EL PECADO, en la teología de Pablo

El NT da por sentada la condición de pecador del hombre. En Romanos 3:23, Pablo presenta la universalidad del pecado cuando dice “…porque todos pecaron” para indicar la gravedad del pecado y las consecuencias del mismo.

Al tener una comprensión del concepto del hombre en el pensamiento teológico de Pablo como un ser, así relaciona el problema del pecado en el mismo. El hombre es pecador y no se ha dado cuenta del alcance y peligro que tiene el pecado en su vida. Pablo nos exhorta a mirar la gama que tiene el pecado en la que con mucha facilidad el hombre se enreda. Pablo usa cerca de una docena de palabras para hacer referencia al pecado, mostrándonos así una riqueza en las expresiones y el alcance de ellas. En las traducciones de las palabras a veces se menciona la palabra pecado, pero no se da la característica y gravedad de la palabra.

pecadosLas palabras con las cuales Pablo define al pecado se destacan por la riqueza en su significado, con lo cual podemos tener una dimensión de la gravedad del pecado en la vida del ser humano. A continuación se detallan algunas de ellas.

1. Injusticia (adikia)

Esta palabra también se traduce como el mal obrar, maldad o incorrección. Descubre al hombre que no tiene ley que lo gobierne; es una palabra muy utilizada en su tiempo para hablar de pasar por sobre la ley y cometer toda clase de fechorías o delitos (Rom. 1:29; 2:8, Col. 3:25). En Romanos 1:18 Pablo describe la ley y la justicia que van contra la perversidad de los hombres que produce una enemistad contra la verdad. Cuando este desconoce a Dios en los primeros cuatro mandamientos, está demostrando que en su corazón lo único que alberga es impiedad. La injusticia, como la segunda parte del texto, hace referencia a los otros seis mandamientos que son violados como consecuencia de desconocer los primeros cuatro. Quien atropella a la gente no tiene ley que rija su forma de actuar.

2. Pecado (amartia)

Es la palabra más usada en el NT para dar la idea de pecado en todo el sentido de la palabra. Su significado es transgredir, obrar mal, pecar, y contrariar. La palabra da la idea de una condición responsable por parte del hombre con la característica que implica culpabilidad en sus actos. El alcance de amartia 266 lleva al hombre a mostrarle que tiene un amo que lo gobierna en la forma que desea y le sirve sin mirar que la paga será la muerte, tanto espiritual como física (Rom. 5:12)

3. Ilegalidad (anomia)

La palabra da la idea de desafiar a la ley y quebrantarla siendo consciente de ello. Por ejemplo, si se pasa de un país a otro sin llenar los requisitos de ley de ese país, esto es ilegal, pues se han violado principios y leyes. Luego, al ser requerido por la justicia de ese país, no se puede alegar ignorancia, sino que se debe aceptar que se infringió la ley, en cuyo caso se merece el castigo que estipula la ley de ese país. De igual forma Pablo quiere que entendamos que el pecado nos coloca como ilegales ante Dios y no podemos alegar ignorancia de parte nuestra, sino que cuando se nos llame a juicio él castigará nuestra ilegalidad.

4. Infidelidad (apistia)

Esta palabra tiene que ver con la resistencia a creer. En Romanos 3:3, Pablo, por medio de preguntas tales como: “¿Qué, pues, si algunos de ellos han sido infieles? ¿Acaso podrá la infidelidad de ellos invalidar la fidelidad de Dios? nos invita a reflexionar en la infidelidad como aquella que lleva a que se traicione la confianza. La única manera de poder entender a Dios y su plan de salvación radica en el sentido de cómo captemos la fe; según lo dice el autor a los Hebreos “sin fe es imposible agradar a Dios” (Heb. 11:6).

5. Impiedad (asebeia)

Esta es otra palabra usada por Pablo para hablar del pecado. Su alcance lleva a comprender la falta de reverencia. A Timoteo le anima a que “…evita las profanas y vanas palabrerías, porque conducirán más y más a la impiedad” (2 Tim. 2:16). Se puede ser irreverente y caer en actos que invitan a proferir o hacer mal a otros o contra nosotros mismos, igual que a Dios mismo cuando deseamos que responda a todo lo que pedimos sin pensar siquiera en él.

6. Sensualidad (aselgeia)

Esta palabra lleva la idea de licencia, relajamiento sensual, libertinaje en el vocabulario de Pablo. Cuando él hace una lista de pecados tanto en Romanos 1:18–32, como en las obras de la carne de Gálatas 5:20–22 describe la idea de una relajación sensual y un libertinaje por parte del hombre que lo hace ver como un pecador sin escrúpulos. El término describe una entrega sin restricciones al mal como producto del pecado en su vida.

7. Deseo (epizumia)

Esta palabra envuelve el carácter moral de la persona donde ella juzga lo que es malo o es bueno. El pecado se presenta como la base en el desear porque lleva a la persona a caer en la tentación. Pablo, al usar la palabra epizumia 1939, muestra cómo el pecado comienza en la mente del hombre, generándose allí un impulso que lo lleva a quebrantar la ley. El hecho de no hacer “provisión para satisfacer los malos deseos de la carne” (Rom. 13:14), para Pablo, es todo aquello que rodea al hombre en lo externo generando en la parte interna las pasiones y concupiscencia que lo llevan a caer en el pecado.

8. Hostilidad (eczra)

Esta es una palabra en el vocabulario de Pablo que nos lleva a ver cómo el pecado llega a los sentimientos, produciendo acciones hostiles contra el prójimo. La mejor traducción para esta palabra es enemistad. En Romanos 8:7 el Apóstol expresa que “la intención de la carne es enemistad contra Dios”. Esta referencia la hace aludiendo a la condición del hombre como pecador, el cual establece con su desobediencia la enemistad, porque Dios, aunque ama al pecador, aborrece el pecado en el cual vive la humanidad. De la misma manera, haciendo una antítesis, Pablo muestra a Cristo como “nuestra paz, que de ambos nos hizo uno… reconciliando con Dios a ambos en un solo cuerpo” (Ef. 2:14–16), atribuyendo, de esta manera, a la obra de Cristo la destrucción de la hostilidad o enemistad entre dos pueblos (judíos y gentiles), para llevarnos a ser uno a través del perdón ofrecido por su sacrificio en la cruz.

9. Maldad (kakia)

Este es uno de los términos más fuertes en el NT y se usa para indicar la perversidad o depravación como algo opuesto a la bondad y el bien. Esta perversidad hace que una persona descargue toda su furia sobre otra, no importando quien sea esta. El consejo de Pablo a los cristianos siempre es: “Quítense de vosotros toda… maldad” (Ef. 4:31) en vista de que ella conduce a hacer daño al prójimo. Se daña con palabras y con acciones sin importar las consecuencias que puedan acarrear tanto para la víctima como para quien las ejecuta.

10. Transgresión (parabasis)

Esta palabra es usada sólo unas 8 veces en el NT, y lleva la implicación de pasarse de los límites, o violar una ley. Hay en la palabra un fuerte énfasis sobre la violación de la ley en forma voluntaria, siendo muy consciente de lo que se ha hecho. En Romanos 5:14 leemos “No obstante, la muerte reinó desde Adán hasta Moisés, aun sobre los que no pecaron con una ofensa semejante a la de Adán…”, esto nos hace conscientes de que aunque no exista una ley, Pablo nos recuerda que aún la ley de la conciencia puede ser traspasada con actos contrarios a lo que ella nos dicta (Rom. 4:15). La trasgresión no exime de culpa al hombre, porque ha violado una ley a consciencia y se hace culpable de la infracción por la falta cometida.

11. Perversidad (poneria)

Esta palabra se traduce también como bajeza y aun malicia. Esta palabra es sinónimo de maldad (kakia 2549). Los dos términos aparecen juntos para enfatizar el alcance que hace el pecado en la vida de una persona; así lo indica Pablo escribiendo a la iglesia de Corinto, al hacer la siguiente recomendación “…que celebremos la fiesta, no con la vieja levadura, ni con la levadura de malicia y de maldad” (1 Cor. 5:8).

Pablo recurre al pensamiento del AT para exponer una teología con referencia al pecado con más claridad. El hombre es presentado en Génesis 3 no sólo como capaz de pecar, sino que lo comete. Al descubrirse a sí mismo como la imagen de Dios, el hombre quiso ser dios. Esto produjo su autoexclusión del compañerismo con Dios, un compañerismo de amor y confianza, pero él elige apartarse de Dios y este acto de desobediencia lleva a pensar en el viejo refrán popular de “que fue por lana y salió trasquilado”, queriendo hacer mucho termina en nada, perdiendo así los privilegios de vivir en el denominado huerto del Edén.

El pecado no es sólo asunto de la mente, tiene su correspondencia en la actitud del hombre. Este no afecta un órgano en particular, sino la totalidad del hombre, y eso tiene que ver con lo que le rodea, ya sea familia, sociedad y el mundo en general.

 

Fuente:

Juan Carlos Cevallos, Comentario Bíblico Mundo Hispano Tomo 19: Romanos. (El Paso, TX: Editorial Mundo Hispano, 2006), 18–21.

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ROMANOS, la epístola del apóstol Pablo

pablo

INTRODUCCION

1. Título. Cuando Pablo escribió esta epístola probablemente no le puso ningún título. Sencillamente era una carta que escribía a los creyentes de Roma; pero posteriormente la epístola llegó a ser conocida como “A los Romanos”, Gr. pros romáious, que es el título que se le da en los manuscritos más antiguos. En manuscritos posteriores este título fue ampliado a “La Epístola de Pablo el apóstol a los Romanos”, título que con algunas ligeras diferencias es el que se usa en las versiones castellanas.

2. Paternidad literaria. Nunca se ha puesto seriamente en duda que el apóstol Pablo sea el autor de esta epístola. Algunos eruditos han sugerido que el cap. 16 quizá no formaba parte de la epístola original enviada a Roma, sino que fue una carta separada enviada a Efeso, donde Pablo había trabajado durante algún tiempo (Hech. 19). Esta teoría se basa principalmente en la extensa lista de nombres que hay en dicho capítulo, y en la suposición de que difícilmente Pablo podría haber conocido a tantos amigos en una ciudad que aún no había visitado. Sin embargo, como la gente afluía a Roma desde todas partes del imperio, es muy posible que el apóstol hubiera tenido muchos amigos en la ciudad capital. Además, todos los manuscritos más antiguos incluyen el cap. 16 como una parte de la epístola. Por lo tanto, los eruditos conservadores modernos dejan la epístola tal como se encuentra ahora.

3. Marco histórico. Parece evidente que la Epístola a los Romanos fue escrita desde Corinto, en su tercer viaje misionero, durante la permanencia de Pablo de tres meses en esta ciudad (Hech. 20:1–3). Muchos eruditos ubican esta visita a fines del año 57 y comienzos del 58; pero algunos prefieren una fecha más antigua.

