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LA EXISTENCIA DE LOS ÁNGELES

Si hay áreas de la teología, a las que se da poca importancia esta probablemente es una de ellas. Uno sólo tiene que examinar la cantidad de espacio que se le dedica a la angelología en las teologías regulares para darse cuenta de esto. Este descuido de la doctrina puede ser simplemente negligencia o puede que manifieste un rechazo tácito hacia esta área de la enseñanza bíblica. Aun Calvino fue cauteloso al discutir este tema (Institución de la religión cristiana I, xiv, 3).

En nuestros tiempos la negación por parte de la neortodoxia de la existencia objetiva de los ángeles ha sido contrarrestada por la extensa publicidad dada a los demonios y a la actividad de éstos. Mientras que las personas pueden negar teológicamente la existencia de un orden de seres llamados ángeles (y demonios), prácticamente su declarada actividad parece hacer imposible que se niegue su existencia. Así que, mientras por un lado el prejuicio del hombre contra cualquier cosa sobrenatural excluye de su mente la existencia de los ángeles; por otro lado la actividad que él no puede explicar racionalmente parece hacer necesaria su existencia.

I. EL CONOCIMIENTO HUMANO

El hombre no tiene el conocimiento requerido para determinar cuál el la composición del universo. El no tiene ninguna manera a priori de saber si esa composición incluye o no un orden de criaturas como los ángeles. Además, no tiene disposición alguna para aceptar que sí incluye a los ángeles, porque su predisposición natural es contraria a lo sobrenatural. Asimismo, su experiencia no lo inclinaría a considerar la posibilidad de la existencia de los ángeles, y su fe en su propio intelecto lo compelería a buscar otras explicaciones para el fenómeno que no puede fácilmente comprender.

Ramm ha señalado acertadamente las limitaciones del conocimiento humano de manera inteligente: “La humanidad no tiene un manual intitulado Una guía a todas las creaciones posibles. No tiene información alguna acerca de la creación, fuera de los datos provistos por esta creación” (Bernard Ramm, “Angels”, Basic Christian Doctrines, Carl F. Henry, ed. [N.Y.: Holt, Rinehart, and Winston, 1962], p. 64). En otras palabras, el conocimiento limitado del hombre no le permite concluir que no hay tales seres como los ángeles.

II. LA REVELACION BIBLICA

Si uno acepta la revelación bíblica, entonces no queda ninguna duda de la existencia de los ángeles. Hay tres características significativas de esa revelación. En primer lugar, es extensiva. El Antiguo Testamento habla de los ángeles algo más de cien veces, mientras que el Nuevo los menciona cerca de 165 veces. Por supuesto, cualquier verdad tiene que declararse solamente una vez en la Biblia para que nosotros la reconozcamos como verdad, pero cuando un tema se menciona tan frecuentemente como el de los ángeles, entonces resulta tanto más difícil negarlo.

En segundo lugar, los ángeles se mencionan por toda la Biblia. La verdad en cuanto a ellos no se limita a un período de la historia, una parte de las Escrituras o unos pocos autores. Ellos no pertenecen a alguna etapa primitiva. Su existencia se menciona en treinta y cuatro libros de la Biblia desde el primero (ya sea Génesis o Job) hasta el último.
En tercer lugar, la enseñanza de nuestro Señor incluye varias referencias a los ángeles como seres reales. Así que, el negar la existencia de ellos es poner en duda la veracidad de Cristo.

Los detalles mismos de la revelación bíblica son, por supuesto, importantes, pero mientras se examinan, es importante tener en mente estas tres características de la naturaleza de esa revelación.
Examinaremos primero la cantidad y la extensión de los datos bíblicos, y después las enseñanzas de Cristo.

A. En el Antiguo Testamento
El Antiguo Testamento siempre presenta a los ángeles como criaturas reales, objetivas y existentes. De ningún modo se consideran como ilusiones o productos de la imaginación. En las treinta y cuatro ocasiones en que ocurre la palabra en los escritos mosaicos, los ángeles siempre aparecen como criaturas reales que hacen cosas específicas compatibles con su servicio como mensajeros (lo cual es, por supuesto, el significado de la palabra tanto en el griego como en hebreo para ángeles). Por ejemplo, Abraham comió y conversó con ángeles (Génesis 18). Muchas de las referencias en el Pentateuco y en Jueces son al Angel de Jehová, que parece ser Deidad. Un ángel ejecutó el juicio sobre Israel después que David impropiamente tomó un censo del pueblo (2 Samuel 24:16 —difícilmente puede considerarse una ilusión). Isaías se refiere a los serafines (6:2), y Ezequiel a los querubines (10:1–3). Daniel menciona a Gabriel (9:20–27) y Miguel (10:13; 12:1). Zacarías frecuentemente menciona a los ángeles como agentes de Dios (capítulo 1) e intérpretes de visiones (capítulos 1–6). En los salmos los ángeles son descritos como los siervos de Dios, que le adoran y rescatan a Su pueblo del mal (34:7; 91:11; 103:20).

B. En el Nuevo Testamento
Además de lo que nuestro Señor enseñó acerca de los ángeles, los autores del Nuevo Testamento también afirmaron su existencia. Los escritores de los Evangelios relatan su ministerio en el nacimiento, la vida, la resurrección, y la ascensión de Cristo (Mateo 2:19; Marcos 1:13; Lucas 2:13; Juan 20:12; Hechos 1:10–11).

En la narración del libro de los Hechos se ve la participación de los ángeles en ayudar a los siervos de Dios, abrir las puertas de la cárcel a los apóstoles (5:19; 12:5–11), dirigir a Felipe y a Cornelio en el ministerio (8:26; 10:1–7), y animar a Pablo durante la tormenta en su viaje a Roma (27:23–25).

Pablo (Gálatas 3:19; 1 Timoteo 5:21), el autor de Hebreos (1:4), Pedro (1 Pedro 1:12), y Judas (v. 6) todos dan por hecho la existencia de los ángeles en sus escritos. Cerca de sesenta y cinco referencias obvias a los ángeles ocurren en el Apocalipsis, más que en cualquier otro libro de la Biblia. El Nuevo Testamento nos provee evidencia clara, indiscutible, y abundante de la existencia de los ángeles.

C. En las enseñanzas de Cristo
Los ángeles le ministraron a Cristo en el desierto después de ser tentado por Satanás (y por supuesto, ningún reportero estuvo presente en la tentación, así que Su veracidad está detrás del relato) El enseñó que el estado humano en la resurrección sería como el de los ángeles: i.e., no procreativo (Mateo 22:30). Los ángeles separarán a los justos de los injustos al final de la edad (13:39) y acompañarán al Señor en Su segunda venida (25:31). Aun sin agregar las referencias a las actividades de Cristo con relación a los demonios, hay suficiente evidencia de que El creía en la realidad de los ángeles.

Usualmente la última cosa que los críticos de la Biblia quieren abandonar son las palabras de Cristo. ¿Cómo, entonces manejan ellos esta evidencia de que Cristo creyó en la existencia de los ángeles?

Algunos dicen que El estuvo engañado. El creía que existían, pero en realidad no era así. Otros afirman que El acomodó sus enseñanzas a las creencias ignorantes de Su día. En otras palabras, puesto que ellos creían en los ángeles (y demonios), El enseño en ese mismo hilo, aunque El sabía que los ángeles en realidad no existían. Pero algunas de Sus referencias a los ángeles no se pueden explicar de esta manera (véase 18:10 y 26:53). O algunas veces se reclama que los autores de los Evangelios agregaron estas referencias a los ángeles puesto que ellos creían en los mismos. Indudablemente ese tipo de criterio literario nos despojaría de otras (posiblemente todas) enseñanzas de Cristo.

Por supuesto, hay otra opción, y es la más simple y la más obvia. Cristo sabía que los ángeles existen, y reflejó ese conocimiento en Su enseñanza.

Fuente:
Charles Caldwell Ryrie, Teología básica (Miami: Editorial Unilit, 2003), 134–138.

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REFLEXIONES SOBRE LA MUERTE

muerteBajo condiciones normales, la muerte es un evento universalmente lamentado en la experiencia humana. Éste es un fenómeno que no puede mirarse como totalmente natural, sino como un misterio que necesita explicación. Si el hombre es verdaderamente la corona de la obra divina, ¿por qué debe tener una existencia más corta que la que tienen algunas formas de plantas o animales? Uno puede ir más adelante y preguntar por qué, si el hombre está hecho a la imagen del Dios eterno, debe perecer de todas maneras. La respuesta que la Escritura provee es que la participación del hombre en la transgresión de la voluntad de Dios y su ley ha traído como penalidad la muerte (Gn. 2:17). Esto no quiere decir que la muerte, tanto en su medida como en su modo, esté directamente relacionada en cada caso a algún pecado personal (Lc. 13:14). Significa que, en razón de la universalidad del pecado, la muerte está presente como una consecuencia necesaria (Ro. 5:12–14).

