bendición o destrucción, según la manera en que uno lo experimente.

Dios se revela al ser humano conforme a la capacidad del mismo de entenderlo. Así, pues, como poder y presencia invisible, él se reveló como ruach o pneuma. Dios es espíritu (en griego, pneuma ho theós, Jn. 4:24). Como “aliento”, él es la fuente de la vida total del ser humano. Él es la fuerza conductora que opera tanto dentro como a través del ser humano. El Espíritu de Dios mora en el espíritu del ser humano, de manera tal que éste en su naturaleza básica se muestra como un ser creado a la imagen de Dios. Es a través del Espíritu de Dios que el ser humano caído puede, por medio de Cristo, llegar a ser un hijo de Dios.

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Como “viento,” Dios es el poder divino invisible que obra en el universo. La relación del ser humano con el Espíritu determina si su poder resultará para bien o para mal. Jesús apeló a esta naturaleza dual del pneuma para ilustrar de qué manera esta presencia de Dios—invisible, pero poderosa—opera para el bien del ser humano. Según él lo enseñó: “El viento sopla por donde quiere, y lo oyes silbar, aunque ignoras de dónde viene y a dónde va”, y agregó: “Lo mismo pasa con todo el que nace del Espíritu” (Jn. 3:8). No podemos ver al pneuma de Dios, sea el viento de la naturaleza o la persona del Espíritu Santo. Pero sí podemos ver y experimentar los resultados de la manifestación de ambos.

En razón de que el Espíritu es el Espíritu de Dios, él es santo, así como Dios es santo. De allí su nombre: Espíritu Santo.

 2.  Su carácter (EN LA PARTE 2)

 Pablo A. Deiros, El Espíritu Santo hoy, 1a ed., Formación Ministerial (Buenos Aires: Publicaciones Proforme, 2010), 321–323.

 

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LA SEGUNDA VENIDA DE CRISTO (Según 1 Tesalonicenses)

venida-3Aunque muy a menudo la división en capítulos y versículos carece de lógica, no ocurre así con esta epístola en la que cada capítulo finaliza con la venida de Cristo, luego de exponer distintos argumentos para nuestra consideración.

1. Confianza (1:10)

Los tesalonicenses habían oído el testimonio de Pablo, Silvano y Timoteo y habían creído al evangelio. En los versículos 5 al 9 del primer capítulo se nos relata cómo tales hechos se habían concretado y cómo al fin esperaban el día de la venida del Señor.
El evangelio había llegado con poder (comp. Hechos 17:1–4) del Espíritu Santo (comp. Hechos 4:25–31; Romanos 14:17) produciendo confianza (o “plena certidumbre”) en los predicadores, en su entendimiento y en su experiencia, habiendo Cristo penetrado en sus corazones (Colosenses 2:2; Hechos 6:11), ahora se les proponía una experiencia completa en El (comp. Romanos 4:21; 2 Timoteo 4:5, 17) y as ílo esperaban, porque serían guardados de la ira que vendría.

2. Compensación (2:20)

La esperanza en la venida del Señor no solamente produce confianza, sino también, explica algo de la recompensa. Los apóstoles habían trabajado ardorosamente en Tesalónica (Hechos 17:1–3), así como también en Filipo y otros lugares. Dios que puede observar y modelar el hombre interior (Romanos 6:17–18; Colosenses 3:15; 1 Juan 3:20) conocía ese trabajo de amor (ver 3:5). Sabía también de las estratagemas del diablo para que no volvieran (1 Tesalonicenses 2:18) y de las muchas tristezas surgidas en el camino, las cuales agigantaban la esperanza que movilizaba toda la experiencia en el evangelio (Filipenses 2:16; 2 Tesalonicenses 2:16).

3. Consolidación (3:13)

Desde el versículo 11 comenzó una invocación que continuó hasta ver a los cristianos consolidados en Cristo. Pensó en la actividad de Dios mismo para que (5:23; 2 Tesalonicenses 2:16–17) enderece y dirija “nuestro camino” a vosotros (Romanos 1:10; 15:32).
La disputa sobre la deidad de Cristo quedó totalmente aclarada porque no había dudas en Pablo. Anhelaba además que la venida del Señor les sorprendiera firmes, sólidos y abundando en el amor fraternal (Juan 13:14; 2 Corintios 4:15; Filipenses 4:17–18) y para con todos (ver Gálatas 6:10; 1 Tesalonicenses 5:15; 2 Pedro 1:7). Creía que la motivación debía ser productiva en el fortalecimiento de la esperanza (2:12; 3:2; Hechos 12:22–23) con vistas a la venida del Señor (2 Corintios 5:10).