Que la epístola fue escrita desde Corinto es claro por sus referencias a Gayo (Rom. 16:23; cf. 1 Cor. 1:14) y a Erasto (Rom. 16:23; cf. 2 Tim. 4:20), y por su encomio a Febe, a quien Pablo describe como una creyente que había prestado servicios especiales a la iglesia de Cencrea, el puerto marítimo oriental de Corinto (Rom. 16:1).

Cuando Pablo escribió la epístola estaba por regresar a Palestina, pues llevaba una contribución de las iglesias de Macedonia y Acaya para los pobres que había entre los cristianos de Jerusalén (Rom. 15:25–26; cf. Hech. 19:21; 20:3; 24:17; 1 Cor. 16:1–5; 2 Cor. 8:1–4; 9:1–2). Después de terminar esa misión, se proponía visitar a Roma, y desde allí continuar con su viaje a España (Hech. 19:21; Rom. 15:24, 28). Hasta ese momento no había podido visitar a la iglesia cristiana de la ciudad capital del Imperio Romano, aunque con frecuencia había deseado hacerlo (Rom. 1:13; 15:22). Pero ahora creía que había completado sus labores misioneras en Asia y Grecia (cap. 15:19, 23), y anhelaba proseguir rumbo al oeste para fortalecer la obra en Italia e introducir el cristianismo en España (ver HAp 299–300). Para poder llevar a cabo este último propósito, Pablo deseaba estar seguro del apoyo y la cooperación de los creyentes de Roma; por lo tanto, antes de su visita les escribió esta epístola en la que bosqueja con términos vigorosos y claros los grandes principios de su Evangelio (cap. 1:15; 2:16). Ver pp. 107–108.

4. Tema. El tema de la epístola es la pecaminosidad universal de los hombres y la gracia universal de Dios, la cual proporciona un camino por el cual los pecadores pueden ser perdonados y también restaurados a la perfección y la santidad. Este “camino” es la fe en Jesucristo, el Hijo de Dios, que murió, resucitó y vive eternamente para reconciliarnos y restaurarnos.

Cuando Pablo escribe esta epístola, su mente está llena de los problemas que han surgido en sus conflictos con los judaizantes. Se ocupa de las cuestiones básicas, y les da respuesta mediante una presentación amplia de todo el problema del pecado y del plan de Dios para hacer frente a esa emergencia. Pablo muestra en primer lugar que todos los hombres —judíos y gentiles— han pecado y continúan alejados del glorioso ideal de Dios (cap. 3:23). No hay excusa para este alejamiento, pues todos —judíos y gentiles, sin excepción— han recibido algún grado de revelación de la voluntad de Dios (cap. 1:20). Por lo tanto, todos están, con justicia, bajo condenación. Además, los pecadores son completamente impotentes para liberarse por sí mismos de esa situación, pues en su condición depravada les es absolutamente imposible obedecer la voluntad de Dios (cap. 8:7). Los intentos legalistas de obedecer la ley divina no sólo están condenados al fracaso, sino que también pueden ser evidencia externa de un arrogante rechazo generado por la justicia propia de no reconocer la debilidad del hombre y su necesidad de un Salvador. Sólo Dios mismo puede proporcionar remedio, y esto lo ha hecho mediante el sacrificio de su Hijo. Todo lo que se pide del hombre caído es que ejerza fe: fe para aceptar las condiciones necesarias para perdonar su pasado pecaminoso, y fe para aceptar el poder que se ofrece para llevarlo a una vida de rectitud.

Este es el Evangelio de Pablo tal como se desarrolla en la primera parte de la epístola. Los capítulos restantes se ocupan de la aplicación práctica del Evangelio ante ciertos problemas que tienen que ver con el pueblo escogido y con los miembros de la iglesia cristiana.

5. Bosquejo

I.Introducción, 1:1–15.

A. Saludo, 1:1–7.

B. Explicaciones personales, 1:8–15.

II.Exposición doctrinal, 1:16 a 11:36.

A. La doctrina de la justificación por la fe, 1:16 a 5:21.

1.Justificación alcanzada por la fe, 1:16–17.

2.La necesidad universal de justificación, 1:18 a 3:20.

a. El fracaso de los gentiles, 1:18–32.

b. El fracaso de los judíos, 2:1 a 3:20.

3.La justificación otorgada en Cristo, 3:21–31.

4.La justificación por la fe: doctrina del Antiguo Testamento, 4:1–25.

5.Los benditos efectos de la justificación, 5:1–11.

6.Los efectos de la justificación en contraste con los resultados de la caída de Adán, 5:12–21.

B. La doctrina de la santificación por la fe, 6:1 a 8:39.

1.La muerte al pecado y resurrección a una nueva vida, 6:1–11.

2.La liberación del yugo de la ley y del pecado, 6:12–23.

3.La relación de la ley con el pecado, 7:1–13.

4.El conflicto entre la carne y el espíritu, 7:14–25.

5.La vida llena del Espíritu, 8:1–39.

C. La elección de Israel, 9:1 a 11:36.

1.El pesar de Pablo por el rechazo de Israel, 9:1–5.

2.La justicia del rechazo, 9:6–13.

3.La voluntad de Dios no debe ser puesta en duda, 9:14–29.

4.La causa del rechazo fue la falta de fe de Israel, 9:30 a 10:21.

5.La restauración final de Israel, 11:1–36.

III.Aplicación práctica de la doctrina de la justificación por la fe, 12:1 a 15:13.

A. El sacrificio que hace el cristiano de sí mismo, 12:1–2.

B. El cristiano como miembro de la iglesia, 12:3–8.

C. La relación del cristiano con otros, 12:9–21.

D. La relación del cristiano con el Estado, 13:1–7.

E. La única deuda que tiene el cristiano: amor, 13:8–10.

F. La proximidad de la segunda venida, 13:11–14.

G. La necesidad de tolerancia mutua entre los cristianos, 14:1 a 15:13.

IV.Conclusión, 15:14 a 16:27.

A. Explicaciones personales, 15:14–33.

B. Saludos a varias personas, 16:1–16.

C. Advertencia contra los falsos maestros, 16:17–20.

D. Saludos de parte de los compañeros de Pablo y de su amanuense, 16:21–23.

E. Bendición final y doxología, 16:24–27.

 

 

HAp Los hechos de los apóstoles

 

Fuente:

Francis D. Nichol and Tulio N. Peverini, eds., Hechos a Efesios, trans. Victor E. Ampuero Matta and Nancy W. de Vyhmeister, vol. 6, Comentario Biblico Adventista Del Séptimo Día (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1996), 463–465.

NO HAY CIENTIFICOS ATEOS

Todo científico, incluyendo a los agnósticos y los ateos, creen en Dios. Es necesario para hacer su trabajo. Esta afirmación podría parecer estrafalaria. ¿Cómo podemos decir que los ateos “creen en Dios”? Pero las personas muchas veces muestran en sus acciones creencias que niegan con sus palabras. Por ejemplo, Bakht, un filósofo hindú, dirá que el mundo es una ilusión. Pero él no cruza la calle justo frente a un ómnibus. Susana, una relativista radical, dirá que no hay verdad absoluta. Pero ella viaja tranquilamente a los 30,000 pies de altura en un avión cuyo vuelo seguro depende de las verdades inmutables de la aerodinámica y la mecánica estructural.1

muerte

Pero, ¿qué pasa con los científicos? ¿Ellos tienen que creer en Dios? La cultura popular americana a menudo nos dice lo contrario, es decir que la “ciencia” es opuesta a las creencias Cristianas y bíblicas. A menudo se oye repetir la vieja historia del conflicto con Galileo, y del juicio con Scopes en Estados Unidos sobre la evolución, al punto que estos eventos han adquirido un status casi mítico. Y la pugna entre la ciencia y la religión recibe refuerzos por medio de una promoción vociferante de la evolución materialista.

Los historiadores de la ciencia señalan que la ciencia moderna surgió en el contexto de una cosmovisión Cristiana, y fue nutrida por la misma.2 Pero si esto fue cierto en el pasado, la ciencia del siglo veinte parece poder sostenerse sin la ayuda de ningún fundamento teísta. De hecho, muchos consideran que Dios es el “Dios de los vacíos” (God of the gaps), el Dios a quien invocan sólo cuando no hallan explicaciones científicas. Según esta perspectiva, la ciencia avanza, es capaz de explicar más y más de los vacíos, y la necesidad de Dios disminuye. Lo “natural” llega a poder explicar casi todo, haciendo innecesario lo “sobrenatural”.3

Enfoquemos nuestra mirada en las leyes naturales

Las cosas se miran diferente si nos negamos a confinar a Dios en un cubículo del “Dios de los vacíos”. Según la Biblia, él está involucrado en las áreas más comunes de las ciencias, las áreas de los eventos predecibles, las áreas que involucran experimentos de prueba repetitiva, y aún las descripciones matemáticas exactas. En Génesis 8:22 Dios promete:

Mientras la tierra permanezca, no cesarán la sementera y la siega, el frío y el calor, el verano y el invierno, y el día y la noche (Génesis 8:22).4

Y esta promesa general referente a los tiempos regulares de la tierra es complementada por muchos ejemplos específicos en otros pasajes:

Pones las tinieblas, y es la noche; En ella corretean todas las bestias de la selva. (Salmo 104:20).

Él hace producir el heno para las bestias, Y la hierba para el servicio del hombre, Sacando el pan de la tierra. (Salmo 104:14).

El envía su palabra a la tierra; Velozmente corre su palabra. Da la nieve como lana, Y derrama la escarcha como ceniza. Echa su hielo como pedazos; Ante su frío, ¿quién resistirá? Enviará su palabra, y los derretirá; Soplará su viento, y fluirán las aguas. (Salmo 147:15–18).

Los ciclos regulares que los científicos describen, realmente son los compromisos que Dios mismo ha hecho. En su Palabra a Noé, Dios se compromete con gobernar los tiempos y los sazones. Por su Palabra, gobierna la nieve, el frío, y el granizo. Los científicos sólo describen los ciclos regulares de la Palabra de Dios que gobierna el mundo. Las llamadas “leyes naturales” son realmente la ley de Dios, o la Palabra de Dios, descritas imperfectamente o aproximadamente por los investigadores humanos.

Ahora bien, recordemos que la investigación científica depende de que haya efectos regulares en el mundo. Sin estas regularidades, no habría nada qué estudiar. Los científicos dependen no solamente de que hayan procesos regulares con que están familiarizados, como por ejemplo la conducta regular de su aparato de medir, sino también dependen de la suposición de que hallarán más regularidades en las áreas de investigación. Deben mantener la esperanza de encontrar otras regularidades, porque si no, tendrían que abandonar sus exploraciones.

