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FIGURAS LITERARIAS EN LA BIBLIA (parte 2)

La apóstrofe

Cuando algunas palabras son dirigidas a una persona ausente o muerta, o a algún objeto sin vida, o a una idea abstracta como si tuvieran vida o pudieran oírlas, tal expresión se llama una apóstrofe.

En 2 Samuel 18:33 David exclama a su hijo muerto: “¡Hijo mío Absalón, hijo mío, hijo mío Absalón! ¡Quién me diera que muriera yo en lugar de ti, Absalón, hijo mío, hijo mío!” David no se imaginaba que Absalón le pudiera oír. Pero emocionado, le habló como si estuviera presente y oyendo.partes de la Biblia

En Mateo 23:37 nuestro Señor levantó la voz para lamentar la desobediencia de la ciudad capital: “¡Jerusalén, Jerusalén, que matas a los profetas, y apedreas a los que te son enviados!” En una apóstrofe, habla a la ciudad—más bien, a sus habitantes, aunque no estaban presentes para oír sus palabras.

El estudiante encontrará apóstrofes en 1 Corintios 15:55; Apocalipsis 6:16; Cantares 4:16; Isaías 1:2; 52:9. Medite sobre Marcos 4:39. ¿Contiene o no, una apóstrofe?

La personificación

La personificación existe cuando características personales se atribuyen a los animales, las plantas o las cosas sin vida. Esta figura se conoce también con el nombre de prosopopeya.

En Isaías 55:12 dice el profeta: “Los montes y los collados levantarán canción.” Es claro que las cosas inanimadas nunca podrían cantar, a menos de suponer un milagro grotesco e innecesario. No hay duda de que la referencia es a aquello que ha de suceder en el corazón de los redimidos en el reino de Dios. Este sentido está de acuerdo con la primera parte del versículo, donde declara: “Porque con alegría saldréis, y con paz seréis vueltos.” Las palabras que siguen, diciendo que “los montes y los collados levantarán canción”, deben entenderse como el complemento poético de lo anterior, en que la alegría del hijo de Dios se atribuye a la naturaleza misma.

En Proverbios 1:20–23 la sabiduría es personificada. Dice Salomón: “La sabiduría clama en las calles, alza su voz en las plazas.” En los vv. 24–33 sigue hablando, aunque se puede entender que Dios es el que habla. Pero por lo que afirma en el v. 20, todo el pasaje se debe clasificar como una personificación. Otra vez en Proverbios 8:1–4 ocurre la misma figura.

Otros ejemplos se pueden observar en Isaías 14:8; 35:1, 2; y 44:23. En este último caso, hay una apóstrofe también.

El eufemismo

Esta figura consiste en expresar con suavidad o decoro, una idea que bien podría ofender a los lectores u oyentes. En lugar de decir “orinar” o “defecar”, el escritor moderno prefiere decir algo como “hacer las necesidades”, “ir al baño”, o “al monte”. Estos son eufemismos modernos.

En Deuteronomio 23:13 leemos la expresión: “cuando estuvieres allí fuera” en lugar de lo que dice en el hebreo: “cuando te sientes”. Las dos expresiones son eufemismos para evitar el uso de la palabra “defecar”.

En 1 Reyes 18:27, Elías se burla de los seguidores de Baal, diciendo, según la Versión Antigua, “quizá … tiene algún empeño” y según la Revisada, “tiene algún trabajo”. Pero la expresión es un eufemismo por no decir que estaba defecando.

El acto sexual, la cohabitación, se expresa de varias maneras en la Biblia. En Génesis 49:4 Jacob se refiere al pecado que cometió su hijo Rubén, diciendo: “subiste al lecho de tu padre; entonces te envileciste, subiendo a mi estrado”. Pero en la Versión Popular habla más claramente: “deshonraste mi cama al acostarte con mi concubina”. Aun así, las dos expresiones son eufemismos.

En Génesis 4:1 leemos que “conoció Adán a su mujer Eva”, en lugar de decir que tuvo relaciones sexuales con ella. La misma palabra se usa en Génesis 19:5 para hablar de relaciones homosexuales, En Génesis 39:7 la mujer de Potifar le dice a José: “Duerme conmigo”, aunque en la Versión Popular le dice: “Acuéstate conmigo.” Otra vez, las dos expresiones son eufemismos.

El eufemismo más delicado se encuentra en Proverbios 5:18, 19. Salomón le dice el lector: “Alégrate con la mujer de tu juventud … sus caricias te satisfagan en todo tiempo, y en su amor recréate siempre.” Luego en el v. 20, se refiere a las relaciones ilícitas usando la expresión: “¿por qué … abrazarás el seno de la extraña?”

El estudiante puede ver qué expresión usan los discípulos en su oración, por no usar la palabra “infierno” (Hch. 1:25). Y en Levítico 18:6–20 observe las varias maneras de referirse al acto sexual. Véase también el eufemismo de Jesús en Marcos 7:19.

La paradoja

Cuando alguien expresa algunas verdades aparentemente contradictorias en una sola oración, o muy cerca la una a la otra, llamamos a esa figura una paradoja. En las enseñanzas de Jesús hay muchas.

Por ejemplo, cuando Jesús respondió al sumo sacerdote en Marcos 14:61, 62, dijo: “Yo soy (el Cristo, el Hijo del Bendito); y veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo.” Para sus oyentes, el ser Hijo de Dios contradecía la idea de ser Hijo del Hombre. En esta aparente contradicción está la paradoja.

En las Bienaventuranzas (Mateo 5) hay varias paradojas. En el v. 4 afirma que son “Bienaventurados los que lloran.” En el v. 5 dice que “los mansos … recibirán la tierra por heredad.” Y en el v. 6 dice que son “Bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque ellos serán saciados.” Todas estas ideas parecen contener contradicciones, y por eso son paradojas. El estudiante verá otras en los vv. 10 y 11.

A través del Evangelio de Juan, Jesús expresa algunas verdades acerca de sí mismo que resultan ser paradojas. En 4:13, 14 afirma que “el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que … será en él una fuente de agua.”

Todo el discurso sobre “el pan de vida” (Jn. 6:25–59) contiene muchas paradojas. Nótese especialmente el v. 35: “Yo soy el pan de vida; el que a mí viene, nunca tendrá hambre; y el que en mí cree, no tendrá sed jamás.” Véanse también estas expresiones: “El pan que yo le daré es mi carne” (v. 51); “Si no coméis la carne del Hijo del Hombre, y bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros” (v. 53); “El que come mi carne y bebe mi sangre, en mí permanece, y yo en él” (v. 56).

Muchas de las paradojas de Jesús se pueden clasificar como enigmas. Estos se estudiarán en el capítulo 18.

El juego de palabras

No debe sorprendernos que haya juegos de palabras en la Biblia. Salomón los usó en su Cantar de Cantares, y Pablo en sus Cartas a los Gálatas, a los Filipenses y a Filemón. El juego de palabras también se conoce con el nombre de retruécano.

En Cantares 1:3 dice la sulamita que “tu nombre es como ungüento derramado.” En el texto hebreo la palabra “nombre” es shem. Y la palabra “ungüento” es shemen. Podemos captar el juego de palabras que emplea si decimos: “Tu shem es como shemen …”

Semejante juego de palabras ocurre en Eclesiastés 7:1: “Mejor es la buena fama (shem) que el buen ungüento (shemen).”

En su Carta a Filemón, Pablo pidió que pusiera en libertad a Onésimo, el siervo que se fugó de él. El nombre “Onésimo” quiere decir “provechoso”. Pero Onésimo no había sido provechoso para Filemón, su dueño. Ahora, por la obra de Pablo y la vida cambiada de aquel “provechoso”, le daba valor a su nombre. En el v. 11 Pablo escribe a Filemón: “el cual en otro tiempo te fue inútil, pero ahora a ti y a mí nos es útil.” El Apóstol ha usado “útil” como sinónimo de “provechoso”. Así, Pablo juega con este nombre para dar énfasis al cambio que Dios obró en Onésimo.

Los juegos de palabras arriba mencionados dependen por su efecto sobre los textos originales de hebreo y griego. Pero hay otros cuyo significado aparece claramente en el español.

En Filipenses 3:2 Pablo advierte a sus lectores que se guarden del “cortamiento”, según la Versión Antigua. En la Revisada usa la expresión “los mutiladores del cuerpo.” Y en el v. 3 dice que “nosotros somos la circuncisión, los que en espíritu servimos a Dios …” La “circuncisión” era, por supuesto, los judíos; la practicaban en sus hijos varones porque así lo requería la ley de Moisés. El intento de este reglamento era para recordarles que debían estar separados de la carne para Dios. Pero Pablo reclama esta característica para los creyentes cristianos y llama a los judíos “el cortamiento” o los “mutiladores de la carne”. Por medio de este juego de palabras Pablo habla despectivamente de aquel énfasis falso.

Con más ardor Pablo juega con la misma palabra en Gálatas 5:11, 12. Hablando de los que enseñan la necesidad de circuncidarse, dice en el v. 12: “¡Ojalá se mutilasen los que os perturban!” Pero en la Versión Popular, el verdadero significado aparece: “¡Ojalá se castraran a sí mismos de una vez!” Tan fuerte era el odio de Pablo para aquella doctrina falsa y dañina.

