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FIGURAS LITERARIAS EN LA BIBLIA (parte 2)

La apóstrofe

Cuando algunas palabras son dirigidas a una persona ausente o muerta, o a algún objeto sin vida, o a una idea abstracta como si tuvieran vida o pudieran oírlas, tal expresión se llama una apóstrofe.

En 2 Samuel 18:33 David exclama a su hijo muerto: “¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!” David no se imaginaba que Absalón le pudiera oír. Pero emocionado, le habló como si estuviera presente y oyendo.partes de la Biblia

En Mateo 23:37 nuestro Señor levantó la voz para lamentar la desobediencia de la ciudad capital: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados!” En una apóstrofe, habla a la ciudad—más bien, a sus habitantes, aunque no estaban presentes para oír sus palabras.

El estudiante encontrará apóstrofes en 1 Corintios 15:55; Apocalipsis 6:16; Cantares 4:16; Isaías 1:2; 52:9. Medite sobre Marcos 4:39. ¿Contiene o no, una apóstrofe?

La personificación

La personificación existe cuando características personales se atribuyen a los animales, las plantas o las cosas sin vida. Esta figura se conoce también con el nombre de prosopopeya.

En Isaías 55:12 dice el profeta: “Los montes y los collados levantarán canción.” Es claro que las cosas inanimadas nunca podrían cantar, a menos de suponer un milagro grotesco e innecesario. No hay duda de que la referencia es a aquello que ha de suceder en el corazón de los redimidos en el reino de Dios. Este sentido está de acuerdo con la primera parte del versículo, donde declara: “Porque con alegría saldréis, y con paz seréis vueltos.” Las palabras que siguen, diciendo que “los montes y los collados levantarán canción”, deben entenderse como el complemento poético de lo anterior, en que la alegría del hijo de Dios se atribuye a la naturaleza misma.

En Proverbios 1:20–23 la sabiduría es personificada. Dice Salomón: “La sabiduría clama en las calles, alza su voz en las plazas.” En los vv. 24–33 sigue hablando, aunque se puede entender que Dios es el que habla. Pero por lo que afirma en el v. 20, todo el pasaje se debe clasificar como una personificación. Otra vez en Proverbios 8:1–4 ocurre la misma figura.

Otros ejemplos se pueden observar en Isaías 14:8; 35:1, 2; y 44:23. En este último caso, hay una apóstrofe también.

El eufemismo

Esta figura consiste en expresar con suavidad o decoro, una idea que bien podría ofender a los lectores u oyentes. En lugar de decir “orinar” o “defecar”, el escritor moderno prefiere decir algo como “hacer las necesidades”, “ir al baño”, o “al monte”. Estos son eufemismos modernos.

En Deuteronomio 23:13 leemos la expresión: “cuando estuvieres allí fuera” en lugar de lo que dice en el hebreo: “cuando te sientes”. Las dos expresiones son eufemismos para evitar el uso de la palabra “defecar”.

En 1 Reyes 18:27, Elías se burla de los seguidores de Baal, diciendo, según la Versión Antigua, “quizá … tiene algún empeño” y según la Revisada, “tiene algún trabajo”. Pero la expresión es un eufemismo por no decir que estaba defecando.

El acto sexual, la cohabitación, se expresa de varias maneras en la Biblia. En Génesis 49:4 Jacob se refiere al pecado que cometió su hijo Rubén, diciendo: “subiste al lecho de tu padre; entonces te envileciste, subiendo a mi estrado”. Pero en la Versión Popular habla más claramente: “deshonraste mi cama al acostarte con mi concubina”. Aun así, las dos expresiones son eufemismos.

En Génesis 4:1 leemos que “conoció Adán a su mujer Eva”, en lugar de decir que tuvo relaciones sexuales con ella. La misma palabra se usa en Génesis 19:5 para hablar de relaciones homosexuales, En Génesis 39:7 la mujer de Potifar le dice a José: “Duerme conmigo”, aunque en la Versión Popular le dice: “Acuéstate conmigo.” Otra vez, las dos expresiones son eufemismos.

El eufemismo más delicado se encuentra en Proverbios 5:18, 19. Salomón le dice el lector: “Alégrate con la mujer de tu juventud … sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre.” Luego en el v. 20, se refiere a las relaciones ilícitas usando la expresión: “¿por qué … abrazarás el seno de la extraña?”