La fe en las leyes científicas

¿Qué son estas regularidades? Les han puesto varios nombres: “ley natural”, “la ley científica”, “teoría”. Algunas regularidades pueden ser descritas con exactitud cuantitativa para cada caso (dentro de límites estrechos de error), mientras otras regularidades sólo se ven después de comparar un número grande de casos. Todos los científicos creen en la existencia de tales regularidades. Y en todos los casos, no importa su religión profesada, los científicos en la práctica saben que las regularidades están “ahí”. En última instancia, los científicos son “realistas” con respecto a las leyes científicas. Los científicos las descubren, no las inventan. Si no fuera así, ¿para qué todo el trabajo tedioso y frustrante de los experimentos? Sería, ¡adivine, invente, y sea famoso!

Estas regularidades son, pues, ¡regulares! Y para que algo sea regular, debe ser regulado. Se necesita una regula, una regla. El Diccionario Webster señala este concepto al definir “regular” como “formado, edificado, arreglado u ordenado de acuerdo a una regla establecida, una ley, un principio o un tipo”.5 La idea de una ley o una regla es parte integral del concepto de “regular”. Los eventos ocurren en el tiempo y el espacio. Cuando los eventos evidencian una regularidad, es porque están formados u ordenados de acuerdo a una regla o una ley. Es por esto que el término “ley” es un término natural para definir las teorías y principios científicos que son bien establecidos. Hablamos de “las leyes de Newton”, “la ley de Boyle”, “la ley de Dalton”, “las leyes de Mendel”, “las leyes de Kirchhoff”. Todos los científicos aceptan y dependen de la existencia de las leyes científicas.

 

Vern Sheridan Poythress, No Hay Científicos Ateos: Los Atributos Divinos de Las Leyes Naturales, trans. Guillermo Green, 1a ed., ¿Dónde Está El Sabio? (Guadalupe, Costa Rica: CLIR, 2012), 7–13.

___________________________________

1 La obra sobre la auto-decepción de Gregory L. Bahnsen (“A Conditional Resolution of the Apparent Paradox of Self-Deception, Una resolución condicional para la aparente paradoja de la auto-decepción), tesis para el Ph.D., Universidad de Carolina del Sur, 1979) ha ayudado a mostrar cómo la gente maneja tales estados paradójicos. Creen en una cierta proposición y también creen (como un credo de segundo orden) que no lo creen. Han ocultado de su consciente lo que sus acciones continuamente muestran a los demás. En sus acciones tácitamente confían en verdades acerca del mundo, mientras que verbal y conscientemente no creen hacerlo. Este modelo es útil. Pero la incredulidad y la rebelión, como manifestaciones del pecado, producen profundos efectos en la naturaleza humana, incluyendo asuntos intelectuales y prácticos. Por tanto, cualquier explicación humana sobre la evasión de la verdad permanece parcial.

2 Reijer Hooykaas, Religion and the Rise of Modern Science (La religión y el surgimiento de la ciencia moderna) (Grand Rapids: Eerdmans, 1972); Stanley L. Jaki, The Road of Science and the Ways of God (El camino de la ciencia y los caminos de Dios) (South bend, IN: Regnery-Gateway, 1979); Nancy R. Pearcey y Charles B. Thaxton, The Soul of Science: Christian Faith and Natural Philosophy (El alma de la ciencia: la fe cristiana y la filosofía natural) (Wheaton, IL: Crossway, 1994); Charles E. Hummel, The Galileo Connection: Resolving Conflicts between Science and the Bible (La relación con Galileo: Resolviendo conflictos entre la ciencia y la Biblia) (Downers Grove, IL: InterVarsity, 1986).

3 Edward J. Larson y Larry Witham recientemente condujeron una encuesta sobre las creencias de los científicos y compararon los resultados con encuestas similares de 1914 y 1933 hechas por James H. Leuba. Encontraron poco cambio, contrario a la impresión de la ciencia es una fuerza secularizada. 40 por ciento creían en Dios tanto en las encuestas de Leuba como en las recientes. Pero también encontraron que la “élite” de científicos estadounidenses, representada por la Academia Nacional de la Ciencia (National Academy of Science), contenía un mayor porcentaje de incredulidad, más del 90 por ciento de los que tomaron la encuesta. (Edward J. Larson y Larry Witham, “Scientists and Religion in America” (Los científicos y la religión en Estados Unidos), Scientific American 281/3 [Set.,1999] 88–93.)

4 Las citas bíblicas aquí y en el resto del documento vienen de la English Standard Version (ESV).

5 Webster’s Ninth New Collegiate Dictionary (Noveno nuevo diccionario colegiado de Webster) (Springfield, MA: Merriam-Webster, 1987).

FIGURAS LITERARIAS EN LA BIBLIA (parte 1)

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El símil

El símil es la figura literaria que describe algún objeto, acción o relación como semejante a otra cosa no similar. El símil usa las palabras como, así, semejante, etc., declarando expresamente la semejanza entre las dos cosas. Esta figura es la más sencilla de todas y la más fácil de identificar.

Veamos, por ejemplo, la semejanza expresamente declarada en este texto: “Como no conviene la nieve en el verano, ni la lluvia en la siega, así no conviene al necio la honra” (Pr. 26:1).

El estudiante puede examinar los símiles en los siguientes textos: Génesis 13:10, 16; 15:5; Jueces 7:12; Proverbios 26:18, 19; Isaías 1:8.

Hay casos cuando el símil existe sólo implícitamente. Es decir, la semejanza entre las dos cosas diferentes, solamente se da a entender. En Proverbios 26:3 leemos: “El látigo para el caballo, el cabestro para el asno, y la vara para la espalda del necio.” El escritor dio a entender que las tres cosas son igualmente propias.

En Proverbios 25:4, 5 encontramos otro símil implícito: “Quita las escorias de la plata, y saldrá alhaja al fundidor. Aparta al impío de la presencia del rey, y su trono se afirmará en justicia.”

Que busque el estudiante el símil implícito en Juan 12:24, 25.

A veces el símil es prolongado, para incluir varios aspectos de la semejanza. En el Cantar de los Cantares 2:3–5 encontramos este símil prolongado: “Como el manzano entre los árboles silvestres, así es mi amado entre los jóvenes; bajo la sombra del deseado me senté, y su fruto fue dulce a mi paladar … Sustentadme con pasas, confortadme con manzanas.”

El símil prolongado también se puede considerar una parábola o una alegoría. Estas se estudiarán en los capítulos 16 y 17.

La metáfora

Esta figura indica la semejanza entre las dos cosas muy diferentes, declarando que una de ellas es la otra. Encontramos esta figura en las palabras de Jesús: “Vosotros sois la luz del mundo” (Mt. 5:14). La expresión quiere decir: “Vosotros sois como una luz para el mundo”, quizá la luz del sol.

Esta figura existe también cuando se sugiere la semejanza entre dos cosas muy diferentes, usando palabras que son propias solamente para una de ellas. En Isaías 3:15 leemos: “¿Qué pensáis vosotros que majáis mi pueblo, y moléis las caras de los pobres?” Aquí el Señor reprocha a los gobernantes de su pueblo por su opresión. Pero esta expresión es representada como el acto de majar y moler al pueblo. Claro es que los gobernantes no majaban ni molían al pueblo literalmente. Isaías usa estas palabras metafóricamente; y la figura es una metáfora.

Existe también la metáfora prolongada. En Isaías 40:7 dice el profeta, según la Versión Antigua: “Ciertamente hierba es el pueblo.” (La Versión Revisada mete la palabra como, cambiando la figura en un símil.) Pero observemos cómo se prolonga la figura en el v. 8: “Sécase la hierba, marchítase la flor; mas la palabra del Dios nuestro permanece para siempre.”

Raras veces el escritor explica su metáfora. En Isaías 9:14 dice: “Y Jehová cortará de Israel cabeza y cola”, representándolo como una bestia. Y en el v. 15 explica: “El anciano y venerable de rostro es la cabeza; el profeta que enseña mentira, es la cola.”

Para ver otros ejemplos de la metáfora, véase Génesis 15:1; Proverbios 16:22; 25:18; Juan 10:7; 15:1; y Salmo 84:11.

La metonimia

La metonimia es el uso de una palabra en lugar de otra, sugerida por la primera. Cuando el escritor pone el efecto de una acción en lugar de la causa, o usa el símbolo o la seña en lugar de la realidad, usa la metonimia.

En Joel 2:31 el profeta dice: “El sol se convertirá en tinieblas, y la luna en sangre, antes que venga el día grande y espantoso de Jehová.” El sol nos hace pensar en luz, y la falta de sol, en las tinieblas. Y la luna también será oscurecida para verse roja como la sangre. Pero en todo esto, Joel habla del juicio de Dios, que es la causa; y el efecto es la oscuridad de la que Joel habla.

En 1 Juan 1:7 dice el Apóstol: “Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos con otros.” La palabra luz es símbolo de entendimiento y rectitud. Al decir luz en lugar de la realidad espiritual, usa una metonimia.

En Génesis 6:12 y 31:42, el estudiante puede ver ejemplos del uso del efecto por la causa.

Para ver ejemplos de la metonimia que emplea palabras sugeridas por otras, véase Proverbios 5:15–18, y 23:23. En el primer caso, el estudiante verá también el uso del eufemismo, examinado más adelante en este mismo capítulo.

La sinécdoque

Ocurre la sinécdoque cuando el escritor apunta una parte por el todo, o el todo por una parte. En el Salmo 16:9 dice David: “Mi carne también reposará confiadamente.” La referencia es a la resurrección de Cristo, según Hch. 2:31. Por supuesto, habla de la resurrección de todo su cuerpo y no solamente de su carne. Porque en sí, la carne no significa los huesos, el cabello ni las uñas. La palabra carne es una sinécdoque por todo el cuerpo; es una parte por el todo.

Hay sinécdoques en 1 Corintios 11:27 y Lucas 2:1. Pero en estos mismos textos hay metonimias también. Estos textos son ejemplos del problema de clasificar las figuras literarias.

En 1 Corintios 11:27 dice Pablo: “Cualquiera que comiere este pan o bebiere esta copa …” La copa llena se usa aquí por la pequeña parte que bebe el comulgante; esta es la sinécdoque. Pero la copa se pone aquí en lugar de su contenido, el vino. Esta es la metonimia.

En Lucas 2:1 dice el evangelista que César promulgó un edicto para que “todo el mundo fuese empadronado”. Pero no todo el mundo estaba dentro del gobierno de Augusto César. De manera que Lucas pone “todo el mundo” en lugar de la parte gobernada por él. Esta es la sinécdoque. Pero al decir “el mundo”, quiere decir los habitantes de él. Esta es la metonimia.

Otros ejemplos de la sinécdoque se pueden encontrar en Exodo 4:12; Isaías 32:12; Miqueas 4:3; y Santiago 1:27.

La ironía

La ironía es la expresión de una idea mediante su sentido contrario, para exponer lo absurdo del caso.