En el AT se habla de la muerte en varias maneras. Algunas veces se describía como el reunirse con los padres (2 R. 22:20). Más a menudo se declaraba que era el bajar al Seol, un lugar donde no podía continuarse la obra y donde no era posible la comunión (Ec. 9:10; Sal. 6:5) Pero expresiones brillantes aparecen aquí y allí alentado una expectación de una continua comunión con Dios (Sal. 73:24) Una influencia en esta dirección puede haber tenido la desigualdad en la existencia terrena: el sufrimiento del justo y la prosperidad del maligno. La justicia se alcanzaría en la vida después de la muerte.

Debido a la conexión entre el pecado y la muerte, la misión redentiva de Cristo conlleva su propia muerte (1 Co. 15:3; Ro. 4:25; 1 P. 3:18). Al someterse a la muerte, él triunfó sobre ella, aboliéndola «sacando a la luz la vida y la inmortalidad» (2 Ti 1:10) El creyente en Cristo, a pesar de que le es dado la vida espiritual, está sujeto a la muerte física, porque ésta es el último enemigo que debe ser derrotado (1 Co. 15:26). Ella será desterrada en el retorno de Cristo, cuando los cristianos muertos sean levantados incorruptibles (1 Co. 15:52; Fil. 3:20, 21). En vista de la resurrección futura del cuerpo de los santos, la muerte puede describirse como un sueño (1 Ts. 4:15). La animación del cuerpo en su estado perfeccionado, siguiendo a su condición inanimada en la muerte, encuentra su analogía en la actividad que ocurre después de una noche de descanso. El temor a la muerte ha dejado de ser una realidad para el cristiano porque él ya no tiene que luchar con el pecado cuando va a la presencia de Dios; pecado que es el aguijón de la muerte (1 Co. 15:56). Cristo ha removido el aguijón por su muerte expiatoria. Dejar esta vida es una ganancia positiva (Fil. 1:21). Trae un mejoramiento en la condición del creyente, incluso el compartir de la presencia gloriosa del Hijo de Dios (Fil. 1:23; 2 Co. 5:8). La muerte no tiene el poder para separarnos de Cristo (Ro. 8:38).

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En la enseñanza de Pablo, tan íntima y efectiva es la unión entre Cristo y los suyos, que el creyente ha muerto al pecado junto con Cristo. Por esta razón, él no está en la obligación de servir más al pecado (Ro. 6:1–4; Col. 3:1–3). La muerte puede también demostrar la incapacidad moral de la naturaleza humana (Ro. 7:24).

El incrédulo está muerto a causa de sus pecados, por no responder a las demandas de Dios (Ef. 2:1; Col. 2:13). Este tipo de enseñanza se encuentra también en Juan (5:24). Judas describe a los apóstatas como muertos dos veces (Jud. 12). La falta de vida de su estado natural se une a la esterilidad de su profesada experiencia cristiana. Cuando los malignos sean castigados finalmente, su estado de separación de Dios es llamado la muerte segunda (Ap. 21:8).

Everett F. Harrison, «MUERTE», ed. Everett F. Harrison, Geoffrey W. Bromiley, y Carl F. H. Henry, Diccionario de Teología (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 2006), 409–410.

RAZONES SIMPLES DE LA EXISTENCIA DE DIOS

Razones simples

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INMANENCIA

La inmanencia es la contraparte de la transcendencia. Teológicamente, la primera connota la presencia de Dios dentro del mundo y sus procesos, la cristoconcordia1-530x397segunda la superioridad de su existencia por sobre y más allá de la esfera temporal. El panteísmo (véase), el cual presume descubrir a Dios en todas las cosas a través de todo el orden natural, es una forma familiar de la teología de la inmanencia. Sus resultados son identificar a Dios con el universo. En la teología contemporánea se puede encontrar con más frecuencia este inmanteísmo en los escritos de aquellos que, mientras, por un lado, buscan evitar confundir al Creador con su creación de todos modos mantienen que la actividad de Dios sólo se realiza dentro del curso normal de la naturaleza y que sus operaciones «creativas» se pueden discernir en el desarrollo natural de nuevas formas orgánicas que surgen en el supuesto proceso evolucionario: la acción divina se considera como operando desde dentro más bien que desde fuera, como natural más bien que sobrenatural. Por otra parte, el concepto bíblico combina las ideas de la inmanencia y la transcendencia: Dios es inmanente en el sentido de que él está presente en todas partes (Sal. 139) y en que el orden de la naturaleza revela en forma inequívoca su acción y su poder y soberanía eterna (Sal 19; Ro. 1:20); Dios es transcendente en el sentido que en su ser y majestad él está infinitamente por sobre todo lo que es humano y temporal.

 

Fuente:

Philip Edgcumbe Hughes, «INMANENCIA», ed. Everett F. Harrison, Geoffrey W. Bromiley, y Carl F. H. Henry, Diccionario de Teología (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 2006), 318.

LA CRUZ

La palabra griega para «cruz» es stauros y literalmente significa «un poste», «una estaca»; «pilotes destinados a servir como bases». El verbo significa «construir una valía con estacas», «empalizar», «crucificar». El latín crux («cruz») y palus («estaca») sirven de trasfondo a esta expresión. En el NT el nombre es usado 28 veces y el verbo 46. El uso de una cruz como una forma de castigo fue adoptada por los griegos y romanos de los fenicios, persas y cartagineses. En el tiempo antes de Cristo había básicamente dos tipos de cruces. La crux commissa o cruz de San Antonio que semejaba una letra «T» y consistía en una vertical con una vara que cruzaba en la parte superior. Vine sostiene que esto deriva del CRUZCO~1símbolo del dios Tammuz y la tau llegó a ser la inicial de su hombre (Vine, An Expository Dictionary, Westwood, N.J. Fleming H. Revell Company, 1956, p. 256). Los otros tipos fueron la cruz latina o crux immisa con el madero atravesado cerca de un tercio más abajo de la posición superior. No sólo la tradición atestigua la veracidad de la última sino los cuatro evangelios (Mt. 27:37; Mr. 15:26; Lc. 23:38; Jn. 19:19–22) y afirman que un título fue puesto sobre la cruz de Cristo. Josefo cuenta que dos mil personas fueron crucificadas después de la muerte de Herodes el Grande por Varus (Ant. XVII. x. 10). Tito, en el año 70 d.C., también llevó a cabo crucifixiones en masa. Los judíos nunca ajusticiaban crucificando a las personas sino que colgaban los cuerpos muertos sobre una cruz para simbolizar una maldición (cf. Dt. 21:22; Jos. 10:26; 2 S. 4:12). Una excepción a esto fue el juez judío Alejandro Jannaeus (104–78 a.C.) cuando, en un rapto de ira, ordenó que ochocientos desertores fueran crucificados, y sus mujeres e hijos degollados ante sus ojos (Jos. Ant. XIII. xiv. 2). El uso público de la cruz fue adoptado por los cristianos como un símbolo en el tiempo de Constantino.

Para los primeros cristianos, rodeados de crucifixiones como una experiencia común, no había el peligro de magnificar la cruz por una cuestión sentimental. Su exaltación permaneció como un epitafio por los sufrimientos de Cristo y por ser el corazón del discipulado. La cruz dejó de ser una vergüenza a la luz de la resurrección. La salvación se consiguió en la cruz y allí también se triunfó sobre los poderes de la hostilidad (1 P. 2:24; 3:18; Col. 2:15).

 

BIBLIOGRAFÍA
Arndt; HDBD; J.J. Collins en CBQ, April 1939, p, 154–159; Crem.
Robert V. Unmack, “CRUZ, LA” In , in Diccionario De Teología, ed. Everett F. Harrison, Geoffrey W. Bromiley and Carl F. H. Henry (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 2006), 148-49.