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4. Consolación (4:18)

En la primera porción del capítulo, el tema dominante es la santidad, especialmente en las relaciones entre varones y mujeres.
Posteriormente hacia los que perdieron seres queridos, lo cual culminó con la hermosa descripción del arrebatamiento de los santos.
El modo convincente cómo Pablo describió la revelación, lejos de tener por objeto las disputas que posteriormente aparecieron, sirvió para animar a los desconsolados. Confirmaba con la palabra del Señor (comp. Gálatas 1:12; Efesios 3:3) la perplejidad que había surgido en Tesalónica y les mostraba que aunque no conocía exactamente el momento de su venida (comp. Deuteronomio 29:29; Mateo 24:36; Hechos 1:7) sabía muy bien cómo se produciría porque el Señor mismo se lo había declarado (comp. 1 Corintios 15:51–52; 2 Corintios 5:1–10; Filipenses 3:20–21; 2 Timoteo 2:11–13).
En verdad, a los tesalonicenses les mostró detalles muy singulares, especialmente en lo referente con el rigor, la velocidad y esplendor involucrados (Juan 14:3; Colosenses 3:4). Es imposible contar la profundidad del consuelo producido en los tesalonicenses, sobre todo al disipar la sombra de aquellos que habían muerto (comp. 2:11; 3:2; 5:11; 2 Tesalonicenses 2:17).

5. Conformidad (5:23)

Para poder conocer la maravilla que significa lo que los cristianos deben experimentar, se necesita unir dos ingredientes: La expectativa con la santidad.
Ahora también, el mundo gime en tinieblas pero el cristiano está en la aurora de la vida. El “sueño” que menciona el texto de 1 Tesalonicenses 5:4–7, implica en este caso que la insensibilidad espiritual de nuestra parte es capaz de desembocar en equivocaciones tales como descuido, falta de visión, etcétera, llevándonos a caer en lazos del diablo.
La sobriedad encamina a la preparación (5:8–10) y todo a la santidad.
Nosotros nos abstenemos (v. 22) y el Señor nos santifica (3:13; 4:3) en todo nuestro ser, tanto en el “interior” (Romanos 7:22) es decir, espíritu y alma, como en el “exterior”, nuestro cuerpo (Filipenses 3:20–21); debemos sentir profundamente la actividad de Dios.
La constante santificación implica la preservación, tanto de contaminación espiritual (Romanos 8:13; 2 Corintios 7:1), de pensamientos (Efesios 2:3; Tito 1:15) como de nuestro cuerpo con sus inclinaciones carnales dirigidas por el viejo hombre (1 Corintios 6:12–20); comp. Romanos 6:19; 2 Corintios 4:10). Solamente Dios puede formar este hermoso equilibrio, consumado con la venida de Cristo (Juan 1:16) y prepararnos en armonía para cuando otra vez venga para llevarnos con El (Juan 14:2–3).

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CONCLUSIÓN

Muy conocido es el relato de aquel viajero que visitó Italia:
–Llegué a Villa Areconati, al lago Como, que es una joya de la corona de los Alpes, en Italia. Un jardinero me abrió la pesada puerta y me llevó por el admirable jardín.
–¿Cuánto tiempo hace que está usted aquí?
–Veinticinco años.
–¿Y con cuánta frecuencia ha visitado esto el dueño?
–Cuatro veces.
–¿Cuándo estuvo la última vez?
–Hace doce años.
–¿Le escribe, entonces?
–Nunca.
–¿Con quién se arregla usted?
–Con el encargado de Milán.
–¿Viene éste con frecuencia?
–Nunca.
–¿Y quién viene por aquí entonces?
–Estoy casi siempre solo; muy pocas veces se ve algún forastero.
–Y, sin embargo, usted tiene el jardín hermoso y bien arreglado como si su amo tuviera que venir mañana.
–Hoy, señor, hoy podría venir.
–Fue la respuesta.
“Velad, pues porque no sabéis a qué hora ha de venir vuestro Señor” (Mateo 24:42).

Raúl Caballero Yoccou, Del púlpito al corazón, Primera edición. (Miami, FL: Editorial Unilit, 1994), 263–266.

LA BIBLIA PRESENTA A JESUCRISTO COMO EL HIJO DE DIOS

Algunos escritores no tienen ninguna dificultad en reconocer que el Nuevo Testamento se refiere a Cristo con frecuencia como el hijo de Dios.7 Lo que muchos no reconocen sin embargo, es la fuerza con que la expresión «hijo de Dios» es usada con referencia a Cristo.8

El testimonio de las Escrituras tocante al uso de la expresión «hijo de Dios» con referencia a Jesús no puede ser más claro. En la ocasión del bautismo del Señor, según el relato de Mateo, «… he aquí que los cielos fueron abiertos, y vio al Espíritu de Dios que descendía como paloma y venía sobre él. Y hubo una voz de los cielos que decía: «Este es mi Hijo, el amado, en quien he puesto mi complacencia»» (Mt. 3:16–17). Indudablemente la voz que fue escuchada por el bautizador fue la del Padre celestial quien se refiere a Jesús, llamándolo «mi Hijo, el amado». La misma expresión ocurre en Mateo 17:5, cuando en el monte de la Transfiguración el Padre habla de nuevo para decir: «Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia; a él oíd».