El estudiante puede ver qué expresión usan los discípulos en su oración, por no usar la palabra “infierno” (Hch. 1:25). Y en Levítico 18:6–20 observe las varias maneras de referirse al acto sexual. Véase también el eufemismo de Jesús en Marcos 7:19.

La paradoja

Cuando alguien expresa algunas verdades aparentemente contradictorias en una sola oración, o muy cerca la una a la otra, llamamos a esa figura una paradoja. En las enseñanzas de Jesús hay muchas.

Por ejemplo, cuando Jesús respondió al sumo sacerdote en Marcos 14:61, 62, dijo: “Yo soy (el Cristo, el Hijo del Bendito); y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.” Para sus oyentes, el ser Hijo de Dios contradecía la idea de ser Hijo del Hombre. En esta aparente contradicción está la paradoja.

En las Bienaventuranzas (Mateo 5) hay varias paradojas. En el v. 4 afirma que son “Bienaventurados los que lloran.” En el v. 5 dice que “los mansos … recibirán la tierra por heredad.” Y en el v. 6 dice que son “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.” Todas estas ideas parecen contener contradicciones, y por eso son paradojas. El estudiante verá otras en los vv. 10 y 11.

A través del Evangelio de Juan, Jesús expresa algunas verdades acerca de sí mismo que resultan ser paradojas. En 4:13, 14 afirma que “el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que … será en él una fuente de agua.”

Todo el discurso sobre “el pan de vida” (Jn. 6:25–59) contiene muchas paradojas. Nótese especialmente el v. 35: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.” Véanse también estas expresiones: “El pan que yo le daré es mi carne” (v. 51); “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (v. 53); “El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él” (v. 56).

Muchas de las paradojas de Jesús se pueden clasificar como enigmas. Estos se estudiarán en el capítulo 18.

El juego de palabras

No debe sorprendernos que haya juegos de palabras en la Biblia. Salomón los usó en su Cantar de Cantares, y Pablo en sus Cartas a los Gálatas, a los Filipenses y a Filemón. El juego de palabras también se conoce con el nombre de retruécano.

En Cantares 1:3 dice la sulamita que “tu nombre es como ungüento derramado.” En el texto hebreo la palabra “nombre” es shem. Y la palabra “ungüento” es shemen. Podemos captar el juego de palabras que emplea si decimos: “Tu shem es como shemen …”

Semejante juego de palabras ocurre en Eclesiastés 7:1: “Mejor es la buena fama (shem) que el buen ungüento (shemen).”

En su Carta a Filemón, Pablo pidió que pusiera en libertad a Onésimo, el siervo que se fugó de él. El nombre “Onésimo” quiere decir “provechoso”. Pero Onésimo no había sido provechoso para Filemón, su dueño. Ahora, por la obra de Pablo y la vida cambiada de aquel “provechoso”, le daba valor a su nombre. En el v. 11 Pablo escribe a Filemón: “el cual en otro tiempo te fue inútil, pero ahora a ti y a mí nos es útil.” El Apóstol ha usado “útil” como sinónimo de “provechoso”. Así, Pablo juega con este nombre para dar énfasis al cambio que Dios obró en Onésimo.

Los juegos de palabras arriba mencionados dependen por su efecto sobre los textos originales de hebreo y griego. Pero hay otros cuyo significado aparece claramente en el español.

En Filipenses 3:2 Pablo advierte a sus lectores que se guarden del “cortamiento”, según la Versión Antigua. En la Revisada usa la expresión “los mutiladores del cuerpo.” Y en el v. 3 dice que “nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios …” La “circuncisión” era, por supuesto, los judíos; la practicaban en sus hijos varones porque así lo requería la ley de Moisés. El intento de este reglamento era para recordarles que debían estar separados de la carne para Dios. Pero Pablo reclama esta característica para los creyentes cristianos y llama a los judíos “el cortamiento” o los “mutiladores de la carne”. Por medio de este juego de palabras Pablo habla despectivamente de aquel énfasis falso.

Con más ardor Pablo juega con la misma palabra en Gálatas 5:11, 12. Hablando de los que enseñan la necesidad de circuncidarse, dice en el v. 12: “¡Ojalá se mutilasen los que os perturban!” Pero en la Versión Popular, el verdadero significado aparece: “¡Ojalá se castraran a sí mismos de una vez!” Tan fuerte era el odio de Pablo para aquella doctrina falsa y dañina.