INTRODUCCIÓN A LOS LIBROS 1 y 2 SAMUEL

Título.
Los dos libros conocidos hoy como 1 y 2 de Samuel aparecen como un solo volúmen en todos los manuscritos hebreos preparados antes de 1517. No fue hasta la traducción del AT al griego, alrededor del siglo III AC, cuando el libro fue dividido por primera vez en dos partes. En esa traducción, la LXX, esas dos partes aparecían como ” “Primero de los Reinos” y “Segundo de los Reinos” ; los libros que ahora conocemos como 1 y 2 Reyes aparecían como “Tercero de los Reinos” y “Cuarto de los Reinos” . La Vulgata latina de Jerónimo, del siglo IV DC, es la primera que presenta los títulos de “Reyes” ” en lugar de “Reinos” . Fue varios siglos después de Cristo cuando los masoretas notaron que la declaración de 1 Sam. 28: 24 estaba en el centro del libro en el texto hebreo. En realidad, las Biblias hebreas conservaron la forma original hasta la edición impresa hecha por Daniel Bomberg en Venecia, en 1517.

Debido a que la vida y el ministerio de Samuel domina la primera mitad del libro, a éste originalmente se le dio su nombre. Este título fue apropiado en vista del importante papel que Samuel desempeñó como el último de los jueces, por ser uno de los mayores profetas, el fundador de las escuelas de los profetas (ver 1 Sam. 10: 25). Por lo tanto, en esencia, el nombres Samuel designa contenido más bien que paternidad literaria.

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Autor.
En contraste con el Pentatéuco, en el cual se declara específicamente, respecto de ciertas porciones, que fueron escritas por Moisés, los libros de Samuel no contienen información alguna en cuanto a quien pudo haber sido el autor, o los autores. De acuerdo con la traducción judía, los primeros 24 capítulos de 1 Samuel fueron escritos por Samuel, y el resto de 1 Samuel, junto con 2 Samuel, por Natán y Gad (ver 1 Crón. 29: 29). Cuando el libro fue dividido -en el texto hebreo y en la mayoría de las traducciones- el nombre original, Samuel, se aplicó a ambas partes, aunque su nombre no se menciona ni una sola vez en la segunda parte. La muerte de Samuel se registra en 1 Sam. 25: 1, y su nombre, en estos dos libros, aparece por última vez en 1 Sam. 28: 20.

En vista de que David se destaca en la segunda parte, su nombre podría ser un título más apropiado para 2 Samuel. Es obvio que es errónea la declaración del 448 Talmud de que Samuel escribió todo lo que ahora lleva su nombre, porque todo 2 Samuel -como también la última parte de 1 Samuel- registran la historia de Israel después de su muerte. Algunos eruditos bíblicos han señalado 1 Sam. 27: 6 como una prueba de que los libros de Samuel datan del tiempo de la división del reino. Pero si las dos partes de Samuel fueron escritas en tiempos diferentes por distintos autores, ¿por qué se publicaron originalmente como una sola entidad? Sin embargo, si representan la obra continua de un autor, éste debe haber escrito después de la muerte de Saúl (2 Sam. 21: 1-14) y de David (ver 2 Sam. 23: 1). Parece muy razonable concluir que 1 y 2 Samuel son obras de varios autores, y que son una colección de narraciones, cada una completa en sí misma. Cada autor escribió por inspiración, y todas las partes fueron finalmente reunidas como un todo bajo la dirección del Espíritu Santo.

Marco histórico.
El libro de 1 Samuel abarca el período de transición desde los jueces hasta el reino unido de Israel, e incluye al último juez, Samuel, y al primer rey, Saúl. El segundo libro de Samuel trata exclusivamente del reinado de David. Por lo tanto, 1 Samuel abarca casi un siglo, desde alrededor de 1100 hasta 1011 AC; y 2 Samuel, 40 años, o sea desde 1011 hasta 971 AC.

El período de 1200 a 900 AC fue de desasosiego nacional y controversia política. Se puso poco empeño en el mundo antiguo por registrar y conservar relatos escritos de los sucesos de ese tiempo. Los historiadores antiguos tales como Herodoto, Beroto, Josefo y más tarde Eusebio, se vieron en la necesidad de basarse mayormente en relatos folklóricos de los sucesos ocurridos en el mundo durante esa época. Por esta razón es preciso cotejar sus declaraciones con los descubrimientos arqueológicos modernos, que proporcionan mucha información no disponible anteriormente. Hay material nuevo que constantemente va apareciendo y que aumentan nuestro conocimiento del período durante el cual ocurrieron los acontecimientos de 1 y 2 Samuel.

Este período de desasosiego, agitación y transición se inició con las migraciones de los pueblos del mar que, directa o indirectamente, afectaron a todo el antiguo Oriente. Durante el período abarcado por 1 y 2 Samuel gobernaron a Egipto los reyes sacerdotes de la XX dinastía (ver pág. 28) y los gobernantes seculares de la XXI dinastía, cuyos reinados se caracterizaron por debilidad, decadencia y desunión nacionales. Durante la mayor parte de este período Asiria fue también sumamente débil. En Babilonia las condiciones eran muy similares a las de Egipto y Asiria: la debilidad interna y las invasiones del exterior estaban a la orden del día. La influencia política de Egipto y de Siria desapareció en tales circunstancias de Palestina. Las migraciones de los pueblos de mar y de los arameos se añadieron a las dificultades internas, y mantuvieron la situación política internacional en todo el antiguo Oriente en un estado de agitación durante casi dos siglos.

Como resultado, los primeros reyes de Israel estuvieron comparativamente libres para consolidar su dominio sobre la tierra prometida y las regiones circundantes, sin la interferencia de sus anteriormente fuertes vecinos del norte y del sur. Sus únicos enemigos eran las naciones de la región de Palestina, tales como los filisteos, amalecitas, edomitas, madianitas y amonitas. La resistencia de estas tribus vecinas fue vencida gradualmente, y la mayoría de ellas se sometió al dominio israelita. David y Salomón rigieron finalmente extensas regiones que habían pertenecido anteriormente al imperio egipcio y a las naciones de Mesopotamia.

Cuando Israel entró en Canaán, el Señor le ordenó que asignase ciudades a los levitas en todas las diferentes tribus. Así podría instruirse a todo el pueblo en los caminos de la justicia. Pero los israelitas parecen haber prestado poca o ninguna atención a la orden. En realidad, ni siquiera echaron a los cananeos, sino que vivieron entre ellos (Juec. 1: 21, 27, 29-33). Después de pocos años, los levitas -que no habían recibido una heredad específica- se hallaron sin empleo. Hasta Jonatán, el nieto de Moisés (ver com. Juec. 18: 30), visitó la casa de Micaía el efrainita “donde moraba” y pudo “encontrar lugar” (Juec. 17: 5), y llegó a ser sacerdote para la “casa de dioses” de Micaía (Juec. 17: 5). Finalmente robó las imágenes de la casa de Micaía y se fue con los migratorios descendientes de Dan para ser su sacerdote (ver Juec. 18). De esa manera, en un tiempo cuando “cada uno hacía lo que bien le parecía”, Israel violó el plan de Dios de que los levitas instruyesen al pueblo en sus caminos, y pronto cayó en los hábitos de ignorancia y superstición de los paganos que lo rodeaban. Seis veces durante el período de los jueces Dios procuró despertar a su pueblo respecto del error de su camino, al permitir que fuese subyugado por las naciones circunvecinas. Pero poco después de cada liberación de la servidumbre, volvía a caer en la indiferencia y la idolatría.

Aunque creció en ese ambiente, Samuel prefirió repudiar los males de ese tiempo y dedicarse a la corrección de esas tendencias. Su plan para realizar esto giró en torno del establecimiento de las así llamadas “escuelas de los profetas”. Una de éstas estaba en Ramá, su hogar ancestral (1 Sam. 19: 19-24), y otras fueron establecidas más tarde en Gilgal (2 Rey. 4: 38), Bet-el (2 Rey. 2: 3) y Jericó (2 Rey. 2: 15-22). Allí los jóvenes estudiaban los principios de la lectura, la escritura, la música, la ley y la historia sagrada. Se ocupaban en diversos oficios, a fin de que, tanto como fuese posible, aprendiesen a sostenerse a sí mismos. La expresión “escuelas de los profetas” no aparece en el AT, pero los jóvenes que allí estudiaban eran llamados “hijos de los profetas”. Se dedicaban al servicio de Dios y algunos de ellos eran empleados como consejeros del rey.