Job habla irónicamente (12:2) cuando dice: “Ciertamente vosotros sois el pueblo, y con vosotros morirá la sabiduría.” Sus amigos estaban tan seguros de tener la razón y de que Job estuviera equivocado, que Job usó esta manera de llamarles la atención a lo absurdo de sus palabras.

El estudiante puede examinar las expresiones irónicas en 2 Corintios 11:5 y 12:11; 1 Reyes 18:27; y Job 38:21.

La hipérbole

En el idioma griego, la palabra hipérbole significa “tirar más allá (del blanco).” Como figura literaria significa la exageración de una idea. No debe ser entendida como mentira, la cual tiene la intención de engañar. La hipérbole exagera de una manera evidente para dar énfasis al pensamiento.

En Deuteronomio 1:28 Moisés recuerda las palabras de los espías que fueron enviados para investigar la tierra. Decían que las ciudades eran “grandes y amuralladas hasta el cielo”. Así dieron a entender que sería imposible vencerlas. Nadie entendió estas palabras literalmente, y Moisés tampoco tenía la intención de tomarlas literalmente. La misma figura se encuentra en Números 13:32, 33.

El estudiante puede examinar Génesis 15:5 y preguntarse si su lenguaje es hiperbólico. En Mateo 5:29, 30 ¿existe una hipérbole? Véase también las que se encuentran en Proverbios 6:30, 31; 23:1, 2; y Hechos 27:34.

 

Tomás de la Fuente, Claves de Interpretación Biblica – Edición Actualizada (El Paso, Texas: Casa Bautista de Publicaciones, 1985), 83–88.

EL FRUTO DEL ESPÍRITU SANTO

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INTRODUCCIÓN

En Gálatas 5:22, 23, el apóstol Pablo se refiere al fruto del Espíritu Santo, en estos términos: “El fruto del Espíritu es amor, alegría, paz, paciencia, amabilidad, bondad, fidelidad, humildad y dominio propio. No hay ley que condene estas cosas.” La expresión “fruto del Espíritu” aparece sólo en Gálatas 5:22. En Efesios 5:9 los mejores manuscritos dicen “fruto de la luz” (BJ; BA; VP). El vocablo “fruto” (del griego karpós, καρπος), en esta frase y en su contexto, connota la idea de que este fruto es algo que debe ser esperado y recibido, como un don que viene de parte del Espíritu Santo. El término proviene de la esfera vital del desarrollo natural, y significa lo que crece de un modo natural por estar unido a un árbol o a un suelo que le comunica su fuerza vital.

La manifestación de este fruto no depende de la voluntad humana de producirlo, sino de la iniciativa divina, que lo da en el momento oportuno, según la simiente que se ha sembrado. Es así, que lo que el Espíritu Santo produce en la vida del creyente es un fruto cuya naturaleza y calidad no es el resultado de la índole carnal del creyente, sino del carácter y poder del Espíritu. Las buenas obras que constituyen ese fruto realizado por el Espíritu Santo son diferentes de los propios esfuerzos humanos para alcanzar la salvación (Col. 1:10).

Con esta expresión, Pablo quiere indicar que aquel que es guiado por el Espíritu (Gál. 5:18), y que vive y anda por el Espíritu (Gál. 5:25), se encuentra en una relación vital con Cristo, de tal manera que en él opera el Espíritu de Cristo y participa de los dones que lleva consigo esta comunión vital. Estos dones (amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza) brotan espontáneamente en la vida del creyente como “fruto del Espíritu,” y no como producto del cultivo personal. De este modo, la expresión designa, en un sentido amplio, el efecto de la fe en la vida del creyente individual y en la comunidad de fe.

El fruto del Espíritu es uno, pero múltiple. Cabe destacar el carácter singular de este fruto, en vista del frecuente error de referirse a él en plural como “los frutos del Espíritu.” La segunda expresión no aparece en el Nuevo Testamento. No obstante ser uno, el fruto del Espíritu es múltiple, es decir, consiste al menos de nueve componentes. Nótese que por tratarse de un solo resultado de la operación del Espíritu, los varios elementos mencionados no son separables ni excluyentes. De allí que no es posible tener amor sin tener bondad, o experimentar la paz sin expresar benignidad. Cada virtud no sólo es complementaria, sino que demanda el ejercicio de las mismas.

De igual modo, como partes integrantes del fruto del Espíritu, estas manifestaciones no se dan por etapas o en cuotas. Ellas brotan por igual y al mismo tiempo como resultado de la fertilidad del Espíritu en la vida del creyente.

En el presente estudio vamos a hacer dos cosas. Por un lado, vamos a considerar la naturaleza del fruto del Espíritu, a fin de entender cabalmente su carácter. Por otro lado, vamos a hacer una consideración de cada uno de los nueve componentes del fruto del Espíritu, con el fin de comprender adecuadamente qué es lo que Dios espera que seamos, antes de saber qué es lo que él espera que hagamos con cada uno de los dones espirituales que nos ha otorgado.

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LA NATURALEZA DEL FRUTO DEL ESPÍRITU

El método comparativo es un buen recurso para alcanzar una adecuada comprensión sobre cualquier elemento de la realidad que deseamos conocer. En el caso del fruto del Espíritu nos puede resultar de gran ayuda compararlo con las obras de la carne, por un lado, y con los dones del Espíritu, por el otro.

Las obras de la carne y el fruto del Espíritu

Veamos, en primer lugar, las obras de la carne. Las obras de la carne son las manifestaciones o actos del ser humano sin Cristo. Es el hacer natural de un ser caído que no puede producir otra cosa que las diecisiete manifestaciones de Gálatas 5:19–21. Como consecuencia, los tales no heredarán el reino de Dios.

Veamos, en segundo lugar, el fruto del Espíritu. Contrariamente, el fruto del Espíritu enfatiza que el ser humano no es la fuente de este estilo de vida. Es el Espíritu Santo quien, al habitar en el creyente, produce como consecuencia este estilo de vida (Gál. 5:22, 23).

Diferencia entre los dones y el fruto del Espíritu

Los dones son capacidades o el poder dado por Dios a sus hijos. Dios, a través del Espíritu Santo, da a sus hijos estas capacidades para la edificación personal, la edificación de su iglesia, y para servir mejor en la obra de Dios. Los dones espirituales tienen que ver con lo que hacemos. El fruto del Espíritu tiene que ver con el ser de Dios, con las virtudes y el carácter de Jesús. El fruto del Espíritu es algo interior, que revela lo que Dios es. El fruto del Espíritu tiene que ver con lo interior, con lo que somos.

¿Qué es lo más importante? La vida espiritual de un creyente no se mide por las manifestaciones de los dones espirituales, por más espectaculares que éstos sean. El verdadero valor de la vida espiritual de un creyente se mide por el desarrollo del fruto del Espíritu en su vida.

LAS MANIFESTACIONES DEL FRUTO DEL ESPÍRITU

Amor

La primera es amor (gr. ágape, αγαπη). En el Nuevo Testamento, esta palabra tiene que ver específicamente con el amor de Dios. Se trata de un amor sacrificial. No es interesado, ni condicionado, ni está limitado por ninguna circunstancia. Este amor es la virtud característica de la fe cristiana. No se trata de una mera emoción, sino de un principio inteligente por el cual se vive deliberadamente. Este amor tiene que ver con la mente y la voluntad. Es la facultad de amar incluso a los enemigos. En este sentido, es una benevolencia insuperable y una bondad invencible, que siempre procura lo mejor para los demás, aun cuando ellos le deseen lo peor. Este amor es lo que Dios pide por sobre todas las cosas a sus hijos. La descripción de este tipo de amor la encontramos en 1 Corintios 13.

Gozo o alegría

La segunda manifestación es gozo o alegría (gr. cara, χαρα). No es la felicidad que se manifiesta como producto de los propios logros, ni es placer ya que éste es momentáneo. El gozo no depende de los sentimientos o emociones. La alegría que produce el Espíritu en el creyente es profunda y permanece a pesar de las diferentes pruebas y dificultades de la vida (Fil. 4:6, 7).

El gozo es la alegría de la fe (Fil. 1:25; Ro. 15:13). Como tal, está más allá de la alegría que uno tiene, experimenta o puede mostrar. No depende de uno, sino del Señor, ya que se funda en la esperanza y confianza de la fe, aun en medio de las luchas y angustias de la vida (2 Co. 7:4, 5). Se trata, pues, de un carisma, de una alegría dada por el Espíritu Santo (Ro. 14:17; 1 Ts. 1:6).

Paz

La tercera manifestación es paz (gr. eirene, ειρηνη). La paz con Dios es la base de todas las otras. Si estamos en paz con Dios vamos a estar en paz con nuestros hermanos. Esta paz sobrepasa todo entendimiento (Fil. 4:6, 7). El vocablo paz viene del hebreo shalom. No significa el mero alivio de problemas, sino todo aquello que resulta en el bien supremo del ser humano. Es esa tranquila serenidad del corazón, que es producto de la convicción de que Dios es soberano por sobre todas las cosas que él ha creado. De allí que esta paz resulta en una experiencia de armonía con él, con su creación, con los demás seres humanos y con uno mismo.

Paciencia

La cuarta manifestación es paciencia (gr. makrothumia, μακροθυμια). El vocablo significa mantener siempre el ánimo. Tiene que ver con la inmutabilidad de una persona ante la provocación o el soportar sin enojos o alteraciones un mal trato. La paciencia no es resignación. El vocablo es típicamente bíblico y cristiano, y se refiere a dos cosas. Describe esa actitud de persistencia, que soporta la espera y sobrelleva el sufrimiento sin ceder, confiando en que ocurrirá lo mejor. El vocablo se refiere también a la actitud que se debe tener para con el prójimo. Es la actitud de aquel que pudiendo vengarse si quisiera, no lo hace.

Amabilidad

La quinta manifestación es amabilidad (gr. crestotes, χρηστοτης). Puede traducirse también como benignidad, dulzura, suavidad en la manera de dirigirse a los demás. El vocablo está relacionado con el buen trato. Conlleva a veces la idea de gentileza o dulzura. Referido a la conducta humana, el vocablo destaca la bondad y mansedumbre del que así se relaciona con los demás. Se trata de la bondad que es amable y afable.

Bondad

La sexta manifestación es bondad (gr. agathosune, αγαθωσυνη). Es la cualidad de una persona regida por lo que es bueno, cuya meta en la vida es el bien. Es la acción diaria y constante de devolver bien por bien y bien por mal. Tiene una connotación de carácter ético-religioso, ya que designa lo que es moralmente bueno. Es un vocablo típicamente bíblico, ya que no aparece en el griego secular. El término señala a la excelencia o bondad de la conducta respecto del prójimo, cualquiera que sea. Esta virtud es de por sí una cualidad que el nuevo ser humano en Cristo tiene. Es su conducta buena e intachable en el sentido más amplio.