Es evidente que la expresión «mi Hijo amado», usada en Mateo 3:17 y 17:5, guarda una relación muy estrecha con el Salmo 2:7, donde Jehová 50dice: «Yo publicaré el decreto; Jehová me ha dicho: «Mi hijo eres Tú; Yo te he engendrado hoy.»» La referencia a Jesús en el Salmo 2:7 es confirmada por los escritores del Nuevo Testamento (véanse Hch. 13:33 y He. 1:5). El énfasis en dicha expresión tiene que ver con la relación especial entre Jesús y el Padre.9
No sólo el Padre Celestial reconoce a Jesús como «el Hijo amado», sino que el mismo Satanás está consciente de esa relación. En Mateo 4:3, 6, el tentador dice a Jesús: «Si eres Hijo de Dios» (ei huios ei tou theou). Dicha expresión es una condicional simple con la que se reconoce la realidad de lo que se dice. De modo que Satanás reconoce el hecho de que Jesús es el Hijo de Dios. Tal vez una mejor manera de expresar el sentido de la frase sería «ya que eres Hijo de Dios». Satanás está consciente de que Jesús sostiene una relación especial con el Padre Celestial, que le hace reconocerlo como Hijo de Dios.

Teólogos de persuasión liberal sostienen que Jesus nunca se refirió a sí mismo como el Hijo de Dios ni que tal concepto figuró en proclamación pública del Señor.10 Los eruditos contemporáneos, siguiendo a Rudolf Bultmann, afirman que la expresión «Hijo de Dios» usada con referencia a Cristo entró a formar parte del vocabulario cristiano en etapas. Primero, fue usada por la comunidad palestinense que a su vez la había copiado de la tradición judía. Luego pasó a formar parte de la predicación de la iglesia gentil helenística quien usa dicha expresión para referirse a la naturaleza de Cristo de la misma manera que la mitología griega concebía a sus titanes como seres mitad divinos y mitad humanos. Sin embargo, un examen de las Escrituras no muestra apoyo de clase alguna para tal concepto. Por el contrario, el Nuevo Testamento enseña que Jesús estaba consciente de Su relación con el Padre Celestial como Hijo de Dios.

La enseñanza incontrovertible del Nuevo Testamento es que el uso de la expresión «Hijo de Dios» con referencia a Jesús es un título de Su deidad. Jesús reconoció dicho título y lo aceptó como algo propio, perteneciente a Su Persona. Un ejemplo de esa aceptación se evidencia en la confesión hecha por Pedro en Cesarea de Filipo. La pregunta de Jesús a los discípulos fue: «¿Quién dicen los hombres que es el Hijo del Hombre?» (Mt. 16:13). Después que Pedro expresó las opiniones de los hombres, Jesús preguntó; «Y vosotros, ¿quién decís que soy Yo?» (Mt. 16:15). Pedro respondió a Jesús: «Tú eres el Cristo [el Mesías], el Hijo del Dios viviente» (Mt. 16:16). A raíz de esa confesión, Jesús dice a Pedro: «Bienaventurado eres, Simón, hijo de Jonás, porque no te lo reveló carne ni sangre, sino mi Padre que está en los cielos» (Mt. 16:17). Una lectura imparcial y sin prejuicios del referido pasaje no deja lugar a dudas de que Jesús sí reconoció y aceptó su posíción como Hijo de Dios. Jesús, además, declaró que el conocimiento de Su relación con el Padre era algo que podía ser comprendido por los hombres únicamente por revelación divina.

El apóstol Juan expresa que su propósito en escribir el evangelio que lleva su nombre es «… para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre» (Jn. 20:31). Las palabras del apóstol Juan tienen un alcance teológico profundo. Jesús es el Mesías, es decir, el Ungido de Dios, pero es también el Hijo de Dios y el Salvador. En otro pasaje del mismo evangelio, Juan se refiere a Jesús como el Hijo Unigénito de Dios (Jn. 3:16). La palabra unigénito (monogene) significa, literalmente, «único en su clase y diferente a toda cosa creada».11  Jesús es Hijo de Dios en un sentido en que ningún otro ser puede serlo. Cristo, como Hijo de Dios, es de la misma sustancia que el Padre e igual al Padre en poder y gloria.12
Un escritor ha expresado lo siguiente: Cuando un pecador cree es engendrado de Dios, ese nacimiento tiene lugar. Pero el nacimiento de Cristo como Hijo de Dios nunca tuvo lugar. Es una realidad eterna. Cuando un pecador nace de nuevo se convierte en un hijo de Dios. Pero el Señor Jesús nunca comenzó a convertirse en hijo de Dios. Siempre lo fue. Debido a que el carácter único de Su nacimiento incluye Su relación eterna como Hijo con el Padre, Juan argumenta que El, debido a la eternidad de Su existencia, tiene que ser Dios.13

La relación de Jesús con el Padre como Hijo Unigénito no tuvo comienzo, sino que es una relación eterna. En Su oración sumosacerdotal, Jesús dijo: «Ahora pues, Padre, glorifícame Tú para contigo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese» (Jn. 17:5). De modo que Jesús confiesa haber tenido una íntima relación con el Padre, hasta el punto de compartir Su gloria, aun antes de la creación del universo.
Es evidente que los judíos contemporáneos de Jesús entendieron a cabalidad el significado de la expresión «Hijo de Dios», usada con referencia a Cristo. Por ejemplo, después de haber sanado a un hombre que hacía treinta y ocho años que estaba enfermo (Jn. 5:5), los judíos procuraban matar a Jesús. La razón principal de tal actitud, en principio, era porque el Señor había realizado la obra de sanidad en el día de reposo. Jesús se dirigió a sus compatriotas, diciéndoles: «Mi padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo» (Jn. 5:17). Después de haber hecho tal declaración los judíos se enfurecieron contra Jesús aún más, y Juan, el evangelista, añade: «Por esto los judíos procuraban matarle, porque no sólo quebrantaba el día de reposo, sino que también decía que Dios era su propio Padre, haciéndose igual a Dios» (Jn. 5:18). Es decir, los judíos se ofendieron porque Jesús se refirió a Dios, llamándolo «mi Padre». Los judíos entendieron correctamente que al llamar a Dios «mi Padre», Jesús estaba haciéndose igual a Dios.