Hacia el fin de su vida Samuel -con desagrado de su parte- fue llamado a ser el instrumento para establecer la monarquía. Después de tratar el asunto con el pueblo, escribió un libro sobre “las leyes del reino” y lo guardó delante del Señor (1 Sam. 10: 25). Esto no fue probablemente de valor alguno para Saúl, de quien se cree que no sabía leer. Samuel animó a Saúl asegurándole la presencia permanente de Dios, pero éste rechazó pronto el consejo inspirado de Samuel, se rodeó de una fuerte guardia y se convirtió rápidamente en un monarca absoluto.

Después del rechazo de Saúl, Samuel fue llamado a escoger y preparar un hombre conforme al corazón de Dios (1 Sam. 13: 14), uno que no se pusiese por encima de la ley, sino que obedeciese a Dios. La preparación de David, como la de Cristo, fue llevada a cabo frente a los celos y el odio. Aunque David cayó a veces en la transgresión de la ley que veneraba y defendía, siempre se humilló ante esa ley que consideraba suprema. Como resultado de la cooperación de David con los principios establecidos por Dios mediante Moisés y Samuel, Israel gradualmente sometió a todos sus enemigos, y los límites de la nación se extendieron hacia el norte, prácticamente hasta el Eufrates, y hacia el sur hasta la frontera de Egipto. Dios pudo bendecir a Israel que, como resultado, disfrutó de una época de prosperidad y gloria nacionales que continuó a través del reinado de Salomón, y que desde entonces nunca ha sido igualada.

Tema.
El primer libro de Samuel registra y relata la transición, algo repentina, de siglos de teocracia pura -que se ejercía mediante profetas y jueces- a la condición de reino. El relato del reinado de Saúl revela algunos de los problemas que acompañaron el establecimiento del reino y explica por qué la casa de David reemplazó a la de Saúl. El segundo libro de Samuel trata del glorioso reinado de David, 450 primeramente en Hebrón y luego en Jerusalén, y concluye con su compra de la era de Arauna, en la cual más tarde fue levantado el templo por Salomón. El relato de los últimos años de David y su muerte aparece en los primeros capítulos de 1 Reyes. [1] 

 


[1] Comentario Bíblico Adventista, T 2, Introducción

INTRODUCCIÓN AL LIBRO DE RUTH

TÍTULO

ruthAunque la RVA le da un título completo de “El Libro de Rut”, la Biblia hebrea le llama solamente “Rut”. Es uno de solo dos libros en toda la Biblia que llevan nombres de mujeres. (Ester es el segundo.) Este es el primero, en el orden tradicional en nuestras Biblias en español, y el único que trata de una mujer no israelita.

Las Biblias que le dan un título completo, como la RVA (y no todas lo hacen), no quieren decir que Rut sea la autora. El libro mismo, siguiendo las costumbres antiguas, no identifica su autor; y la tradición judía que lo atribuye a Samuel carece de fundamentos históricos o literarios.

Sin embargo, tal vez fue esa tradición que facilitó que entrara en el canon de las Sagradas Escrituras con relativa facilidad y que no haya habido serios cuestionamientos de su lugar allí, a través de los siglos. Otro factor puede haber sido su conexión con David, como veremos. A pesar de su gran apoyo para figurar en el canon, su orden en el mismo ha seguido dos diferentes caminos. Desde las primeras traducciones en español de Reina y Valera, lo hemos encontrado en nuestras Biblias entre Jueces y el Primer Libro de Samuel. Este orden sigue el de la Septuaginta. Pero en la Biblia hebrea su lugar está entre los Escritos, la llamada tercera sección de ella, después de las secciones que llevan los libros de la Ley y los de los Profetas. Su afinidad literaria con obras como Job (cuyos personajes tampoco son israelitas) puede haber ocasionado esa ubicación, o la fecha de su redacción y/o su incorporación en la colección reconocida. El libro de Rut llegó a tener un uso litúrgico regular en la fiesta de las Semanas (más tarde llamada la de Pentecostés), que celebraba la cosecha del trigo.

FECHA Y AUTOR

La fecha de su redacción es también desconocida. El libro no pretende haber sido escrito en seguida de los eventos que narra; más bien, da evidencia que algún tiempo ha transcurrido desde que sucedieron los eventos. Las referencias al rey David en los últimos versículos (4:17b–22) indican que no puede haber sido escrito, por lo menos en su presente forma, hasta durante o después del reinado de David. Las explicaciones de la costumbre de quitar y entregar la sandalia en confirmación de transacciones o redenciones (4:7) parecen señalar que tal costumbre ha caído en desuso con el correr del tiempo. Los que analizan la evidencia literaria (vocabulario, giros idiomáticos y otros asuntos de estilo) llegan a diferentes conclusiones: algunos, que la redacción es preexílica (posiblemente durante la última parte del reinado de David, ya que no se menciona a Salomón); otros, que la redacción es posexílica (cuando los otros libros de los Escritos fueron terminados y elevados a su estado canónico). Los argumentos son tan balanceados que uno termina donde comenzó: la fecha de redacción es desconocida.

De todos modos su lugar en la Biblia es incuestionable y la preservación de su texto a través de 2.500 a 3.000 años ha sido notablemente limpia, de modo que el texto heb. del que ahora disponemos presenta muy pocos problemas. La RVA solo recurre a evidencia versional en cuatro lugares (1:21; 2:7; 3:15; y 4:5) y en solo dos de ellos (2:7 y 4:5) alega que el TM es “de significado oscuro”.

Si su autor y el tiempo de su redacción son desconocidos, el tiempo histórico que pretende reflejar es aclarado en el primer versículo: “… en los días que gobernaban los jueces …” (aprox. 1200 a. de J.C. hasta 1050 a. de J.C.). Esta frase nos remite al libro de Jueces. Pero si hacemos una relectura de ese libro, pensando que así vamos a entender mejor el libro de Rut, nos impacta más su contraste que su afinidad. El libro de Jueces pinta, una y otra vez, el cuadro de apostasía, surgimiento de algún caudillo o líder carismático (un “juez”), y cierta renovación o restauración bajo el liderazgo de ese juez. Era un tiempo casi de anarquía, mucha violencia y poca piedad, cuando “cada uno hacía lo que le parecía recto ante sus propios ojos” (Jue. 16:6; 21:25). No por eso hemos de pensar que este hermoso idilio de la vida rural es invento de su autor. Aun en tiempos modernos de guerras u otras crisis nacionales o regionales, conocemos casos cuando a nivel local la vida se sigue desarrollando con cierta normalidad y con personajes que pueden distinguirse por sus características nobles y ejemplares. Tal es el caso de Rut.

MENSAJE Y VALOR

El propósito del libro, su género literario, su mensaje y valor contemporáneos son temas que se entremezclan. Hay quienes quieren interpretar el libro como una protesta a las reglas de Esdras y Nehemías en contra de matrimonios mixtos (ver Esd. 10 y Neh. 13:23–27). Pero los argumentos para una fecha de redacción preexílica son demasiado fuertes para adoptar esta postura fácilmente. Además, el libro mismo carece del espíritu polémico. Otros creen que el autor no tenía otro propósito que contarnos una historia interesante (que incluso, dicen, puede haber sido creado con poca base histórica). Nuevamente los argumentos no convencen, a pesar de que el valor de la pieza como literatura no puede ser negado; más bien ha sido ampliamente reconocido por críticos como Goethe y Keats. En lo que probablemente es el estudio reciente más exhaustivo sobre la cuestión del género literario de Rut, Frederic Bush concluye que el género literario de Rut es el de “un breve relato que edifica”. La revelación de los personajes principales (Noemí, Rut y Boaz) con sus características, usando diálogos amplios más que la narración de “grandes eventos”, es la técnica básica del autor. La estructura es de quiasmo, como ilustra la Biblia de Estudio Siglo XXI; es decir, los elementos son puestos en cierta secuencia creando un paralelismo en orden inverso y en donde las partes que son casi sinónimas se encuentran en el medio. El resultado es que de la problemática de la muerte y la vanidad (comp. Job y Eclesiastés) viene al fin la resolución de vida y plenitud. ¡Fácilmente conecta con el mensaje cristiano! No hay duda que el libro edifica, ¡y sin moralejas! Sus personajes ejemplares son dignos de estudio e imitación. El énfasis en el linaje de David puede haber respondido a intereses durante su reinado, o un poco después, pero conecta con las profecías mesiánicas y resulta en que Boaz y Rut aparecen en la genealogía de Jesucristo (Mat. 1:5). Si bien es cierto que uno de los personajes principales es un hombre (Boaz), es imposible no captar un enfoque sobre las potencialidades de las mujeres. Los hombres y la sociedad en general pueden haberlas considerado en la misma categoría que propiedades (comp. 4:1–10); pero estas mujeres superan crisis, toman iniciativas, hacen planes y realizan cosas, y todo dentro de un marco de fe y dedicación que son ejemplares para todos, hombres inclusive. El libro también tiene el valor de desanimar todo intento exclusivista judío en favor de una actitud misionera hacia otras naciones, de manera que algunos lo comparan a Jonás. El libro enseña la providencia divina sin usar esta palabra. A pesar de las tragedias que la vida puede traer (y ellas dentro de la voluntad permisiva del Todopoderoso), la mano divina guía en maneras que solamente a la postre se entienden. Y lo hace para todos, sin distinciones raciales o nacionales. Que el rey David o el Mesías tuvieran algo de sangre moabita bien podía haber escandalizado a algunos; pero en el plan y la providencia de Dios, así fue, “porque de tal manera amó Dios al mundo …” Por supuesto hay otros valores en el libro, como los de reflejar costumbres antiguas, enaltecer los conceptos de matrimonio y hogar, sustentar la posibilidad de conversión, animar la pureza prenupcial como también la lealtad familiar, y mostrar que Dios cuida de la gente sencilla así como también de los grandes, hayan sido o no aspectos del propósito que motivó el autor original. La vasta apelación de este libro no está limitada a jóvenes y adultos como lo muestra el libro de Juan C. Varetto, que fue dirigido a niñas adolescentes.[1]