Fe

La séptima manifestación es fidelidad o fe (gr. pistis, πιστις). El sentido de fe aquí es fidelidad. Fidelidad en las promesas, demandas y todo lo que Dios nos ha confiado. Es la fe necesaria para vivir en la vida cristiana (2 Co. 5:7). Fe es la virtud característica del creyente que es confiable. Se refiere a la confiabilidad, integridad y honradez del verdadero hijo de Dios.

Humildad o mansedumbre

La octava manifestación es humildad o mansedumbre (gr. prautes, πραυτης). No se trata de debilidad ni flaqueza. El vocablo es de traducción difícil. Está relacionado con ser dócil, obediente, sujeto, humilde. Humildad o mansedumbre expresan adecuadamente el sentido del griego, que conlleva la idea de ternura y gracia. Es una palabra acariciadora, y encierra el secreto de la ecuanimidad y la compostura. La persona mansa es la que nunca se aira a destiempo, sino que es dócil y humilde porque tiene un control perfecto de sus emociones. No es una docilidad pusilánime, una ternura sentimentaloide, un quietismo pasivo. Es fuerza bajo control.

Dominio propio o templanza

La novena manifestación es dominio propio o templanza (gr. egkrateia, εγκρστεια). Es dominio propio, equilibrio, autocontrol, el dominio de sí mismo. Es el freno divino a todo descontrol de los deseos, sentimientos, apetitos, carácter, etc. Es el espíritu que domina sus deseos y su amor por el placer. La persona capaz de gobernarse a sí misma será capaz de servir a los demás.

 

Pablo A. Deiros, Dones Y Ministerios, Formación Ministerial (Buenos Aires: Publicaciones Proforme, 2008), 251–253.

La epístola a los GÁLATAS

INTRODUCCION

1. Título. Esta carta fue dirigida a las iglesias de Galacia. No se sabe si estas iglesias estaban en el norte de Galacia, en ciudades como Tavion, Pesino y Ancira (Angora), o en el sur, en Antioquía, Iconio, Listra, Derbe y otras ciudades (ver mapa frente a p. 33). A la primera opinión se le da el nombre de teoría de la Galacia del norte; y a la segunda, teoría de la Galacia del sur. El tema de estas dos teorías se trata detenidamente en las dos Notas Adicionales de Hech. 16. El nombre Galacia se debe a las tribus de galos que invadieron el Asia Menor alrededor del año 278 a. C. y se establecieron en la parte norte de lo que en el 25 a. C. se transformó en la provincia romana de Galacia.

2. Paternidad literaria. La paternidad literaria paulina de esta epístola no ha sido puesta en duda seriamente. La evidencia interna de la epístola es convincente, y concuerda en forma completa con el carácter de Pablo como es descrito en los Hechos y en otras cartas atribuidas a él. Los escritores cristianos posteriores a los apóstoles conocían la epístola, y consideraban que provenía de la mano de Pablo. Aparece en las listas más antiguas de libros del NT.

3. Marco histórico. Pablo y Bernabé fundaron en su primer viaje las iglesias de Antioquía de Pisidia, Iconio, Listra y Derbe (ver Hech. 13:14 a 14:23), alrededor de los años 45–47 d. C. Después de volver a Antioquía fueron enviados a Jerusalén con la pregunta de si se debía imponer a los gentiles convertidos al cristianismo la práctica de los ritos y las ceremonias del judaísmo (ver Hech. 15). El Concilio de Jerusalén, celebrado alrededor del año 49 d. C., se pronunció en contra de imponer dichos ritos y ceremonias a los que no eran judíos. Pablo comenzó su segundo viaje misionero poco después de ese concilio, acompañado por Silas. Primero visitaron de nuevo las iglesias del sur de Galacia que Pablo había organizado en su primer viaje, tres de las cuatro se mencionan específicamente: Derbe, Listra e Iconio (ver Hech. 16:1–5). Después llevaron el Evangelio a Frigia y Galacia (vers. 6). Los que sostienen la teoría de la Galacia del norte (ver Nota Adicional de Hech. 16), hacen notar que después de esta visita a Derbe, Listra e Iconio, Pablo y Silas pasaron por el lugar que Lucas llama “la provincia de Galacia”. Por esto se puede deducir que Lucas hablaba de la región donde se establecieron los galos y no lo que los romanos llamaban la provincia de Galacia, que incluía otras zonas hacia el sur (ver mapa frente a p. 33). Pablo volvió una vez más a Galacia a comienzos de su tercer viaje misionero, alrededor de los años 53 y 54 d. C.

La Epístola a los Gálatas tuvo que haber sido escrita después de los sucesos registrados en Gál. 2:1–14. Si aquí se hace alusión al concilio de Jerusalén descrito en Hech. 15, la carta debe haber sido escrita después de la terminación del primer viaje, pues ese concilio se celebró entre el primer viaje misionero y el segundo (ver Hech. 15:36–41). Además, de acuerdo con Gál. 4:13, parece que Pablo ya había visitado las iglesias de Galacia dos veces, y si es así, la carta tuvo que haber sido escrita después de que terminara su segundo viaje. Si se acepta la teoría de la Galacia del norte, la carta a los gálatas fue escrita después del tercer viaje, pues Pablo no había visitado las iglesias del norte de Galacia en su primer viaje. Por lo tanto, el momento cuando escribió la epístola podría ser el invierno (diciembre-febrero) del año 57/58 d. C.

Un argumento presentado en favor de Corinto como lugar de donde se escribió la epístola, es el gran parecido entre el tema de esa carta y Romanos, que fue escrita durante la tercera visita de Pablo a Corinto. La justificación por la fe es el tema de ambas epístolas, y ambas tratan ampliamente la diferencia entre “la ley” y el Evangelio.

Pero si se acepta la teoría de la Galacia del sur, es posible fijar la fecha más temprana de 45 d. C. Algunos piensan que pudo haber sido escrita aún antes del concilio de Jerusalén, inmediatamente después del regreso de Pablo a Antioquía al terminar su primer viaje. La razón que se da para esta conclusión es que la epístola no contiene ninguna mención específica del concilio ni de la decisión que allí se tomó. Ante la objeción de que Pablo ya había visitado dos veces las iglesias del sur de Galacia, los que aceptan la teoría de la Galacia del sur argumentan que su regreso a ellas durante el primer viaje debe ser considerado como una segunda visita (ver Hech. 14:21–23).

El propósito de la carta es evidente por su contenido. Amenazaba la apostasía —si es que ya no había comenzado—, por lo cual la carta era naturalmente una epístola polémica. La apostasía sobrevino debido a la acción de algunos maestros judaizantes, quizá del mismo grupo que causó dificultades en la iglesia de Antioquía de Siria en cuanto a la misma cuestión (Hech. 15:1). La discordia de esos hombres en Antioquía determinó la celebración del concilio de Jerusalén, en donde los judaizantes se opusieron otra vez a Pablo argumentando que los conversos cristianos debían observar las ordenanzas legales judaicas, y exigían la circuncisión de Tito (Gál. 2:3–4). En esta epístola Pablo no se ocupa mucho de la circuncisión, ni en particular de cualquier otra característica de la ley ceremonial, sino de la falsa enseñanza de que el hombre puede salvarse a sí mismo observando los preceptos de “la ley”. Esto es evidente por el hecho de que el apóstol en algunas ocasiones había participado de los ritos (Hech. 18:18; 21:20–27). También permitió que Timoteo fuera circuncidado (Hech. 16:3).

Es indudable que esos falsos maestros habían logrado gran éxito en sus esfuerzos y hasta habían engañado con sus enseñanzas a una cantidad no pequeña de los feligreses de las iglesias de Galacia (ver Gál. 1:6). No se puede saber con exactitud hasta dónde habían llegado las iglesias engañadas en la práctica del legalismo antes de que recibieran la epístola de Pablo, pero se nota por el tono general de la carta que había un peligro inminente de apostasía general. Esos maestros iban directamente en contra de la decisión del concilio. No sólo repudiaban el Evangelio de Pablo, sino que desafiaban su autoridad como apóstol, haciendo mucho énfasis en el hecho de que Pablo no era uno de los doce elegidos y ordenados por Cristo.

Para que los gálatas vieran con claridad el error en el cual habían caído, Pablo reafirmó los grandes principios del Evangelio tal como se los había enseñado. Pero como se acusaba al apóstol de que predicaba un evangelio falso, y eso implicaba la otra afirmación de que él no estaba calificado para enseñar, Pablo se sintió obligado a dar pruebas que demostraran su apostolado. Esto explica la parte autobiográfica de la carta (cap. 1:11 a 2:14). Su propósito al presentar un relato tan detallado de hechos personales relacionados con el problema, era probar la validez de su Evangelio. También destacó que sus enseñanzas —que explicó a los apóstoles en el concilio— estaban en armonía con las de los dirigentes que se habían relacionado personalmente con Jesús y habían recibido sus mensajes directamente de él.

4. Tema. El tema de la Epístola a los Gálatas es la justificación por medio de la fe en Jesucristo, lo cual presenta un contraste con el concepto judaico de la justificación por medio del cumplimiento de las “obras” prescritas en el sistema legal judío. Esta carta ensalza lo que Dios ha hecho mediante Cristo para la salvación del hombre, y rechaza categóricamente la idea de que una persona puede ser justificada por sus propios méritos. Ensalza la dádiva gratuita de Dios, en contraste con los esfuerzos del hombre de salvarse por sí mismo. La pregunta específica en disputa entre Pablo y los maestros de la herejía en Galacia era: el cumplimiento de las ceremonias y requisitos prescritos en el judaísmo, ¿le da derecho a una persona al favor divino y a ser aceptada por Dios? La respuesta fue un rotundo No: “el hombre no es justificado por las obras de la ley, sino por la fe de Jesucristo” (ver com. cap. 2:16). El cristiano que trata de ganar la salvación mediante las “obras de la ley”, está renunciando completamente a la gracia de Cristo (cap. 2:21; 5:4).

Los cristianos, como “hijos de la promesa” (cap. 4:28), son “herederos” (cap. 3:6–7, 14, 29). Ya no eran niños inmaduros en la fe para necesitar un “ayo” que los guiara (Gál. 3:23–26; 4:1–7), pues se habían convertido en nuevas criaturas en Cristo (cap. 4:7; 6:15), “guiados por el Espíritu” (cap. 5:18), y Cristo vivía por la fe en sus corazones, en donde tenían escrita la ley moral (Gál. 2:20; Heb. 8:10). Pero entretanto que los judíos se jactaban de una justificación que pretendían adquirir mediante sus propios esfuerzos, observando las leyes de Dios (Rom. 2:17; 9:4), los cristianos reconocían —y reconocen— que no tenían nada de qué gloriarse, excepto en el poder salvador de “la cruz de nuestro Señor Jesucristo” (ver Gál. 6:14).