Que los israelitas entendieron las implicaciones de la afirmación de Cristo al llamarse «Hijo de Dios» es el testimonio incontrovertible del Nuevo Testamento. En el mismo evangelio según San Juan, se relata otro enfrentamiento entre Jesús y los judíos. En esta ocasión Cristo afirma: «Yo y el Padre somos una sola cosa» (Jn. 10:30). De nuevo los judíos se preparan para apedrear a Jesús. El Señor pregunta a los judíos: «¿Por cuáles obras me váis a apedrear?» Ellos respondieron: «… Por buena obra no te apedreamos, sino por la blasfemia; porque tú, siendo hombre, te haces Dios» (Jn. 10:33). Es patente, por lo tanto, que los contemporáneos de Jesús entendieron varias cosas que los teólogos modernos parecen no comprender: 1) Jesús sí se refirió a Sí mismo como el Hijo de Dios; 2) los judíos comprendieron las implicaciones de la declaración de Jesús y lo acusaron de blasfemia; y 3) la expresión Hijo de Dios usada con referencia a Cristo es un título que implica absoluta deidad. Tanto Jesús como Sus discípulos y los judíos que oyeron esa expresión entendieron claramente que la frase Hijo de Dios atribuida a Cristo es equivalente a ser Dios.
El apóstol Pablo, en su epístola a los romanos, presente a Cristo como el Hijo de Dios, enfatizando la relación especial de Jesús con el Padre. He aquí las palabras del apóstol:

Pablo, siervo de Jesucristo, llamado a ser apóstol apartado para el evangelio de Dios, que él había prometido antes por sus profetas en las santas Escrituras, acerca de su Hijo, nuestro Señor Jesucristo, que es del linaje de David según la carne, que fue declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la resurrección de entre los muertos (Ro. 1:1–4).

0602160En este pasaje, Pablo presenta a Jesucristo como una Persona teantrópica. Es decir, como Dios quien ha tomado naturaleza humana. El evangelio, las buenas nuevas de salvación, es acerca del Hijo de Dios (Persona divina) quien era del linaje de David según la carne (naturaleza humana). Además, dice Pablo, que Jesús fue declarado Hijo de Dios con puder. Debe notarse que en cuanto a la carne, es decir, a Su naturaleza humana, Jesús «vino a ser» (genomenou) o «nació» de la simiente de David (ek spermatas Dauid). Así explica Pablo el origen de la humanidad de Jesús. Sin embargo, en lo que concierne a Su origen divino, Pablo dice que Jesús fue «declarado», «definido» o «designado» (horisthentos) Hijo de Dios Nótese que Jesús no fue hecho Hijo de Dios a causa de la resurrección, sino que fue declarado Hijo de Dios. Es decir que la resurrección de Cristo es una poderosa confirmación de Su carácter como Hijo de Dios. En resumen, el argumento del apóstol Pablo no es que Jesús se convirtió en «Hijo de Dios» al resucitar de entre los muertos, sino que la resurrección de Cristo es una verificación y una manifestación de Su deidad. La resurrección de Jesucristo es la confirmación de que El es todo lo que dijo ser.

Los teólogos de la escuela liberal, al rechazar de antemano el testimonio de las Escrituras, concluyen que Jesús nunca tuvo conciencia de que era el Hijo de Dios.14 Según ellos, la iglesia primitiva engendró la tradición que aparece en las Escrituras del Nuevo Testamento. Dicen, además, que dicha tradición incorporó ciertas creencias de la mitología griega tal como la del theios aner u «hombre divino».15 De modo que, según estos teólogos, el título «Hijo de Dios» dado a Cristo en el Nuevo Testamento tiene raíces paganas y fue incorporado en el vocabulario de la iglesia con el fin de explicar a la sociedad de aquellos tiempos el mensaje tocante a Jesús.16

Por supuesto que para llegar a esa conclusión los teólogos de la escuela liberal se ven obligados a despreciar el testimonio del Nuevo Testamento, particularmente el de los evangelios. Por ejemplo, Lucas 1:32 dice que Jesús sería «llamado Hijo del Altísimo»; en Lucas 2:49, Jesús, respondiendo a una pregunta de María dice: «¿No sabéis que yo debo estar en los asuntos de mi Padre?» Como se ha mencionado dos veces ya, el Padre celestial (Mt. 3:17; 17:5) se refiere a Cristo como «mi Hijo amado». Jesús se refiere a una relación íntima entre él y el Padre, cuando dice en Mateo 11:27: «Todas las cosas me fueron entregadas por mi Padre; y nadie conoce perfectamente al Hijo, sino el Padre, y ninguno conoce perfectamente al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo resuelva revelarlo» (R. V. 1977). Un escritor católico ha captado bien el concepto nuevotestamentario de «Hijo de Dios» con referencia a Cristo:

Los evangelistas, escribiendo en el período posterior a la resurrección tenían en mente el concepto de Hijo divino en el sentido estricto. Que el título «Hijo de Dios» está abierto al significado de Hijo divino en el sentido trascendental se hace patente de la manera en que Jesús llama a Dios no «nuestro Padre» sino «mi Padre». El concepto de la singularidad del Hijo es calificado a través de la idea de la relación de obediencia al Padre.17

Si se acepta el testimonio del Nuevo Testamento como una fiel expresión de la revelación de Dios y si se acepta que los evangelistas escribieron las palabras de Jesús tal como el Espíritu Santo les ayudaba a recordar (Jn. 14:26; 16:12–15), no puede soslayarse el hecho de que Jesús es «el Hijo de Dios» en una forma única y como tal es uno con el Padre en esencia, en atributos y en gloria.
by Evis L. Carballosa, La Deidad De Cristo (Grand Rapids, Michigan: Editorial Portavoz, 1982), 91-99.

OBSERVANCIA DEL SÁBADO (documento oficial de la IASD en Sudamérica)

OBSERVANCIA DEL SÁBADO[1]

 La Iglesia Adventista del Séptimo Día reconoce al sábado como señal distintiva de lealtad a Dios (Éxo. 20:8-11; 31:13-17; Eze. 20:12, 20), cuya observancia es pertinente a todos los seres humanos en todas las épocas y lugares (Isa. 56:1-7; Mar. 2:27). Cuando Dios “descansó” en el séptimo día de la semana de la creación, también “santificó” y “bendijo” este día (Gén. 2:2, 3), separándolo para un uso sagrado y transformándolo en un canal de bendiciones para la humanidad. Aceptando la invitación para dejar a un lado sus “propios intereses” durante el sábado (Isa. 58:13), los hijos de Dios observan este día como una importante expresión de la justificación por fe en Cristo (Heb. 4:4-11).

La observancia del sábado es enunciada en Isaías 58:13 de la siguiente manera: “Si retraes del sábado tu pie, de hacer tu voluntad en mi día santo, y lo llamas ‘delicia’, ‘santo’, ‘glorioso de Jehová’, y lo veneras, no andando en tus propios caminos ni buscando tu voluntad ni hablando tus propias palabras, entonces te deleitarás en Jehová” (Isa. 58:13, 14). Basada en estos principios, la División Sudamericana de la Iglesia Adventista del Séptimo Día reafirma en este documento su compromiso con la fidelidad a la observancia del sábado.

Vida de santificación. La verdadera observancia del sábado se basa en una vida santificada por la gracia de Cristo (Eze. 20:12, 20); pues, “a fin de santificar el sábado, los hombres mismos deben ser santos” (El Deseado de todas las gentes, p. 250).

Crecimiento espiritual. Como “es un broche de oro que une a Dios y a su pueblo” (Testimonios para la iglesia, t. 6, p. 354), el sábado proporciona un contacto más próximo con Dios. Como tal, no debemos permitir que otras actividades, por más nobles que sean, debiliten nuestra comunión con Dios en este día.

Preparación para el sábado. Las actividades seculares deben ser interrumpidas (cf. Lev. 23:32; Deut. 16:6; Neh. 13:19) antes de la puesta de sol del viernes (cf. Neh. 13:13-22); la casa debe estar limpia y arreglada; las ropas, lavadas y planchadas; los alimentos, debidamente preparados (cf. Éxo. 16:22-30); y los miembros de la familia, listos.

Inicio y término del sábado. El sábado es un día de comunión especial con Dios, y debe ser iniciado y terminado con cultos de puesta de sol breves y atractivos, con la participación de los miembros de la familia. En estas ocasiones, es oportuno cantar algunos himnos; leer un pasaje bíblico, seguido por comentarios pertinentes; y expresar gratitud a Dios en oración (Ver ibíd., pp. 355-360.)

Personas bajo nuestra influencia. El cuarto mandamiento del Decálogo orienta que todas las personas bajo nuestra influencia deben ser liberadas de las actividades seculares en el sábado (Éxo. 20:10). Esto implica, positivamente, que los demás miembros de la familia, así como los empleados y los huéspedes, también sean estimulados a observar el sábado.

Espíritu de comunión. Como día por excelencia de comunión con Dios (Eze. 20:12, 20), el sábado debe caracterizarse por un compromiso alegre y placentero con las prioridades espirituales, con momentos especiales de lectura de la Biblia, de oración y, si es posible, de contacto con la naturaleza (cf. Hech 16:13). Ese compromiso deberá ser mantenido en la elección de los asuntos abordados; también en nuestros diálogos informales con familiares y amigos.

Reuniones de la iglesia. Somos amonestados a no dejar “de congregarnos, como algunos tienen por costumbre” (Heb. 10:25). Por consiguiente, los programas y las actividades regulares de la iglesia durante los sábados deben tener precedencia sobre otros compromisos personales y sociales, aunque estos sean pertinentes al sábado.

Casamientos y fiestas. La invitación para dejar a un lado nuestros “propios caminos” en el sábado (Isa. 58:13) implica que los casamientos y las fiestas, incluyendo sus debidos preparativos, deben ser realizados fuera de este período sagrado. Los casamientos y algunas fiestas más suntuosas no deberían ser planificados para los sábados por la noche, pues sus preparativos involucran expectativas y actividades que no están de acuerdo con el espíritu de comunión con Dios.