 

Fuente: Tomás de la Fuente, Claves de Interpretación Biblica – Edición Actualizada (El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones, 1985), 88–91.

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DIA DE LA EXPIACIÓN (PASO A PASO)

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TEXTOS: Lev. 16; 23:27–32; Núm. 29:7–11; Exo. 30:10.

OFRENDAS: Holocausto diario; novillo como ofrenda por el pecado y carnero como holocausto por el sacerdote; 2 machos cabríos como ofrenda por el pecado y 1 carnero como holocausto por el pueblo; y para el día, 1 novillo, 1 carnero, 7 corderos para holocausto, y 1 cabrito como ofrenda por el pecado.

Procedimiento

1. El sumo sacerdote se baña y se pone vestiduras blancas, después de oficiar en el servicio regular matutino con sus vestiduras pontificias.

2. Presenta el novillo delante del Señor; coloca sus manos sobre la cabeza del animal.

3. Presenta machos cabríos; echa suertes para determinar cuál será para Jehová y cuál para Azazel.

4. Mata el novillo y conserva su sangre.

5. Lleva el incensario e incienso hasta el lugar santísimo y acomoda el incienso sobre brasas.

6. Vuelve al atrio para buscar la sangre del novillo, que lleva hasta el lugar santísimo y la rocía sobre el propiciatorio y delante del propiciatorio siete veces.

7. Vuelve al atrio, mata el macho cabrío de Jehová, y entra en el lugar santísimo con la sangre, rociándola como hizo con la sangre del novillo.

8. Vuelve al lugar santo, y hace expiación por las cosas santas.

9. Vuelve al atrio, y hace expiación por el altar, rociándolo con la sangre del novillo y del macho cabrío siete veces, colocando la sangre sobre los cuernos del altar.

10. Confiesa los pecados de Israel sobre la cabeza del macho cabrío vivo, y lo envía al desierto, conducido por un hombre destinado para eso.

11. Se viste sus vestiduras pontificias, y ofrece sebo de las ofrendas por el pecado, los holocaustos por sí mismo y el pueblo, los holocaustos para el día, y el cabrito de la ofrenda por el pecado para el día.

 

FUENTE:

Francis D. Nichol and Humberto M. Rasi, eds., Génesis a Deuteronomio, trans. Victor E. Ampuero Matta and Nancy W. de Vyhmeister, vol. 1, Comentario Biblico Adventista Del Séptimo Día (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1992), 718–719.

MAYORDOMO

(heb. śar, bên mesheq, ’hâ-îsh ’asher ‛al; gr. epítropos, oikonómos [del verbo oikonoméō]). Hombre empleado para administrar una propiedad o negocios de otra persona, y responsable por ellos. José fue mayordomo sobre la casa de Potifar (Gn. 43:19; 44:4). Sebna era mayordomo durante el reinado de Ezequías (Is. 22:15; cf 2 R. 18:37; 19:2). Varios hombres eran “mayordomos en la casa de Jehová” (2 Cr. 34:10–13). En el NT desempeñan una parte importante en las parábolas de Jesús (Mt. 20:8; Lc. 12:42; 16:1–9), y a la mayordomía se le da una aplicación espiritual. El ministro cristiano actúa como mayordomo (administrador) de Dios (Tit. 1:7), y es un “administrador” de los “misterios de Dios” (1 Co. 4:1, 2) y de la “multiforme gracia de Cristo” (1 P. 4:10). Es responsable ante él por la forma en que trata a quienes están en oscuridad.

Fuente: Siegfried H. Horn, ed. Aldo D. Orrego, trans. Rolando A. Itin and Gaston Clouzet, Diccionario Bíblico Adventista (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1995), 762–763.

cambiar el mundo perfecto

(En hebreo, generalmente es sar, «aquel que está a la cabeza»; griego: oikonomos y epitropos: «mayordomo», «dispensador» o «administrador»). Superintendente, administrador de los bienes de la casa de otro. Eliezer era el mayordomo de Abraham (Gn. 15:2; 24:2); José tenía uno (Gn. 43:19; 44:1, 4), al igual que David y Salomón (1 Cr. 27:31; 1 R. 4:7), Nabucodonosor (Dn. 1:11, 16), Herodes (Lc. 8:3), el señor de la parábola del mayordomo infiel (Mt. 20:8). El mayordomo era también el que dirigía al personal y llevaba las cuentas de la casa; el dispensador que distribuía los artículos y alimentos a los componentes de la casa, tanto para su alimentación como para llevar a cabo sus trabajos (Lc. 12:42; 16:1).

Según el Nuevo Testamento, los servidores de Dios son los mayordomos o dispensadores que Él ha puesto en su Iglesia (Tit. 1:7; 1 Co. 4:1–2; 1 P. 1:12); con ello, todos los creyentes son dispensadores de las gracias y de los dones que Dios les ha confiado (4:10). Lo que se demanda de cada uno es que sea fiel, porque llegará el día en que deberá rendir cuentas de su administración. Tendrá que restituir todos los bienes que haya recibido a su cuidado, y es entonces sólo que recibirá «lo que es suyo», esto es, su herencia eterna (Lc. 16:2, 9–12).

Fuente: Samuel Vila Ventura, Nuevo Diccionario Biblico Ilustrado (TERRASSA (Barcelona): Editorial CLIE, 1985), 741.

ROMANOS, la epístola del apóstol Pablo

pablo

INTRODUCCION

1. Título. Cuando Pablo escribió esta epístola probablemente no le puso ningún título. Sencillamente era una carta que escribía a los creyentes de Roma; pero posteriormente la epístola llegó a ser conocida como “A los Romanos”, Gr. pros romáious, que es el título que se le da en los manuscritos más antiguos. En manuscritos posteriores este título fue ampliado a “La Epístola de Pablo el apóstol a los Romanos”, título que con algunas ligeras diferencias es el que se usa en las versiones castellanas.

2. Paternidad literaria. Nunca se ha puesto seriamente en duda que el apóstol Pablo sea el autor de esta epístola. Algunos eruditos han sugerido que el cap. 16 quizá no formaba parte de la epístola original enviada a Roma, sino que fue una carta separada enviada a Efeso, donde Pablo había trabajado durante algún tiempo (Hech. 19). Esta teoría se basa principalmente en la extensa lista de nombres que hay en dicho capítulo, y en la suposición de que difícilmente Pablo podría haber conocido a tantos amigos en una ciudad que aún no había visitado. Sin embargo, como la gente afluía a Roma desde todas partes del imperio, es muy posible que el apóstol hubiera tenido muchos amigos en la ciudad capital. Además, todos los manuscritos más antiguos incluyen el cap. 16 como una parte de la epístola. Por lo tanto, los eruditos conservadores modernos dejan la epístola tal como se encuentra ahora.

3. Marco histórico. Parece evidente que la Epístola a los Romanos fue escrita desde Corinto, en su tercer viaje misionero, durante la permanencia de Pablo de tres meses en esta ciudad (Hech. 20:1–3). Muchos eruditos ubican esta visita a fines del año 57 y comienzos del 58; pero algunos prefieren una fecha más antigua.

Que la epístola fue escrita desde Corinto es claro por sus referencias a Gayo (Rom. 16:23; cf. 1 Cor. 1:14) y a Erasto (Rom. 16:23; cf. 2 Tim. 4:20), y por su encomio a Febe, a quien Pablo describe como una creyente que había prestado servicios especiales a la iglesia de Cencrea, el puerto marítimo oriental de Corinto (Rom. 16:1).

Cuando Pablo escribió la epístola estaba por regresar a Palestina, pues llevaba una contribución de las iglesias de Macedonia y Acaya para los pobres que había entre los cristianos de Jerusalén (Rom. 15:25–26; cf. Hech. 19:21; 20:3; 24:17; 1 Cor. 16:1–5; 2 Cor. 8:1–4; 9:1–2). Después de terminar esa misión, se proponía visitar a Roma, y desde allí continuar con su viaje a España (Hech. 19:21; Rom. 15:24, 28). Hasta ese momento no había podido visitar a la iglesia cristiana de la ciudad capital del Imperio Romano, aunque con frecuencia había deseado hacerlo (Rom. 1:13; 15:22). Pero ahora creía que había completado sus labores misioneras en Asia y Grecia (cap. 15:19, 23), y anhelaba proseguir rumbo al oeste para fortalecer la obra en Italia e introducir el cristianismo en España (ver HAp 299–300). Para poder llevar a cabo este último propósito, Pablo deseaba estar seguro del apoyo y la cooperación de los creyentes de Roma; por lo tanto, antes de su visita les escribió esta epístola en la que bosqueja con términos vigorosos y claros los grandes principios de su Evangelio (cap. 1:15; 2:16). Ver pp. 107–108.

4. Tema. El tema de la epístola es la pecaminosidad universal de los hombres y la gracia universal de Dios, la cual proporciona un camino por el cual los pecadores pueden ser perdonados y también restaurados a la perfección y la santidad. Este “camino” es la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios, que murió, resucitó y vive eternamente para reconciliarnos y restaurarnos.