“Ley” en la epístola de Gálatas equivale a toda la revelación recibida en el Sinaí, las reglas de Dios para sus hijos: leyes morales, estatutos civiles y ritos ceremoniales; aunque posteriormente los judíos les añadieron por su cuenta un cúmulo de leyes. Pensaban equivocadamente que por sus propios esfuerzos podían obedecer perfectamente esas leyes y que con semejante obediencia podían ganar su salvación. La Epístola a los Gálatas no se ocupa prácticamente de ninguna de esas leyes en particular, sino de la falsa idea de que alguien pueda ganar su propia salvación mediante el cumplimiento riguroso de los diversos requerimientos legales. El dilema es: o la salvación por la fe, o la salvación por las obras; ambas se excluyen entre sí.

Pablo explica que las promesas del Evangelio fueron confirmadas a Abrahán en el pacto, y que la revelación de la ley de Dios 430 años después no alteró las condiciones de ese pacto (cap. 3:6–9, 14–18). “La ley” no tenía el propósito de reemplazar el pacto o de proporcionar otro medio de salvación, sino de ayudar a los hombres a que entendieran las condiciones del pacto de la gracia divina y se apropiaran de ella. “La ley” no tenía el propósito de ser un fin en sí misma, como suponían los judíos, sino un medio —un “ayo”— para guiar a los hombres a la salvación en Cristo de acuerdo con las promesas del pacto. El propósito de “la ley”, su “fin”, o meta, es conducir a los hombres a Cristo (ver com. Rom. 10:4), no abrirles otro sendero de salvación. Sin embargo, la mayoría de los judíos voluntariamente permanecieron en la ignorancia del plan de Dios de justificar a los hombres por la fe en Cristo, y continuaron tratando de establecer su propia justicia “por las obras de la ley” (Gál. 2:16; ver Rom. 10:3).

Pablo explica, además, que el pacto con Abrahán hacía provisión para la salvación de los gentiles, pero “la ley” no; y que por tal razón los gentiles debían encontrar la salvación por medio de la fe en la promesa hecha a Abrahán, y no por medio de “la ley” (Gál. 3:8–9, 14, 27–29). El error y el grave problema que los judaizantes habían introducido en las iglesias de Galacia consistía en tratar de imponer sobre los conversos gentiles formas ceremoniales como la circuncisión y la observancia ritual de “los días, los meses, los tiempos y los años” (cap. 4:10; 5:2). Ese problema específico había dejado de existir, pues los cristianos ya no estaban —ni están, por supuesto— en peligro de tener que practicar las leyes rituales del judaísmo (cf. cap. 4:9; 5:1). Pero esto no equivale a decir que el libro de Gálatas tiene únicamente interés histórico, y ningún valor espiritual y pedagógico para los cristianos modernos. La inclusión de la epístola en el canon sagrado demuestra su tremendo valor e importancia para nuestros días (cf. Rom. 15:4; 1 Cor. 10:11; 2 Tim. 3:16–17).

Como ya se ha hecho notar (ver p. 931), la palabra “ley” en Gálatas incluye dentro de sus alcances tanto la ley moral como la ceremonial. En realidad la ley ceremonial no habría tenido sentido sin la ley moral (ver com. cap. 2:16). La ley ceremonial terminó en la cruz debido a su limitación (ver com. Col. 2:14–17); pero la ley moral —el Decálogo— permanece en plena vigencia (ver com. Mat. 5:17–18). Existe aún el peligro de aferrarse a la “letra” del Decálogo sin penetrar o comprender su espíritu (Mat. 19:16–22; ver com. Gál. 5:17–22), como sucedió en los días de Pablo: el peligro de participar en el sistema de sacrificios sin comprender que sus símbolos señalaban a Cristo. Por lo tanto, si los cristianos modernos aceptan el error —no importa en qué grado sea— de tratar de salvarse por sus esfuerzos guardando el Decálogo, caen de la gracia y quedan “sujetos” al “yugo de esclavitud” (Gál. 5:1, 4). Para ellos Cristo habrá muerto en vano (cap. 2:21); se les aplica la advertencia de Gálatas. El cristiano guarda el Decálogo no para ganar la salvación, sino porque ha sido salvo. No hay duda de que sólo una persona que es salva porque Cristo mora en ella, puede guardarlo.

Esta advertencia se aplica también a los que piensan alcanzar un nivel más alto de justicia delante de Dios porque practican minuciosamente reglas humanas sobre normas de vida cristiana, como el vestido y el régimen alimentario. Al hacerlo cometen el mismo error que los judíos de los días de Cristo (ver Rom. 14:17; com. Mar. 7:1–14). Otros devuelven sus diezmos, asisten a la iglesia y aun observan el sábado porque creen equivocadamente que de esa manera ganan méritos delante de Dios. Es cierto que el cristiano deseará cumplir fielmente con todos esos mandatos divinos, pero lo hará no con la esperanza de congraciarse con Dios, sino porque como hijo de Dios por la fe en la gracia salvadora de Jesucristo, siente supremo gozo y felicidad de vivir en armonía con la voluntad expresada por Dios (ver com. Mat. 7:21–27; Material Suplementario de EGW de Gál. 3:24).

La lección que se destaca en Gálatas para la iglesia actual es la misma que en los días de Pablo: que la salvación sólo se puede lograr por medio de una fe sencilla en los méritos de Cristo (cap. 2:16; 3:2; 5:1), y que nada de lo que el hombre pueda hacer mejora en lo más mínimo su condición delante de Dios ni incrementa sus posibilidades de obtener el perdón y la redención. La ley, ya sea moral o ceremonial, no tiene poder para librar a los hombres de la condición de pecado en que se encuentran (ver com. Rom. 3:20; 7:7). Este es el “Evangelio” de Pablo en contraste con el “evangelio” pervertido de los judaizantes (Gál. 1:6–12; 2:2, 5, 7, 14).

La carta concluye con una exhortación para que no abusaran de la libertad que poco antes habían encontrado en el Evangelio, sino para que vivieran una vida santa (cap. 6). El amor cristiano debía inducir a los gálatas a estar en guardia contra un espíritu de santidad fingida y a tratar bondadosamente a los que cayeran en error. La iglesia debía ser conocida por sus buenas obras —el fruto del Espíritu—, y no debía tratar de sustituir la fe en los méritos salvadores de Cristo con las buenas obras.

5. Bosquejo

I. Saludo e introducción, 1:1–10.

A. La autoridad apostólica del autor, 1:1–5.

B. La ocasión para escribir la carta y su propósito, 1:6–10.

II.Defensa de la autoridad apostólica de Pablo, 1:11 a 2:14.

A. La autenticidad de su conversión al cristianismo, 1:11–24.

1.El origen divino de su interpretación del Evangelio, 1:11–12.

2.Su celo anterior por la fe judía, 1:13–14.

3.Su conversión y su misión entre los paganos, 1:15–16.

4.Su retiro preparatorio en Arabia, 1:17.

5.Su primer contacto con los apóstoles en Jerusalén, 1:18–20.

6.Su aceptación por las iglesias de Judea, 1:21–24.

B. La aprobación apostólica de su interpretación del Evangelio, 2:1–14.

1.Pablo explica su Evangelio a los apóstoles, 2:1–2.

2.El caso de Tito comprueba el Evangelio de Pablo, 2:3–5.

3.Igualdad apostólica de Pablo con los doce, 2:11–14.

III.La fe contra el legalismo como medio de salvación, 2:15 a 3:29.

A. Los cristianos de origen judío también dependen de la fe en Cristo para la salvación, no de la ley, 2:15–21.

1.Los cristianos de origen judío comprenden la ineficacia del legalismo, 2:15–16.

2.La incompatibilidad del cristianismo y el judaísmo, 2:17–21.

B. La salvación de los gentiles provista en el pacto hecho con Abrahán, 3:1–14.

1.Los gálatas se habían hecho cristianos por medio de la fe, 3:1–5.

2.La fe es la característica distintiva del pacto hecho con Abrahán, 3:6–7.

3.La salvación de los gentiles por medio de la fe, 3:8–14.

C. La condición de “la ley” en relación con el pacto hecho con Abrahán, 3:15–29.

1.“La ley” no anulaba las provisiones mesiánicas del pacto, 3:15–18.

2.El papel subordinado y provisorio de “la ley”, 3:19–25.

3.En Cristo todos son herederos de las promesas del pacto por la fe, 3:26–29.

IV.El cristiano queda libre de la tutela de “la ley”, 4:1–31.

A. De la inmadurez de “la ley” a la madurez del Evangelio, 4:1–7.

1.La condición de subordinación de un heredero durante su minoría de edad, 4:1–3.

2.Se confieren los privilegios plenos de la herencia mediante Cristo, 4:4–7.

B. El insensato proceder de la iglesia de Galacia, 4:8–31.

1.La insensatez de judaizar, 4:8–12.

2.La sinceridad de Pablo y su solícito interés en las iglesias de Galacia, 4:13–20.

3.La alegoría de los dos hijos, 4:21–31.

V.Exhortaciones morales y espirituales, 5:1 a 6:10.

A. La esclavitud del legalismo incompatible con la libertad en Cristo, 5:1–12.

B. La libertad cristiana no es una excusa para el libertinaje, 5:13–26.

1.El amor es el cumplimiento de la ley, 5:13–18.

2.Las obras de la carne y las obras del Espíritu, 5:19–26.

C. El amor fraternal cumple con la ley de Cristo, 6:1–10.

VI.Conclusión, 6:11–18.

 

 

Fuente bibliográfica:

Francis D. Nichol and Tulio N. Peverini, eds., Hechos a Efesios, trans. Victor E. Ampuero Matta and Nancy W. de Vyhmeister, vol. 6, Comentario Biblico Adventista Del Séptimo Día (Buenos Aires: Asociación Casa Editora Sudamericana, 1996), 929–934.

LA EXISTENCIA DE LOS ÁNGELES

Si hay áreas de la teología, a las que se da poca importancia esta probablemente es una de ellas. Uno sólo tiene que examinar la cantidad de espacio que se le dedica a la angelología en las teologías regulares para darse cuenta de esto. Este descuido de la doctrina puede ser simplemente negligencia o puede que manifieste un rechazo tácito hacia esta área de la enseñanza bíblica. Aun Calvino fue cauteloso al discutir este tema (Institución de la religión cristiana I, xiv, 3).

En nuestros tiempos la negación por parte de la neortodoxia de la existencia objetiva de los ángeles ha sido contrarrestada por la extensa publicidad dada a los demonios y a la actividad de éstos. Mientras que las personas pueden negar teológicamente la existencia de un orden de seres llamados ángeles (y demonios), prácticamente su declarada actividad parece hacer imposible que se niegue su existencia. Así que, mientras por un lado el prejuicio del hombre contra cualquier cosa sobrenatural excluye de su mente la existencia de los ángeles; por otro lado la actividad que él no puede explicar racionalmente parece hacer necesaria su existencia.