 

Fuente: Tomás de la Fuente, Claves de Interpretación Biblica – Edición Actualizada (El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones, 1985), 88–91.

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FIGURAS LITERARIAS EN LA BIBLIA (parte 1)

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El símil

El símil es la figura literaria que describe algún objeto, acción o relación como semejante a otra cosa no similar. El símil usa las palabras como, así, semejante, etc., declarando expresamente la semejanza entre las dos cosas. Esta figura es la más sencilla de todas y la más fácil de identificar.

Veamos, por ejemplo, la semejanza expresamente declarada en este texto: “Como no conviene la nieve en el verano, ni la lluvia en la siega, así no conviene al necio la honra” (Pr. 26:1).

El estudiante puede examinar los símiles en los siguientes textos: Génesis 13:10, 16; 15:5; Jueces 7:12; Proverbios 26:18, 19; Isaías 1:8.

Hay casos cuando el símil existe sólo implícitamente. Es decir, la semejanza entre las dos cosas diferentes, solamente se da a entender. En Proverbios 26:3 leemos: “El látigo para el caballo, el cabestro para el asno, y la vara para la espalda del necio.” El escritor dio a entender que las tres cosas son igualmente propias.

En Proverbios 25:4, 5 encontramos otro símil implícito: “Quita las escorias de la plata, y saldrá alhaja al fundidor. Aparta al impío de la presencia del rey, y su trono se afirmará en justicia.”

Que busque el estudiante el símil implícito en Juan 12:24, 25.

A veces el símil es prolongado, para incluir varios aspectos de la semejanza. En el Cantar de los Cantares 2:3–5 encontramos este símil prolongado: “Como el manzano entre los árboles silvestres, así es mi amado entre los jóvenes; bajo la sombra del deseado me senté, y su fruto fue dulce a mi paladar … Sustentadme con pasas, confortadme con manzanas.”

El símil prolongado también se puede considerar una parábola o una alegoría. Estas se estudiarán en los capítulos 16 y 17.

La metáfora

Esta figura indica la semejanza entre las dos cosas muy diferentes, declarando que una de ellas es la otra. Encontramos esta figura en las palabras de Jesús: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt. 5:14). La expresión quiere decir: “Vosotros sois como una luz para el mundo”, quizá la luz del sol.

Esta figura existe también cuando se sugiere la semejanza entre dos cosas muy diferentes, usando palabras que son propias solamente para una de ellas. En Isaías 3:15 leemos: “¿Qué pensáis vosotros que majáis mi pueblo, y moléis las caras de los pobres?” Aquí el Señor reprocha a los gobernantes de su pueblo por su opresión. Pero esta expresión es representada como el acto de majar y moler al pueblo. Claro es que los gobernantes no majaban ni molían al pueblo literalmente. Isaías usa estas palabras metafóricamente; y la figura es una metáfora.

Existe también la metáfora prolongada. En Isaías 40:7 dice el profeta, según la Versión Antigua: “Ciertamente hierba es el pueblo.” (La Versión Revisada mete la palabra como, cambiando la figura en un símil.) Pero observemos cómo se prolonga la figura en el v. 8: “Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre.”

Raras veces el escritor explica su metáfora. En Isaías 9:14 dice: “Y Jehová cortará de Israel cabeza y cola”, representándolo como una bestia. Y en el v. 15 explica: “El anciano y venerable de rostro es la cabeza; el profeta que enseña mentira, es la cola.”

Para ver otros ejemplos de la metáfora, véase Génesis 15:1; Proverbios 16:22; 25:18; Juan 10:7; 15:1; y Salmo 84:11.

La metonimia

La metonimia es el uso de una palabra en lugar de otra, sugerida por la primera. Cuando el escritor pone el efecto de una acción en lugar de la causa, o usa el símbolo o la seña en lugar de la realidad, usa la metonimia.

En Joel 2:31 el profeta dice: “El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová.” El sol nos hace pensar en luz, y la falta de sol, en las tinieblas. Y la luna también será oscurecida para verse roja como la sangre. Pero en todo esto, Joel habla del juicio de Dios, que es la causa; y el efecto es la oscuridad de la que Joel habla.