Cuando Pablo escribe esta epístola, su mente está llena de los problemas que han surgido en sus conflictos con los judaizantes. Se ocupa de las cuestiones básicas, y les da respuesta mediante una presentación amplia de todo el problema del pecado y del plan de Dios para hacer frente a esa emergencia. Pablo muestra en primer lugar que todos los hombres —judíos y gentiles— han pecado y continúan alejados del glorioso ideal de Dios (cap. 3:23). No hay excusa para este alejamiento, pues todos —judíos y gentiles, sin excepción— han recibido algún grado de revelación de la voluntad de Dios (cap. 1:20). Por lo tanto, todos están, con justicia, bajo condenación. Además, los pecadores son completamente impotentes para liberarse por sí mismos de esa situación, pues en su condición depravada les es absolutamente imposible obedecer la voluntad de Dios (cap. 8:7). Los intentos legalistas de obedecer la ley divina no sólo están condenados al fracaso, sino que también pueden ser evidencia externa de un arrogante rechazo generado por la justicia propia de no reconocer la debilidad del hombre y su necesidad de un Salvador. Sólo Dios mismo puede proporcionar remedio, y esto lo ha hecho mediante el sacrificio de su Hijo. Todo lo que se pide del hombre caído es que ejerza fe: fe para aceptar las condiciones necesarias para perdonar su pasado pecaminoso, y fe para aceptar el poder que se ofrece para llevarlo a una vida de rectitud.

Este es el Evangelio de Pablo tal como se desarrolla en la primera parte de la epístola. Los capítulos restantes se ocupan de la aplicación práctica del Evangelio ante ciertos problemas que tienen que ver con el pueblo escogido y con los miembros de la iglesia cristiana.

5. Bosquejo

I.Introducción, 1:1–15.

A. Saludo, 1:1–7.

B. Explicaciones personales, 1:8–15.

II.Exposición doctrinal, 1:16 a 11:36.

A. La doctrina de la justificación por la fe, 1:16 a 5:21.

1.Justificación alcanzada por la fe, 1:16–17.

2.La necesidad universal de justificación, 1:18 a 3:20.

a. El fracaso de los gentiles, 1:18–32.

b. El fracaso de los judíos, 2:1 a 3:20.

3.La justificación otorgada en Cristo, 3:21–31.

4.La justificación por la fe: doctrina del Antiguo Testamento, 4:1–25.

5.Los benditos efectos de la justificación, 5:1–11.

6.Los efectos de la justificación en contraste con los resultados de la caída de Adán, 5:12–21.

B. La doctrina de la santificación por la fe, 6:1 a 8:39.

1.La muerte al pecado y resurrección a una nueva vida, 6:1–11.

2.La liberación del yugo de la ley y del pecado, 6:12–23.

3.La relación de la ley con el pecado, 7:1–13.

4.El conflicto entre la carne y el espíritu, 7:14–25.

5.La vida llena del Espíritu, 8:1–39.

C. La elección de Israel, 9:1 a 11:36.

1.El pesar de Pablo por el rechazo de Israel, 9:1–5.

2.La justicia del rechazo, 9:6–13.

3.La voluntad de Dios no debe ser puesta en duda, 9:14–29.

4.La causa del rechazo fue la falta de fe de Israel, 9:30 a 10:21.

5.La restauración final de Israel, 11:1–36.

III.Aplicación práctica de la doctrina de la justificación por la fe, 12:1 a 15:13.

A. El sacrificio que hace el cristiano de sí mismo, 12:1–2.

B. El cristiano como miembro de la iglesia, 12:3–8.

C. La relación del cristiano con otros, 12:9–21.

D. La relación del cristiano con el Estado, 13:1–7.

E. La única deuda que tiene el cristiano: amor, 13:8–10.

F. La proximidad de la segunda venida, 13:11–14.

G. La necesidad de tolerancia mutua entre los cristianos, 14:1 a 15:13.

IV.Conclusión, 15:14 a 16:27.

A. Explicaciones personales, 15:14–33.

B. Saludos a varias personas, 16:1–16.

C. Advertencia contra los falsos maestros, 16:17–20.

D. Saludos de parte de los compañeros de Pablo y de su amanuense, 16:21–23.

E. Bendición final y doxología, 16:24–27.

 

 

HAp Los hechos de los apóstoles

 

Fuente:

Francis D. Nichol and Tulio N. Peverini, eds., Hechos a Efesios, trans. Victor E. Ampuero Matta and Nancy W. de Vyhmeister, vol. 6, Comentario Biblico Adventista Del Séptimo Día (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1996), 463–465.

NO HAY CIENTIFICOS ATEOS

Todo científico, incluyendo a los agnósticos y los ateos, creen en Dios. Es necesario para hacer su trabajo. Esta afirmación podría parecer estrafalaria. ¿Cómo podemos decir que los ateos “creen en Dios”? Pero las personas muchas veces muestran en sus acciones creencias que niegan con sus palabras. Por ejemplo, Bakht, un filósofo hindú, dirá que el mundo es una ilusión. Pero él no cruza la calle justo frente a un ómnibus. Susana, una relativista radical, dirá que no hay verdad absoluta. Pero ella viaja tranquilamente a los 30,000 pies de altura en un avión cuyo vuelo seguro depende de las verdades inmutables de la aerodinámica y la mecánica estructural.1

muerte

Pero, ¿qué pasa con los científicos? ¿Ellos tienen que creer en Dios? La cultura popular americana a menudo nos dice lo contrario, es decir que la “ciencia” es opuesta a las creencias Cristianas y bíblicas. A menudo se oye repetir la vieja historia del conflicto con Galileo, y del juicio con Scopes en Estados Unidos sobre la evolución, al punto que estos eventos han adquirido un status casi mítico. Y la pugna entre la ciencia y la religión recibe refuerzos por medio de una promoción vociferante de la evolución materialista.

Los historiadores de la ciencia señalan que la ciencia moderna surgió en el contexto de una cosmovisión Cristiana, y fue nutrida por la misma.2 Pero si esto fue cierto en el pasado, la ciencia del siglo veinte parece poder sostenerse sin la ayuda de ningún fundamento teísta. De hecho, muchos consideran que Dios es el “Dios de los vacíos” (God of the gaps), el Dios a quien invocan sólo cuando no hallan explicaciones científicas. Según esta perspectiva, la ciencia avanza, es capaz de explicar más y más de los vacíos, y la necesidad de Dios disminuye. Lo “natural” llega a poder explicar casi todo, haciendo innecesario lo “sobrenatural”.3

Enfoquemos nuestra mirada en las leyes naturales

Las cosas se miran diferente si nos negamos a confinar a Dios en un cubículo del “Dios de los vacíos”. Según la Biblia, él está involucrado en las áreas más comunes de las ciencias, las áreas de los eventos predecibles, las áreas que involucran experimentos de prueba repetitiva, y aún las descripciones matemáticas exactas. En Génesis 8:22 Dios promete:

Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche (Génesis 8:22).4

Y esta promesa general referente a los tiempos regulares de la tierra es complementada por muchos ejemplos específicos en otros pasajes:

Pones las tinieblas, y es la noche; En ella corretean todas las bestias de la selva. (Salmo 104:20).

Él hace producir el heno para las bestias, Y la hierba para el servicio del hombre, Sacando el pan de la tierra. (Salmo 104:14).

El envía su palabra a la tierra; Velozmente corre su palabra. Da la nieve como lana, Y derrama la escarcha como ceniza. Echa su hielo como pedazos; Ante su frío, ¿quién resistirá? Enviará su palabra, y los derretirá; Soplará su viento, y fluirán las aguas. (Salmo 147:15–18).

Los ciclos regulares que los científicos describen, realmente son los compromisos que Dios mismo ha hecho. En su Palabra a Noé, Dios se compromete con gobernar los tiempos y los sazones. Por su Palabra, gobierna la nieve, el frío, y el granizo. Los científicos sólo describen los ciclos regulares de la Palabra de Dios que gobierna el mundo. Las llamadas “leyes naturales” son realmente la ley de Dios, o la Palabra de Dios, descritas imperfectamente o aproximadamente por los investigadores humanos.

Ahora bien, recordemos que la investigación científica depende de que haya efectos regulares en el mundo. Sin estas regularidades, no habría nada qué estudiar. Los científicos dependen no solamente de que hayan procesos regulares con que están familiarizados, como por ejemplo la conducta regular de su aparato de medir, sino también dependen de la suposición de que hallarán más regularidades en las áreas de investigación. Deben mantener la esperanza de encontrar otras regularidades, porque si no, tendrían que abandonar sus exploraciones.

La fe en las leyes científicas

¿Qué son estas regularidades? Les han puesto varios nombres: “ley natural”, “la ley científica”, “teoría”. Algunas regularidades pueden ser descritas con exactitud cuantitativa para cada caso (dentro de límites estrechos de error), mientras otras regularidades sólo se ven después de comparar un número grande de casos. Todos los científicos creen en la existencia de tales regularidades. Y en todos los casos, no importa su religión profesada, los científicos en la práctica saben que las regularidades están “ahí”. En última instancia, los científicos son “realistas” con respecto a las leyes científicas. Los científicos las descubren, no las inventan. Si no fuera así, ¿para qué todo el trabajo tedioso y frustrante de los experimentos? Sería, ¡adivine, invente, y sea famoso!