I. EL CONOCIMIENTO HUMANO

El hombre no tiene el conocimiento requerido para determinar cuál el la composición del universo. El no tiene ninguna manera a priori de saber si esa composición incluye o no un orden de criaturas como los ángeles. Además, no tiene disposición alguna para aceptar que sí incluye a los ángeles, porque su predisposición natural es contraria a lo sobrenatural. Asimismo, su experiencia no lo inclinaría a considerar la posibilidad de la existencia de los ángeles, y su fe en su propio intelecto lo compelería a buscar otras explicaciones para el fenómeno que no puede fácilmente comprender.

Ramm ha señalado acertadamente las limitaciones del conocimiento humano de manera inteligente: “La humanidad no tiene un manual intitulado Una guía a todas las creaciones posibles. No tiene información alguna acerca de la creación, fuera de los datos provistos por esta creación” (Bernard Ramm, “Angels”, Basic Christian Doctrines, Carl F. Henry, ed. [N.Y.: Holt, Rinehart, and Winston, 1962], p. 64). En otras palabras, el conocimiento limitado del hombre no le permite concluir que no hay tales seres como los ángeles.

II. LA REVELACION BIBLICA

Si uno acepta la revelación bíblica, entonces no queda ninguna duda de la existencia de los ángeles. Hay tres características significativas de esa revelación. En primer lugar, es extensiva. El Antiguo Testamento habla de los ángeles algo más de cien veces, mientras que el Nuevo los menciona cerca de 165 veces. Por supuesto, cualquier verdad tiene que declararse solamente una vez en la Biblia para que nosotros la reconozcamos como verdad, pero cuando un tema se menciona tan frecuentemente como el de los ángeles, entonces resulta tanto más difícil negarlo.

En segundo lugar, los ángeles se mencionan por toda la Biblia. La verdad en cuanto a ellos no se limita a un período de la historia, una parte de las Escrituras o unos pocos autores. Ellos no pertenecen a alguna etapa primitiva. Su existencia se menciona en treinta y cuatro libros de la Biblia desde el primero (ya sea Génesis o Job) hasta el último.
En tercer lugar, la enseñanza de nuestro Señor incluye varias referencias a los ángeles como seres reales. Así que, el negar la existencia de ellos es poner en duda la veracidad de Cristo.

Los detalles mismos de la revelación bíblica son, por supuesto, importantes, pero mientras se examinan, es importante tener en mente estas tres características de la naturaleza de esa revelación.
Examinaremos primero la cantidad y la extensión de los datos bíblicos, y después las enseñanzas de Cristo.

A. En el Antiguo Testamento
El Antiguo Testamento siempre presenta a los ángeles como criaturas reales, objetivas y existentes. De ningún modo se consideran como ilusiones o productos de la imaginación. En las treinta y cuatro ocasiones en que ocurre la palabra en los escritos mosaicos, los ángeles siempre aparecen como criaturas reales que hacen cosas específicas compatibles con su servicio como mensajeros (lo cual es, por supuesto, el significado de la palabra tanto en el griego como en hebreo para ángeles). Por ejemplo, Abraham comió y conversó con ángeles (Génesis 18). Muchas de las referencias en el Pentateuco y en Jueces son al Angel de Jehová, que parece ser Deidad. Un ángel ejecutó el juicio sobre Israel después que David impropiamente tomó un censo del pueblo (2 Samuel 24:16 —difícilmente puede considerarse una ilusión). Isaías se refiere a los serafines (6:2), y Ezequiel a los querubines (10:1–3). Daniel menciona a Gabriel (9:20–27) y Miguel (10:13; 12:1). Zacarías frecuentemente menciona a los ángeles como agentes de Dios (capítulo 1) e intérpretes de visiones (capítulos 1–6). En los salmos los ángeles son descritos como los siervos de Dios, que le adoran y rescatan a Su pueblo del mal (34:7; 91:11; 103:20).

B. En el Nuevo Testamento
Además de lo que nuestro Señor enseñó acerca de los ángeles, los autores del Nuevo Testamento también afirmaron su existencia. Los escritores de los Evangelios relatan su ministerio en el nacimiento, la vida, la resurrección, y la ascensión de Cristo (Mateo 2:19; Marcos 1:13; Lucas 2:13; Juan 20:12; Hechos 1:10–11).

En la narración del libro de los Hechos se ve la participación de los ángeles en ayudar a los siervos de Dios, abrir las puertas de la cárcel a los apóstoles (5:19; 12:5–11), dirigir a Felipe y a Cornelio en el ministerio (8:26; 10:1–7), y animar a Pablo durante la tormenta en su viaje a Roma (27:23–25).

Pablo (Gálatas 3:19; 1 Timoteo 5:21), el autor de Hebreos (1:4), Pedro (1 Pedro 1:12), y Judas (v. 6) todos dan por hecho la existencia de los ángeles en sus escritos. Cerca de sesenta y cinco referencias obvias a los ángeles ocurren en el Apocalipsis, más que en cualquier otro libro de la Biblia. El Nuevo Testamento nos provee evidencia clara, indiscutible, y abundante de la existencia de los ángeles.

C. En las enseñanzas de Cristo
Los ángeles le ministraron a Cristo en el desierto después de ser tentado por Satanás (y por supuesto, ningún reportero estuvo presente en la tentación, así que Su veracidad está detrás del relato) El enseñó que el estado humano en la resurrección sería como el de los ángeles: i.e., no procreativo (Mateo 22:30). Los ángeles separarán a los justos de los injustos al final de la edad (13:39) y acompañarán al Señor en Su segunda venida (25:31). Aun sin agregar las referencias a las actividades de Cristo con relación a los demonios, hay suficiente evidencia de que El creía en la realidad de los ángeles.

Usualmente la última cosa que los críticos de la Biblia quieren abandonar son las palabras de Cristo. ¿Cómo, entonces manejan ellos esta evidencia de que Cristo creyó en la existencia de los ángeles?

Algunos dicen que El estuvo engañado. El creía que existían, pero en realidad no era así. Otros afirman que El acomodó sus enseñanzas a las creencias ignorantes de Su día. En otras palabras, puesto que ellos creían en los ángeles (y demonios), El enseño en ese mismo hilo, aunque El sabía que los ángeles en realidad no existían. Pero algunas de Sus referencias a los ángeles no se pueden explicar de esta manera (véase 18:10 y 26:53). O algunas veces se reclama que los autores de los Evangelios agregaron estas referencias a los ángeles puesto que ellos creían en los mismos. Indudablemente ese tipo de criterio literario nos despojaría de otras (posiblemente todas) enseñanzas de Cristo.

Por supuesto, hay otra opción, y es la más simple y la más obvia. Cristo sabía que los ángeles existen, y reflejó ese conocimiento en Su enseñanza.

Fuente:
Charles Caldwell Ryrie, Teología básica (Miami: Editorial Unilit, 2003), 134–138.

EL CANON (parte 3)

III. EL CANON DEL NUEVO TESTAMENTO

A. Las pruebas de la canonicidad

1. La prueba de la autoridad. Con relación a los libros del Antiguo Testamento, esto significaba que tuvieran el respaldo de la autoridad de un legislador, un profeta o un líder de Israel. En cuanto a los libros del Nuevo Testamento, esto significaba que la autoridad de un apóstol respaldara los libros que fueron aceptados en el canon. Esto significaba que el libro tenía que ser escrito o respaldado por un apóstol para que de alguna manera contara con la autoridad apostólica. Por ejemplo se consideró a Pedro como el apóstol que respaldó los escritos de Marcos, y a Pablo como el que respaldó los de Lucas.

2. La prueba de la singularidad. Para ser incluido en el canon un libro tenía que mostrar evidencia de su singularidad como prueba de su inspiración.

3. La prueba de su aceptación por las iglesias. A medida que los libros circulaban tenían que ser aceptados por las iglesias. En realidad, ningún libro que fue cuestionado por un gran número de iglesias llegó finalmente a ser admitido en el canon.

B. El proceso de reconocimiento del canon del Nuevo Testamento

Recuerde que los libros fueron inspirados cuando fueron escritos, y por lo tanto canónicos. La iglesia solamente prestó testimonio a lo que ya era inherentemente genuino.

1. El testimonio del período apostólico. Los escritores reconocieron que sus propios escritos eran la Palabra de Dios (Colosenses 4:16; 1 Tesalonicenses 4:15). Ellos también reconocieron que los escritos de otros libros del Nuevo Testamento eran Escritura. Ahora bien, “Escritura” era una designación en el judaísmo para los libros canónicos, así que cuando se le aplicaba en el Nuevo Testamento a otros escritos del Nuevo Testamento, se les designaba como canónicos. Y así ocurre en dos lugares significativos.

Uno es 1 Timoteo 5:18, donde la cita de Deuteronomio 25:4 se asocia con la de Lucas 10:7, y a ambas se les llama Escritura. Por cierto, el sentido de Lucas 10:7 se encuentra en el Antiguo Testamento, pero la forma de la cita se halla solamente en los Evangelios. El otro es 2 Pedro 3:16, donde Pedro se refiere a los escritos de Pablo como Escritura. Esta es una atestiguación significativa a causa del lapso relativamente corto que transcurrió entre el tiempo en que Pablo escribió algunas de sus cartas y la fecha en que Pedro las reconoció como Escritura.

2. El testimonio del período desde 70–170 A.D. Durante este período todos los libros del Nuevo Testamento fueron citados en otros escritos de la época, y los padres de la iglesia reconocieron como canónicos los veintisiete libros. Por supuesto, cada uno de ellos no citó los veintisiete. Adicionalmente, Marcio, un hereje (140), incluyó en su canon solamente a Lucas y diez de las epístolas de Pablo; lo cual demuestra, a lo menos, que a esta fecha tan temprana, ya se estaban coleccionando los escritos de Pablo.

3. El testimonio del período 170–350 A.D. Tres evidencias importantes surgen de este período. Primero, el canon Muratorio (170) omitió a Hebreos, Santiago, y 1 y 2 Pedro. Pero hay una ruptura en el manuscrito y, por lo tanto, no podemos estar seguros de que estos libros no fueran incluidos. Este canon también rechaza algunos libros como el Pastor de Hermas, que no llegó a ser parte del canon.

En segundo lugar, a la versión antigua siriaca (a finales del segundo siglo) le faltaban 2 Pedro, 2 y 3 Juan, Judas, y Apocalipsis. Pero ningún libro adicional se agregó para traer el total a veintisiete.

En tercer lugar, a la versión antigua latina (200) te faltaban 2 Pedro, Santiago, y Hebreos, pero no agregó libros adicionales. Así que los libros candidatos que no eran aptos para ser incluidos en el canon, fueron rechazados durante este período; la mayoría de los libros del Nuevo Testamento estaban recibidos; y solamente pocos eran debatidos.