En 1 Juan 1:7 dice el Apóstol: “Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros.” La palabra luz es símbolo de entendimiento y rectitud. Al decir luz en lugar de la realidad espiritual, usa una metonimia.

En Génesis 6:12 y 31:42, el estudiante puede ver ejemplos del uso del efecto por la causa.

Para ver ejemplos de la metonimia que emplea palabras sugeridas por otras, véase Proverbios 5:15–18, y 23:23. En el primer caso, el estudiante verá también el uso del eufemismo, examinado más adelante en este mismo capítulo.

La sinécdoque

Ocurre la sinécdoque cuando el escritor apunta una parte por el todo, o el todo por una parte. En el Salmo 16:9 dice David: “Mi carne también reposará confiadamente.” La referencia es a la resurrección de Cristo, según Hch. 2:31. Por supuesto, habla de la resurrección de todo su cuerpo y no solamente de su carne. Porque en sí, la carne no significa los huesos, el cabello ni las uñas. La palabra carne es una sinécdoque por todo el cuerpo; es una parte por el todo.

Hay sinécdoques en 1 Corintios 11:27 y Lucas 2:1. Pero en estos mismos textos hay metonimias también. Estos textos son ejemplos del problema de clasificar las figuras literarias.

En 1 Corintios 11:27 dice Pablo: “Cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa …” La copa llena se usa aquí por la pequeña parte que bebe el comulgante; esta es la sinécdoque. Pero la copa se pone aquí en lugar de su contenido, el vino. Esta es la metonimia.

En Lucas 2:1 dice el evangelista que César promulgó un edicto para que “todo el mundo fuese empadronado”. Pero no todo el mundo estaba dentro del gobierno de Augusto César. De manera que Lucas pone “todo el mundo” en lugar de la parte gobernada por él. Esta es la sinécdoque. Pero al decir “el mundo”, quiere decir los habitantes de él. Esta es la metonimia.

Otros ejemplos de la sinécdoque se pueden encontrar en Exodo 4:12; Isaías 32:12; Miqueas 4:3; y Santiago 1:27.

La ironía

La ironía es la expresión de una idea mediante su sentido contrario, para exponer lo absurdo del caso.

Job habla irónicamente (12:2) cuando dice: “Ciertamente vosotros sois el pueblo, y con vosotros morirá la sabiduría.” Sus amigos estaban tan seguros de tener la razón y de que Job estuviera equivocado, que Job usó esta manera de llamarles la atención a lo absurdo de sus palabras.

El estudiante puede examinar las expresiones irónicas en 2 Corintios 11:5 y 12:11; 1 Reyes 18:27; y Job 38:21.

La hipérbole

En el idioma griego, la palabra hipérbole significa “tirar más allá (del blanco).” Como figura literaria significa la exageración de una idea. No debe ser entendida como mentira, la cual tiene la intención de engañar. La hipérbole exagera de una manera evidente para dar énfasis al pensamiento.

En Deuteronomio 1:28 Moisés recuerda las palabras de los espías que fueron enviados para investigar la tierra. Decían que las ciudades eran “grandes y amuralladas hasta el cielo”. Así dieron a entender que sería imposible vencerlas. Nadie entendió estas palabras literalmente, y Moisés tampoco tenía la intención de tomarlas literalmente. La misma figura se encuentra en Números 13:32, 33.

El estudiante puede examinar Génesis 15:5 y preguntarse si su lenguaje es hiperbólico. En Mateo 5:29, 30 ¿existe una hipérbole? Véase también las que se encuentran en Proverbios 6:30, 31; 23:1, 2; y Hechos 27:34.

 

Fuente: Tomás de la Fuente, Claves de Interpretación Biblica – Edición Actualizada (El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones, 1985), 83–88.

EL CANON (parte 3)

III. EL CANON DEL NUEVO TESTAMENTO

A. Las pruebas de la canonicidad

1. La prueba de la autoridad. Con relación a los libros del Antiguo Testamento, esto significaba que tuvieran el respaldo de la autoridad de un legislador, un profeta o un líder de Israel. En cuanto a los libros del Nuevo Testamento, esto significaba que la autoridad de un apóstol respaldara los libros que fueron aceptados en el canon. Esto significaba que el libro tenía que ser escrito o respaldado por un apóstol para que de alguna manera contara con la autoridad apostólica. Por ejemplo se consideró a Pedro como el apóstol que respaldó los escritos de Marcos, y a Pablo como el que respaldó los de Lucas.