Estas regularidades son, pues, ¡regulares! Y para que algo sea regular, debe ser regulado. Se necesita una regula, una regla. El Diccionario Webster señala este concepto al definir “regular” como “formado, edificado, arreglado u ordenado de acuerdo a una regla establecida, una ley, un principio o un tipo”.5 La idea de una ley o una regla es parte integral del concepto de “regular”. Los eventos ocurren en el tiempo y el espacio. Cuando los eventos evidencian una regularidad, es porque están formados u ordenados de acuerdo a una regla o una ley. Es por esto que el término “ley” es un término natural para definir las teorías y principios científicos que son bien establecidos. Hablamos de “las leyes de Newton”, “la ley de Boyle”, “la ley de Dalton”, “las leyes de Mendel”, “las leyes de Kirchhoff”. Todos los científicos aceptan y dependen de la existencia de las leyes científicas.

 

Vern Sheridan Poythress, No Hay Científicos Ateos: Los Atributos Divinos de Las Leyes Naturales, trans. Guillermo Green, 1a ed., ¿Dónde Está El Sabio? (Guadalupe, Costa Rica: CLIR, 2012), 7–13.

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1 La obra sobre la auto-decepción de Gregory L. Bahnsen (“A Conditional Resolution of the Apparent Paradox of Self-Deception, Una resolución condicional para la aparente paradoja de la auto-decepción), tesis para el Ph.D., Universidad de Carolina del Sur, 1979) ha ayudado a mostrar cómo la gente maneja tales estados paradójicos. Creen en una cierta proposición y también creen (como un credo de segundo orden) que no lo creen. Han ocultado de su consciente lo que sus acciones continuamente muestran a los demás. En sus acciones tácitamente confían en verdades acerca del mundo, mientras que verbal y conscientemente no creen hacerlo. Este modelo es útil. Pero la incredulidad y la rebelión, como manifestaciones del pecado, producen profundos efectos en la naturaleza humana, incluyendo asuntos intelectuales y prácticos. Por tanto, cualquier explicación humana sobre la evasión de la verdad permanece parcial.

2 Reijer Hooykaas, Religion and the Rise of Modern Science (La religión y el surgimiento de la ciencia moderna) (Grand Rapids: Eerdmans, 1972); Stanley L. Jaki, The Road of Science and the Ways of God (El camino de la ciencia y los caminos de Dios) (South bend, IN: Regnery-Gateway, 1979); Nancy R. Pearcey y Charles B. Thaxton, The Soul of Science: Christian Faith and Natural Philosophy (El alma de la ciencia: la fe cristiana y la filosofía natural) (Wheaton, IL: Crossway, 1994); Charles E. Hummel, The Galileo Connection: Resolving Conflicts between Science and the Bible (La relación con Galileo: Resolviendo conflictos entre la ciencia y la Biblia) (Downers Grove, IL: InterVarsity, 1986).

3 Edward J. Larson y Larry Witham recientemente condujeron una encuesta sobre las creencias de los científicos y compararon los resultados con encuestas similares de 1914 y 1933 hechas por James H. Leuba. Encontraron poco cambio, contrario a la impresión de la ciencia es una fuerza secularizada. 40 por ciento creían en Dios tanto en las encuestas de Leuba como en las recientes. Pero también encontraron que la “élite” de científicos estadounidenses, representada por la Academia Nacional de la Ciencia (National Academy of Science), contenía un mayor porcentaje de incredulidad, más del 90 por ciento de los que tomaron la encuesta. (Edward J. Larson y Larry Witham, “Scientists and Religion in America” (Los científicos y la religión en Estados Unidos), Scientific American 281/3 [Set.,1999] 88–93.)

4 Las citas bíblicas aquí y en el resto del documento vienen de la English Standard Version (ESV).

5 Webster’s Ninth New Collegiate Dictionary (Noveno nuevo diccionario colegiado de Webster) (Springfield, MA: Merriam-Webster, 1987).

FIGURAS LITERARIAS EN LA BIBLIA (parte 1)

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El símil

El símil es la figura literaria que describe algún objeto, acción o relación como semejante a otra cosa no similar. El símil usa las palabras como, así, semejante, etc., declarando expresamente la semejanza entre las dos cosas. Esta figura es la más sencilla de todas y la más fácil de identificar.

Veamos, por ejemplo, la semejanza expresamente declarada en este texto: “Como no conviene la nieve en el verano, ni la lluvia en la siega, así no conviene al necio la honra” (Pr. 26:1).

El estudiante puede examinar los símiles en los siguientes textos: Génesis 13:10, 16; 15:5; Jueces 7:12; Proverbios 26:18, 19; Isaías 1:8.

Hay casos cuando el símil existe sólo implícitamente. Es decir, la semejanza entre las dos cosas diferentes, solamente se da a entender. En Proverbios 26:3 leemos: “El látigo para el caballo, el cabestro para el asno, y la vara para la espalda del necio.” El escritor dio a entender que las tres cosas son igualmente propias.

En Proverbios 25:4, 5 encontramos otro símil implícito: “Quita las escorias de la plata, y saldrá alhaja al fundidor. Aparta al impío de la presencia del rey, y su trono se afirmará en justicia.”

Que busque el estudiante el símil implícito en Juan 12:24, 25.

A veces el símil es prolongado, para incluir varios aspectos de la semejanza. En el Cantar de los Cantares 2:3–5 encontramos este símil prolongado: “Como el manzano entre los árboles silvestres, así es mi amado entre los jóvenes; bajo la sombra del deseado me senté, y su fruto fue dulce a mi paladar … Sustentadme con pasas, confortadme con manzanas.”

El símil prolongado también se puede considerar una parábola o una alegoría. Estas se estudiarán en los capítulos 16 y 17.

La metáfora

Esta figura indica la semejanza entre las dos cosas muy diferentes, declarando que una de ellas es la otra. Encontramos esta figura en las palabras de Jesús: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt. 5:14). La expresión quiere decir: “Vosotros sois como una luz para el mundo”, quizá la luz del sol.

Esta figura existe también cuando se sugiere la semejanza entre dos cosas muy diferentes, usando palabras que son propias solamente para una de ellas. En Isaías 3:15 leemos: “¿Qué pensáis vosotros que majáis mi pueblo, y moléis las caras de los pobres?” Aquí el Señor reprocha a los gobernantes de su pueblo por su opresión. Pero esta expresión es representada como el acto de majar y moler al pueblo. Claro es que los gobernantes no majaban ni molían al pueblo literalmente. Isaías usa estas palabras metafóricamente; y la figura es una metáfora.

Existe también la metáfora prolongada. En Isaías 40:7 dice el profeta, según la Versión Antigua: “Ciertamente hierba es el pueblo.” (La Versión Revisada mete la palabra como, cambiando la figura en un símil.) Pero observemos cómo se prolonga la figura en el v. 8: “Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre.”

Raras veces el escritor explica su metáfora. En Isaías 9:14 dice: “Y Jehová cortará de Israel cabeza y cola”, representándolo como una bestia. Y en el v. 15 explica: “El anciano y venerable de rostro es la cabeza; el profeta que enseña mentira, es la cola.”

Para ver otros ejemplos de la metáfora, véase Génesis 15:1; Proverbios 16:22; 25:18; Juan 10:7; 15:1; y Salmo 84:11.

La metonimia

La metonimia es el uso de una palabra en lugar de otra, sugerida por la primera. Cuando el escritor pone el efecto de una acción en lugar de la causa, o usa el símbolo o la seña en lugar de la realidad, usa la metonimia.

En Joel 2:31 el profeta dice: “El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová.” El sol nos hace pensar en luz, y la falta de sol, en las tinieblas. Y la luna también será oscurecida para verse roja como la sangre. Pero en todo esto, Joel habla del juicio de Dios, que es la causa; y el efecto es la oscuridad de la que Joel habla.

En 1 Juan 1:7 dice el Apóstol: “Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros.” La palabra luz es símbolo de entendimiento y rectitud. Al decir luz en lugar de la realidad espiritual, usa una metonimia.

En Génesis 6:12 y 31:42, el estudiante puede ver ejemplos del uso del efecto por la causa.

Para ver ejemplos de la metonimia que emplea palabras sugeridas por otras, véase Proverbios 5:15–18, y 23:23. En el primer caso, el estudiante verá también el uso del eufemismo, examinado más adelante en este mismo capítulo.

La sinécdoque

Ocurre la sinécdoque cuando el escritor apunta una parte por el todo, o el todo por una parte. En el Salmo 16:9 dice David: “Mi carne también reposará confiadamente.” La referencia es a la resurrección de Cristo, según Hch. 2:31. Por supuesto, habla de la resurrección de todo su cuerpo y no solamente de su carne. Porque en sí, la carne no significa los huesos, el cabello ni las uñas. La palabra carne es una sinécdoque por todo el cuerpo; es una parte por el todo.

Hay sinécdoques en 1 Corintios 11:27 y Lucas 2:1. Pero en estos mismos textos hay metonimias también. Estos textos son ejemplos del problema de clasificar las figuras literarias.

En 1 Corintios 11:27 dice Pablo: “Cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa …” La copa llena se usa aquí por la pequeña parte que bebe el comulgante; esta es la sinécdoque. Pero la copa se pone aquí en lugar de su contenido, el vino. Esta es la metonimia.