[1]Daniel Carro, José Tomás Poe, Rubén O. Zorzoli and Tex.) Editorial Mundo Hispano (El Paso, Comentario Bíblico Mundo Hispano Josué, Jueces, Y Rut, 1. ed. (El Paso, TX: Editorial Mundo Hispano, 1993-), 356-59.

¿QUIÉNES FUERON LOS JUECES DE LA BIBLIA?

La palabra heb. (šōfēṭ) significa el que dispensa justicia, castigando al que obra mal y vindicando al justo. La palabra correspondiente para “juicio” se usa para describir la disposición a la que tiene que ajustarse (Ex. 21.1).
I. La institución mosaica
En la época del desierto Moisés se gastó completamente escuchando los casos que le llevaban (Ex. 18.13–27, y cf. Ex. 2.14). Siguiendo el consejo de Jetro, designó sustitutos para que juzgaran los casos ordinarios, reservándole sólo los más importantes.
Palestina en la época de los jueces.
La ley deuteronómica contempla la designación de jueces, y de funcionarios u *oficiales como ayudantes (Dt. 16.18), “en todas tus ciudades”. De modo que la disposición más antigua correspondiente al período nómada se adapta al asentamiento futuro.
Cronología del período de los jueces basada en los años de opresión y paz.
Se insiste en la necesidad de un trato escrupulosamente justo, y de la justicia imparcialmente ejercida (Dt. 1.16s; 16.19s; 24.17s; 25.13–16). Ya que el libro de la ley estaba a cargo de los sacerdotes, los casos más importantes debían ser juzgados por un juez con sacerdotes como asesores (Dt. 17.8–13). Durante el período de la conquista vemos que los jueces participaban en las asambleas de la nación (Jos. 8.33; 24.1).
II. El período de los jueces
Después de la muerte de Josué hubo un período de desorganización, de discordias tribales y de derrota, que se describe en el libro de los Jueces. Pero cuando el pueblo clamó a Dios, el autor nos dice que “Jehová levantó jueces que los librasen” (Jue. 2.16). Estos héroes nacionales reciben a veces el nombre de “libertadores” (°vrv1 “salvadores”) (3.9, 15), y de la mayoría de ellos se nos dice que “juzgaron a Israel” por un determinado período de años, siendo Otoniel el primero (3.9) y Sansón el último (16.31).
Está claro que esto le otorga un nuevo significado a la palabra “juez”, a saber, el de líder en épocas de lucha y el de gobernante en tiempos de paz. Los podemos ver como tipos de Cristo, que vino con el fin de ser nuestro Salvador, está con nosotros como nuestro líder, y vendrá para ser nuestro Juez.
En 1 S. vemos una transición hasta la época de la monarquía. Elí “había juzgado a Israel cuarenta años” (1 S. 4.18), y Samuel juzgó a Israel “todo el tiempo que vivió”, haciendo visitas jurisdiccionales a Betel, Gilgal, y Mizpa; ademas, designó a sus propios hijos como jueces (7.15–8.1).
Textos provenientes de *Mari (ca. 1800 a.C.) describen las actividades de líderes denominados šāfiṭum, generalmente semejantes, en cuanto a las tareas, a los “jueces” israelitas. Estos actuaban como “gobernadores” provinciales locales, operaban en concierto con otros “gobernadores vecinos bajo el Gran rey (A. Marzal, JNES30, 1971, pp. 186–217). Sus responsabilidades incluían el ejercicio de la justicia, la guarda del orden, la recaudación de impuestos y tributos, el suministro de información, y la provisión de hospitalidad. Así el heb. šōfeṭ probablemcnte debería traducirse más acertadamente “gobernador” y no “juez”, ya que este último término describe parte de sus funciones únicamente. Cargos similares se mencionan en las tablillas más primitivas de *Ebla.
III. Bajo la monarquía
Bajo los reyes vemos que los jueces se encargan tanto de lo judicial como de otras tareas administrativas. Entre los oficiales de David, “Quenanías y sus hijos eran gobernadores y jueces sobre Israel en asuntos exteriores” (1 Cr. 26.29).
Después del rompimiento, Josafat desplegó celo por “el libro de la ley de Jehová” (2 Cr. 17.9), designó jueces y oficiales en todas las ciudades (19.5), y les encargó la tarea de obrar fielmente (2 Cr. 19.9s; cf. Dt. 16.19s).
Finalmente, tras el regreso del exilio, el decreto de Artajerjes ordenaba a Esdras designar magistrados y jueces que administrasen justicia y enseñasen al pueblo (Esd. 7.25).
Gobernantes posteriores de ciudades fenicias adoptaron el título de šōfēṭ; cf. los suffetes cartagineses mencionados por escritores romanos (* Fenicia).
Bibliografía.
– G. Auzou, La tradición bíblica, 1959; S.J. Schultz, Habla el Antiguo Testamento, 1976, pp. 101–122; G. Liedke, “Juzgar”, °DTMAT, t(t). II, cols. 1252–1265; R. de Vaux, Historia antigua de Israel, 1975, t(t). II, pp. 201–278.
– W. Richter, ZAW 77, 1965, pp. 40–72; D. J. Wiseman, BS 134, 1977, pp. 233–237.
Referencias.
heb. hebreo
cf. confer (lat.), compárese
tamb. también
°vrv1 Versión de Reina y Valera, rev. 1909
ca. circa (lat.), aproximadamente, alrededor de
a.C. antes de Cristo
JNES Journal of Near Eastern Studies
pp. página(s)
°DTMAT E. Jenni y C. Westermann (eds.), Diccionario teológico manual del Antiguo Testamento, trad. del alemán por J. A. Mugica, 1978, (véase THAT)
t(t). tomo(s)
ZAW Zeitschrift für die alttestamentliche Wissenschaft
BS Biblioteca Sacra

¿SERÁN SALVOS TODOS LOS NIÑOS?

“Muchas son las dudas que afloran a la mente de los miembros de iglesia y padres en relación a la salvación de los niños. Con esto, estamos levantando este estudio basado en la Biblia y en el Espíritu de Profecía, procurando encontrar las respuestas posibles, que vengan a traer luz y esperanza a todos los indagadores. Algunas de las indagaciones que queremos analizar son las siguientes:

• ¿Son los niños pecadores?

• ¿Necesitan ellas de un Salvador?

• ¿Cómo un niño de tierna edad, podrá llegar a la comprensión de esta verdad y aceptarla?

• ¿Cuándo el niño tendrá condiciones de ser responsable por sí mismo delante de Dios?

• ¿Serán salvos todos los niños?

• ¿Los niños pequeñitos serán salvos solamente en el caso que se salven sus padres?

• ¿Y si uno de sus padres no se salva?

• ¿Qué sucederá con los niños rebeldes, irreverentes, sublevados, pero que son hijos de padres creyentes?

• ¿Cuándo los padres no son creyentes, pero tienen hijos bondadosos, bien educados y disciplinados, hay esperanza de salvación para esos niños?