2. La prueba de la singularidad. Para ser incluido en el canon un libro tenía que mostrar evidencia de su singularidad como prueba de su inspiración.

3. La prueba de su aceptación por las iglesias. A medida que los libros circulaban tenían que ser aceptados por las iglesias. En realidad, ningún libro que fue cuestionado por un gran número de iglesias llegó finalmente a ser admitido en el canon.

B. El proceso de reconocimiento del canon del Nuevo Testamento

Recuerde que los libros fueron inspirados cuando fueron escritos, y por lo tanto canónicos. La iglesia solamente prestó testimonio a lo que ya era inherentemente genuino.

1. El testimonio del período apostólico. Los escritores reconocieron que sus propios escritos eran la Palabra de Dios (Colosenses 4:16; 1 Tesalonicenses 4:15). Ellos también reconocieron que los escritos de otros libros del Nuevo Testamento eran Escritura. Ahora bien, “Escritura” era una designación en el judaísmo para los libros canónicos, así que cuando se le aplicaba en el Nuevo Testamento a otros escritos del Nuevo Testamento, se les designaba como canónicos. Y así ocurre en dos lugares significativos.

Uno es 1 Timoteo 5:18, donde la cita de Deuteronomio 25:4 se asocia con la de Lucas 10:7, y a ambas se les llama Escritura. Por cierto, el sentido de Lucas 10:7 se encuentra en el Antiguo Testamento, pero la forma de la cita se halla solamente en los Evangelios. El otro es 2 Pedro 3:16, donde Pedro se refiere a los escritos de Pablo como Escritura. Esta es una atestiguación significativa a causa del lapso relativamente corto que transcurrió entre el tiempo en que Pablo escribió algunas de sus cartas y la fecha en que Pedro las reconoció como Escritura.

2. El testimonio del período desde 70–170 A.D. Durante este período todos los libros del Nuevo Testamento fueron citados en otros escritos de la época, y los padres de la iglesia reconocieron como canónicos los veintisiete libros. Por supuesto, cada uno de ellos no citó los veintisiete. Adicionalmente, Marcio, un hereje (140), incluyó en su canon solamente a Lucas y diez de las epístolas de Pablo; lo cual demuestra, a lo menos, que a esta fecha tan temprana, ya se estaban coleccionando los escritos de Pablo.

3. El testimonio del período 170–350 A.D. Tres evidencias importantes surgen de este período. Primero, el canon Muratorio (170) omitió a Hebreos, Santiago, y 1 y 2 Pedro. Pero hay una ruptura en el manuscrito y, por lo tanto, no podemos estar seguros de que estos libros no fueran incluidos. Este canon también rechaza algunos libros como el Pastor de Hermas, que no llegó a ser parte del canon.

En segundo lugar, a la versión antigua siriaca (a finales del segundo siglo) le faltaban 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas, y Apocalipsis. Pero ningún libro adicional se agregó para traer el total a veintisiete.

En tercer lugar, a la versión antigua latina (200) te faltaban 2 Pedro, Santiago, y Hebreos, pero no agregó libros adicionales. Así que los libros candidatos que no eran aptos para ser incluidos en el canon, fueron rechazados durante este período; la mayoría de los libros del Nuevo Testamento estaban recibidos; y solamente pocos eran debatidos.

4. El Concilio de Cartago (397). Generalmente, se acepta que este concilio de la iglesia fijó los límites de canon del Nuevo Testamento con los veintisiete libros como los tenemos hoy.

5. Una nota sobre la opinión de Lutero acerca del libro de Santiago. Algunas veces se alega que Martin Lutero rechazó el libro de Santiago por no considerarlo canónico. Esto no es cierto. Cito aquí lo que el escribió en su prefacio al Nuevo Testamento, en el cual él le atribuye a varios libros del Nuevo Testamento diferentes grados de valor doctrinal: “El Evangelio de San Juan y su primera Epístola, las epístolas de San Pablo, especialmente Romanos, Gálatas, Efesios, y la Epístola de San Pedro —estos son los libros que le enseñan a usted de Cristo, y enseñan todo lo que es necesario y bendito que usted sepa, aun si usted nunca viera u oyera ningún otro libro de doctrina. Por lo tanto, la epístola de Santiago es una perfecta epístola de paja comparada con ellas, porque no tiene en sí nada de sustancia evangélica”. Así que Lutero estaba comparando (en su opinión) el valor doctrinal, no la validez canónica.