En Lucas 2:1 dice el evangelista que César promulgó un edicto para que “todo el mundo fuese empadronado”. Pero no todo el mundo estaba dentro del gobierno de Augusto César. De manera que Lucas pone “todo el mundo” en lugar de la parte gobernada por él. Esta es la sinécdoque. Pero al decir “el mundo”, quiere decir los habitantes de él. Esta es la metonimia.

Otros ejemplos de la sinécdoque se pueden encontrar en Exodo 4:12; Isaías 32:12; Miqueas 4:3; y Santiago 1:27.

La ironía

La ironía es la expresión de una idea mediante su sentido contrario, para exponer lo absurdo del caso.

Job habla irónicamente (12:2) cuando dice: “Ciertamente vosotros sois el pueblo, y con vosotros morirá la sabiduría.” Sus amigos estaban tan seguros de tener la razón y de que Job estuviera equivocado, que Job usó esta manera de llamarles la atención a lo absurdo de sus palabras.

El estudiante puede examinar las expresiones irónicas en 2 Corintios 11:5 y 12:11; 1 Reyes 18:27; y Job 38:21.

La hipérbole

En el idioma griego, la palabra hipérbole significa “tirar más allá (del blanco).” Como figura literaria significa la exageración de una idea. No debe ser entendida como mentira, la cual tiene la intención de engañar. La hipérbole exagera de una manera evidente para dar énfasis al pensamiento.

En Deuteronomio 1:28 Moisés recuerda las palabras de los espías que fueron enviados para investigar la tierra. Decían que las ciudades eran “grandes y amuralladas hasta el cielo”. Así dieron a entender que sería imposible vencerlas. Nadie entendió estas palabras literalmente, y Moisés tampoco tenía la intención de tomarlas literalmente. La misma figura se encuentra en Números 13:32, 33.

El estudiante puede examinar Génesis 15:5 y preguntarse si su lenguaje es hiperbólico. En Mateo 5:29, 30 ¿existe una hipérbole? Véase también las que se encuentran en Proverbios 6:30, 31; 23:1, 2; y Hechos 27:34.

 

Fuente: Tomás de la Fuente, Claves de Interpretación Biblica – Edición Actualizada (El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones, 1985), 83–88.

La epístola a los GÁLATAS

INTRODUCCION

1. Título. Esta carta fue dirigida a las iglesias de Galacia. No se sabe si estas iglesias estaban en el norte de Galacia, en ciudades como Tavion, Pesino y Ancira (Angora), o en el sur, en Antioquía, Iconio, Listra, Derbe y otras ciudades (ver mapa frente a p. 33). A la primera opinión se le da el nombre de teoría de la Galacia del norte; y a la segunda, teoría de la Galacia del sur. El tema de estas dos teorías se trata detenidamente en las dos Notas Adicionales de Hech. 16. El nombre Galacia se debe a las tribus de galos que invadieron el Asia Menor alrededor del año 278 a. C. y se establecieron en la parte norte de lo que en el 25 a. C. se transformó en la provincia romana de Galacia.

2. Paternidad literaria. La paternidad literaria paulina de esta epístola no ha sido puesta en duda seriamente. La evidencia interna de la epístola es convincente, y concuerda en forma completa con el carácter de Pablo como es descrito en los Hechos y en otras cartas atribuidas a él. Los escritores cristianos posteriores a los apóstoles conocían la epístola, y consideraban que provenía de la mano de Pablo. Aparece en las listas más antiguas de libros del NT.

3. Marco histórico. Pablo y Bernabé fundaron en su primer viaje las iglesias de Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra y Derbe (ver Hech. 13:14 a 14:23), alrededor de los años 45–47 d. C. Después de volver a Antioquía fueron enviados a Jerusalén con la pregunta de si se debía imponer a los gentiles convertidos al cristianismo la práctica de los ritos y las ceremonias del judaísmo (ver Hech. 15). El Concilio de Jerusalén, celebrado alrededor del año 49 d. C., se pronunció en contra de imponer dichos ritos y ceremonias a los que no eran judíos. Pablo comenzó su segundo viaje misionero poco después de ese concilio, acompañado por Silas. Primero visitaron de nuevo las iglesias del sur de Galacia que Pablo había organizado en su primer viaje, tres de las cuatro se mencionan específicamente: Derbe, Listra e Iconio (ver Hech. 16:1–5). Después llevaron el Evangelio a Frigia y Galacia (vers. 6). Los que sostienen la teoría de la Galacia del norte (ver Nota Adicional de Hech. 16), hacen notar que después de esta visita a Derbe, Listra e Iconio, Pablo y Silas pasaron por el lugar que Lucas llama “la provincia de Galacia”. Por esto se puede deducir que Lucas hablaba de la región donde se establecieron los galos y no lo que los romanos llamaban la provincia de Galacia, que incluía otras zonas hacia el sur (ver mapa frente a p. 33). Pablo volvió una vez más a Galacia a comienzos de su tercer viaje misionero, alrededor de los años 53 y 54 d. C.

La Epístola a los Gálatas tuvo que haber sido escrita después de los sucesos registrados en Gál. 2:1–14. Si aquí se hace alusión al concilio de Jerusalén descrito en Hech. 15, la carta debe haber sido escrita después de la terminación del primer viaje, pues ese concilio se celebró entre el primer viaje misionero y el segundo (ver Hech. 15:36–41). Además, de acuerdo con Gál. 4:13, parece que Pablo ya había visitado las iglesias de Galacia dos veces, y si es así, la carta tuvo que haber sido escrita después de que terminara su segundo viaje. Si se acepta la teoría de la Galacia del norte, la carta a los gálatas fue escrita después del tercer viaje, pues Pablo no había visitado las iglesias del norte de Galacia en su primer viaje. Por lo tanto, el momento cuando escribió la epístola podría ser el invierno (diciembre-febrero) del año 57/58 d. C.

Un argumento presentado en favor de Corinto como lugar de donde se escribió la epístola, es el gran parecido entre el tema de esa carta y Romanos, que fue escrita durante la tercera visita de Pablo a Corinto. La justificación por la fe es el tema de ambas epístolas, y ambas tratan ampliamente la diferencia entre “la ley” y el Evangelio.

Pero si se acepta la teoría de la Galacia del sur, es posible fijar la fecha más temprana de 45 d. C. Algunos piensan que pudo haber sido escrita aún antes del concilio de Jerusalén, inmediatamente después del regreso de Pablo a Antioquía al terminar su primer viaje. La razón que se da para esta conclusión es que la epístola no contiene ninguna mención específica del concilio ni de la decisión que allí se tomó. Ante la objeción de que Pablo ya había visitado dos veces las iglesias del sur de Galacia, los que aceptan la teoría de la Galacia del sur argumentan que su regreso a ellas durante el primer viaje debe ser considerado como una segunda visita (ver Hech. 14:21–23).

El propósito de la carta es evidente por su contenido. Amenazaba la apostasía —si es que ya no había comenzado—, por lo cual la carta era naturalmente una epístola polémica. La apostasía sobrevino debido a la acción de algunos maestros judaizantes, quizá del mismo grupo que causó dificultades en la iglesia de Antioquía de Siria en cuanto a la misma cuestión (Hech. 15:1). La discordia de esos hombres en Antioquía determinó la celebración del concilio de Jerusalén, en donde los judaizantes se opusieron otra vez a Pablo argumentando que los conversos cristianos debían observar las ordenanzas legales judaicas, y exigían la circuncisión de Tito (Gál. 2:3–4). En esta epístola Pablo no se ocupa mucho de la circuncisión, ni en particular de cualquier otra característica de la ley ceremonial, sino de la falsa enseñanza de que el hombre puede salvarse a sí mismo observando los preceptos de “la ley”. Esto es evidente por el hecho de que el apóstol en algunas ocasiones había participado de los ritos (Hech. 18:18; 21:20–27). También permitió que Timoteo fuera circuncidado (Hech. 16:3).

Es indudable que esos falsos maestros habían logrado gran éxito en sus esfuerzos y hasta habían engañado con sus enseñanzas a una cantidad no pequeña de los feligreses de las iglesias de Galacia (ver Gál. 1:6). No se puede saber con exactitud hasta dónde habían llegado las iglesias engañadas en la práctica del legalismo antes de que recibieran la epístola de Pablo, pero se nota por el tono general de la carta que había un peligro inminente de apostasía general. Esos maestros iban directamente en contra de la decisión del concilio. No sólo repudiaban el Evangelio de Pablo, sino que desafiaban su autoridad como apóstol, haciendo mucho énfasis en el hecho de que Pablo no era uno de los doce elegidos y ordenados por Cristo.

Para que los gálatas vieran con claridad el error en el cual habían caído, Pablo reafirmó los grandes principios del Evangelio tal como se los había enseñado. Pero como se acusaba al apóstol de que predicaba un evangelio falso, y eso implicaba la otra afirmación de que él no estaba calificado para enseñar, Pablo se sintió obligado a dar pruebas que demostraran su apostolado. Esto explica la parte autobiográfica de la carta (cap. 1:11 a 2:14). Su propósito al presentar un relato tan detallado de hechos personales relacionados con el problema, era probar la validez de su Evangelio. También destacó que sus enseñanzas —que explicó a los apóstoles en el concilio— estaban en armonía con las de los dirigentes que se habían relacionado personalmente con Jesús y habían recibido sus mensajes directamente de él.