Lógicamente que esto no agota el asunto, pero contribuye para resolver muchas dudas; al mismo tiempo, abre espacio para que otros investiguen y puedan encontrar más luz sobre el mismo tema. Espero que tanto miembros, como pastores, encuentren en este trabajo una fuente útil de aclaración con respecto a la salvación de los pequeños.

La realidad del pecado y los niños.-

Hay quien enseñe que el pecado es accidental; sin embargo, conforme a las declaraciones del Libro Sagrado, el pe-cado resultó de un acto de desobediencia por parte de Adán. Ya en la epístola a los Romanos, tenemos la confirmación de Pablo que dice: “Así como por un solo hombre entró el pecado en el mundo, y por el pecado la muerte, así también la muerte pasó a todos los hombres, porque todos pecaron”. Rom. 5:12.

Hay algunos que afirman que el pecado es apenas una especie de debilidad o flaqueza, por lo cual somos muy infelices, pero que no somos de ningún modo culpables o condenables. Pero esa opinión, tal como la anterior, es contraria a la verdad revelada en las Escrituras. El mismo texto de Pablo, si se analiza con atención, muestra al hombre como el autor de la desobediencia, y por lo tanto el culpado, estando ahora sujeto a las consecuencias del pecado (la muerte), trayendo esta condenación a toda la raza humana.

A través del Espíritu de Profecía, recebemos más luz sobre este asunto, pues Ellen White dice que: “Adán fue transportado a través de sucesivas generaciones y vio el incremento del crimen, de la culpa y degradación, porque el hombre, se rendiría a sus fuertes inclinaciones naturales para transgredir la santa ley de Dios. Le fue mostrada la maldición de Dios, cayendo cada vez más pesadamente sobre la raza humana, sobre los animales y sobre la tierra, por causa de la continua transgresión del hombre” (Historia de la Redención: 49).

Sin sombra de dudas, podemos percibir y sentir la realidad del pecado. Él es un acto de desobediencia del hombre, siendo por esto culpado y responsable, teniendo que sufrir las consecuencias de su acto, “porque todo lo que el hombre siembre, eso también cosechará” Gal. 6:7.

El pecado es tan real y condenable, que la pluma inspirada, continuando la descripción de este asunto menciona que: “Adán fue llevado a comprender que el pecado es transgresión de la ley. Le fue mostrado que la degenración moral, mental y física sería para la raza el resultado de la transgresión, hasta que el mundo se llenaría con la miseria de toda especie” (Historia de la Redención: 49).

Para quien tiene ojos para ver, el pecado se manifiesta por todas partes. Realmente debe estar ciego quien no ve las operaciones arruinantes, maléficas, brutalizantes y bestiales del pecado, en el mundo de la vida humana. Un único ejemplar de algún diario, una única visita a las instituciones públicas de una ciudad grande, un simple paseo a pie por sus populosas avenidas, es suficiente para revelar las formas hediondas que el pecado asume y convence cualquier persona de su realidad.

Concluimos, por lo tanto, que toda la raza humana está envuelta con el pecado y sus consecuencias. En este momento surge la indagación: ¿Pero ni siquera los niños están libres del pecado y de sus consecuencias? ¡Claro que no! Lógicamente, ninguna persona, ya sea adulta, joven o niño, está libre de este drama, pues todos pecaron, según declara Pablo en Rom. 3:23. David, a su vez, refiriéndose a su concepción y nacimiento declaró: “He aquí que en iniquidad fui formado, y en pecado me concibió mi madre” Salmo 51:5.

Todo pecador necesita de un Salvador para resolver su problema, relacionado con el pecado. Necesita tomar decisiones que lo aproximen de Dios y lo liberen del pecado. ¿Y los niños de tierna edad? ¿Cómo podrán comprender esto? Eso es lo que veremos a continuación.

La necesidad de un Salvador y los Niños.-

Como vimos anteriormente, todo ser humano, inclusive los niños, son pecadores o “nacieron en pecado”. Con eso percibimos que hay necesidad de un Salvador. La pluma inspirada dice que “nos es imposible por nosotros mismos escapar al abismo del pecado en que estamos sumergidos. Nuestro corazón es impío y no lo podemos transformar … Es necesario un poder que opere interiormente … ese poder es Cristo. Su gracia solamente, es la única que puede avivar las amortiguadas facultades del alma y atraerlas a Dios, a la santidad” CC: 18.

Por otro lado, en la Biblia Sagrada, tenemos la propia declaración de Jesús: “Yo soy el camino, la verdad y la vida. Nadie viene al Padre, sino por Mí” Juan 14:6.

Está bien claro, evidentemente, que aún los niños necesitan de Jesús, para transformar sus vidas y asegurarse la vida eterna. Para que esto suceda es necesario que el pecador (o en este caso, los niños) pueda tomar algunas decisiones o pasos que lo lleven a aceptar a Jesús.

1.- El Arrepentimiento.- El arrepentimiento puede ser definido como un cambio de pensamiento en relación con el pecado y en relación con la voluntad de Dios, lo cual conduce a una transformación de sentimientos y de propósitos a su respecto. La señora White dice que “el arrepentimiento comprende tristeza por el pecado y alejamiento del mismo” CC: 19. Juan Bautista en sus predicaciones decía: “Arrepentíos porque está cerca el reino de los cielos” Mat. 3:1-2. Jesús “de ahí en adelante pasó a predicar y a decir: arrepentíos, porque está próximo el reino de los cielos” Mat. 4:17. En Lucas 13:5 se nos dice que: “Si, sin embargo, no os arrepenteis, todos igualmente pereceréis”. La importancia del arrepentimiento se verifica a través del lugar que ocupa y por el énfasis qu le es dado, en la revelación divina, aún cuando no hayamos mencionado todos los textos. Viene entonces la pregunta: ¿Está un niño de meses, o de dos o tres años, en condiciones de entender el plano de la salvación y ser llevada al arrepentimiento? Esto lo veremos más adelante.

2.- La Fe.- La fe es el aspecto positivo de la verdadera conversión, el lado humano de la regeneración. A través del arrepentimiento, el pecador abandona el pecado; por la fe, él se vuelve para Cristo. “De hecho, sin fe es imposible agradar a Dios, por lo tanto es necesario que aquel que se aproxima de Dios, crea que Él existe y se vuelve galardonador de los que lo buscan” Heb. 11:6. “De suerte que la fe es a través del oir, y del oir de la Palabra de Dios” Rom. 10:17. Un niño, en sus primeros años de vida, ¿está en condiciones de ejercer fe y de entender las cosas referentes a la salvación? Podrá por acaso, aceptar a Jesús y ser justificado? En la gran comisión de Jesús a los discípulos, lo vemos ordenando a los mismos, que le enseñasen a los nuevos convertidos a guardar todas sus enseñanzas (Mat. 28:20). Para que un individuo pueda guardar, obedecer, necesita creer, tener fe en estas verdades. ¿Puede un niño pequeño, tener fe, creer y obedecer?

3.- El Bautismo.- Después que el pecador ha demostrado arrepentimiento de sus pecados, fe en Salvador y en sus palabras, necesita demostrar esto públicamente. Esa demostración se hace a través del santo bautismo.

¿Pero con qué edad un niño estaría en condiciones de tomar sus propias decisiones relacionadas con la salvación y el bautismo? La respuesta viene de la pluma inspirada: “Los niños de ocho, diez o doce años, ya tienen edad suficiente para ser dirigidas al tema de la religión individual. No enseñéis a vuestros hijos en relación a un tiempo en el futuro, en que ellos tendrán suficiente edad como para arrepentirse y creer en la verdad. Si son correctamente instruidos, los niños bien tiernos pueden tener ideas correctas en relación a su estado de pecadores y al camino de la salvación por medio de Cristo” (Orientación del Niño: 490-491 y 1JT: 150-151). Si a partir de los ocho años un niño ya tiene condiciones de tomar decisiones en la vida espiritual, ¿en qué pie quedan los niños de menor edad? ¿irán para el cielo solamente si los padres también van? ¿Y si mueren cuando aún están muy pequeñitos? ¿y los niños de padres no creyentes? Analizaremos estas preguntas más adelante.

El cielo y los niños.-

Dios es justicia, amor y misericordia. Él extiende también su amor a los niños desde antes de su nacimiento hasta el periodo en que dejen de serlo. Tenemos registradas en la Biblia las palabras de Jesús: “Dejad a los niños, y no los estorbéis de venir a Mí; pues de los tales es el reino de los cielos” Mat. 19:14.