 

Fuente:
Charles Caldwell Ryrie, Teologı́a básica (Miami: Editorial Unilit, 2003), 121–124.

EL CANON (parte 2)

II. EL CANON DEL ANTIGUO TESTAMENTO

A. La evidencia del mismo Antiguo Testamento

canon 21. De la Ley. El Antiguo Testamento contiene varias referencias a la ley de Moisés como autoritativa. Estas son algunas de las citas: Josué 1:7–8; 23:6; 1 Reyes 2:3; 2 Reyes 14:6; 21:8; 23:35; Esdras 6:18; Nehemías 13:1; Daniel 9:11; Malaquías 4:4. Tales referencias le dan validez a la naturaleza inspirada de los escritos de Moisés en los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, donde él dejó escrita la Ley.

2. De los profetas. Los profetas afirmaron que hablaban la Palabra de Dios, y sus profecías se reconocieron como autoritativas. Note estas referencias: Josué 6:26 comparada con 1 Reyes 16:34; Josué 24:29–33 comparada con Jueces 2:8–9; 2 Crónicas 36:22–23 comparada con Esdras 1:1–4; Daniel 9:2 comparada con Jeremías 25:11–12.

3. De Malaquías 4:5. En Malaquías 4:5 hay indicación de que el testimonio profético terminaría con Malaquías y no comenzaría de nuevo hasta la llegada de un profeta como Elías en la persona de Juan el Bautista (Mateo 17:11–12).


B. La evidencia de los manuscritos del mar Muerto

1. Su importancia. Los rollos nos indican cuáles libros del Antiguo Testamento fueron reconocidos como sagrados en el período entre el Antiguo Testamento y el Nuevo.

2. El número de ellos. Más o menos 175 de los 500 rollos del mar Muerto son bíblicos. Hay varias copias de muchos de los libros del Antiguo Testamento, y todos los libros del Antiguo Testamento están representados entre los rollos, excepto Ester.

canon 33. Su testimonio. El mero hecho de que aparezcan libros bíblicos entre los rollos no prueba su canonicidad, puesto que algunos de los libros no canónicos también están presentes. Sin embargo, muchos de los rollos del mar Muerto son comentarios, y hasta ahora todos los comentarios tratan solamente de los libros canónicos. Esto parece demostrar que se reconocía la distinción entre los libros canónicos y los que no lo eran. También, veinte de los treinta y nueve libros del Antiguo Testamento se citan o se hace referencia a ellos como Escritura. En resumen, los rollos aportan evidencia positiva de la canonicidad de todos los libros del Antiguo Testamento, excepto Crónicas, Ester, y Cantar de los Cantares.

C. Otra evidencia

1. El prólogo a Eclesiástico. Este libro no canónico hace referencia a una división tripartita de los libros (a saber, la Ley, los Profetas, e himnos y preceptos para la conducta humana) la cual conocía el abuelo del autor (lo cual sería alrededor del 200 A.C.).

2. Filón. Filón (alrededor de 40 A.D.) hizo referencia a la misma división tripartita.

3. Josefo. Josefo (37–100 A.D.) dijo que los judíos consideraban solamente los veintidós libros como sagrados (que equivalen precisamente a los mismos treinta y nueve libros del Antiguo Testamento que tenemos hoy).

4. Jamnia. Jamnia (90 A.D.) era una casa de enseñanza de rabinos que discutieron la canonicidad. Algunos cuestionaron si se debían aceptar (como se estaba haciendo) Ester, Eclesiastés, y Cantar de los Cantares. Estas discusiones tenían que ver con un canon ya existente.

5. Los padres de la iglesia. Los padres de la iglesia aceptaron los treinta y nueve libros del Antiguo Testamento. La única excepción fue Agustín (400 A.D.), quien incluyó los libros apócrifos (esos libros “extra” que algunas Biblias incluyen entre los libros del Antiguo y el Nuevo Testamentos). Sin embargo, él reconoció que éstos no eran totalmente autoritativos. Los libros apócrifos no se reconocieron oficialmente como parte del canon hasta el Concilio de Trento (1546 A.D.), y entonces sólo por la Iglesia Católica Romana.