4. Tema. El tema de la Epístola a los Gálatas es la justificación por medio de la fe en Jesucristo, lo cual presenta un contraste con el concepto judaico de la justificación por medio del cumplimiento de las “obras” prescritas en el sistema legal judío. Esta carta ensalza lo que Dios ha hecho mediante Cristo para la salvación del hombre, y rechaza categóricamente la idea de que una persona puede ser justificada por sus propios méritos. Ensalza la dádiva gratuita de Dios, en contraste con los esfuerzos del hombre de salvarse por sí mismo. La pregunta específica en disputa entre Pablo y los maestros de la herejía en Galacia era: el cumplimiento de las ceremonias y requisitos prescritos en el judaísmo, ¿le da derecho a una persona al favor divino y a ser aceptada por Dios? La respuesta fue un rotundo No: “el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo” (ver com. cap. 2:16). El cristiano que trata de ganar la salvación mediante las “obras de la ley”, está renunciando completamente a la gracia de Cristo (cap. 2:21; 5:4).

Los cristianos, como “hijos de la promesa” (cap. 4:28), son “herederos” (cap. 3:6–7, 14, 29). Ya no eran niños inmaduros en la fe para necesitar un “ayo” que los guiara (Gál. 3:23–26; 4:1–7), pues se habían convertido en nuevas criaturas en Cristo (cap. 4:7; 6:15), “guiados por el Espíritu” (cap. 5:18), y Cristo vivía por la fe en sus corazones, en donde tenían escrita la ley moral (Gál. 2:20; Heb. 8:10). Pero entretanto que los judíos se jactaban de una justificación que pretendían adquirir mediante sus propios esfuerzos, observando las leyes de Dios (Rom. 2:17; 9:4), los cristianos reconocían —y reconocen— que no tenían nada de qué gloriarse, excepto en el poder salvador de “la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (ver Gál. 6:14).

“Ley” en la epístola de Gálatas equivale a toda la revelación recibida en el Sinaí, las reglas de Dios para sus hijos: leyes morales, estatutos civiles y ritos ceremoniales; aunque posteriormente los judíos les añadieron por su cuenta un cúmulo de leyes. Pensaban equivocadamente que por sus propios esfuerzos podían obedecer perfectamente esas leyes y que con semejante obediencia podían ganar su salvación. La Epístola a los Gálatas no se ocupa prácticamente de ninguna de esas leyes en particular, sino de la falsa idea de que alguien pueda ganar su propia salvación mediante el cumplimiento riguroso de los diversos requerimientos legales. El dilema es: o la salvación por la fe, o la salvación por las obras; ambas se excluyen entre sí.

Pablo explica que las promesas del Evangelio fueron confirmadas a Abrahán en el pacto, y que la revelación de la ley de Dios 430 años después no alteró las condiciones de ese pacto (cap. 3:6–9, 14–18). “La ley” no tenía el propósito de reemplazar el pacto o de proporcionar otro medio de salvación, sino de ayudar a los hombres a que entendieran las condiciones del pacto de la gracia divina y se apropiaran de ella. “La ley” no tenía el propósito de ser un fin en sí misma, como suponían los judíos, sino un medio —un “ayo”— para guiar a los hombres a la salvación en Cristo de acuerdo con las promesas del pacto. El propósito de “la ley”, su “fin”, o meta, es conducir a los hombres a Cristo (ver com. Rom. 10:4), no abrirles otro sendero de salvación. Sin embargo, la mayoría de los judíos voluntariamente permanecieron en la ignorancia del plan de Dios de justificar a los hombres por la fe en Cristo, y continuaron tratando de establecer su propia justicia “por las obras de la ley” (Gál. 2:16; ver Rom. 10:3).

Pablo explica, además, que el pacto con Abrahán hacía provisión para la salvación de los gentiles, pero “la ley” no; y que por tal razón los gentiles debían encontrar la salvación por medio de la fe en la promesa hecha a Abrahán, y no por medio de “la ley” (Gál. 3:8–9, 14, 27–29). El error y el grave problema que los judaizantes habían introducido en las iglesias de Galacia consistía en tratar de imponer sobre los conversos gentiles formas ceremoniales como la circuncisión y la observancia ritual de “los días, los meses, los tiempos y los años” (cap. 4:10; 5:2). Ese problema específico había dejado de existir, pues los cristianos ya no estaban —ni están, por supuesto— en peligro de tener que practicar las leyes rituales del judaísmo (cf. cap. 4:9; 5:1). Pero esto no equivale a decir que el libro de Gálatas tiene únicamente interés histórico, y ningún valor espiritual y pedagógico para los cristianos modernos. La inclusión de la epístola en el canon sagrado demuestra su tremendo valor e importancia para nuestros días (cf. Rom. 15:4; 1 Cor. 10:11; 2 Tim. 3:16–17).

Como ya se ha hecho notar (ver p. 931), la palabra “ley” en Gálatas incluye dentro de sus alcances tanto la ley moral como la ceremonial. En realidad la ley ceremonial no habría tenido sentido sin la ley moral (ver com. cap. 2:16). La ley ceremonial terminó en la cruz debido a su limitación (ver com. Col. 2:14–17); pero la ley moral —el Decálogo— permanece en plena vigencia (ver com. Mat. 5:17–18). Existe aún el peligro de aferrarse a la “letra” del Decálogo sin penetrar o comprender su espíritu (Mat. 19:16–22; ver com. Gál. 5:17–22), como sucedió en los días de Pablo: el peligro de participar en el sistema de sacrificios sin comprender que sus símbolos señalaban a Cristo. Por lo tanto, si los cristianos modernos aceptan el error —no importa en qué grado sea— de tratar de salvarse por sus esfuerzos guardando el Decálogo, caen de la gracia y quedan “sujetos” al “yugo de esclavitud” (Gál. 5:1, 4). Para ellos Cristo habrá muerto en vano (cap. 2:21); se les aplica la advertencia de Gálatas. El cristiano guarda el Decálogo no para ganar la salvación, sino porque ha sido salvo. No hay duda de que sólo una persona que es salva porque Cristo mora en ella, puede guardarlo.

Esta advertencia se aplica también a los que piensan alcanzar un nivel más alto de justicia delante de Dios porque practican minuciosamente reglas humanas sobre normas de vida cristiana, como el vestido y el régimen alimentario. Al hacerlo cometen el mismo error que los judíos de los días de Cristo (ver Rom. 14:17; com. Mar. 7:1–14). Otros devuelven sus diezmos, asisten a la iglesia y aun observan el sábado porque creen equivocadamente que de esa manera ganan méritos delante de Dios. Es cierto que el cristiano deseará cumplir fielmente con todos esos mandatos divinos, pero lo hará no con la esperanza de congraciarse con Dios, sino porque como hijo de Dios por la fe en la gracia salvadora de Jesucristo, siente supremo gozo y felicidad de vivir en armonía con la voluntad expresada por Dios (ver com. Mat. 7:21–27; Material Suplementario de EGW de Gál. 3:24).

La lección que se destaca en Gálatas para la iglesia actual es la misma que en los días de Pablo: que la salvación sólo se puede lograr por medio de una fe sencilla en los méritos de Cristo (cap. 2:16; 3:2; 5:1), y que nada de lo que el hombre pueda hacer mejora en lo más mínimo su condición delante de Dios ni incrementa sus posibilidades de obtener el perdón y la redención. La ley, ya sea moral o ceremonial, no tiene poder para librar a los hombres de la condición de pecado en que se encuentran (ver com. Rom. 3:20; 7:7). Este es el “Evangelio” de Pablo en contraste con el “evangelio” pervertido de los judaizantes (Gál. 1:6–12; 2:2, 5, 7, 14).

La carta concluye con una exhortación para que no abusaran de la libertad que poco antes habían encontrado en el Evangelio, sino para que vivieran una vida santa (cap. 6). El amor cristiano debía inducir a los gálatas a estar en guardia contra un espíritu de santidad fingida y a tratar bondadosamente a los que cayeran en error. La iglesia debía ser conocida por sus buenas obras —el fruto del Espíritu—, y no debía tratar de sustituir la fe en los méritos salvadores de Cristo con las buenas obras.

5. Bosquejo

I. Saludo e introducción, 1:1–10.

A. La autoridad apostólica del autor, 1:1–5.

B. La ocasión para escribir la carta y su propósito, 1:6–10.

II.Defensa de la autoridad apostólica de Pablo, 1:11 a 2:14.

A. La autenticidad de su conversión al cristianismo, 1:11–24.

1.El origen divino de su interpretación del Evangelio, 1:11–12.

2.Su celo anterior por la fe judía, 1:13–14.

3.Su conversión y su misión entre los paganos, 1:15–16.

4.Su retiro preparatorio en Arabia, 1:17.

5.Su primer contacto con los apóstoles en Jerusalén, 1:18–20.

6.Su aceptación por las iglesias de Judea, 1:21–24.

B. La aprobación apostólica de su interpretación del Evangelio, 2:1–14.

1.Pablo explica su Evangelio a los apóstoles, 2:1–2.

2.El caso de Tito comprueba el Evangelio de Pablo, 2:3–5.