4. El Concilio de Cartago (397). Generalmente, se acepta que este concilio de la iglesia fijó los límites de canon del Nuevo Testamento con los veintisiete libros como los tenemos hoy.

5. Una nota sobre la opinión de Lutero acerca del libro de Santiago. Algunas veces se alega que Martin Lutero rechazó el libro de Santiago por no considerarlo canónico. Esto no es cierto. Cito aquí lo que el escribió en su prefacio al Nuevo Testamento, en el cual él le atribuye a varios libros del Nuevo Testamento diferentes grados de valor doctrinal: “El Evangelio de San Juan y su primera Epístola, las epístolas de San Pablo, especialmente Romanos, Gálatas, Efesios, y la Epístola de San Pedro —estos son los libros que le enseñan a usted de Cristo, y enseñan todo lo que es necesario y bendito que usted sepa, aun si usted nunca viera u oyera ningún otro libro de doctrina. Por lo tanto, la epístola de Santiago es una perfecta epístola de paja comparada con ellas, porque no tiene en sí nada de sustancia evangélica”. Así que Lutero estaba comparando (en su opinión) el valor doctrinal, no la validez canónica.

 

Fuente:
Charles Caldwell Ryrie, Teologı́a básica (Miami: Editorial Unilit, 2003), 121–124.

EL CANON (parte 2)

II. EL CANON DEL ANTIGUO TESTAMENTO

A. La evidencia del mismo Antiguo Testamento

canon 21. De la Ley. El Antiguo Testamento contiene varias referencias a la ley de Moisés como autoritativa. Estas son algunas de las citas: Josué 1:7–8; 23:6; 1 Reyes 2:3; 2 Reyes 14:6; 21:8; 23:35; Esdras 6:18; Nehemías 13:1; Daniel 9:11; Malaquías 4:4. Tales referencias le dan validez a la naturaleza inspirada de los escritos de Moisés en los primeros cinco libros del Antiguo Testamento, donde él dejó escrita la Ley.

2. De los profetas. Los profetas afirmaron que hablaban la Palabra de Dios, y sus profecías se reconocieron como autoritativas. Note estas referencias: Josué 6:26 comparada con 1 Reyes 16:34; Josué 24:29–33 comparada con Jueces 2:8–9; 2 Crónicas 36:22–23 comparada con Esdras 1:1–4; Daniel 9:2 comparada con Jeremías 25:11–12.

3. De Malaquías 4:5. En Malaquías 4:5 hay indicación de que el testimonio profético terminaría con Malaquías y no comenzaría de nuevo hasta la llegada de un profeta como Elías en la persona de Juan el Bautista (Mateo 17:11–12).


B. La evidencia de los manuscritos del mar Muerto

1. Su importancia. Los rollos nos indican cuáles libros del Antiguo Testamento fueron reconocidos como sagrados en el período entre el Antiguo Testamento y el Nuevo.

2. El número de ellos. Más o menos 175 de los 500 rollos del mar Muerto son bíblicos. Hay varias copias de muchos de los libros del Antiguo Testamento, y todos los libros del Antiguo Testamento están representados entre los rollos, excepto Ester.

canon 33. Su testimonio. El mero hecho de que aparezcan libros bíblicos entre los rollos no prueba su canonicidad, puesto que algunos de los libros no canónicos también están presentes. Sin embargo, muchos de los rollos del mar Muerto son comentarios, y hasta ahora todos los comentarios tratan solamente de los libros canónicos. Esto parece demostrar que se reconocía la distinción entre los libros canónicos y los que no lo eran. También, veinte de los treinta y nueve libros del Antiguo Testamento se citan o se hace referencia a ellos como Escritura. En resumen, los rollos aportan evidencia positiva de la canonicidad de todos los libros del Antiguo Testamento, excepto Crónicas, Ester, y Cantar de los Cantares.

C. Otra evidencia

1. El prólogo a Eclesiástico. Este libro no canónico hace referencia a una división tripartita de los libros (a saber, la Ley, los Profetas, e himnos y preceptos para la conducta humana) la cual conocía el abuelo del autor (lo cual sería alrededor del 200 A.C.).

2. Filón. Filón (alrededor de 40 A.D.) hizo referencia a la misma división tripartita.

3. Josefo. Josefo (37–100 A.D.) dijo que los judíos consideraban solamente los veintidós libros como sagrados (que equivalen precisamente a los mismos treinta y nueve libros del Antiguo Testamento que tenemos hoy).

4. Jamnia. Jamnia (90 A.D.) era una casa de enseñanza de rabinos que discutieron la canonicidad. Algunos cuestionaron si se debían aceptar (como se estaba haciendo) Ester, Eclesiastés, y Cantar de los Cantares. Estas discusiones tenían que ver con un canon ya existente.

5. Los padres de la iglesia. Los padres de la iglesia aceptaron los treinta y nueve libros del Antiguo Testamento. La única excepción fue Agustín (400 A.D.), quien incluyó los libros apócrifos (esos libros “extra” que algunas Biblias incluyen entre los libros del Antiguo y el Nuevo Testamentos). Sin embargo, él reconoció que éstos no eran totalmente autoritativos. Los libros apócrifos no se reconocieron oficialmente como parte del canon hasta el Concilio de Trento (1546 A.D.), y entonces sólo por la Iglesia Católica Romana.

D. La evidencia del Nuevo Testamento

canon 41. Las citas del Antiguo Testamento en el Nuevo. Hay unas 250 citas de libros del Antiguo Testamento en el Nuevo Testamento. Ninguna proviene de los libros apócrifos. Todos los libros del Antiguo Testamento se citan excepto Ester, Eclesiastés, y Cantar de los Cantares.

2. Mateo 5:17. El Señor aquí dijo que la Ley y los Profetas eran autoritativos porque con toda seguridad se iban a cumplir. Esta doble división abarca todo el Antiguo Testamento.

3. Lucas 11:51. Aquí el Señor afirmó algo definitivo tocante a la extensión del canon del Antiguo Testamento que El aceptaba. Al condenar a los líderes del pueblo judío por matar a los mensajeros de Dios a través de su historia, El los acusó de ser culpables de derramar la sangre de todos los justos desde Abel hasta Zacarías. Ahora bien, el homicidio de Abel se narra en Génesis 4, y el de Zacarías en 2 Crónicas 24, que fue el último libro en el arreglo del canon hebreo (como Malaquías lo es en nuestro arreglo). Así que el Señor estaba diciendo: “Desde el primer homicidio registrado en el Antiguo Testamento hasta el último”. Ahora bien, por supuesto que hubo otros homicidios de mensajeros de Dios que se relatan en los libros apócrifos, pero el Señor no los tomó en cuenta. Evidentemente El no consideraba que los apócrifos tuviesen igual autoridad que los libros de Génesis a 2 Crónicas.

Fuente:
Charles Caldwell Ryrie, Teología básica (Miami: Editorial Unilit, 2003), 119–121.

EL CANON (parte 1)

INTRODUCCIÓN

El asunto del canon tiene que ver con la cuestión de cuántos libros pertencen a la Biblia. El canon, pues, se refiere a una lista autorizada de los libros de la Biblia. Por supuesto, los libros individuales fueron escritos sobre un gran período de tiempo por varios escritores. ¿Cómo, pues, se coleccionaron, y quién decidió cuáles compondrían el canon de la Escritura?

canon
I. ALGUNAS CONSIDERACIONES BASICAS

A. El significado de la palabra canon

1. Su derivación. La palabra viene del vocablo griego kanon el cual se refiere a un instrumento de medir. Por consiguiente, adquirió el significado de una regla de acción (Gálatas 6:16; Filipenses 3:16).

2. La historia del uso de la palabra. En la iglesia primitiva la palabra“canon” se usaba con referencia a los credos. A mediado del siglo cuarto llegó a emplearse en relación con la Biblia; i.e., la lista de los libros aceptados reconocidos como pertenecientes a la Biblia.

3. Su significado. En realidad, la palabra “canon” tiene doble significación. Se refiere a la lista de los libros que cumplieron con los requisitos de ciertas pruebas o reglas y así se consideraron autoritativos y canónicos. Pero también significa que la colección de libros canónicos constituyen la regla de nuestra vida.

B. Algunas consideraciones en la investigación de la canonicidad.

1. Autoautenticación. Es esencial recordar que la Biblia se autentica a sí misma, puesto que sus libros fueron aspirados por Dios (2 Timoteo 3:16). En otras palabras, los libros eran canónicos en el momento que fueron escritos. No fue necesario esperar hasta que los varios concilios pudiesen examinar los libros para determinar si eran aceptables o no. Las personas y los concilios solamente reconocieron y declararon lo que es verdadero por la inspiración intrínseca de los libros tal como fueron escritos. Ningún libro de la Biblia fue hecho canónico por la acción de algún concilio de la iglesia.

2. Las decisiones de los hombres. Sin embargo, los hombres y los concilios sí tuvieron que considerar cuáles libros debían ser reconocidos como parte del canon, porque había algunos candidatos que no eran inspirados. Se tuvieron que hacer algunas decisiones y elecciones, y Dios guió a grupos de personas a hacer las decisiones correctas (no sin algunas pautas) y a coleccionar los varios escritos en los cánones del Antiguo y del Nuevo Testamentos.

3. Debates sobre la canonicidad. En el proceso de decidir y coleccionar, era de esperarse que surgieran varias disputas en cuanto a alguno de los libros. Y así fue. Sin embargo, estos debates no disminuyen la autenticidad de los libros genuinamente canónicos, ni tampoco le conceden autoridad a aquellos que no fueron inspirados por Dios.

4. La conclusión del canon. Desde 397 A. D. la iglesia ha considerado que el canon de la Biblia está completo y, si está completo, entonces tiene que estar cerrado. Por lo tanto, no podemos esperar que se descubran o se escriban algunos otros libros que abrirían el canon de nuevo para sumarse a los sesenta y seis libros. Aun si se descubriera una carta de Pablo, no sería canónica. Después de todo, Pablo debió de haber escrito muchas cartas durante su vida además de las que están en el Nuevo Testamento; aun así, la iglesia no las incluyó en el canon. No todo lo que escribía un apóstol era inspirado, porque no era el escritor el inspirado sino sus escritos, y no necesariamente todos ellos.

LibrosBiblia

Los libros más recientes que las sectas ponen a la par de la Biblia no son inspirados ni tiene razón alguna de ser parte del canon de la Escritura. Por cierto, las supuestas declaraciones proféticas o visiones que algunos alegan que provienen de Dios hoy en día, no pueden ser inspiradas y consideradas como parte de la revelación de Dios investidas de alguna autoridad como la de los libros canónicos.

Fuente:
Charles Caldwell Ryrie, Teologı́a básica (Miami: Editorial Unilit, 2003), 118–119.