D. La evidencia del Nuevo Testamento

canon 41. Las citas del Antiguo Testamento en el Nuevo. Hay unas 250 citas de libros del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento. Ninguna proviene de los libros apócrifos. Todos los libros del Antiguo Testamento se citan excepto Ester, Eclesiastés, y Cantar de los Cantares.

2. Mateo 5:17. El Señor aquí dijo que la Ley y los Profetas eran autoritativos porque con toda seguridad se iban a cumplir. Esta doble división abarca todo el Antiguo Testamento.

3. Lucas 11:51. Aquí el Señor afirmó algo definitivo tocante a la extensión del canon del Antiguo Testamento que El aceptaba. Al condenar a los líderes del pueblo judío por matar a los mensajeros de Dios a través de su historia, El los acusó de ser culpables de derramar la sangre de todos los justos desde Abel hasta Zacarías. Ahora bien, el homicidio de Abel se narra en Génesis 4, y el de Zacarías en 2 Crónicas 24, que fue el último libro en el arreglo del canon hebreo (como Malaquías lo es en nuestro arreglo). Así que el Señor estaba diciendo: “Desde el primer homicidio registrado en el Antiguo Testamento hasta el último”. Ahora bien, por supuesto que hubo otros homicidios de mensajeros de Dios que se relatan en los libros apócrifos, pero el Señor no los tomó en cuenta. Evidentemente El no consideraba que los apócrifos tuviesen igual autoridad que los libros de Génesis a 2 Crónicas.

Fuente:
Charles Caldwell Ryrie, Teología básica (Miami: Editorial Unilit, 2003), 119–121.

EL CANON (parte 1)

INTRODUCCIÓN

El asunto del canon tiene que ver con la cuestión de cuántos libros pertencen a la Biblia. El canon, pues, se refiere a una lista autorizada de los libros de la Biblia. Por supuesto, los libros individuales fueron escritos sobre un gran período de tiempo por varios escritores. ¿Cómo, pues, se coleccionaron, y quién decidió cuáles compondrían el canon de la Escritura?

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I. ALGUNAS CONSIDERACIONES BASICAS

A. El significado de la palabra canon

1. Su derivación. La palabra viene del vocablo griego kanon el cual se refiere a un instrumento de medir. Por consiguiente, adquirió el significado de una regla de acción (Gálatas 6:16; Filipenses 3:16).

2. La historia del uso de la palabra. En la iglesia primitiva la palabra“canon” se usaba con referencia a los credos. A mediado del siglo cuarto llegó a emplearse en relación con la Biblia; i.e., la lista de los libros aceptados reconocidos como pertenecientes a la Biblia.

3. Su significado. En realidad, la palabra “canon” tiene doble significación. Se refiere a la lista de los libros que cumplieron con los requisitos de ciertas pruebas o reglas y así se consideraron autoritativos y canónicos. Pero también significa que la colección de libros canónicos constituyen la regla de nuestra vida.

B. Algunas consideraciones en la investigación de la canonicidad.

1. Autoautenticación. Es esencial recordar que la Biblia se autentica a sí misma, puesto que sus libros fueron aspirados por Dios (2 Timoteo 3:16). En otras palabras, los libros eran canónicos en el momento que fueron escritos. No fue necesario esperar hasta que los varios concilios pudiesen examinar los libros para determinar si eran aceptables o no. Las personas y los concilios solamente reconocieron y declararon lo que es verdadero por la inspiración intrínseca de los libros tal como fueron escritos. Ningún libro de la Biblia fue hecho canónico por la acción de algún concilio de la iglesia.

2. Las decisiones de los hombres. Sin embargo, los hombres y los concilios sí tuvieron que considerar cuáles libros debían ser reconocidos como parte del canon, porque había algunos candidatos que no eran inspirados. Se tuvieron que hacer algunas decisiones y elecciones, y Dios guió a grupos de personas a hacer las decisiones correctas (no sin algunas pautas) y a coleccionar los varios escritos en los cánones del Antiguo y del Nuevo Testamentos.

3. Debates sobre la canonicidad. En el proceso de decidir y coleccionar, era de esperarse que surgieran varias disputas en cuanto a alguno de los libros. Y así fue. Sin embargo, estos debates no disminuyen la autenticidad de los libros genuinamente canónicos, ni tampoco le conceden autoridad a aquellos que no fueron inspirados por Dios.