3.Igualdad apostólica de Pablo con los doce, 2:11–14.

III.La fe contra el legalismo como medio de salvación, 2:15 a 3:29.

A. Los cristianos de origen judío también dependen de la fe en Cristo para la salvación, no de la ley, 2:15–21.

1.Los cristianos de origen judío comprenden la ineficacia del legalismo, 2:15–16.

2.La incompatibilidad del cristianismo y el judaísmo, 2:17–21.

B. La salvación de los gentiles provista en el pacto hecho con Abrahán, 3:1–14.

1.Los gálatas se habían hecho cristianos por medio de la fe, 3:1–5.

2.La fe es la característica distintiva del pacto hecho con Abrahán, 3:6–7.

3.La salvación de los gentiles por medio de la fe, 3:8–14.

C. La condición de “la ley” en relación con el pacto hecho con Abrahán, 3:15–29.

1.“La ley” no anulaba las provisiones mesiánicas del pacto, 3:15–18.

2.El papel subordinado y provisorio de “la ley”, 3:19–25.

3.En Cristo todos son herederos de las promesas del pacto por la fe, 3:26–29.

IV.El cristiano queda libre de la tutela de “la ley”, 4:1–31.

A. De la inmadurez de “la ley” a la madurez del Evangelio, 4:1–7.

1.La condición de subordinación de un heredero durante su minoría de edad, 4:1–3.

2.Se confieren los privilegios plenos de la herencia mediante Cristo, 4:4–7.

B. El insensato proceder de la iglesia de Galacia, 4:8–31.

1.La insensatez de judaizar, 4:8–12.

2.La sinceridad de Pablo y su solícito interés en las iglesias de Galacia, 4:13–20.

3.La alegoría de los dos hijos, 4:21–31.

V.Exhortaciones morales y espirituales, 5:1 a 6:10.

A. La esclavitud del legalismo incompatible con la libertad en Cristo, 5:1–12.

B. La libertad cristiana no es una excusa para el libertinaje, 5:13–26.

1.El amor es el cumplimiento de la ley, 5:13–18.

2.Las obras de la carne y las obras del Espíritu, 5:19–26.

C. El amor fraternal cumple con la ley de Cristo, 6:1–10.

VI.Conclusión, 6:11–18.

 

 

Fuente bibliográfica:

Francis D. Nichol and Tulio N. Peverini, eds., Hechos a Efesios, trans. Victor E. Ampuero Matta and Nancy W. de Vyhmeister, vol. 6, Comentario Biblico Adventista Del Séptimo Día (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1996), 929–934.

EL CANON (parte 2)

II. EL CANON DEL ANTIGUO TESTAMENTO

A. La evidencia del mismo Antiguo Testamento

canon 21. De la Ley. El Antiguo Testamento contiene varias referencias a la ley de Moisés como autoritativa. Estas son algunas de las citas: Josué 1:7–8; 23:6; 1 Reyes 2:3; 2 Reyes 14:6; 21:8; 23:35; Esdras 6:18; Nehemías 13:1; Daniel 9:11; Malaquías 4:4. Tales referencias le dan validez a la naturaleza inspirada de los escritos de Moisés en los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, donde él dejó escrita la Ley.

2. De los profetas. Los profetas afirmaron que hablaban la Palabra de Dios, y sus profecías se reconocieron como autoritativas. Note estas referencias: Josué 6:26 comparada con 1 Reyes 16:34; Josué 24:29–33 comparada con Jueces 2:8–9; 2 Crónicas 36:22–23 comparada con Esdras 1:1–4; Daniel 9:2 comparada con Jeremías 25:11–12.

3. De Malaquías 4:5. En Malaquías 4:5 hay indicación de que el testimonio profético terminaría con Malaquías y no comenzaría de nuevo hasta la llegada de un profeta como Elías en la persona de Juan el Bautista (Mateo 17:11–12).


B. La evidencia de los manuscritos del mar Muerto

1. Su importancia. Los rollos nos indican cuáles libros del Antiguo Testamento fueron reconocidos como sagrados en el período entre el Antiguo Testamento y el Nuevo.

2. El número de ellos. Más o menos 175 de los 500 rollos del mar Muerto son bíblicos. Hay varias copias de muchos de los libros del Antiguo Testamento, y todos los libros del Antiguo Testamento están representados entre los rollos, excepto Ester.

canon 33. Su testimonio. El mero hecho de que aparezcan libros bíblicos entre los rollos no prueba su canonicidad, puesto que algunos de los libros no canónicos también están presentes. Sin embargo, muchos de los rollos del mar Muerto son comentarios, y hasta ahora todos los comentarios tratan solamente de los libros canónicos. Esto parece demostrar que se reconocía la distinción entre los libros canónicos y los que no lo eran. También, veinte de los treinta y nueve libros del Antiguo Testamento se citan o se hace referencia a ellos como Escritura. En resumen, los rollos aportan evidencia positiva de la canonicidad de todos los libros del Antiguo Testamento, excepto Crónicas, Ester, y Cantar de los Cantares.

C. Otra evidencia

1. El prólogo a Eclesiástico. Este libro no canónico hace referencia a una división tripartita de los libros (a saber, la Ley, los Profetas, e himnos y preceptos para la conducta humana) la cual conocía el abuelo del autor (lo cual sería alrededor del 200 A.C.).

2. Filón. Filón (alrededor de 40 A.D.) hizo referencia a la misma división tripartita.

3. Josefo. Josefo (37–100 A.D.) dijo que los judíos consideraban solamente los veintidós libros como sagrados (que equivalen precisamente a los mismos treinta y nueve libros del Antiguo Testamento que tenemos hoy).

4. Jamnia. Jamnia (90 A.D.) era una casa de enseñanza de rabinos que discutieron la canonicidad. Algunos cuestionaron si se debían aceptar (como se estaba haciendo) Ester, Eclesiastés, y Cantar de los Cantares. Estas discusiones tenían que ver con un canon ya existente.

5. Los padres de la iglesia. Los padres de la iglesia aceptaron los treinta y nueve libros del Antiguo Testamento. La única excepción fue Agustín (400 A.D.), quien incluyó los libros apócrifos (esos libros “extra” que algunas Biblias incluyen entre los libros del Antiguo y el Nuevo Testamentos). Sin embargo, él reconoció que éstos no eran totalmente autoritativos. Los libros apócrifos no se reconocieron oficialmente como parte del canon hasta el Concilio de Trento (1546 A.D.), y entonces sólo por la Iglesia Católica Romana.

D. La evidencia del Nuevo Testamento

canon 41. Las citas del Antiguo Testamento en el Nuevo. Hay unas 250 citas de libros del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento. Ninguna proviene de los libros apócrifos. Todos los libros del Antiguo Testamento se citan excepto Ester, Eclesiastés, y Cantar de los Cantares.

2. Mateo 5:17. El Señor aquí dijo que la Ley y los Profetas eran autoritativos porque con toda seguridad se iban a cumplir. Esta doble división abarca todo el Antiguo Testamento.

3. Lucas 11:51. Aquí el Señor afirmó algo definitivo tocante a la extensión del canon del Antiguo Testamento que El aceptaba. Al condenar a los líderes del pueblo judío por matar a los mensajeros de Dios a través de su historia, El los acusó de ser culpables de derramar la sangre de todos los justos desde Abel hasta Zacarías. Ahora bien, el homicidio de Abel se narra en Génesis 4, y el de Zacarías en 2 Crónicas 24, que fue el último libro en el arreglo del canon hebreo (como Malaquías lo es en nuestro arreglo). Así que el Señor estaba diciendo: “Desde el primer homicidio registrado en el Antiguo Testamento hasta el último”. Ahora bien, por supuesto que hubo otros homicidios de mensajeros de Dios que se relatan en los libros apócrifos, pero el Señor no los tomó en cuenta. Evidentemente El no consideraba que los apócrifos tuviesen igual autoridad que los libros de Génesis a 2 Crónicas.

Fuente:
Charles Caldwell Ryrie, Teología básica (Miami: Editorial Unilit, 2003), 119–121.

EL CANON (parte 1)

INTRODUCCIÓN

El asunto del canon tiene que ver con la cuestión de cuántos libros pertencen a la Biblia. El canon, pues, se refiere a una lista autorizada de los libros de la Biblia. Por supuesto, los libros individuales fueron escritos sobre un gran período de tiempo por varios escritores. ¿Cómo, pues, se coleccionaron, y quién decidió cuáles compondrían el canon de la Escritura?

canon
I. ALGUNAS CONSIDERACIONES BASICAS

A. El significado de la palabra canon

1. Su derivación. La palabra viene del vocablo griego kanon el cual se refiere a un instrumento de medir. Por consiguiente, adquirió el significado de una regla de acción (Gálatas 6:16; Filipenses 3:16).

2. La historia del uso de la palabra. En la iglesia primitiva la palabra“canon” se usaba con referencia a los credos. A mediado del siglo cuarto llegó a emplearse en relación con la Biblia; i.e., la lista de los libros aceptados reconocidos como pertenecientes a la Biblia.

3. Su significado. En realidad, la palabra “canon” tiene doble significación. Se refiere a la lista de los libros que cumplieron con los requisitos de ciertas pruebas o reglas y así se consideraron autoritativos y canónicos. Pero también significa que la colección de libros canónicos constituyen la regla de nuestra vida.