Con esto vemos que Jesús tiene un lugar en el Cielo para los niños. ¿Pero será que todos los niños irán al Cielo? Antes de responder a esta pregunta, tenemos la confirmación del Espíritu de Profecía sobre la presencia de niños en el reino de Dios.

“Hemos de ver nuevamente nuestros hijos. Hemos de encontrarnos con ellos y reconocerlos en las cortes celestia-les“. 2MS:259. Hablando sobre la resurrección de los justos, Ellen White dice que “niños son llevados por los santos ángeles a los brazos de sus madres … y con cantos de alegría ascienden juntamente para la ciudad de Dios” CS:650.

Por ocasión de su primera visión ella vio la ciudad y la Tierra hecha de nuevo y contempló en ella muchos niños. “Y vi los niños subir, o si prefieren, hacer uso de sus pequeñas alas y volar a la cima de las montañas y tomar flores que nunca se marchitarán” PE:19.

Está bien claro, por lo tanto, que en el Cielo habrán también niños de diferentes edades. Con esto surgen varias indagaciones: ¿Cómo estarán allí niños que por ser demasiados pequeños, no tuvieron ninguna prueba de carácter, no entendieron el plano de la salvación y nunca comprendieron lo que es pecado y arrepentimiento? La respuesta viene de la pluma inspirada: “¿Cómo pueden los niños pequeños tener este test y prueba? Respondo que la fe de los padres creyentes protege a los hijos, como sucedió cuando Dios envió Sus juicios sobre los primogénitos de los egipcios … y la fe de los padres los protegía a ellos mismos y a sus hijos” 3MS:314.

Con esto comprendemos que los niños pequeños, que no tienen aún la capacidad de entender los asuntos relaciona-dos con la salvación, serán salvos porque están protegidos por la fe de sus padres que son cristianos fieles. Pero los niños, como lo vimos en el capítulo anterior, que tienen ocho, diez o doce años, ya tienen condición de tomar decisiones y ser responsables delante de Dios por sus actitudes.

Otra cuestión que causa preocupación se refiere al caso de aquellos que recibieron de sus padres una educación ideal, pero que más tarde abandonaron la fe y no estarán en el Cielo. En este caso, ¿estarán estos niños en el Cielo o no? La inspiración responde: “Muchos niños pequeños, sin embargo, no tendrán mamá allí … los ángeles acogerán a estos pequeños sin madre y los conducirán hacia el árbol de la vida” 2MS:260.

Esta cita, fuera de responder la indagación , nos presenta otro hecho interesante, que es la posibilidad de que un niño esté en el Cielo, sin la presencia de uno de sus padres. Esto queda claro cuando ella menciona la ausencia de la madre y no del padre. Esto no quiere decir, que todos los niños de padres creyentes estarán en el Cielo. La mensajera de Dios dice que: “Algunos padres permiten que Satanás les dirija sus hijos, y sus hijos no son reprimidos, sino que se les permite que tengan un mal temperamento y sean irascibles, egoistas y desobedientes. Si ellos mueren, esos hijos no serán llevados al Cielo. El procedimiento de los padres está determinando el bien estar futuro de sus hijos … y esos niños que nunca fueron educados para la obediencia, y para bellos trazos de carácter, no serán llevados para el Cielo, pues el mismo temperamento y disposición sería revelado en ellos” 3MS:315.

Siendo así, tenemos este grupo de niños que no irán al Cielo. ¿Ellos serán resucitados al final del milenio o Dios los dejará como si hubiesen existido? Este es un asunto sobre el cual no tenemos luz suficiente y Dios ciertamente hará justicia.

No queremos encerrar este trabajo sin analizar la cuestión de los niños, hijos de padres no creyentes. Muchos miembros de iglesia se preguntan si estos niños estarán en el Cielo o no. Y esta misma pregunta le fue hecha a Ellen White. He aquí su respuesta: “Debemos considerar esto como una de las cuestiones sobre las cuales no estamos en libertad de expresar una posición u opinión, por la simple razón de que Dios no nos habló definidamente sobre este asunto en Su Palabra” 3MS:313.

Más tarde, volviendo al mismo asunto, ella da a entender de que algunos hijos de padres no creyentes estarán en el Cielo. He aquí sus palabras: “No podemos decir si todos los hijos de padres no creyentes serán salvos …” 3MS:315. (La palabra “todos” fue destacada por el autor). Aquí da a entender que algunos podrán estar y entonces presenta razones para esto: “Muchos padres no creyentes dirigen sus hijos con mayor sabiduría que muchos que pretenden ser hijos de Dios. Ellos hacen un gran esfuerzo por sus hijos para que sean bondadosos, corteses, altruistas y para enseñarlos a obedecer, y en este sentido, los no creyentes manifiestan mayor sabiduría que los padres que poseen la gran luz de la verdad, pero cuyas obras, no corresponden absolutamente con la fe” 3MS:315.

Concluyendo, damos gracias a Dios por la luz que podemos tener por la Biblia y por el Espíritu de Profecía, sobre este asunto tan delicado que es la salvación de los niños. Aún cuando no todo esté absolutamente claro en nuestro entendimiento, podemos aún así, tener una visión general y hasta podemos vislumbrar algunos detalles, que nos dan tranquilidad y certeza de poder estar con nuestros hijos en el reino eterno.

Conclusión.-

Después de buscar y estudiar en la Biblia y en el Espíritu de Profecía, a respecto de la salvación de los niños de corta edad, esto es, de niñitos de algunos días, meses o pocos años de vida, que aún no tienen las condiciones de entender el plan de la salvación, la conclusión a que llegué es de que aún estos niños son pecadores y necesitan de un Salvador.

También pude concluir que el niño de ocho a doce años ya tiene capacidad de entender las cosas espirituales y ser responsable delante de Dios; lo que no sucede con los niños de menos edad, pues dependen de la fe de sus padres para obtener la salvación.

Sin embargo, esto no significa que todos los niños serán salvos, pues aún los niños de padres creyentes, podrán per-der la salvación, una vez que sus padres permitieron que se desarrollasen en ellos malos trazos de carácter, volviéndose desobedientes, irascibles y controladas por Satanás. Por otro lado, veremos en el Cielo a niños de padres no creyentes que estarán allá debido a su buena educación, recibida de sus padres, aún cuando no tuviesen el conocimiento de la verdad.

Con este estudio, espero contribuir con todos aquellos que desean una aclaración sobre este asunto. Entiendo que es un asunto profundo y delicado y que podrán surgir nuevas interrogaciones; que no todo lo que explicado responde de una manera concisa. Pero, para mí es suficiente como para tener una visión sobre el asunto y sentir esperanza y alegría en poder un día, volver a ver nuestros pequeñitos en el reino celestial.

Autor:   Érico Tadeu Xavier (IAE Sao Paulo, SP, Brasil)

CRISTO Y SU JUSTICIA – ¿Es Cristo Dios?

A Cristo se le llama Dios en muchos lugares de la Biblia,. El Salmista dice: “El Dios de dioses, el Eterno Jehová, habla, y convoca la tierra desde el nacimiento del sol hasta donde se pone. Desde Sión, dechado de hermosura, resplandece Dios. Vendrá nuestro Dios, y no callará. Fuego consumirá delante de él, y una poderosa tempestad lo rodeará. Convocará a los altos cielos, y la tierra, para juzgar a su pueblo. Juntadme a mis fieles, los que hicieron conmigo pacto con sacrificio. Y los cielos anunciarán su justicia, porque Dios mismo es el juez.” Sal. 50:1-6.

Se puede constatar que este pasaje hace referencia a Cristo: (1) por el hecho ya considerado de que todo el juicio se le encomendó al Hijo; y (2) por el hecho de que es en la segunda venida de Cristo cuando manda a sus ángeles para que recojan a sus escogidos de los cuatro vientos. Mat. 24:31. “Vendrá nuestro Dios y no callará.” No; porque cuando el Señor mismo desciende del cielo, será “con aclamación, con voz de arcángel, y con trompeta de Dios.” 1 Tes. 4:16. Esta aclamación será la voz del Hijo de Dios, la cual será oída por todos aquellos que están en el sepulcro, haciéndoles salir de él. Juan 5:28, 29. Juntamente con los justos vivos serán llevados a encontrar al Señor en el aire, para estar siempre con Él; y esto constituirá “nuestra reunión con él.” 2 Tes. 2:1. Comparar con Sal. 50:5; Mat. 24:31 y 1 Tes. 4:16.