Medios de comunicación secular. Los medios de comunicación secular, en todas sus formas, deberían ser dejados a un lado durante las horas del sábado, para que este, rompiendo la rutina de la vida, pueda ser un día de “delicia” y “santo” (Isa. 58:13).

Deportes y recreación. Muchas actividades deportivas y de recreación, aceptables durante la semana, no están de acuerdo con la observancia del sábado, pues desvían la mente de los asuntos espirituales (Isa. 58:13).

Horas de sueño. La Biblia define al sábado como un día de “reposo consagrado” (Éxo. 31:15), y no como un día para recuperar el sueño atrasado de la semana. Ricas bendiciones vendrán por levantarse temprano el sábado, dedicando este día al servicio del Señor. (Ver Consejos sobre la obra de la Escuela Sabática, p. 140).

Viajes. La realización de viajes por asuntos de trabajo o de intereses particulares es inapropiada para el sábado. Pero existen ocasiones excepcionales en que se hace necesario viajar el sábado para atender algún compromiso religioso o situaciones de emergencia. Siempre que sea posible, los debidos preparativos, incluyendo la compra de pasajes y el abastecimiento de combustible, deben ser efectuados con la debida anticipación. (Ver Testimonios para la iglesia, t. 6, pp. 360, 361.)

Excursiones y campamentos. La realización de excursiones y campamentos puede promover la sociabilización cristiana (cf. Sal. 42:4). Pero sus organizadores y demás participantes deberían llegar al debido lugar y armar su estructura, incluyendo sus carpas, antes del inicio del sábado, para que este pueda ser observado según el Mandamiento. Además de esto, durante las horas del sábado, las actividades deben estar de acuerdo con el espíritu sagrado de este día.

Restaurantes y alimentación. La recomendación de que el alimento debe ser provisto con la debida anticipación (Éxo. 16:4, 5, 22-30) significa que su compra debe ocurrir fuera de las horas del sábado, y que la concurrencia a restaurantes comerciales debe ser evitada en este día.

Medicamentos. La compra de medicamentos durante el sábado es aceptable en situaciones de emergencia (cf. Luc. 14:5), e inapropiada cuando la persona ya los necesitaba, y terminó postergando su compra para este día.

Pasantías y prácticas escolares. El cuarto mandamiento del Decálogo (Éxo. 20:8-11) desacredita la realización de actividades seculares en el sábado, que generen lucro o beneficio material. Involucrados en tales actividades están los programas de planificación y preparación para la vida profesional, incluyendo la asistencia a clases y la participación en prácticas, simposios, seminarios y ponencias de índole profesional, concursos públicos y pruebas selectivas. En caso de confinamiento para rendir exámenes después de que termine el sábado, las horas de este día deben ser invertidas en actividades espirituales.

Elección y ejercicio de la profesión. La estructura de la sociedad en general no siempre favorece la observancia del sábado, y termina por poner a disposición profesiones y actividades que, aunque dignas, dificultan esta práctica. Los adventistas del séptimo día deberán escoger y ejercer profesiones que estén de acuerdo con la debida observancia del sábado. Somos orientados a que, si alguien, “por amor al lucro, [permite] que su socio incrédulo haga funcionar la empresa comercial en la que él participa, es igualmente culpable con el incrédulo; y es su deber disolver esta sociedad sin tomar en cuenta lo que pueda perder” (El evangelismo, p. 182).

Instituciones de servicios básicos. La orientación de no hacer “obra alguna” durante el sábado (Éxo. 20:10) implica que los observadores del sábado deben abstenerse de trabajar en ese día, aun en instituciones seculares de servicios básicos. Las instituciones de nuestra iglesia que no pueden cerrar en los sábados (cf. Juan 5:17), incluyendo los internados adventistas, deben actuar en este día con un grupo reducido y por turno.

Actividades médicas y de salud. Existen situaciones de emergencia en que los profesionales de la salud deben atender, basados en el principio de que “es lícito sanar en sábado” (Luc. 14:3). Los hospitales adventistas necesitan los favores de un equipo médico, de enfermería y de otros servicios básicos para el funcionamiento en las horas del sábado. Pero los turnos de rutina, tanto médicos como de enfermería, en hospitales no adventistas, son inapropiados para las horas del sábado (Ver Ellen G. White Estate, “Consejos de Elena G. de White sobre el trabajo en sábado en instituciones médicas adventistas y no adventistas”, en www.centrowhite.uapar.edu)

Proyectos asistenciales. Cristo dijo que “está permitido hacer el bien en sábado” (Mat. 12:12). Esto significa que “todo asunto secular debía ser suspendido, pero las obras de misericordia y benevolencia estaban en armonía con el propósito del Señor” (El ministerio de la bondad, p. 81). Por lo tanto, es lícito que en las horas sagradas del sábado se visite a enfermos, viudas y huérfanos, a encarcelados y que se comparta el alimento. Las acciones sociales que pueden ser realizadas en otro día no deben tomar las horas sagradas del sábado.