B. Algunas consideraciones en la investigación de la canonicidad.

1. Autoautenticación. Es esencial recordar que la Biblia se autentica a sí misma, puesto que sus libros fueron aspirados por Dios (2 Timoteo 3:16). En otras palabras, los libros eran canónicos en el momento que fueron escritos. No fue necesario esperar hasta que los varios concilios pudiesen examinar los libros para determinar si eran aceptables o no. Las personas y los concilios solamente reconocieron y declararon lo que es verdadero por la inspiración intrínseca de los libros tal como fueron escritos. Ningún libro de la Biblia fue hecho canónico por la acción de algún concilio de la iglesia.

2. Las decisiones de los hombres. Sin embargo, los hombres y los concilios sí tuvieron que considerar cuáles libros debían ser reconocidos como parte del canon, porque había algunos candidatos que no eran inspirados. Se tuvieron que hacer algunas decisiones y elecciones, y Dios guió a grupos de personas a hacer las decisiones correctas (no sin algunas pautas) y a coleccionar los varios escritos en los cánones del Antiguo y del Nuevo Testamentos.

3. Debates sobre la canonicidad. En el proceso de decidir y coleccionar, era de esperarse que surgieran varias disputas en cuanto a alguno de los libros. Y así fue. Sin embargo, estos debates no disminuyen la autenticidad de los libros genuinamente canónicos, ni tampoco le conceden autoridad a aquellos que no fueron inspirados por Dios.

4. La conclusión del canon. Desde 397 A. D. la iglesia ha considerado que el canon de la Biblia está completo y, si está completo, entonces tiene que estar cerrado. Por lo tanto, no podemos esperar que se descubran o se escriban algunos otros libros que abrirían el canon de nuevo para sumarse a los sesenta y seis libros. Aun si se descubriera una carta de Pablo, no sería canónica. Después de todo, Pablo debió de haber escrito muchas cartas durante su vida además de las que están en el Nuevo Testamento; aun así, la iglesia no las incluyó en el canon. No todo lo que escribía un apóstol era inspirado, porque no era el escritor el inspirado sino sus escritos, y no necesariamente todos ellos.

LibrosBiblia

Los libros más recientes que las sectas ponen a la par de la Biblia no son inspirados ni tiene razón alguna de ser parte del canon de la Escritura. Por cierto, las supuestas declaraciones proféticas o visiones que algunos alegan que provienen de Dios hoy en día, no pueden ser inspiradas y consideradas como parte de la revelación de Dios investidas de alguna autoridad como la de los libros canónicos.

Fuente:
Charles Caldwell Ryrie, Teologı́a básica (Miami: Editorial Unilit, 2003), 118–119.

GRACIA ¿qué es?

En el AT hay varias palabras que tocan uno o más de los aspectos de la doctrina de la gracia. Las dos que en una forma más completa expresan la palabra charis del NT son ḥēn y ḥeseḏ. La primera tiene el sentido predominante de favor, con el sentido de que el favor no se basa en méritos. Así, Moisés dice a Jehová: «Si he hallado gracia en tus ojos, te ruego que me muestres ahora tu camino, para que te conozca, y halle gracia en tus ojos» (Ex. 33:13).

graciaLa palabra ḥeseḏ que más frecuentemente se traduce «misericordia», tiene también, aunque no invariablemente, la asociación del pacto que Dios hace con su pueblo: «Jehová se me manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo: ‘Con amor eterno te he amado; por tanto, te prolongué mi misericordia’» (Jer. 31:3); «Jehová tu Dios guardará contigo el pacto y la misericordia que juró a tus padres» (Dt. 7:12). (Para las demás palabras que forman el nexo del concepto de gracia en el AT, véase C. Ryder Smith, The Bible Doctrine of Grace, Epworth Press, Londres, 1956, cap. 2).

La palabra más común es charis. Su significación básica se encuentra en la alegría, sea con respecto a la apreciación de las cosas o del pueblo. Pero, según su uso en el NT, combina los usos de ḥēn y ḥeseḏ: p. ej., para el primero: «Pero si es por gracia, ya no es por obras; de otro modo la gracia ya no es gracia» (Ro. 11:6), o: «las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros» (Ef. 2:7); para la segunda: «Donde abundó el pecado, sobreabundó la gracia» (Ro. 5:20).

La esencia de la doctrina de la gracia es que Dios es por nosotros. Más aun, él está por nosotros aun cuando nosotros mismos estamos en su contra. Además, él no está por nosotros solamente en actitud general, sino que ha actuado efectivamente hacia nosotros. La gracia está toda comprendida en Cristo Jesús.

Es completamente claro que el NT en forma abrumadora asocia la palabra gracia con Cristo, ya sea directamente («la gracia de nuestro Señor Jesucristo»), o también por implicación como el ejecutor de la gracia de Dios. No hace esto en ningún espíritu de cristomonismo, sino porque es en su Hijo encarnado que Dios hace efectivo su estar por nosotros, nos muestra que él está por nosotros y nos reconcilia consigo mismo, llevándonos a su lado para estar por él. Puesto que todo esto ocurre solamente por la actividad de Cristo encarnado, podemos decir que la gracia es Jesucristo y que Jesucristo es la gracia. Él es la gracia de Dios para con nosotros.

Jesucristo es Dios por nosotros. Podríamos considerar esto en función del Pacto (ḥeseḏ). En su Hijo, Dios se une libremente a nosotros para ser nuestro Dios, y nos une a nosotros con él para ser suyos. Haciéndose nuestro Dios, llega a ser para nosotros lo que él es en sí mismo amante, santo, misericordioso y paciente, en una palabra, el Dios de gracia. Como Dios es en sí mismo, así será para nosotros Dios, para nuestro beneficio. Él asumirá la responsabilidad por nuestro pasado, presente y futuro. Él ya no es un enemigo; está con nosotros contra nuestros verdaderos enemigos, y eso en forma efectiva: «Si Dios es por nosotros, ¿quién contra nosotros?» (Ro. 8:31).

gracia-2

Pero todo esto es así porque Cristo ha venido, muerto y resucitado: «la gracia … vino por Jesucristo» (Jn. 1:17). La encarnación del Hijo de Dios, sus sufrimientos obedientes, su muerte en sacrificio y su resurrección triunfante no solamente nos muestran que Dios es misericordioso, sino que es en sí mismo un acto de la gracia de Dios, en el cual se vuelve a nosotros y efectúa esta relación. En lo que Cristo hace y sufre, la gracia de Dios vence el pecado y la enemistad y establece la comunidad del pacto. Sin embargo, no debemos suponer que Dios sólo comenzó a ser misericordioso para con nosotros cuando ya se hubo tratado con el pecado, y que previamente había estado en contra de nosotros. Dios muestra su gracia para con nosotros porque en primer lugar él es Dios de gracia. De lo profundo de su gracia nos muestra su gracia en su Hijo.

Además, es de la esencia de la gracia el hecho de que es libre. Si la gracia fuera una obligación de parte de Dios, ya no sería gracia. Pero es en su divina libertad que Dios nos muestra su gracia. No está obligado a mostrar su gracia; lo hace libremente. Nosotros los pecadores merecemos solamente que Dios esté en contra de nosotros. La animosidad de Dios contra el pecado se revela en la cruz claramente. Pero nosotros somos pecadores, irrevocable e inexcusablemente. Por lo tanto, Dios debiera estar contra nosotros. Sin embargo, ¡maravilla de maravillas! Él no envía un destructor, ni un juez, sino él mismo viene a salvar y permite él mismo ser destruido y juzgado. No podría haber una declaración más clara de que Dios está por nosotros, esto es, una declaración de la gracia de Dios. Al mismo tiempo, el camino de sufrimiento y muerte que Cristo siguió nos impide que consideremos la gracia solamente como divina indulgencia. La gracia no quiere decir un débil y descuidado perdón de los pecados, porque el perdón fue efectuado solamente por el juicio y condenación del inocente y su sacrificio voluntario. La gracia significa que Dios se vuelve al hombre para tomar la responsabilidad de éste por la enemistad en contra de él mismo. La gracia habría sido una imposibilidad si Cristo no hubiese satisfecho la santidad de Dios en su obediente ofrecimiento de sí mismo.

Puesto que la gracia es una decisión libre de Dios en cuanto a nosotros en Cristo, que surge de su carácter misericordioso, se desprende que no tenemos la capacidad de ganar su gracia o favor. Por esto es que la gracia se opone a las obras de la ley tácitamente a través de todo el NT y expresamente en pasajes tales como Ro. 3:19ss.; Jn. 1:17; Gá. 2:11–21; Ef. 2:8–9. Por el contrario, la gracia debe ser reconocida por lo que es con humilde y gozosa gratitud. Esta decisión humana, que involucra reconocimiento y aceptación, es la fe que corresponde a la gracia de Dios. «Por gracia sois salvos por medio de la fe» (Ef. 2:8).

T.H.L Parker, «GRACIA», ed. Everett F. Harrison, Geoffrey W. Bromiley, y Carl F. H. Henry, Diccionario de Teología (Grand Rapids, MI: Libros Desafío, 2006), 282–284.