“Fuego consumirá delante de él, y una poderosa tempestad lo rodeará;” porque cuando el Señor Jesús se manifieste desde el cielo con sus ángeles poderosos, lo hará “en llama de fuego, para dar la retribución a los que no conocieron a Dios, ni obedecen al evangelio de nuestro Señor Jesucristo.” 2 Tes. 1:8. Por eso sabemos que el Salmo 50:1-6 es una descripción vívida de la segunda venida de Cristo para la salvación de su pueblo. Cuando Él venga, será como “Dios poderoso.” Comparar con Hab. 3.

“Dios poderoso” es uno de los títulos legítimos de Cristo. Mucho antes del primer advenimiento de Cristo, el profeta Isaías habló estas palabras para reconfortar a Israel: “Porque un Niño nos es nacido, Hijo nos es dado, y el gobierno estará sobre su hombro. Será llamado Maravilloso, Consejero, Dios Poderoso, Padre Eterno, Príncipe de Paz.” Isa. 9:6.

Estas no son simplemente las palabras de Isaías; son las palabras del Espíritu de Dios. Dios, en alusión directa al Hijo, lo llama por el mismo título. En el Salmo 45:6 leemos estas palabras: “Tu trono, oh Dios, es eterno y para siempre. Cetro de justicia es el cetro de tu reino.” El lector casual pudiera tomar esto como la simple alabanza del Salmista; pero cuando vamos al Nuevo Testamento, encontramos que es mucho más. Encontramos que es Dios el Padre quien habla, y que se está refiriendo al Hijo. Y lo llama Dios. Ver Heb. 1:1-8.

Este nombre no le fue dado a Cristo como consecuencia de algún gran logro, sino que es suyo por derecho de herencia. Hablando del poder y la grandeza de Cristo, el escritor de Hebreos dice que es hecho tanto mejor que los ángeles, porque “el Nombre que heredó es más sublime que el de ellos.” Heb. 1:4. Un hijo siempre toma legítimamente el nombre del padre; y Cristo, como “el unigénito Hijo de Dios,” tiene, legítimamente, el mismo nombre. Un hijo también es en mayor o menor grado una reproducción del padre; hasta cierto punto tiene los rasgos y características personales de su padre; no perfectamente, porque no hay reproducción perfecta entre los humanos. Pero no hay imperfección en Dios, ni en ninguna de sus obras; de forma que Cristo es la “imagen expresa” de la persona del Padre. Heb. 1:3. Como el Hijo del Dios que tiene existencia propia, tiene por naturaleza todos los atributos de la Deidad.

Es cierto que hay muchos hijos de Dios; pero Cristo es el “Unigénito Hijo de Dios,” y por lo tanto, el Hijo de Dios en un sentido en el que ningún otro ser lo ha sido, ni lo pudiera ser nunca. Los ángeles son hijos de Dios, como lo fue Adán (Job 38:7; Lucas 3:38), por creación; los cristianos son hijos de Dios por adopción (Rom. 8:14,15); pero Cristo es el Hijo de Dios por nacimiento. El escritor de la epístola a los Hebreos muestra además que la posición del Hijo de Dios no es una a la que Cristo ha sido elevado, sino que la posee por derecho. Dice que Moisés fue fiel en toda la casa de Dios, como un sirviente, “Y Cristo, como hijo, es fiel sobre la casa de Dios.” Heb. 3:6. Y también afirma que Cristo es el Constructor de la casa. Versículo 3. Es Él quien construye el templo del Señor, y lleva la gloria. Zac. 6:12,13.

Cristo mismo enseñó de la manera más enfática que Él es Dios. Cuando el joven rico le preguntó, “Maestro Bueno, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?” Jesús, antes de contestar a la pregunta, le dijo: “¿Por qué me llamas bueno? No hay sino Uno solo bueno, esto es, Dios.” Mar. 10:17,18. ¿Qué quiso decir Jesús con estas palabras? ¿Quiso desmentir el epíteto que el joven rico le aplicó? ¿Pretendió insinuar que Él no era realmente bueno? ¿Fue un mero despliegue de modestia? De ninguna manera, porque Cristo era absolutamente bueno. A los Judíos, quienes constantemente lo observaban para descubrir algún fallo con qué acusarlo, les dijo audazmente, “¿Quién de vosotros me halla culpable de pecado?” Juan 8:46. En toda la nación Judía no se encontraba un solo hombre que lo hubiera visto hacer algo o pronunciar una palabra que tuviera siquiera la apariencia de maldad; y aquellos que estaban determinados a condenarlo, solo pudieron hacerlo empleando testigos falsos contra Él. Pedro dice que “no cometió pecado, ni fue hallado engaño en su boca.” 1 Ped. 2:22. Pablo dice que “no conoció pecado.” 2 Cor. 5:21. El Salmista dice, “Él es mi roca, y en él no hay injusticia.” Sal. 92:15. Y Juan dice, “Pero vosotros sabéis que Cristo apareció para quitar nuestros pecados. Y en él no hay pecado.” 1 Juan 3:5.

Cristo no puede negarse a sí mismo, por lo tanto no pudo decir que no era bueno. Es y era absolutamente bueno: la perfección de la bondad. Y siendo que no hay ninguno bueno sino Dios, dado que Cristo es bueno, se deduce que Cristo es Dios, y eso es precisamente lo que se propuso mostrar al joven rico.

Eso fue también lo que enseñó a sus discípulos. Cuando Felipe le dijo a Jesús, “Muéstranos el Padre y nos basta,” Jesús le dijo: “¿Tanto tiempo hace que estoy con vosotros, y no me has conocido, Felipe? El que me ha visto a mí, ha visto al Padre. ¿Cómo dices muéstranos al Padre?” Juan 14:8,9. Esto tiene la misma contundencia que la declaración: “Yo y el Padre somos uno.” Juan 10:30. Tan completamente era Cristo Dios, incluso estando todavía aquí entre los hombres, que cuando le pidieron que mostrara al Padre, le bastó con decir, ‘miradme a mí’. Y eso trae a la mente aquella frase en la que el Padre introduce al Unigénito: “Adórenle todos los ángeles de Dios.” Heb. 1:6. No fue solamente cuando Cristo estaba compartiendo la gloria con el Padre antes que el mundo fuera, que era digno de homenaje, sino que cuando se hizo un bebé en Belén, aun entonces se ordenó a todos los ángeles de Dios que lo adoraran.

Los Judíos no malinterpretaron la enseñanza de Cristo acerca de sí mismo. Cuando afirmó que era uno con el Padre, los Judíos tomaron piedras par apedrearle; y cuando les preguntó que por cuál de sus buenas obras lo buscaban para apedrearlo, contestaron: “No queremos apedrearte por buena obra, sino por la blasfemia; porque tú siendo hombre, te haces Dios.” Juan 10:33. Si Él hubiera sido lo que ellos consideraban, un simple hombre, sus palabras hubieran sido en verdad blasfemia. Pero era Dios.

El objetivo de Cristo al venir a la tierra fue el de revelar a Dios a los hombres, para que pudiesen venir a Él. Por esto el apóstol Pablo dice que “Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo” (2 Cor. 5:19); y en Juan leemos que el Verbo, que era Dios, se “hizo carne.” Juan 1:1,14. En el mismo contexto, se especifica, “A Dios nadie lo vio jamás. El Hijo único, que es Dios, que está en el seno del Padre, él lo dio a conocer.” Juan 1:18.

Observemos la expresión, “El Hijo único, que está en el seno del Padre.” Tiene allí su morada, y está allí como parte de la Divinidad, tan ciertamente cuando estaba en la tierra como estando en el cielo. El uso del tiempo presente implica existencia continua. Presenta la misma idea que encierra la declaración de Jesús a los Judíos (Juan 8:58), “Antes que Abraham existiera, yo soy.” Y esto demuestra una vez más su identidad con Aquel que se le apareció a Moisés en la zarza ardiendo, quien declaró su nombre en estos términos: “YO SOY EL QUE SOY.”

Finalmente, tenemos las palabras inspiradas del apóstol Pablo concernientes a Jesucristo: “Por cuanto agradó al Padre que en él habitase toda plenitud.” Col. 1:19. En el siguiente capítulo se nos dice en qué consiste esa plenitud que habita en Él: “en Cristo habita corporalmente toda la plenitud de la Deidad.” Col. 2:9. Este es el testimonio más absoluto e inequívoco del hecho de que Cristo posee por naturaleza todos los atributos de la Divinidad. La divinidad de Cristo vendrá a ser un hecho prominente a medida que procedamos a considerar a Cristo como Creador.

E. J. Waggoner