Actividades misioneras. El apóstol Pablo usaba el sábado para persuadir “a judíos y a griegos” acerca del evangelio (Hech. 18:4, 11; cf. 17:2), demostrando la importancia de reservarse un tiempo especial, en este día, para actividades misioneras. Siempre que sea posible, los miembros de la familia deben participar juntos de estas actividades, para disfrutar de la socialización cristiana y desarrollar el gusto por el cumplimiento de la misión evangelizadora.

 

Como adventistas del séptimo día, somos invitados a seguir el ejemplo de Dios al descansar en el séptimo día de la semana de la creación (Gén. 2:2, 3; Éxo. 20:8-11; 31:13-17; Heb. 4:4-11), de manera que el sábado sea para cada uno de nosotros una señal exterior de la gracia de Dios y un canal de sus incontables bendiciones.

 


[1] En la última Junta Directiva Plenaria de los líderes de ocho países de Sudamérica, se votó un documento titulado “Observancia del sábado”. El material, aprobado por los delegados presentes resalta el descanso, según la Santa Biblia, y enfoca cómo la Iglesia Adventista entiende los aspectos prácticos de guardar el séptimo día.

LO QUE LA BIBLIA SIGNIFICA PARA MÍ (Comentario a la doctrina N° 1: Las Sagradas Escrituras)

As Escrituras Sagradas – As Escrituras Sagradas, o Antigo e o Novo Testamento, são a Palavra de Deus escrita, dada por inspiração divina por intermédio de santos homens de Deus que falaram e escreveram ao serem movidos pelo Espírito Santo. Nesta Palavra, Deus transmitiu ao homem o conhecimento necessário para a salvação. As Escrituras Sagradas são a infalível revelação de Sua vontade. Constituem o padrão de caráter, a prova da experiência, o autorizado revelador de doutrinas e o registro fidedigno dos atos de Deus na História. – Crenças Fundamentais, 1

A única forma de testar um mapa é utilizá-lo e ver se nos conduz ao lugar desejado. Não importa muito se cada coisa está na escala correta ou se as cidades assinaladas se parecem com pequenos círculos, o que realmente conta é se o mapa funciona!

Através dos séculos, tem sido comprovado, milhões de vezes, que se nos aproximamos corretamente da Bíblia ela se torna útil para nós.

Esse é um aspecto importante, porque a Bíblia é um livro muito antigo. Alguns chegam até a classificá-la como “pré-científico”. De fato, a cultura humana mudou muito desde que a Bíblia foi escrita. Mas duas coisas absolutamente não mudaram: Deus e o coração humano. Entretanto, de que forma uma velha coleção de livros (na realidade, a Bíblia é uma coleção de 66) pode falar com tanto poder e propriedade a tantas nações diferentes e através de diversas gerações?

O Divino e o Humano

Dizemos que a Bíblia foi inspirada. Isso significa que Deus fala a leitores humanos através de escritores também humanos. Então a Bíblia é tanto divina quanto humana, ou seja, a Palavra de Deus vertida em palavras de homens. Este é o canal usualmente utilizado por Deus: Sua Palavra em linguagem humana. “Homens santos falaram da parte de Deus, movidos pelo Espírito Santo.” II Ped. 1:21.

A própria configuração atesta que a Bíblia é humana. Seus 66 livros refletem a linguagem, os costumes e a cultura dos tempos e lugares nos quais foi escrita, através dos séculos. Tanto que ela nada fala de Nova Iorque, Tóquio ou do Rio de Janeiro, mas menciona muito de Belém, Jerusalém ou Antioquia.

Por outro lado, a atuação no coração humano atesta que a Bíblia é divina. Ou, conforme disse Paulo a Timóteo, as Sagradas Letras “podem tornar-te sábio para a salvação pela fé em Cristo Jesus”. II Tim. 3:15.

Em sua humanidade, a Bíblia reflete o caráter de determinadas pessoas e épocas, especialmente os antigos israelitas da Palestina. Em sua divindade, ela fala universalmente a todas as pessoas de todos os tempos.

Por isso, dizemos que Deus fala à humanidade tanto através do Verbo feito carne (Jesus) quanto através de Sua Palavra escrita (a Bíblia). Só que há um mistério aqui: tudo que é divino é perfeito, mas tudo que é humano é imperfeito. Não há como evitar isso. E Deus teve que vir até onde estamos. Então, justamente pelas qualidades humanas da Bíblia é que nós podemos ouvir a voz de Deus.

Outra inquirição atual é: por que a Bíblia não é mais prática? Que tal se tivesse o formato de um dicionário ou enciclopédia, com verbetes em ordem alfabética para facilitar a consulta? Por que ela se apresenta como uma floresta intrincada, com histórias seccionadas, poesia, leis, provérbios, visões e cartas, tudo misturado?

Há diversas razões para isso e todas elas têm que ver com o caráter humano da Bíblia. Ela não foi escrita tendo em vista apenas os modernos ocidentais, mas todos os povos em todos os tempos. E mais importante ainda, o seu objetivo não é meramente informar, mas mudar corações.

Justamente nessa diversidade de enfoques da Escritura reside sua riqueza. Cada geração, cada povo, cada indivíduo, encontra na Bíblia algo que lhe toca diretamente. O que parece incompreensível para uma geração pode ser o mais necessário para a próxima. As Escrituras se apresentam a nós menos como um jardim e mais como um horto, ou seja, importa menos a beleza estética e mais a qualidade e variedade dos espécimes.