4. La conclusión del canon. Desde 397 A. D. la iglesia ha considerado que el canon de la Biblia está completo y, si está completo, entonces tiene que estar cerrado. Por lo tanto, no podemos esperar que se descubran o se escriban algunos otros libros que abrirían el canon de nuevo para sumarse a los sesenta y seis libros. Aun si se descubriera una carta de Pablo, no sería canónica. Después de todo, Pablo debió de haber escrito muchas cartas durante su vida además de las que están en el Nuevo Testamento; aun así, la iglesia no las incluyó en el canon. No todo lo que escribía un apóstol era inspirado, porque no era el escritor el inspirado sino sus escritos, y no necesariamente todos ellos.

LibrosBiblia

Los libros más recientes que las sectas ponen a la par de la Biblia no son inspirados ni tiene razón alguna de ser parte del canon de la Escritura. Por cierto, las supuestas declaraciones proféticas o visiones que algunos alegan que provienen de Dios hoy en día, no pueden ser inspiradas y consideradas como parte de la revelación de Dios investidas de alguna autoridad como la de los libros canónicos.

Fuente:
Charles Caldwell Ryrie, Teologı́a básica (Miami: Editorial Unilit, 2003), 118–119.

LAS SAGRADAS ESCRITURAS – Inspiración

Su Inspiración

La inspiración es la influencia y poder de Dios para controlar a los autores de modo que escribieran las Escrituras con total precisión. El mensaje pasó al texto por la actividad providencial del Espíritu Santo que dio forma y sustancia a la comunicación. Las Escrituras constituyen la revelación de Dios, son infalibles en todo lo que El dice, desde el principio al fin.

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1. El origen de la inspiración  (2 Timoteo 3:16)

Porque Dios inspiró el texto, leemos de la personificación de la Escritura (Romanos 9:17; Gálatas 3:8–22) y el dicho está identificado con el evangelio y la gran obra de Cristo (Hechos 13:32–35). Esta es la razón por la que cada palabra tiene valor (Gálatas 3:16) para exponer la voluntad de Dios con autoridad y podemos confiar totalmente en su contenido (Hechos 17:2–3; 26:22–23; 28:25).
Aunque los escritores eran hombres, realmente fue el Espíritu quien habló (Hechos 1:16; 4:25; Hechos 3:7) de modo que podemos estar seguros que es totalmente la palabra de Dios (Hechos 1:5–13; 4:12; 8:8).

2. El mecanismo de la redacción (2 Pedro 1:20–21)

Al leer este texto observamos dos grandes verdades: “toda la Escritura es inspirada” y la profecía “nunca fue traída por voluntad humana”.
Aunque el hombre fue el medio, nunca la Escritura se inició en él o con él, sino que el Espíritu actuó en los escritores (1 Pedro 1:11; 2 Pedro 3:16) para producir el escrito. Así lo expresaron Miqueas (3:8) o Zacarías (7:12). Los profetas fueron los portavoces del Señor (Exodo 4:10–16; 7:1) y lo sabían muy bien (2 Samuel 23:2).

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3. El valor de su integridad (Juan 10:35)

Según el Señor Jesús la autoridad del Antiguo Testamento es incuestionable. “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas” —dijo— “no he venido para abrogar, sino para cumplir” (Mateo 5:17; comp. Lucas 16:17). La denominó “palabra de Dios” y pudo derrotar cualquier intento por menoscabarla (Mateo 22:29–32; Marcos 7:13).
Sus afirmaciones como “Escrito está” (Mateo 4:4) nos sostienen en la lucha que ofrece el enemigo. Por esta causa edifican (2 Timoteo 3:16–17); triunfan (Efesios 6:12–18) y dan constante testimonio de la grandeza de Cristo (Lucas 4:21; 7:22).

Conclusión

La Biblia es nuestra arma, si no obedecemos es como si la hubiésemos extraviado. El pecado nos mantiene alejados, pero cuando la usamos, la Biblia nos aleja del pecado (2 Reyes 22).

Fuente:
Raúl Caballero Yoccou, Del púlpito al corazón, Primera edición. (Miami, FL: Editorial Unilit, 1994), 89–90.