O Que é um Cânon

Dizemos que as Escrituras são canônicas. E um cânon é sistema métrico, um padrão. Tudo é avaliado através dele.

E como se determina esse padrão? Quem definiu que o metro-padrão deveria ser a base para todas as medidas de comprimento? Bem, isso foi inicialmente reconhecido pelo uso e, depois, instituído oficialmente por estatuto. O governo não inventou o metro, ele apenas reconheceu e regulamentou um costume já consagrado.

Aconteceu mais ou menos o mesmo com a Bíblia. O povo de Deus, através dos séculos, sentiu que determinados livros eram espiritualmente benéficos e possuíam sinais inquestionáveis de inspiração divina, enquanto outros careciam dessa autenticidade.

Somente depois de um longo e natural processo de depuramento vieram os concílios da Igreja para oficialmente ratificar o que fora assentado através do consenso dos crentes. Assim, os livros da Bíblia têm a autoridade de serem canônicos, e são canônicos exatamente por serem inspirados.

Certas comunidades cristãs isoladas ou em discordância com as demais não chegaram ao mesmo consenso a respeito dos livros canônicos. Os católicos romanos incluem os apócrifos – livros como Eclesiástico e I e II Macabeus – no Antigo Testamento. A Igreja Ortodoxa Grega tem também o III e o IV Macabeus e ainda o Salmo 151. A Igreja Copta da Etiópia inclui os livros de Enoque (aparentemente citados em Judas 14 e 15) e o Jubileu.

A maioria dos protestantes, e os adventistas do sétimo dia também, aceitam no cânon do Antigo Testamento somente os livros tidos como canônicos na Bíblia hebraica dos antigos fariseus. Reconhecem que os outros livros têm boas informações sobre a história e as circunstâncias relacionadas com os acontecimentos e o desenvolvimento das religiões durante a época intertestamentária. (Um fato curioso: a Bíblia grande que Ellen White ergueu em visão continha os apócrifos.) Entretanto, há boas razões para não serem tidos como inspirados. Um desses motivos é que os próprios livros confessam, como I Macabeus, que não havia profetas nesse tempo.

Então, pode-se dizer que nosso cânon de 66 livros (39 no Antigo Testamento e 27 no Novo) constitui a coleção fundamental segundo o consenso da grande maioria de cristãos de todas as tradições, e exclui os livros que têm sido seriamente questionados.

Alguns consideram que a fixação de um cânon final, ao qual nada possa ser acrescentado, como um equívoco. Poderia Deus inspirar outros escritos?

É óbvio que sim. Nem nós clamamos que nosso cânon contém todos os possíveis livros inspirados nos tempos antigos. Mas a aceitação de uma lista canônica de livros corresponde à definição de um padrão pelo qual todos os demais escritos devem ser testados.

É mais ou menos como um carpinteiro que vai cortar sarrafos, mede e corta o primeiro, e serra os demais de acordo com esse. O primeiro sarrafo é o cânon.

A Palavra Idolatrada

Não é suficiente considerar a Bíblia como padrão e guia, ela é a inspirada Palavra de Deus. Muitos são prontos em colocar as Escrituras num pedestal como uma estátua, mas não ajustam sua vida por ela. De fato, muitos que estariam dispostos a dar a sua vida (ou até a tirar a vida de outrem!) para defender a historicidade dos primeiros capítulos de Gênesis acabam falhando na hora de estudar cuidadosamente o seu significado. Outros que proclamam ardorosamente que Deus escreveu os Dez Mandamentos com Seu dedo deixam de praticá-los em sua vida diária.

Da mesma forma, existem aqueles que insistem na defesa da inspiração da Bíblia toda, mas apenas lêem e praticam uma parte dela. Se realmente cremos que todo conselho de Deus tem valor, devemos atentar para a Bíblia em toda a sua extensão, estudando-a e aplicando-a.

Não há dúvida de que é mais agradável estudar o Sermão da Montanha (Mat. 5-7) do que muitas das genealogias da Bíblia ou leis de Moisés. Entretanto não devemos nos satisfazer com eternos estudos parciais e rasos da Bíblia; temos de crescer em nosso entendimento das partes difíceis tanto quanto das fáceis.

A Bíblia tanto é interessante para o leitor iniciante quanto é desafiadora para quem a elege como objeto de estudos para a vida inteira. Por um lado, ela fala a pessoas comuns, e por outro, para entendê-la profundamente muitos eruditos têm gasto vidas inteiras. Nem os eruditos nem as pessoas simples devem se afastar da Bíblia. Ambos dela necessitam.

Portanto, não importa quem seja você, apanhe sua Bíblia, abra-a, e demore-se com ela. Qualquer versão que você possa entender é útil. Comece com as partes mais fáceis, como o evangelho de Marcos, por exemplo, e avance para as mais complicadas. Procure encher sua vida com as Escrituras. Ou, como disse J. A. Bengel: “Aplique-se totalmente ao texto, e depois aplique-o totalmente à sua vida.”

Robert M. Johnston[1]


[1] Fue profesor de Nuevo Testamento del Seminario Teológico de la Universidad Andrews, Estados Unidos.